Erasmo, Cervantes y Don Quijote

“Divertíos! Aplaudid, vivid, bebed, seguidores celebérrimos de la Insensatez!”

ERASMO DE ROTTERDAM, en “Moriae Encomium”, 1513

I

A comienzos del siglo XVI irrumpió vigorosamente en la cultura del mundo occidental la figura de Erasmo de Rotterdam, filósofo holandés nacido en 1466 y muerto en 1536, cuyo humanismo estuvo impregnado por ideales de tolerancia, concordia y paz universales. Cuando se estudia el Quijote es inevitable referirse a ese notable pensador en razón a que sus libros fueron probablemente leídos por Cervantes que había sido “caro y amado discípulo” del clérigo Juan López de Hoyos, erasmista reconocido cuya influencia en el novelista parece haber sido de significación. Existen, sin embargo, en ciertos cervantistas dificultades para establecer hasta qué punto y de qué manera interpretó Cervantes las enseñanzas de su maestro, y cómo las habría asimilado a su vez el propio López de Hoyos del insigne humanista.

El pensamiento de Erasmo marcó la segunda mitad del siglo XV y todo el siglo XVI, en cuyos años finales Cervantes escribió su magistral obra. Detenerse en el pensamiento de Erasmo, en especial en lo que se refiere a sus ideas sobre la locura y la cordura y en sus creencias acerca de los demonios, las brujas y los hechiceros, es a mi juicio indispensable para entender mejor aquellos siglos y el psiquismo de Cervantes que se refleja en el protagonista principal de su obra.

Américo Castro sostiene en su ensayo “Erasmo en tiempos de Cervantes” (1931), que el clérigo López de Hoyos conocía profundamente la obra de Erasmo, y si lo mencionaba con reservas era porque sus escritos habían sido prohibidos por la Iglesia en los Indices de los Papas Paulo IV (1539) y Sixto V (1590). Vale la pena hacer énfasis en que la Inquisición española fue más mesurada que la romana en la condenación de tales obras. Erasmo era admirado en general por los intelectuales. En los círculos eclesiásticos de España, por ejemplo, circulaba un dicho que solía mencionar don Marcelino Menéndez y Pelayo: “Quien habla mal de Erasmo, o es fraile o es asno” (Castro, 2002).

El “erasmismo”, nombre con el que se conoció el pensamiento del célebre humanista, fue visto en los tiempos de Felipe II como un desafío a las formas ortodoxas de pensar permitidas en España. Por esas razones se le situó en el mismo plano del luteranismo. En la época postridentina de la Reforma y la Contrarreforma, el Monarca, como máxima autoridad de su Reino, reprimía rigurosamente todo atisbo de revuelta religiosa en un esfuerzo por defender la religión de las ideas reformistas que anhelaba los cristianos nuevos, ideas que eran francamente impopulares. Una época que todavía no comprendía los ideales del Renacimiento sino que se mofaba de ellos. Stello Cro relaciona las burlas a los ideales de los nuevos tiempos, propios del anhelo reformista y utopista de Cervantes, con las que padecieron Don Quijote y Sancho de parte de los Duques.

En 1551 se publicó el primer “Index expurgatorius” en España y mediante un decreto de 1558 se precisaron sus alcances como fuerza efectiva: todo aquel que comprara, vendiera o retuviera un libro prohibido incurría en la pena de muerte (Pfandl, 1994). Las obras de Erasmo relacionadas con asuntos teológicos o dogmáticos fueron tajantemente prohibidas en los Indices de Valdés (1559) y Quiroga (1583) por ser consideradas ataques a los dogmas y costumbres de la Iglesia católica, en tanto que sus trabajos filosóficos, humanísticos y literarios fueron de lectura permitida para los intelectuales. No obstante ser vistos con prevención por las autoridades, los libros de Erasmo ejercieron influencia positiva en los escritores españoles de los años siguientes.

Erasmo seguía las ideas de santo Tomás que concebía el Mal como ausencia de Bien, creía en la sujeción de Satanás a la voluntad divina y pensaba además que el Mal es responsabilidad de los hombres antes que del demonio. Para Erasmo, el principal demonio del hombre es el hombre mismo, y en consecuencia, está en nuestras manos hacer del mundo un Infierno o un Paraíso. Pensaba también que el demonio era más digno de interés como figura alegórica que como un ser en sí mismo. Criticó la demonología de la escolástica medieval y llegó incluso a cuestionar la eternidad de las penas del infierno, sin llegar al extremo de negar la existencia misma de Satanás.

Dos formas diferentes de pensar en relación con los demonios, las brujas y los encantadores se hicieron ostensibles en una sociedad que se debatía entre las concepciones escolásticas derivadas de la Edad Media y las humanísticas de los nuevos tiempos. Es fácil advertirlo en Don Quijote que en cuanto caballero andante combate monstruos de mil cabezas, legiones de serpientes, gigantes y enanos; y en cuanto caballero erasmista lucha contra la injusticia, la herejía, la superstición y todo aquello opuesto a lo que convencionalmente se considera bueno.

Cervantes compartía con Erasmo la noción de un Satanás alegórico y sentía por él una fascinación a la que Erasmo era por entero ajeno. Cervantes no dudaba de la existencia de Satanás y sus demonios; el poder del espíritu del Mal, sin embargo, le interesaba menos que el poder estético de sus manifestaciones. La figura de Satanás en las obras del gran escritor puede ser todopoderosa o endeble, trágica o risible, real o alegórica (Padilla, 2005).

Cervantes pensaba con Erasmo que era demonio todo aquello capaz de apartar a las gentes de la virtud. Cuando hablaba de encantadores, demonios y brujos, y discurría sobre transgresiones aparentes o reales de los límites de lo real, ello no se debía tan sólo a que las considerara recursos literarios útiles. A pesar de parecer a veces antisupersticioso o antieclesial, Cervantes procuraba ajustarse a los cánones del humanismo antisupersticioso de una época situada a finales de una Edad medieval temerosa y en los comienzos de un Renacimiento ávido de pensamiento liberal.

Su destreza para servirse de lo diabólico y lo sobrenatural como recurso para el desarrollo de su obra literaria, no descarta la posibilidad de que hubiera tenido un pensamiento demonológico tan coherente como las circunstancias lo podían permitir en su tiempo. De allí que en sus obras, como lo sostiene Padilla, los licántropos puedan ser hombres y mujeres enfermos al igual que sujetos de auténticas metamorfosis; que sus brujas puedan volar sobre alfombras mágicas o ser también simples enfermas; y que sus monos adivinos y cabezas parlantes sean sistemáticamente expuestos como engaños en razón a la influencia del Mal sobre la voluntad de engañadores y engañados.

II

Erasmo publicó su pequeña obra “Enchiridion militis christiani” en 1504, obra que se constituyó junto con los “Adagios” en firmes éxitos editoriales. El autor tomó probablemente de Epicteto el título del libro ya que las enseñanzas éticas del filósofo estoico, recogidas por Flavio Arriano, su discípulo, habían sido publicadas con igual título. El “Enchiridion”, vocablo griego que significa a la vez “puñal” y “pequeño tratado”, se publicó en España en 1527, traducido del latín por Alonso Fernández de Madrid. Era un “manual para militantes cristianos” que alcanzó gran difusión en el curso de veinte años.

Aparte del contenido religioso de la obra, sintetizado en veintidós reglas más moralizantes que fervorosas, en ella se exalta lo que representa el saber y la cultura como elementos indispensables para la formación de los caballeros cristianos. Su aparición fue celebrada por el Emperador Carlos V en los días en que Erasmo era considerado un adalid del cristianismo católico opuesto con firmeza a las ideas reformadoras de Lutero que rechazaban el libre albedrío. La obra fue concebida “no para hacer gala de ingenio ni de estilo, sino para curar el error de quienes hacen consistir la religión en ceremonias y prácticas corporales, casi judaicas, y abandonan notablemente lo que atañe a la piedad”, según decía su autor en carta dirigida a John Colet en 1504.

Una vez fallecido el Emperador el 21 de septiembre de 1558, y asumido el poder por Felipe II, cesó la protección que había tenido Erasmo. La influencia del Santo Oficio y la presión de los frailes cambiaron la actitud de las autoridades frente al humanista. En adelante, sus obras fueron consideradas peligrosas para el espíritu de la Cristiandad. En el ambiente inquisitorial de aquellos tiempos los que hablaban o escribían para el público recelaban de todo, se expresaban con disimulo y mostraban una cautela cuya exageración podía llegar a lindar con la hipocresía. Cervantes, por ejemplo, manifestó sus temores frente a la Inquisición poniendo en boca de Don Quijote las siguientes palabras: “Está claro que este mono habla en el estilo del diablo; y estoy maravillado de cómo no lo han acusado al Santo Oficio….” (Quijote II, 27).

Cuando Don Quijote recupera la cordura al final de la obra, y lamenta haber dedicado su tiempo a los libros de caballerías en vez de haberlo empleado en la lectura de otros de mayor provecho, “que sean luz del alma”, surge de inmediato la pregunta de si Cervantes quiso hacer alusión a un libro de piedad religiosa que circulaba por entonces, escrito al parecer por fray Felipe de Meneses y títulado “Luz del alma”. En efecto, durante la visita de Don Quijote a la imprenta barcelonesa que se narra al final de la segunda parte, “observó que estaban corrigiendo un pliego de un libro que se intitulaba Luz del alma; y en viéndole, dijo: estos tales libros…. son los que se deben imprimir, porque son muchos los libros pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para tantos deslumbrados” (Quijote II, 62).

“Luz del alma” fue un libro ampliamente difundido en España a finales del siglo XVI. Su prestigio era tal, que un licenciado de apellido Cervantes, provisor del arzobispado de Sevilla, ordenó que “todas las fábricas del Arzobispado lo tuviesen”. El análisis crítico de la obra realizado por Américo Castro, y el cotejo de sus equivalencias con el “Enchiridion” de Erasmo, permiten descubrir en ella cierto “tono erasmista” que incitaba a la reforma de la religiosidad católica, y cuyo autor plagiaba a Erasmo sin mencionar su nombre. La relación del libro “Luz del alma” de fray Felipe de Meneses con el “Enchiridion”, es indudable. Es muy probable que Cervantes conociera ambas obras. “¿Quién podía imaginarse, dice Américo Castro, que al citar Cervantes con encomio la “Luz del alma” en 1614, mencionaba un trasunto bastante fiel del “Enchiridion?” (Castro, 2002).

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