Ideas de vida y muerte en Culturas Orientales, 4 Parte

Los Upanishads, a diferencia de los Vedas, ofrecen una visión diferente de lo que significa la religión. Muestran que existe una Realidad subyacente a la vida que no puede ser alcanzada por los rituales, frente a la cual las cosas que vemos y tocamos en la vida ordinaria son apenas sombras.

Enseñan que esa Realidad es la esencia de todas las cosas creadas, de tal suerte que cada uno de nosotros es uno con el poder que lo creó y sostiene el universo. Finalmente, dan testimonio de que esta unidad puede ser comprendida directamente, no después de la muerte, sino en la vida presente, sin la mediación de sacerdotes, rituales o estructuras elaboradas de una religión organizada, y que ésta es la finalidad para la cual hemos nacido y el destino al que se dirige la evolución.

En suma, enseñan los principios básicos de lo que Aldous Huxley, siguiendo a Baruch Spinoza, llamara Filosofía Perenne, que es la fuente de toda fe religiosa y que pueden sintetizarse en tres postulados:

Existe una realidad infinita inmutable más allá del cambio; la misma realidad se encuentra en el núcleo de cada personalidad; y finalmente, el propósito de la vida es descubrir esta realidad por la experiencia, es decir comprender a Dios mientras se está en la tierra.

Con estos postulados se espera que el estudiante de los Upanishads no escuche simplemente las verdades sino que las incorpore y les dé cumplimiento en sí mismo, volviéndolas parte de su carácter, su conducta y su conciencia.

En ese sentido es bien claro que las preguntas que se formulan los Upanishads sobre qué ocurre después de la muerte; porqué los ojos ven y la mente piensa; si la vida tiene un propósito o solamente es gobernada por el azar, no son expresadas como simple curiosidad; por el contrario, ellas muestran el ardiente deseo de conocer, de encontrar los principios centrales que dan sentido al mundo en que vivimos.

En tanto que la India védica

En forma similar a otras precoces civilizaciones científicas de Grecia y China, se ocupa del mundo de la naturaleza, los Upanishads se esfuerzan en profundizar en el estudio del medio empleado para llegar al conocimiento, es decir, la mente.

Pero señalan también con claridad, que debe haber un conocedor detrás de los contenidos de la mente puesto que ésta no puede conocerse a sí misma. Este conocedor es el Atman, el núcleo divino de la personalidad.

En el Katha Upanishad se evoca la metáfora de una carroza cuyo conductor es la razón, los caballos los sentidos, la carroza misma el cuerpo y las riendas la mente.

Quienquiera que conduce el cuerpo con una comprensión equivocada estará siempre corriendo detrás de los desbocados poderes de los sentidos, pero aquel que conduce con la mente adecuada alcanza el fin del viaje del que nunca retornará.

El fenómeno de alcanzar el fin del viaje es llegar al conocimiento del Brahman y convertirse en él.

Los sabios hindúes consideran que a través de la Nidiahyasana o meditación, es posible concentrarse activamente para lograr la diferenciación entre los diversos estados de conciencia, tanto el que existe en el estado de vigilia como el que se encuentra durante los sueños.

En uno de los Upanishads el discípulo pregunta a su maestro: “Hay algo más alto que el pensamiento?” El maestro responde:

“La meditación es en verdad más alta que el pensamiento. La tierra descansa en silenciosa meditación y las aguas y las montañas y los cielos parecen todos guardar meditación. Cuando un hombre alcanza la grandeza en esta tierra encuentra su recompensa de acuerdo a su meditación”.

La meditación, en la idea hindú, no es simplemente el reflexionar o razonar del pensamiento. Es un proceso de interiorización que se adquiere después de largos años de práctica, que permite a la mente entrenada situarse en un foco interior, sin dejarse extraviar por los acontecimientos externos hasta absorberse integralmente en el objeto de su contemplación.

Una vez que la meditación ha permitido llegar a las zonas más profundas del inconsciente, se rompe toda relación con el mundo físico exterior y con el interior del cuerpo; el sujeto, liberado del tiempo, el espacio y la causalidad, penetra entonces a una clase de singularidad, en la cual desaparece el sentido del yo aislado y alcanza el estado de perfecta unión con el Atman, dejando atrás las actividades de pensar o sentir.

Mircea Eliade utiliza el término éntasis para describir ese sentido de unificación o Samadhi.

Entasis es un término que debe contrastarse con éxtasis, y literalmente significa colocarse fuera de uno mismo.

Estar en un estado de éxtasis es ser transportado a otro modo de existencia; estar en éntasis, o Samadhi, es abandonar todo transporte y todos los modos alternativos de existencia; sólo permanecer en perfecta inmovilidad dentro de uno mismo.

El Bhagavad Gita, o Canto de lo Divino, forma parte del Mahabharata y es el libro sagrado por excelencia del hinduismo sobre el cual, en ocasiones solemnes, los hindúes prestan sus juramentos, al igual que los mahometanos lo hacen sobre el Corán y los cristianos sobre la Biblia.

Formaba parte de las lecturas predilectas de Ghandi, junto al Nuevo Testamento, las leyendas judaicas y el Corán. Dice Eknath Eswaran, uno de sus comentaristas en la actualidad, que el Gita al igual que el Sermón de la Montaña, es sublime y cercano a todos los seres humanos sin distinción de orígenes, formación o condición social.

Añade que el Gita

Destila las más altas verdades de la antigua sabiduría hindú, y las entrega como poesía memorable que eleva el espíritu e instruye a todos en el adecuado cumplimiento de las acciones de la vida diaria.

El Gita es un diálogo que se entabla entro el dios Khrisna disfrazado de conductor de un carruaje de guerra, y el renombrado príncipe Arjuna que se apresta a librar una batalla en la cual habrán de morir diez y ocho mil personas.

Arjuna se encuentra alarmado ante la perspectiva de la carnicería, y entristecido porque sabe que en ambos bandos hay cercanas y antiguas amistades e innumerables personas ligadas por el parentesco.

Arjuna no quiere tomar parte en la batalla en la cual está obligado a actuar por un deber de casta.

Su problema no es falta de valor, ya que como guerrero ha demostrado su excelencia en otras ocasiones; incluso se le atribuye el haber vencido tan completamente la pereza que vivió toda la vida sin dormir.

Paradójicamente, es el dios Khrisna

El que induce al príncipe a entrar tranquilamente en la guerra con la seguridad de que nada puede en realidad morir. “Tu tristeza, le dice Khrisna a Arjuna es en vano. Quien es verdaderamente sabio no se lamenta ni por los vivos ni por los muertos. Nunca hubo tiempo en el que yo no existiera, ni tú ni los demás príncipes.

Ni tampoco futuro alguno en el que dejaremos de existir. Aquello que es nunca puede dejar de ser”. El desconocido autor del Gita puso en boca de Khrisna esas palabras que para los hindúes tienen el sello de verdad indiscutible, la continuidad de la vida despues de la muerte.

En la continuación del diálogo, el príncipe inquiere si tiene un alma que sobreviva después de la muerte y si existe una realidad más profunda de la que se percibe en el mundo exterior.

Khrisna le recuerda a Arjuna su naturaleza inmortal y le explica que la realidad más profunda es “el Atman que no nace, no muere, nunca cesa, nunca principia, inmortal, sin origen, inmutable por siempre”. El Atman, dice Khrisna, es el mismo Brahman o cabeza de dios implantada dentro del ser individual.

“Oculto en el corazón de todos los seres, dice el Kata Upanishad, está el Atman, más pequeño que el más pequeño de los átomos, más grande que los vastos imperios”.

El dios le ha enseñado al príncipe su naturaleza inmortal y el principio del Atman que lleva en su interior.

Después le conduce a meditar sobre el Samsara o ciclo del nacer y renacer: el alma pasa de una vida a otra, abandonando el cuerpo que ha sido solamente su ropaje, en un proceso llamado transmigración, que implica la certidumbre de la muerte para el que vive, y la certeza de la vida para el que muere.

La transmigración de las almas, concepto que aparece frecuentemente en el pensamiento religioso popular, en Occidente es una elaboración de la doctrina de la inmortalidad.

Para la mente occidental la enseñanza de la transmigración parece ofrecerle a la persona otra vida, otra oportunidad de vivirlo todo una vez más, pero con menos sufrimientos y errores.

Para el hinduismo

La transmigración significa el terrible destino de continuar atado a la rueda de la vida y la muerte sin poder escapar. El renacer sólo le da la seguridad de volver a morir, y persistir en la repetición infinita del ciclo de la vida y la muerte.

Para los espiritualistas occidentales de comienzos de siglo XX, como el doctor Zea Uribe, las vidas sucesivas permiten avanzar en el perfeccionamiento espiritual. De allí que expresara su anhelo en la siguiente forma: “Aspiro a que el fenómeno de la muerte sea el despertar a una vida etérea, donde se alcanza el premio merecido, por ascensos, en la eterna evolución”.

Pero cuál es la razón por la cual se mantiene perpetuo el círculo incesante del nacer y morir? La respuesta está en el Karma, cuya ley establece que todas las acciones y aún los pensamientos de los seres humanos, tienen consecuencias positivas o negativas según la calidad que hayan tenido las acciones o pensamientos determinantes.

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