Los Enciclopedistas Romanos

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

El término enciclopedista nos recuerda más a los pensadores franceses de la época de la ilustración o a las modernas colecciones de libros que traen información sobre toda clase de conocimientos. En Roma y en el medioevo, hubo grandes eruditos que estudiaron lo que el mundo conocido había logrado descubrir, o intuir u observar, para luego plasmarlo en libros, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días.

Los más conocidos, Cornelio Celso y Cayo Plinio Segundo (conocido como Plinio El Viejo) vivieron en el siglo I en Roma (al igual que Dioscórides). Plinio escribió muchas obras pero sólo llegaron hasta nosotros los treinta y siete libros de su “Historia Natural” y fragmentos de otros volúmenes. Durante dos años de investigaciones recopiló toda la información que pudo sobre historia, física, biología, cosmología, astronomía, zoología, botánica, agricultura, química, geografía, nutrición, filosofía, magia, folklore, plantas y medicina; pero también es recordado por su muerte al pie del volcán Vesubio, víctima de los gases y del desastre que sepultó a Pompeya en el año 79 D.C. Se encontraba él en la bahía de Nápoles como comandante de la flota romana y decidió bajar a tierra para averiguar la causa de la erupción y para darles confianza a los aterrorizados ciudadanos.

Fue militar y estudió leyes, pero durante el gobierno de Nerón estuvo semi-retirado, dedicado a estudiar y escribir. La “Historia Natural” fue escrita para estudiar la naturaleza de las cosas, es decir, la vida. Como algo novedoso, cita sus más de cien referencias bibliográficas, que junto con el índice del contenido aparecen en el primer libro. Del 12 al 22, escribe sobre botánica, y del 23 al 32, sobre productos medicinales. Al leer apartes de estos libros se encuentran demasiadas indicaciones terapéuticas para los productos herbales, a más de que los diagnósticos son bastante vagos; como no deja nada por fuera, resulta difícil reconocer qué era verdaderamente útil y qué resultaba ser más un efecto placebo, particularmente cuando el autor no trataba pacientes sino que recopilaba lo dicho hasta su época.

Un médico de cámara del rey Felipe II, Francisco Hernández, tradujo los primeros veinticinco tomos de la obra al castellano (agregando sus comentarios personales que firmaba como “el intérprete”), mientras que otro colega, Jerónimo de Huerta completó la traducción de los restantes doce. En el prólogo de la última edición de la Universidad de México, Germán Somolinos dice: “la obra de Plinio no es más que un archivo de viejos conocimientos… perdido el efecto creador, los sabios recapitulaban sobre lo ya hecho… es la hora en que se producen los libros… que almacenan conocimientos sin añadir observaciones nuevas. Así son “De Re Medica” (Celso), “De Materia Medica” (Dioscórides), las obras de Galeno, y “Naturalis Historia” (Plinio)…. son libros considerados como decadentes y fueron sin embargo, los que salvaron la ciencia antigua. La medicina hipocrática sin Galeno no hubiera llegado a nuestros días. Dioscórides nos permite conocer muchos secretos terapéuticos que, desperdigados en otras obras, se hubieran perdido. Y gracias a la obra pliniana tenemos un claro concepto de lo que fueron las ciencias naturales desde Aristóteles hasta los romanos…”

Los estudiosos de la obra consideraban imaginaria una segadora-trilladora de granos tirada por bueyes en Gaula, pero un relieve en piedra del siglo II encontrado hace unos años en Bélgica muestra que ese implemento sí existió. Otro gran aporte es la presencia de sinónimos latinos de los nombres griegos de las plantas. Los temas a partir del libro 23 reflejan el uso terapéutico de productos naturales: propiedades medicinales del vino, vinagre, aceite, nueces y frutas… de árboles y hierbas… hierbas medicinales más importantes… y las menores, en un cierto orden alfabético… sección sobre nuevas enfermedades… usos medicinales de los propios productos del cuerpo humano… y de los productos animales… (Habla de unicornios, caballos alados y otras bestias extrañas), de los animales marinos… y de sus productos (sales, plantas, esponjas, etc.), y en el libro 29 comienza con su famosa diatriba contra los médicos de la época (que con las que hizo Catón El Censor, se denominan “ los improperios romanos”). Plinio se lamenta que no haya castigos, incluso la pena capital, para los médicos ignorantes que aprenden con los sufrimientos del paciente, haciendo experimentos que los llevan a la muerte.

El aprecio de la sociedad por los médicos varió de tiempo en tiempo: Imhotep (el primer médico de la historia, junto con Sekhet’ Enanach) fue Gran Visir del rey Zozer. El prestigio de Hipócrates y de Galeno fue enorme, no así el de aquellos que ejercieron en el interregno que hubo entre los dos; la medicina la ejercía bien el padre de familia, para su esposa e hijos, o luego esclavos y extranjeros griegos pues los romanos cultos se preciaban de conocer el tema pero sentían desdén por el ejercicio; hasta que Julio César les diera ciudadanía a los médicos para que pudiesen quedarse en Roma cuando los demás extranjeros debieron salir, lo que resulta típico de las sociedades desarrolladas aún en nuestros días, cuando escasean los profesionales de cualquier rama. En la Edad Media por otra parte fueron los monjes los que practicaron el arte de curar y además cultivaron ellos mismos las plantas medicinales.

El patricio romano Cornelio Celso tampoco fue médico practicante, pero como erudito se interesó por los conocimientos en la materia; a la postre, de su gran enciclopedia fueron los libros médicos los únicos que trascendieron (original en latín), pero sólo lograron reconocimiento hasta el siglo XV, gracias al Papa Nicolás V (1397-1455) quien sacó a luz el manuscrito de ocho libros; tiene además el mérito de ser el primer libro sobre medicina que fue publicado en imprenta. Es bastante completo, tanto en clínica médica (donde se describen los cuatro signos cardinales de la inflamación, calor, rubor, tumor y dolor) como en cirugía (rama en la que emite conceptos muy apreciados); vuelve Celso a los hechos y a la observación (el fuerte de Hipócrates) y concede poco a la teoría y a las hipótesis. Y como Hipócrates y Asclepìades (Esculapio) recomienda métodos suaves, ejercicio y reposo y es amigo de tranquilizar al enfermo que está nervioso, antes de proceder a la exploración. El libro V tiene una lista de drogas con sus indicaciones; algunas de uso común fueron la mirra, el nitro, azafrán y lirio; mandrágora y adormidera para aliviar el dolor y producir anestesia. De época ligeramente posterior fue Galeno, también de prolífica pluma y que impactó como médico no sólo a decenas de generaciones posteriores sino a sus propios contemporáneos, incluso a los que fueron líderes.

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