Afuera Vuelan dos Docenas de Libélulas de Alas Plateadas

Dr. Álvaro Monterrosa Castro, M.D

Proemio
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Hablaba sin parar mientras que de una radio grabadora de cassette también salía su voz gruesa y retumbante acompañada por el llanto melancólico de una guitarra bellamente ejecutada. Sólo hasta esos instantes, sólo hasta esa mañana espléndida, siendo apenas las nueve y treinta y cinco minutos, y faltando ciento diez días para comenzar el año dos mil, tuve la real certeza de su capacidad como compositor y cantante. La primera virtud es en gran medida desconocida. Pude observar sentadas en las cintas magnéticas de numerosos casetes grabados en casa, unas hermosas composiciones inéditas. Ese día tuve el privilegio de ver cientos de canciones de amor, tanto las letras como la música, dormir apretujadas, una al lado de otra, ordenadas por fecha de creación y todas ellas alejadas de la curiosidad y del manoseo del publico, sin haber sido sometidas siquiera a la muy probable posibilidad de un instante o hasta una eternidad de fama y el pasar de boca en boca. Permanecen resguardadas en un archivador metálico, custodiadas y aseguradas con celo por las llaves y los ojos fuertemente escrutadores y fiscalizadores de Carmen Ana.

Cuando en la grabadora sonaron los primeros acordes de “Ya sé a que saben tus lágrimas”, paró de un golpe el discurso, sonrió sin reservas, estalló en euforia, cambió el tema y me contó que esa era una de sus primeras composiciones, siendo escrita el veinticinco de septiembre de mil novecientos sesenta y ocho. Para entonces cantó en coro con su voz grabada:

Manuscrito elaborado por el doctor Alvaro Ramos Olier“Ya sé a que saben tus lagrimas, ese divino licor, que sale del fondo de tu alma, por tu amor y por mi amor”.

Mezclaba los temas sin confusiones, hablaba de la Facultad de Medicina y cantaba. En esos instantes me entregó una carpeta que contenía un grupo de hojas amarillentas, que resultaron ser valiosos manuscritos donde estaban trazadas unas letras apretujadas y alargadas, escritas con tinta negra mojada, conformando sentencias que hicieron parte de una conferencia que Alvaro Ramos Olier había dictado en una lejana mañana, y que vienen a ser un excelente compendio de la evolución de la Clínica de Maternidad ‘Rafael Calvo’ y del Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena.

Me había entregado la carpeta sin hacer comentarios sobre su contenido, sin dar detalles de lo importante que allí estaba consignado. Y es que tal vez en el fondo de su ser lo que deseaba era que yo por mi propia cuenta hiciese el descubrimiento. Debió cambiar en algo la expresión de mi rostro cuando me deleitaba con las palabras iniciales de su texto, y él debió notarlo, porque sentí su emoción en el acento del canto, y es que él, habiéndose levantado sin esfuerzos y ahora de pie, seguía cantando y tarareando, tarareando y cantando las notas de “Ya sé a que saben tus lágrimas”. Parecía transportado y disfrutando las delicias de otras dimensiones, mientras notaba mi propia felicidad, felicidad que se incrementaba a media que recorría las hojas amarillentas y descifraba su letra apretujada y alargada.

Aunque era lo que estaba escrito, sin mirarle le pedí que me contara la historia de la Clínica de Maternidad ‘Rafael Calvo’. Siguió cantando, acompañando su propia voz y la música que brotaban de la radio grabadora. De pronto, con energía y agitando la mano izquierda me indicó que pasase algunas hojas. Siguiendo sus instrucciones, salté un par de ellas y como atraídos por un imán, mis ojos se detuvieron en la cuarta línea, donde decía: “Corría el año de mil novecientos treinta y nueve”, frase que leí en silencio, sin mover los labios siquiera.

Creo que me leyó el pensamiento o tuvo la capacidad para ver en mi expresión lo que había leído, porque cortó de un tajo su canto y dijo en voz alta, casi gritando:

Doctor Álvaro Ramos Olier– Sí señor, corría el año de mil novecientos treinta y nueve. Caminó hasta la esquina opuesta del salón, llegó a una mesa donde estaba la radio grabadora, la apagó suavemente y con delicadeza le pasó su mano, tal vez para retirar el polvo o para acariciarla como quien acaricia a una mascota. Regresó de inmediato a su poltrona y mientras lo hacía repitió enfatizando la fecha:

– Así es, así es, corría el año de mil novecientos treinta y nueve.

Se acomodó de nuevo en la profundidad del mueble, acostándose casi, como si se acostase en el fondo del mar, cerró con fuerza los ojos para apagar la luz de la época actual y evitar la entrada de los rayos del presente que siempre al atisbo pueden generar oportunidad de parcialidad; respiró profundo, llenado los pulmones con el aire fresco y rico y sano que habían guardado para ellos los caciques Yurbacos muchos años antes que llegase el ciclón que los acabó para siempre; agitó los brazos sobre su cabeza y los dejó arriba, permitiendo que las palmas de las manos tocasen el cielo y que nubes blancas y juguetonas le envolviesen los dedos, pareciendo rendido de una vez por todas ante las exigencias históricas que plantea la vida a los grandes hombres. Y dejó que su pensamiento se convirtiese en una preciosa ave y que volase libre y con rapidez y con elegancia y con seguridad hacia el pasado.

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