La Mariposa de las Alas Anaranjadas

La Mariposa de las Alas Anaranjadas

Dr. Álvaro Monterrosa Castro, M.D

Proemio
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“Si el Doctor Jorge Milanés estuviera, no me pasaría nada de esto” – dijo Filomena Obeso de corazón y de un golpe, cuando todos los ruegos y argumentos se le habían agotado y lo único que le quedaba era la hermosa cayena roja injertada que tenía sobre su oreja izquierda. Recordó a su médico de hacía tantos años, de pronto, sin pródromos ni preavisos. No como producto de una alucinación, sino como un humano acto de nostalgia ante la ausencia de la oportuna y preciosa tabla de salvación, aquella que siempre esperamos tener a la mano en el instante justo en que el barco de la vida está a punto de naufragar.

Con la frente sudorosa por el calor asfixiante de las tres y treinta de la tarde de un miércoles del mes de julio, Filomena Obeso, con sus cincuenta y nueve años de edad y la frente pegada al vidrio opaco de la caja, fue sacando de una pequeñísima cartera que empuñaba en la mano derecha, unos pocos billetes y los entregó a la señora gorda de lentes de molduras gruesas y vidrios verdosos que, inmutable, sin capacidad de asombro y ajena o impávida ante todo, le había repetido con simpleza y sin aprecio más de media docena de veces el valor impositivo del copago de los servicios prestados (atención de parto vaginal de su hija), el cual debería cancelar en estricto contado y en efectivo para poder salir de alta de la Clínica de Maternidad “Rafael Calvo”.

Permaneció un largo instante con la frente pegada al vidrio, incluso después de recibir un par de monedas en carácter de vueltas y el recibo de pago que debería señalar al vigilante y guarda de seguridad en la puerta, más allá de la reja metálica y negra fraguada hacia tantos años, cuando en compañía de su hija recién parida y su nieta de solo veintisiete horas de nacida partieran rumbo a su barriada de residencia, en la zona suroriental de Cartagena. De repente, Filomena giró con fuerza sobre sus talones, o más bien sobre sus modestas sandalias, dejando que el vestido blanco de bolitas negritas, de falda amplia se abriese como un inmenso abanico, permitiendo que por debajo se dibujasen sus enormes caderas bantúes. Avanzó unos cuatro pasos y quedó instalada justo en el centro de la sala de recibo principal de la clínica de Maternidad “Rafael Calvo”. La mirada le bailó desde la puerta del laboratorio clínico a su derecha hasta la reja negra de la puerta principal de la clínica. Para los que tuvieron tiempo y ojos para mirarla, debió parecerles una estatua viviente erigida a la memoria de las mujeres de clase baja que frecuentan esta institución desde siempre, o debió parecerles una preciosa escultura a las mujeres afro descendientes que han encontrado en esta clínica su casa de maternidad, la casa que aquellos señores que por los años de mil novecientos treinta y nueve, soñaron en construir y que no tuvieron la vida suficientemente larga para verla convertida en realidad. Tal vez debió parecer la representación palpable y real de las miles y miles de mujeres de tantas generaciones que a diario y sin ninguna otra alternativa posible han asistido a esta clínica de condiciones locativas y técnicas limitadas donde, no obstante, ha estado de lleno la ciencia, según las apreciaciones del mismo pueblo.

“Si Jorge Milanés estuviera, no me pasaría esto” – dijo de nuevo con hondo desconsuelo, con el recibo en la mano y anclada en mitad de la sala. No alcanzo a precisar las veces que lo repitió, pero sí estoy seguro de que retumbó muchas veces como un eco en el cerebro de Julieta Fernández, la estudiante de medicina que avanzaba por el pasillo, allá cerca al salón de conferencias que hacía tantos años había ordenado construir el doctor Aníbal Perna Mazzeo. Lucía un bluyín azul intencionalmente desteñido, fuertemente ceñido al cuerpo y una blusa de mangas largas con cuadros rojos, amarillos y negros, cuidadosamente encajada. Por encima una bata pulcramente blanca, bien planchada con el escudo de la Universidad de Cartagena bordado a la izquierda, justo por delante del corazón y el rótulo ‘Facultad de Medicina’. El cabello negro intenso, recogido en un moño en todo lo alto y aprisionado con una banda elástica de color rojo, parecía coronarla. Juvenil y radiante andaba, levantando con delicadeza los zapatos negros de tacones altos bien lustrados que calzaba, cuando escuchó el primer lamento de desconsuelo que lanzaba Filomena Obeso. Apretó el paso, giró hacia la izquierda dejando la entrada a la sala de profesores del Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Facultad de Medicina. Prácticamente corriendo transitó con desespero el nuevo pasillo y jadeando llegó a la sala de recibo, donde pudo observar a Filomena en toda su corpulencia, recorrerla visualmente de arriba abajo. Tuvo tiempo para atisbar por los rincones de su piel negra, luego de respirar profundo reduciendo el ritmo del corazón. Se preguntó con asombro, qué hacía allí, a estas horas y en esta época, esa señora de ojos negros hermosos y enormes, de labios gruesos y carnosos pese a la edad, lamentándose de la ausencia de un profesor, del gran maestro de todos los maestros de esta clínica, del gran gestor académico de la Obstetricia de esta Universidad, si el doctor Jorge Milanés Pernett se había jubilado y retirado hacía más o menos treinta años y nunca más había regresado.

Aunque estaba sentada en el puesto de enfermería de la Sala de Hospitalizados, que era conocida bajo el nombre de Sala de Cooperativas, haciendo unas ordenes médicas y preparando la entrega del turno, siendo las tres y treinta de la tarde y estando a más de ochenta metros de distancia de la entrada de la Clínica, una residente de segundo año de Ginecología, escuchó clarita la expresión de desazón de Filomena Obeso. Al instante, paró de escribir, como lanzada por un resorte se puso de pie, a toda prisa cerró la cuadricula de la cama número seis, la empuñó con fuerza en su mano derecha, la recostó al pecho y se fue caminando aceleradamente hacía la puerta principal de la Clínica, sin prestar atención a que Alcira Cardona, la enfermera jefe de la sala, corría tras ella y le decía:

“Doctora, doctora, ¿por qué se va? Mire que todavía le faltan otras evoluciones, mire que a la paciente de la cama siete hay que hacerle la hoja de interconsulta, mire que tiene pendiente dos ingresos, mire que le falta revisar estas notas de los internos, pero doctora, doctora, no se vaya. ¿Y ahora quién me firmará todas estas hojas de facturación?

“Doctora, le faltan todas las epicrisis” – continuó la enfermera gritando y casi con desesperación, para rematar diciendo sin esperanzas y respaldada por la experiencia de haber lidiado a más de una docena de generaciones de Residentes:

“No entiendo por qué se va y me deja todos estos papeles sin completar. Estos residentes de ahora dejan todo tirado”.

La doctora cruzaba ya el umbral de la puerta de la Sala de Hospitalizados cuando el final de la frase le golpeó de súbito e inmisericorde en la espalda. Se detuvo un instante, giró la cabeza abanicando el aire con su cabello rubio y suelto y tuvo el tiempo justo para negar la afirmación apretando el entrecejo, para decirle con la mano que aguardase un poco, mientras con el brillo de la ternura en los ojos y una sonrisa dulce de niña, le decía con convencimiento que había situaciones que no daban espera, que algo muy especial estaba sucediendo allí, que debía llegar pronto, que ella necesitaba conocer las respuestas a muchas preguntas y que era la oportunidad de conocer todo, para que la verdad persistiese por siempre.

Veloz la vieron pasar frente a la entrada de la Sala de Urgencias. No miró a un par de Internos que intentaron detenerla cuando cruzó delante de la Sala de Partos. No respondió el saludo del docente que, con gafas colgadas a manera de gargantilla, arrastraba sus pasos rumbo a la Unidad de Colposcopia, donde a diario le esperan a estas horas. Como una exhalación dobló a la izquierda y estuvo a punto de chocar con una camilla que venía de cirugía, pasó frente al consultorio de ecografías, dobló a la derecha, se tragó en un suspiro el otro pasillo y se detuvo justo al lado de la estudiante Julieta Fernández, que también llegaba para esos instantes.

“¿Escuchaste?”-, se preguntaron al unísono, gastándose ambas el último sorbo de aire que les quedaba tras el avanzar presuroso, mientras Filomena recuperando el andar, se dirigía a Sala de Puerperio a buscar a su hija y a su nieta.

De la espesura física de una de las paredes de la entrada de la Clínica de Maternidad `“Rafael Calvo”, salió la figura de un hombre de piel muy blanca, cabello canoso muy escaso y peluqueado casi a ras, que dejaba al aire y expuesta al sol una frente amplia cruzada en transversal por numerosas arrugas. Cejas pobladas, gruesas y excesivamente negras, estaban justo por encima de unos anteojos gruesos y negros elaborados en fino carey. A través de los gruesos vidrios para corregir una alteración visual de años, se apreciaban con facilidad unos ojos vivos, cargados de una pasividad y una fortaleza curtida en muchos años de cotidianidad. Unas profundas y pronunciadas líneas de expresión en las mejillas, en la barbilla y en el borde de los labios, acentuaban el respeto que inspiraba.

Tenía manos grandes y delgadas que se finalizaban en unos dedos huesudos y largos dignos del mejor de los cirujanos, poseía la apariencia de ser más que un octogenario, muy delgado, inclinado hacia delante por efectos de una ligera cifosis, ataviado con una hermosa boina a cuadros de diferentes tonalidades de grises y con una enorme mariposa viva de alas anaranjadas posada en el botón superior de la camisa azul a rayas. Caminó con paso firme y seguro, sin tocarlas siquiera se colocó entre la doctora y la estudiante, quienes se asombraron al sentirlo entre ellas de pronto, y sin saber por dónde había llegado. Sin prisa y dejando salir un chorro de paz, miró a una y luego a la otra, y sin tantos rodeos les preguntó si sabían quién era Jorge Milanés Pernett, el “Viejo Mila”, como lo bautizó con cariño el doctor Boris Calvo del Rio, por allá por los años sesenta o setenta del siglo veinte.

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