La Locura a partir del Siglo XVI

“Los más nobles y más sabios obran algunas veces como si hubiesen perdido el juicio”.

WALTER KAUFMANN, en “Tragedia y Filosofía” (1978), al referirse al destino de los hombres de la “Iliada”.

I

Pocos años después de la publicación en España de la segunda parte de El Quijote, Robert Burton, un curioso intelectual inglés al que hemos mencionado anteriormente, se ocupó sin ser médico del estudio de las ciencias psicológicas y escribió un bien documentado libro sobre las enfermedades mentales al que llamó “The Anatomy of Melancholy”. El libro representa una buena contribución al conocimiento de las enfermedades mentales tal como se las entendía en esa época.

Burton usaba la palabra “anatomía” en el sentido de “análisis o examen minucioso de algo”, que hoy le da el Diccionario de la Academia de la Lengua Española. El libro apareció en 1620 después de una larga preparación de treinta años. Su autor utilizó el pseudónimo de Democritus junior con el que buscaba ampararse bajo la sombra tutelar de una autoridad famosa de la antigüedad y expresar a la vez su admiración por el filósofo de Abdera. Las setenta ediciones del tratado publicadas en casi cuatro siglos atestiguan su importancia. La última edición, del año 1845, fue reimpresa en Londres en 1988 para la “Biblioteca de Autores Clásicos en Psiquiatría y Ciencias de la Conducta” con el fin de ser divulgada de manera privada entre sus miembros.

A partir de la aparición del libro de Burton han sido numerosas las obras publicadas sobre historia de las enfermedades de la mente, sus clasificaciones, síntomatología, mecanismos fisiopatológicos y pronósticos, y en especial sobre los métodos preconizados para su tratamiento a lo largo del tiempo. Esos libros hacen buena compañía a las clásicas obras sobre la historia de la Edad Media y los inicios del Renacimiento de Johan Huizinga (1923), Barbara Tuchman (1980), Jacques Le Gof (1982) y Jean Fiori (2003), y a novelas de corte histórico como “El Nombre de la rosa” de Umberto Eco (1980), que describe admirablemente el ambiente de aquellos días.

Las obras de mayor importancia de los últimos tiempos sobre aspectos históricos de la psicopatología y la psiquiatría, son en mi opinión las siguientes: “A History of medical psychology” (Norton, 1941), del historiador Gregory Zilboorg; “La Folie a travers les siecles” (Bruguera, 1970), de Michele Ristich de Groote; “Historia de la Melancolía y la Depresión” (Turner, 1986), del psiquiatra Stanley W. Jackson; “The manufacture of Madness” (Paladin Books, 1977), de Thomas S. Szasz; la “Histoire de la Folie a l´age clasique” (Gallimard, 1972) y “El Poder psiquiátrico” (Fondo de Cultura Económica, 2005), del filósofo Michel Foucault. Y en relación específica a la locura en Don Quijote, “El buen Juicio en El Quijote” (Pre-textos, 2004), de Ángel Pérez Martínez; “El Quijote y su laberinto vital” (Anthropos, 2005), del literato y psiquiatra Francisco Fernández-Alonso“; y “Locura y cordura en Cervantes” (Ediciones Península, 2005), del sociólogo Carlos Castilla del Pino, además de numerosos estudios aparecidos con motivo del III y el IV Centenarios de la publicación de la primera parte del Quijote, recogidos por la revista Anthropos (1998) y la Real Academia de Medicina de España (2005).

II

Son numerosas las acepciones del vocablo locura en los diccionarios de diferentes épocas. En el de la Academia de la Lengua Española aparecen cuatro, de las cuales solamente la primera hace relación al problema psicológico de la privación del juicio. En el Diccionario latino-español de Agustín Blanquez-Fraile (1950), se encuentran acepciones atribuidas a autores clásicos como Cicerón, Celsius, Plinio, Horacio, Suetonio y Virgilio, entre las que figuran la insensatez, la extravagancia, la insania, el delirio, el desequilibrio, la demencia, los excesos insensatos y los paroxismos.

En la décimosexta edición del “Dictionaire de Medicine” (1886) de Emile Littré, la locura se define así: “Denominación colectiva de diferentes afecciones cerebrales que tienen como característica común producir un desarreglo mental o delirio que existe como elemento mórbido independiente y predominante y no como complicación accidental de una enfermedad preexistente”. La definición va seguida de una detallada explicación de las diversas formas clínicas de locura que ocupa cuatro páginas.

El Diccionario Nysten (1833), anterior en cincuenta años al de Littré, da el nombre de “Vesanias” a diferentes tipos de locura. Se definen como aquellas enfermedades “cuyo principal síntoma es el extravío del entendimiento, la enajenación, el delirio o la demencia; o la depravación de la imaginación, del juicio, del deseo o de la voluntad”. Setenta páginas del libro están dedicadas a la descripción de diversas formas de insania, que en la Clasificación Nosológica de Sauvages comprenden cuatro órdenes, veintitrés géneros y numerosas especies, siguiendo el modelo empleado por Carolus Linneus en su Clasifícación Botánica, muy en boga en la Europa de entonces.

En tiempos de Cervantes la palabra locura, insania o demencia tenía un significado igual o parecido al de melancolía, vocablo que se usó desde la antigüedad hasta el Renacimiento para designar la locura. En el siglo XVI la melancolía tenía tres acepciones diferentes: la primera significaba tristeza infinita; la segunda hacía relación al temperamento melancólico causado por el exceso de bilis negra en el organismo y en especial en el cerebro; y la tercera correspondía a la enfermedad propiamente dicha que lleva al desquiciamiento total de las facultades del espíritu.

Para Burton, la melancolía era una enfermedad de la mente producida por una gran variedad de causas de orden sobrenatural o natural, cuya explicación detallada sería interminable, además de inútil. Entre las de origen sobrenatural, Burton destaca la acción de los demonios, ejercida por ellos mismos o por las hechiceras y los encantadores que les servían de instrumento.

Como causa principal de origen natural señala la edad avanzada, que corresponde en nuestros días a la demencia de los ancianos afectados por la enfermedad de Altzheimer, a la que Umberto Eco denomina “Santa locura de los centenarios”. Burton menciona también otras causas de origen natural, entre las que destaca las dietas inadecuadas o incorrectas como la ingestión excesiva de cebollas y ajos; los malos aires; los “trastornos de la evacuación del vientre”, el ejercicio físico violento; las cacerías prolongadas; la soledad, el aburrimiento, la pereza, el ocio y el hastío; el exceso de tristeza que produce “pensamientos perplejos”; los juegos de azar; la lectura obsesiva de libros de aventuras y de hazañas heroicas; el estudio excesivo, la meditación exagerada y las fantasías desorbitadas; el insomnio y el mucho dormir; el miedo y la vergüenza; la desgracia y el odio; la malicia y la envidia; la concupiscencia y la lujuria; las pasiones desordenadas del espíritu; la ambición y los placeres inmoderados; la imaginación fértil capaz de transformar a los hombres en lobos; las afecciones de los órganos digestivos que ocasionan “melancolía ventosa” o hipocondría; y sobre todo, la excesiva “imaginativa”, capaz de movilizar gran cantidad de humores hacia el corazón, sede de los afectos, o de extraerlos desde allí con violencia. Señala finalmente los efectos perniciosos del amor demasiado intenso, perverso o no correspondido (Burton, 1988).

Curiosamente, no se menciona en el tratado la acción de la Mandrágora, planta considerada desde antaño capaz de producir locura; su ausencia de la extensa lista podría explicarse porque se creía que las demencias de ese origen eran frenitis severas, diferentes de los casos corrientes de melancolía cuyas características clínicas eran menos dramáticas.

El amplio espectro de causas de locura permitía que se calificara como tal cualquier desvío de la conducta en la vida cotidiana. No es de extrañar entonces que Cervantes hablara de locura frente a las desviaciones del comportamiento del protagonista de su novela. Para nuestro propósito, hemos de referirnos específicamente a aquellas causas que el novelista señaló como origen de los extravíos de Don Quijote, explicando la forma como probablemente actuaban de acuerdo a los conocimientos de la medicina de aquellos días.

III

Las causas numerosas de locura de la obra de Burton traducen en buena parte la pobreza de los conocimientos contemporáneos sobre las enfermedades mentales y son testimonio además de la credulidad infantil de las gentes de entonces. Se vivía en una época en que tenían plena vigencia las querellas interminables de la Edad Media sobre temas religiosos curiosos que suscitaban el interés de las gentes, como la naturaleza verdadera de la pobreza de Cristo y la posibilidad de que hubiera reído alguna vez. Este tipo de divagacione suscitó intensas discusiones desde los tiempos del cisma de Avignón y aún las despertaba en los albores de la Edad Moderna. El tiempo, ciertamente, corría más despacio en aquellos días que en los nuestros.

Para muchas gentes no era difícil aceptar la existencia real de los seres fantásticos y misteriosos que supuestamente habían sido encontrados por los conquistadores en las tierras de América. Esos seres de fábula, en opinión de muchos, poblaban el nuevo continente como otrora lo habían hecho en Europa: epístogos o pállidos que nacían sin cabeza y tenían la boca en el vientre y los ojos en los hombros; gigantes de la Patagonia de tres metros de altura con cola al final de la espalda y pezuñas bovinas; cinocéfalos que no podían hablar sin interrumpirse para ladrar; onocentauros, hombres hasta el ombligo y el resto asnos; esquípodos que podían correr velozmente con su única pierna y enarbolaban a modo de sombrilla su inmenso pie para protegerse del sol al descansar; cíclopes, amazonas y sirenas; astómatas que carecían de boca y se alimentaban de aire; monstruos de gigantescos vientres y cuatro o más cabezas cuya existencia estaba respaldada por los relatos y grabados de los cronistas y artistas de la época (Eco, 1980).

En un mundo quimérico pleno de fantasías y de falsas creencias que no habían desaparecido del todo a comienzos del siglo XVII, es comprensible que se atribuyera a las enfermedades mentales causas tan inverosímiles y curiosas.

IV

El estudio constante, la lectura obsesiva de libros de hazañas y aventuras y el insomnio, eran a finales de la Edad Media causas de locura que se aceptaban fácilmente sin discusión alguna. Burton se refiere a ellas con amplitud. Están ejemplificadas en el primer capítulo del Quijote donde se afirma que la afición y el gusto de Alonso Quijano por los libros de caballerías eran tan grandes, que “se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio” (Quijote I, 1).

El insomnio se asociaba invariablemente a las meditaciones profundas y a las lecturas prolongadas. Según Melanchton, “el insomnio produce sequedad del cerebro, frenesí, tontería y bobería, y vuelve al cuerpo seco y delgado, desagradable de llevar”. García Márquez habría de mencionar cuatrocientos años después de Cervantes la “peste de insomnio” que amenazó con volver locos a todos los habitantes de Macondo.

DÉJANOS TU COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!