Los Botánicos de la era Greco – Romana

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

El pensamiento científico, filosófico, no mágico se dio en Grecia y posteriormente en Roma. Estos pensadores cambiaron el rumbo de la medicina y quisieron organizar la historia natural, entre otras cosas con fines terapéuticos. Los filósofos presocráticos iniciaron la labor de analizar lo que era el hombre, y lo que eran los seres y cosas que le rodeaban. Manuela García escribe lo siguiente en su Introducción a la Materia Medica de Dioscòrides, Botánico de Anazarbo: “Los primeros en expresar alguna idea sobre las plantas y una concepción filosófica sobre la enfermedad y la salud, del hombre como un organismo complejo sometido a la acción de diversos factores naturales, fueron los pensadores del periodo presocrático Alcmeòn de Crotona (donde había una prestigiosa escuela médica), Empèdocles de Agrigento y Diógenes de Apolonia… tratan de buscar el origen de todas las cosas, explican el nacimiento de las plantas a partir de los elementos del agua y de la tierra, del aire y de la lluvia… la botánica en la Antigüedad es una ciencia íntimamente relacionada con la medicina… ”.

Aristóteles hizo posteriormente un serio intento de organizar la historia natural, y entre sus libros queda uno sobre los animales. Su más prominente discípulo (y sucesor en el Peripatos de Atenas), Teofrasto de Ereso (307-256 A.C.), escribió una verdadera botánica, la “Historia Plantarum”. Esta fue la época de Alejandro Magno, quien murió en el año 323 A.C. Habíamos comentado en anterior capítulo que este gran militar conquistó prácticamente todo el mundo conocido (Persia, Egipto, India, entre los más importantes) y fundó la ciudad de Alejandría en Egipto, donde su sucesor Ptolomeo fundó la famosa Biblioteca que contenía varios cientos de miles de rollos de papiros; fue una tragedia intelectual sin precedentes su destrucción parcial o total en diferentes épocas. Esta ciudad fue también sede de una famosa escuela médica que heredó las enseñanzas de Hipócrates, que luego pasaron a Roma. Allí se intercambiaron conocimientos de las antiguas civilizaciones con la cultura greco-romana, lo que explica las grandes similitudes entre el inventario de cientos de drogas utilizadas en todos estos países.

Cerca de cuatro siglos más tarde, Pedanios Dioscòrides de Anazarbo, hacia el 60 D.C. (Fig.7-1) escribió un libro que por centurias fue considerado la obra maestra y clásica de la terapéutica y se llamó “Plantas y remedios medicinales” o “De Materia Medica”. Contemporáneo de este último es Plinio El Viejo, quien escribió la monumental “Historia Natural”. Ambos utilizaron fuentes comunes, particularmente el texto de Sextio Níger y el de Cratevas, del cual se toman dibujos botánicos pero cuyas descripciones de plantas eran algo inexactas. Si bien nos hemos detenido con cierto detalle en la obra de los médicos hipocráticos, analizaremos la de estos dos naturalistas, Teofrasto y Dioscòrides.

Dioscórides de AnazarboEllos fueron escritores de trabajos muy diferentes pero que tenían el mismo objetivo: crear un método de organización de las plantas, de la forma como las estudiamos. Ambos fueron personas muy respetadas en su tiempo y sus obras sobrevivieron el pasar de los siglos, a través de los cuales sus obras (particularmente la de Dioscòrides) fueron sometidas a modificaciones y “mejoras”, según los nuevos traductores y editores, algo que recordaría las ediciones modernas de las obras científicas, que van saliendo “ampliadas y mejoradas”. Por ejemplo el texto de Dioscòrides sufrió pronto contaminaciones e interpolaciones y se alteró mucho al ponerlo en orden alfabético, además de enriquecerse con comentarios y explicaciones de los escribas o copistas posteriores.

Hoy día muchos consideran a Teofrasto un personaje más científico y a Dioscòrides más representativo de la medicina popular o “folklórica”; sin embargo esto es discutible, pues el segundo personaje describe el resultado de largos años de investigación de campo, y aunque no tenía noción de química de las plantas ( sólo se la imaginaba), sus descubrimientos todavía tienen eco en el campo de la etnobotànica, donde los científicos aún encuentran nuevos usos para las plantas y para las drogas que de ellas vienen. En cuanto a Teofrasto, fue un biólogo que sentó las bases de la botánica científica moderna y describe la morfología, la historia natural de las plantas y sus usos terapéuticos; la primera referencia al opio o “jugo de amapola” la hizo él, aunque los efectos psicológicos del Papaver somniferum se conocían desde los tiempos de los sumerios. En los nueve libros de su “Historia Plantarum”enfoca el problema de la clasificación de las plantas, descripción y diferenciación de los diferentes tipos (árboles, arbustos, sub-arbustos y hierbas), partes esenciales y comunes a casi todas ellas (raíces, tallos y ramas), componentes anuales como hojas, flores y frutos, localización geográfica y usos. Una segunda obra con seis libros, “de Causis Plantarum”, explica la teoría que hay detrás de los hallazgos por observación, de por qué y cómo germinan las plantas, cómo crecen y se enferman, cómo las afectan las acciones de la naturaleza como el clima y la clase de suelos, así como la acción del hombre a través de los cultivos. A diferencia de los animales, más difíciles de clasificar, a las plantas les nacen nuevas partes durante la vida, y tienen como sustancias fundamentales entre otros componentes, venas, fibra y carne; explica cómo se recogen la mirra y el incienso, cómo se hacen las incisiones en los tallos de las plantas para extraer la goma, cómo es el proceso de la germinación de las semillas y distingue las monocotiledóneas de las dicotiledóneas. Siglos más tarde Linneo revisaría y mejoraría notablemente su obra.

Dioscòrides por otro lado fue un cirujano militar (entrenado en Alejandría) que sirvió en el ejército del emperador Nerón, y al igual que su contemporáneo Plinio recorrió el Imperio Romano y trascendió sus fronteras. Su obra “ de Materia Medica” fue considerada texto de botánica y medicina, hasta cuando en el siglo XIX la química orgánica logró extraer alcaloides de las plantas, lo que mejoró notoriamente su potencia, a más de que fue posible conocer mejor sus propiedades farmacológicas, dándole a estos alcaloides propiedades más concretas. La “Materia Medica” tiene cinco libros, dedicados todos al médico Ario de Tarso, quien fuera su profesor de medicina. En el libro I indica lo siguiente en el primer párrafo: “Aunque muchos escritores tanto antiguos como recientes han compuesto tratados sobre la preparación, el poder y la verificación de los medicamentos… unos no acabaron su obra, otros refirieron la mayor parte a partir de cosas oídas… omitiendo por completo la consideración de las hierbas, tocaron de manera escasa esta materia, no hicieron mención tampoco ni de minerales ni de aromas. Cratevas el herbolario (quien escribió un libro ilustrado sobre las raíces) y Andreas el médico… dejaron sin anotar numerosas raíces muy útiles y algunas hierbas”.

Si uno revisa los cinco libros, encuentra en ellos algún parecido con un diccionario o “vademécum” herbario y de algunas sales y de organoterapia; es la más amplia guía farmacéutica de la antigüedad. La forma como ordena estos relatos es siempre la misma, primero el nombre y el sinónimo, si este existe, el hábitat, la descripción física, las propiedades de la droga, los usos medicinales, efectos colaterales, dosis, forma de cultivarlas y depositarlas, detección de la adulteración, usos veterinarios, usos mágicos o no-médicos, y sitios donde es factible encontrar estas plantas. Y ¿a qué propiedades se refiere el autor? La lista es larga, y en una sola planta pueden existir varias de ellas. Tenemos las que calientan, ablandan, son astringentes (o anti-diarreicas), diuréticas, secadoras, enfriadoras, agudizadoras, adelgazadoras, hipnóticas, relajantes, limpiadoras, endurecedoras y nutritivas. Aunque hay toda clase de vegetales, se hace mención a un grupo especial, las solanáceas, clase a la que pertenece la adormidera y la mandrágora, y en América siglos después, el tabaco, la papa y el tomate. Como datos útiles encontramos… “que de las hierbas medicinales se conservan durante muchos años sólo el elèboro blanco y el elèboro negro, las restantes son útiles no más de tres años. Las que son ramosas, entre las cuales están el cantueso, el camedrio, el polio, el abròtano, el serifo, el ajenjo, el hisopo y las semejantes a estas, deben ser recolectadas cuando están llenas de semilla, las flores antes de su caída, los frutos cuando están maduros, y las semillas cuando comienzan a secarse, antes de que se desprendan”.

Y continúa con sus consejos de verdadera farmacia: “Se debe extraer el jugo de las hierbas cuando los tallos están recién brotados, igualmente también el de las hojas. Los licores y lágrimas se deben coger cortando los troncos cuando están aún en pleno vigor. Para guardar las raíces, los licores y las cortezas hay que cogerlos cuando las plantas empiezan a perder las hojas y, limpias, deben secarse, principalmente en lugares no húmedos; las que tienen tierra o lodo deben lavarse con agua. Guárdense las flores y cuanto es de buen olor en cajitas de madera de tilo seco; a veces también se envuelven útilmente en papeles o en hojas, para la conservación de las semillas. Para los fármacos líquidos conviene cualquier materia de plata o de vidrio o de cuerno; también es apropiado el barro cocido, no poroso… los vasos de cobre son convenientes para los medicamentos oftálmicos líquidos y para cuantos se hacen de vinagre, o de pez líquida o de resina de cedro. Las grasas y las médulas guárdense en vasos de estaño”.

En el primer libro el autor se explaya sobre los aromas, el aceite, los perfumes, los árboles, los licores, las lágrimas y los frutos. En el segundo, los animales, la miel, la leche, la grasa, los cereales, las hortalizas, los ajos, las cebollas y la mostaza. En el libro III se dedica a hablar de las raíces, jugos, hierbas y semillas, tanto de naturaleza medicinal como las afines. En el libro IV, de las hierbas y raíces que faltan; aquí habla de la adormidera (que cura el insomnio), la mandrágora y la cicuta (que en dosis altas matan) o la zarzaparrilla, antídoto para venenos mortíferos. El último libro está dedicado a los vinos y a los minerales, como por ejemplo las sales de plomo y de cobre. En conjunto, trata de unas 600 plantas, 35 productos animales y 90 minerales (mientras que en el Corpus Hippocraticum, sólo 130 sustancias son incluidas).

La “Materia Medica” es considerada el texto más exitoso de botánica que alguna vez se haya escrito. De las ediciones posteriores existe un magnífico manuscrito del 512 DC llamado el “Código de Dioscòrides de Juliana Anicia” (o “Código Vindobonense”), considerado un espléndido monumento de arte botánico, ya que los dibujos de las plantas allí contenidos no fueron sobrepasados en un milenio e incluye 384 páginas completas de pinturas de plantas y algunas pequeñas de pájaros. Este manuscrito parece haber sido un regalo de boda para dicha Anicia Juliana, hija del emperador bizantino Flavio Anicio Olibrio. Se discute si esta lujosa iconografía es original de Dioscòrides o más bien de Cratevas, de quien se sabe que pintó las figuras de las hierbas con su propia mano.

Dioscòrides se considera un verdadero médico o “Iatros”, y hace diferenciación con los “cortadores de raíces” y “vendedores de drogas”. Él es un médico mas no un filósofo de la medicina; no acepta, o no tiene en cuenta, la teoría de los humores de los colegas hipocráticos, pero tampoco las curaciones psico-espirituales de los seguidores de Esculapio. En botánica, él organiza las plantas de acuerdo a sus propiedades, pero es una clasificación tan opaca que sus inmediatos predecesores no la entienden, por lo que la reorganizan, la ponen en orden alfabético y le hacen otra serie de cambios, particularmente Galeno cien años más tarde, quien por otro lado siente profundo respeto por Dioscòrides.

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