La Promoción y la Prevención en la Aplicación del Concepto de Salud

MEDICINA FAMILIAR
EDUCACIÓN CONTINUADA PARA EL MEDICO GENERAL

CAPITULO 8
LUIS R. CORREDOR

MD. Médico Familiar Integral, Profesor Asociado de Medicina Familiar, Coordinador Centro de Medicina Familiar Corpas Villas, Bogotá, D. C.

El Sr. Juan de Dios Rodríguez (nombre ficticio),de 67 años de edad, será dado de alta el día de hoy, después de una hospitalización de 15 días, motivada por una infección de la vía respiratoria, lo cual descompensó adicionalmente un cuadro de diabetes mellitus no insulino dependiente e hipertensión arterial sistémica. Han sido 30 años de vivencia evolutiva por parte de el y de su familia, de las condiciones que llevaron a que aparecieran, se instauraran y evolucionaran hasta su estado actual, todos aquellos factores que se fueron sumando poco a poco, deteriorando su inicial estado de equilibrio orgánico y afloraran paso a paso patologías con los adjetivos de obesidad, dislipidemia, hipertensión arterial, EPOC y diabetes mellitus “…Me causa alegría observarlo ahora, rodeado de un número importante de sus familiares, porque soy conocedor de las limitaciones socio ‑ culturales que enmarcan su núcleo familiar y las relaciones paciente ‑ IPS (institución prestadora de servicios de salud), que inicialmente se establecieron, ya que por problemas de índole administrativo, no aparecía vinculado al sistema, ya que es beneficiario de uno de sus siete hijos, el cual, a su vez ha perdido recientemente su empleo. Es paradójico recordar la escena unos días antes: un grupo de personas alrededor de un paciente en silla de ruedas, protestando violentamente ante la situación, reclamando en forma contundente el derecho que tiene el ser humano a la vida, el derecho que creían tener a la prestación de servicios de salud, basados en el hecho de haber cancelado oportunamente una cantidad determinada de dinero, el derecho de no ser discriminados por su condición socio ‑ cultural, y el derecho, bajo cualquier condición, de ser atendidos en una institución hospitalaria apoyados en la certidumbre del carácter de “obligatoriedad” que tiene cualquier persona o institución a prestar sus servicios cuando cualquier ser humano entra en la calidad de paciente. Ahora, los escucho departir con entusiasmo; hijos, nietos, primos y amigos, planeando con detalle el suculento almuerzo dominical que le espera después de quince días de rigor dietario hospitalario. Planean así mismo, toda una serie de cuidados en casa, que giran alrededor de múltiples atenciones y generosas muestras de afecto. Varios de ellos, en medio de la alegría, sacan sendos cigarrillos que pretenden consumir en la habitación, sobre lo cual, son rápidamente alertados por un sector de la familia y por la enfermera allí presente. De sus rostros emanan jocosas muestras de agradecimiento y admiración por la labor lograda. No parecen el mismo grupo de personas y, peor aún, no parece la “misma institución” a donde llegaron días antes…”

Con certidumbre sé, que bastarán unas pocas semanas para volver a ser testigo de la misma escena inicial; el mismo grupo de personas, alrededor del mismo paciente, esta vez más deteriorado, reclamando con más ímpetu los mismos derechos.

Este cuadro repetitivo en cada grupo familiar, de cada paciente, en cada día de cada semana en el departamento de admisiones, reafirma un cuestionamiento de bases filosóficas, pero de alcances asistenciales, administrativos, socio ‑ culturales y por ende, epidemiológicos: “Todos, pretendemos saber claramente y defendemos radicalmente nuestros derechos”. Organismos internacionales de la importancia de la O.M.S. puntualizaron, y difundieron los derechos del hombre. Las constituciones de cada país, enmarcan los derechos de los ciudadanos, las organizaciones sindicales promulgan los derechos de los trabajadores, la Ley 100 articula los derechos a la salud y por conexión a la vida, de cada persona perteneciente al sistema de salud. De esta forma, cuando como ser humano, entro en la calidad de paciente, paralelamente reclamo un derecho a recuperar mi condición anterior de salud, retorno a mi medio ambiente habitual en espera de que estas condiciones cambien, para hacer uso nuevamente de mi derecho a volver a recuperar mis condiciones de salud. Discrimino en forma inconsciente en mi mente dos bandos que se enfrentarán cada vez que yo quiera hacer uso de un derecho adquirido; “El Estado y Yo”, equipos que entrarán en juego de acuerdo a mis necesidades sanitarias, académicas, laborales, sociales, etc.

Qué es lo que pasa en aquellos momentos mágicos, preciosos y al mismo tiempo oscuros, cuando nuestros pacientes y sus familias se alejan de nuestro cuidado intramural y retornan a su medio ambiente?. ¿En qué cajón de su alacena guazdazán sus derechos pata sacarlos rápidamente cuando de ellos se requiera?. Creo, que un punto importante a analizar, es que hacemos uso de este concepto (“Tener derecho”) en forma periódica y a beneficio propio. Pero existe otro concepto, del cual creo, es imposible no hacer uso en forma permanente, este concepto no se puede guardar en ningún cajón, porque no puede ser usado intermitentemente a beneficio propio: el deber, bien explicado como la obligación que asume cada persona de obrar de acuerdo a sus principios y recursos físicos, mentales, emocionales y espirituales en bien de sí mismo y de su “otro”. El deber hace que no existan equipos en permanente confrontación, defendiendo cada uno el concepto de los derechos propios; el deber nos hace conscientes de que eso que llamamos Estado, somos cada uno de nosotros, el deber hace que el concepto de protección de la salud, no sea de otros, el deber hace que yo haga por mí mismo muchísimo más de lo que cualquier persona con grandes conocimientos en salud pueda hacer ahora o en un futuro. El deber, hace que cada persona adquiera conciencia social, y que asuma las tareas que conduzcan a proteger a su núcleo familiar y por lo tanto a la sociedad de todos aquellos factores que sabemos, aportamos al proceso salud ‑ enfermedad.

Este equilibrio delicado que se plantea en forma permanente entre los agentes físicos, químicos, o biológicos, productores de enfermedad, nuestro contexto socio cultural, natural, económico y situacional que hacen parte del medio ambiente que nos rodea, y nosotros con nuestro componente físico, emocional, genético y espiritual, es torpedeado en forma reiterada una y otra vez hasta hacerlo traspasar la delicada línea invisible que todos reconocemos como horizonte clínico. A partir de allí, nos preparamos para reclamar nuestro derecho de retornar al periodo óptimo de la prepatogénesis o por lo menos de mantenernos en el mismo periodo evolutivo dentro de la patogénesis y creemos que es obligación de ese “otro”, conducirnos hasta ese punto anhelado. “El deber”, haría que cada persona tomara en su mano todas aquellas estrategias que pertenecen a la prevención primaria y muchas de las consignadas en la prevención secundaria y terciaria. Esta sería la forma de asegurar que el Estado, o sea nostros mismos, cumpla Lealmente con el deber de promover y asegurar un adecuado equilibrio entre los factores involucrados en el proceso salud ‑enfermedad.

Para evitar perdernos en la tiniebla de las discusiones retóricas, el deber haría que don Juan de Dios Rodríguez y su familia, no desperdiciaran el tiempo precioso que van a tener lejos de nuestro cuidado intramural preparando festines, viandas, agasajos, y otros menesteres que perpetuarán todos los factores de riesgo que hicieron traspasar el horizonte clínico a don Juan de Dios, y que, tarde o temprano harán lo mismo, con cada uno de los hijos, nietos, sobrinos y primos de este núcleo familiar, que proyectados hacia el futuro, después de dos o tres generaciones, conformarán fácilmente, una comunidad de un barrio de cualquiera de nuestras ciudades. El deber haría, que cualquier equipo de salud entendiera la necesidad de reconocer a la familia como una unidad social básica y al ser humano como una unidad de espíritu ‑ alma (psiquis) ‑ cuerpo, que es necesario abordar en conjunto. Haría que la mayor parte de nuestra energía y recursos, como estado que somos, se enfocara a apoyar a nuestra comunidad por fuera de los muros de los consultorios y de los hospitales y daría luz a esos momentos oscuros a los que migran nuestros pacientes al salir de nuestro cuidado intramural. Solo entonces, veríamos descender en forma importante y permanente la prevalencia de enfermedades que son azote físico, administrativo y político de nuestra sociedad, dentro de las que se encuentran; hipertensión arterial, diabetes mellitus, obesidad, cáncer, tabaquismo, EPOC, enfermedades de transmisión sexual, por nombrar a algunas.

Don Juan de Dios y su familia sabrían en los términos apropiados para su estrato socio ‑cultural, que cada aumento de 5 mm de mercurio en las cifras de tensión arterial diastólica, partiendo del parámetro límite que define hipertensión arterial fase 1: (90 mmHg), significa un incremento en la incidencia de accidente cardio vascular y evento cerebro vascular que es de 31% , 42%, y 50% para la primera y de 24%, 34%, 47% para la segunda, para incrementos de 5mmHg, 8,5mmHg, y l0mmHg respectivamente. Sería nuestro deber informar adecuada y oportunamente no solamente esto, sino también con estrategias como el ejercicio físico que logran un descenso promedio de 7 mmHg en la tensión arterial media; cómo cada 4 kgr en la disminución de peso, significa un descenso de 3 mmHg y 2mmHg de las presiones sistólicas y diastólicas. También, adicionalmente, podrían reconocer que factores como tabaquismo, sedentarismo y la idiosincrasia regional de la que son fruto toda esta familia, está latente en ellos y serán heredados en sus hijos, y que cualquier sistema de salud, por perfecto y solidario que parezca ser, nada tendrá que hacer frente a la inoperancia de los deberes que a cada uno de nosotros nos atañe dentro de nuestras familias y dentro de nuestra comunidad, ya sea que estemos en calidad de pacientes o en calidad de prestadores de servicios de salud.

Cada día que pasa es una oportunidad única de evitar la expresión física de todos los factores de riesgo que individual o colectivamente se aportan al proceso salud ‑ enfermedad. No somos enteramente culpables de los delitos que se le otorgan a nuestra generación, porque no fuimos nosotros quienes iniciamos la historia, pero tampoco somos enteramente inocentes porque la continuamos.

Esta percepción panorámica del marco filosófico, social, humano, administrativo y político en la aplicación de los conceptos de salud, articulados a través de las acciones asistenciales y administrativas, evaluados a través de cualquier tipo de estudio que se implemente a partir de las directrices del método científico, delinea los contenidos de la epidemiología moderna, que sobrepasa las fronteras de esperar a que un evento reconocido o inesperado suceda en una comunidad para analizarlo, tabularlo, y tratar de dar una explicación científica, hacia la planeación, dirección, aplicación, control y evaluación de todas aquellas estrategias operativas que hacen impacto sobre una comunidad. La epidemiología moderna ha dejado de ser un recurso único de un sector de la salud para ser un instrumento básico y funcional de nuestra practica diaria.

Factores determinantes de la salud

Henrick Blum (1971) planteó la clasificación de los factores determinantes de la salud como sigue:

La herencia

Este factor determina el substrato anatómico y fisiológico del individuo sobre el cual ocurre el proceso de la enfermedad. La interacción de los genes y el ambiente, forman el fondo biológico o primario del organismo.

El ambiente

Son las circunstancias en las que vive el hombre y a las que debe adaptarse de la mejor manera para permanecer sano. Dentro de este punto existen varios componentes que interactúan simultáneamente como son:

* Sociales (estructura de la sociedad, organización e instituciones).
* Físicos (temperatura, humedad, radiaciones, contaminación, presión atmosférica, agentes químicos).
* Componentes biológicos (humanos, virales, bacterianos, micóticos, animales y vegetales).
* Nutricionales.
* La magnitud de la influencia de los componentes ambientales está en relación directa con la duración y extensión del contacto.

El comportamiento (estilo de vida)

El estilo de vida lo constituyen todas aquellas directrices para el desarrollo de la conducta, tradiciones, creencias, valores y pautas de conducta, desarrolladas y estructuradas durante la socialización del individuo. El comportamiento depende mucho de la individualidad, la personalidad, las motivaciones y las pautas externas al hombre, dadas por las comunidades a las que pertenece.

Los procesos educativos permanentes en el individuo y su sociedad, logran cambios importantes en conductas deletéreas para el estado de salud; alcohol, tabaquismo, sedentarismo, y marcan cambios importantes en los estilos de vida de las comunidades.

Los servicios de salud

El grado de desarrollo de los estados, la posibilidad de acceso a los servicios de salud, la calidad de los mismos y la compatibilidad de estos con las necesidades sanitarias sociales influyen directamente en el estado de salud de la comunidad. El aumento de la esperanza de vida, la disminución de la mortalidad y la morbilidad dependen así mismo del desarrollo de los recursos humanos y tecnológicos en el área de la salud.

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