Dinámica del Aprendizaje

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

La dinámica del aprendizaje es también la del aparato mental. Se sabe, a través de las teorías de la comunicación, cómo existe una semejanza entre los transmisores y receptores con los mecanismos del aprendizaje; por otra parte, es importante tener en cuenta la personalidad, su evolución, su desarrollo y relación con el tema central del aprendizaje.

Por lo expuesto se concluye cómo para aprender es necesario contar con un adecuado desarrollo de la personalidad y que son inherentes del aparato mental; además, es importante tener en cuenta desde el punto de vista psicodinámico los mecanismos yoicos, los de proyección e introyección, el proceso primario y secundario, las leyes de la asociación, la necesidad de aliviar tensiones en búsqueda del placer y alivio del dolor.

1. Formación y estructura de la personalidad.

Antes de seguir adelante revisaremos la formación de la personalidad y su estructura. Desde el punto de vista psicoanalítico el Ello, el Yo y el Super-Yo forman la estructura de la personalidad. Es planteándolo en un lenguaje simple, el Ello el motor, el Yo el conductor y, el Super-Yo el freno; éstos a la vez operan tópicamente en los planos del consciente y el inconsciente, sin lo cual no se puede comprender al hombre y al aprendizaje.

En el inconsciente no hay reglas, ni tampoco, ni espacios, y entrar allí es hacerlo en otro espacio particular, lo cual pertenece a una tarea difícil. La puerta o ventana de entrada es el preconsciente y es por allí por donde salen los elementos que a él pertenecen. La mayoría de nosotros creemos que vivimos continuamente en un plano consciente y eso no es así. Vivimos más en el plano del inconsciente sin darnos cuenta por que racionalizamos. Así quedan funcionando en la realidad y en la consciencia las múltiples motivaciones que nos mueven desde el inconsciente.

¿Qué tiene que ver el inconsciente en el aprendizaje?

La respuesta es sencilla: El inconsciente es parte de la unidad psíquica. Lo que percibimos es sentido por el inconsciente y el consciente. En el inconsciente hay tres fuerza fundamentales:

1. La de vida, 2. La de muerte, y 3. La de repetición. Estas tres se enfrentan ante el principio de la realidad; la de vida, “eros” (placer); la de muerte “destrudo” (displacer); unas y otras se contraponen permitiendo el movimiento y la repetición. Estas fuerzas obran en el aprendizaje y son los impulsores de la instancia Yo; este aparato a la vez en su primera función controla los estímulos internos y externos (la excitación y el relajamiento).

Por su parte el niño, al nacer, se encuentra desvalido y carente de capacidad de “ligar” la tención; no puede controlar, no distingue ni diferencia los impulsos; la captación del mundo externo (percepción), función del Yo, que no está desarrollada lo mismo que la motividad y la capacidad de fijar la tensión mediante fuerzas opuestas. Todas estas capacidades y funciones del Yo se desarrollan y sirven en el proceso de aprendizaje.

El niño al nacer se angustia por estar indefenso entre los estímulos; es entonces cuando, necesitando vivir, aprende a defenderse, a adaptarse, a saber, a liberarse de la tensión. Es la boca el aparato con el que primero se comunica con el medio externo objetal y así también alivia la tensión. Lo que es externo se vuelve interno, no sin antes haber estado presente y en función la fuerza que sale de lo interno y tiñe lo externo, lo agarra, lo “inviste” con su energía y luego lo aprende.

Los objetos externos procuran por su parte el estado de placer.

Es así como el Yo se va formando, diferenciando y distinguiendo del mundo externo.

Al principio lo interno y lo externo se sienten como uno, luego que se va diferenciando se crea el sentido de realidad. Antes de crearse este principio, lo aprendido arcaico que trae el ser humano por herencia, va a mover, motivar o dirigir los impulsos, y con los órganos de los sentidos es como se puede realizar el conocimiento del mundo exterior.

Con respecto a las percepciones, éstas se ligan unas y otras y la estructuración del aparato perceptivo va paralelo a la del Yo, pudiendo, este último, actuar en forma alternativa con una actitud pasiva o una activa y así también da la posibilidad de aprender.

2- Psicodinamia del Yo y el aprendizaje.

El proceso de la formación del Yo también va paralelo al del aprendizaje. ¿Cuándo comienzan uno y otro? La respuesta está en la historia del hombre y su vida. Se inició hace siglos con la transformación del ser; además, este aprendizaje y enseñanza se va transfiriendo día a día en la especie. Es decir, existe una herencia del Yo, lo mismo que un aprendizaje heredado. Por lo expuesto podemos concluir que la dinámica del aprendizaje pertenece a la misma psicodinámica del Yo.

Hemos expuesto ya los tres principios: el de placer, el del dolor y el de la repetición: ¿Cuál es el primer placer? Podríamos decir que es la vida. Si pensamos en detalle, veremos cómo el primer dolor también se siente con la vida. El primer dolor es la separación del niño del útero materno, y es aquí en donde, para vivir, el Yo despierta a la actividad del aprendizaje en el mundo externo y así también siente placer. De tal manera placer y dolor se oponen y se juntan en la misma vida. A la vez, el principio de repetición es el que permite vivir y morir, gozar y sufrir, sentir placer y dolor, y en ultimas, aprender, conocer y vivir.

Sucede, y la experiencia ya lo ha demostrado, dice Susan Isaacs:

“Que a través de cada aspecto del desarrollo mental y físico (locomoción, habilidad manual, postura, imaginación, lenguaje o lógica primitiva), cualquier fase se desarrolla gradualmente desde las anteriores; de manera que pueden determinarse tanto en sus configuraciones generales como en sus detalles específicos”.

El desarrollo por lo tanto no es uniforme, pero sí hay crisis definidas e integraciones radicales en la experiencia y realizaciones futuras. Por ejemplo, el caminar de verdad y el aprender a hablar no son sino la fase final de una serie  de coordinaciones del desarrollo.

Las definiciones y postulados del hablar, pensar, actuar (funciones del Yo), son puramente convencionales por que el proceso sucede como el día y la noche; es como un espectro. Podríamos decir, repitiéndolo que el paso del proceso del aprendizaje comienza con el dolor en la separación del niño del útero materno.

Con respecto a la funcionalidad yoica, podemos mencionar cómo una de las primeras funciones del Yo  es la “primitiva imitación”, que consiste en hacer nuestro (del Yo) aquello que percibimos. Esto se logra en primer lugar poniendo lo externo dentro, a través de la boca e impulsado por el hambre.

“Es el hambre-escribe Fenichel-, con sus reiteradas perturbaciones de la paz del sueño, lo que ha obligado al reconocimiento del mundo externo”, y agrega: “La primera realidad es aquello que uno puede tragar”.

A este mecanismo le llamamos introyección oral. El mismo autor agrega: “…introducir en la boca e imitar con propósitos de percepción son una y la misma cosa y representa la primera de las relaciones del objeto”.

“La imitación del mundo externo mediante la incorporación oral constituyen la base del primitivo modo de pensar, denominado mágico” (Fenichel: Teoría general de las neurosis, p. 52, 191); ¿qué es lo que primero incorporamos?: El pecho o el alimento que es dado por la madre.

Así como hay una capacidad de dar, la hay también de recibir. Se recibe, se incorpora, se aprehende el mundo externo y se hace interno y allí sigue el proceso de asimilación, el cual requiere, para la integración, la destrucción; es el manejo interno del Yo corporal el que cumple esta función. A la vez que el instinto de muerte destruye el objeto, para asimilarlo, se produce el miedo a la aniquilación y miedo a que le haga daño desde adentro. Todo lo que produce dolor o falta de confort son sentidos como dañinos interiormente.

En psicoanálisis comprendemos cómo cuando el equilibrio de los instintos de vida y muerte se perturban, por privaciones de hambre, surge la avidez.

El niño al ser frustrado encuentra el mundo exterior peligroso, dañino y malo. Concretamente el pecho materno. Lo contrario lo siente como gratificador y bueno. Existe la diferenciación de pecho bueno y pecho malo. Entonces el instinto se escinde y el objeto se divide. Luego  las ansiedades disminuyen: el Yo es capaz de integrarse y sintetizar sus sentimientos frente al objeto y así predomina el instinto de vida.

Esta síntesis hace surgir sentimientos depresivos y reparatorios del objeto dañado “bueno”; de aquí nace la tendencia a construir, a crear, a juntar las partes. En resumen, el pecho bueno (puede ser cualquier representación) fortalece la integración y ayuda al temprano Super-Yo, aumenta la capacidad del niño para amar y tener confianza en los objetos y al mismo tiempo se torna representante del instinto de vida, el que a la vez mejora las posibilidades de nuevas introyecciones, que en suma son aprendizaje.

Otro punto importante es aquel que se refiere a cómo el niño a prende a saber lo que es dolor y lo que le produce displacer, a través de la comida y consiguiente liberación de la tención hambre.

Ocurre que la situación no se establece tan fácilmente, por que la madre o sustituto le da menos o mas de comer; llena el estomago, calma la tensión en forma parcial, o se sobrepasa y produce otra tensión mas; es entonces cuando el niño no distingue el placer del displacer, el pecho bueno del pecho malo y la introyección se dificulta  así mismo el aprendizaje.

Lo que primero aprende el niño es a introyectar, a incorporar, a comer y con ello lo que le sirve para vivir; después reproyecta sus impulsos y el mundo incorporado, en forma de símbolos y signos a través del movimiento, en la mímica, primera expresión emocional, luego en los juegos y más tarde en las figuras habladas o escritas. Si el niño recibe el mundo externo con hostilidad y frustración, la incorporación va a hacerse inadecuada, ansiosa, peligrosa, persecutoria, destructora y culposa; y es así como va a patogenizarse el aprendizaje.

El niño frustrado del amor no está seguro y confiado; su yo débil no puede integrarse ni sintetizar; es así como no puede aprender bien (“si te dan piedras no puedes comer piedras”, decía un niño refiriéndose a la enseñanza agresiva, es decir, no puede hacerla propia, no puede aprender). Sabemos, por otra parte, que mas aprendemos de quien más amamos.

El niño que en sus primeros años no recibe confianza, seguridad, protección y, en suma, un objeto y mundo externo buenos, va a tener que destruirlo eliminándolo inmediatamente o destruyéndolo en su interior, en el cuerpo; es así como no pueden retener el objeto, que es lo aprendido.

No hay lugar a duda que la boca es el modelo de la incorporación de los objetos, pero otras zonas sirven al mismo fin; es así como hay introyecciones y aprendizajes por los ojos, piel, respiración, audición, tacto. Es en la primera fase oral de introyección cuando el niño aprende y se identifica. ¿Con qué lo hace? Con lo externo que introduce dentro de él y lo retiene.

La repetición del objeto es fundamental en el aprendizaje; sin ella no se aprende. Los objetos se retienen en las cavidades corporales: Boca, intestino, ampolla rectal, vejiga útero, vagina y otros órganos internos sustitutos desplazados de los primeros.

El tubo gastro-intestinal es una de las zonas en que, por primera vez, el Yo corporal percibe. Es por medio de él como el Yo aprende del mundo exterior y de la realidad. Lo que entra en la boca se considera como “lo mío”, y luego lo externo simbólicamente queda a dentro del Yo corporal.

Más tarde el niño a prende que existe el “dinero”, símbolos de la posesión externa, la que dentro está representada por una parte de lo incorporado y aprendido; por esto en la posición externa y en el valor del objeto es como se desea obtener; el valor interiormente está representado por una parte de lo incorporado y aprendido; lo aprendido puede ejecutarse afuera, pero puede “trancarse”, “atorarse” de acuerdo con lo expresado por los mismos sujetos, según sea placentero o displacentero.

Es importante tener en cuenta cómo el Yo realiza la valoración del objeto (subvaloración, hipervaloración, infravaloración, y denigración del objeto, parcial o total) y la relación con él, esperando de él lo que se siente que se merece.

(Lea También: Neurosis y Aprendizaje)

Luego de pasar el objeto por las etapas oral y anal, y quedar fuera, el niño vuelve a elegir un objeto, y está vez lo hace en sí mismo;  es cuando descubre su cuerpo y desea descubrir a los demás. Aquí se inicia el “porqué” y el “para qué”, después de haberse presentado el “qué” o “cuál” es el objeto.

Es así como se ponen en función los órganos que le producen placer. Estableciendo esto, de acuerdo con la realidad, el niño pasa al mundo de su fantasía, de ideas y pensamientos, y de ahí a establecer el juicio  de realidad y aprender con la razón.

No se entienda que el pensamiento y fantasías no tengan un proceso y desarrollo paralelos y simultáneos con los otros procesos de la unidad psíquica.

Pasada la etapa anteriormente descrita, y que el psicoanálisis llama latencia, viene la pubertad, en la que aparecen los impulsos en una crisis; depende de cómo se elabore esta “crisis” el muchacho va a poder salir de ella aprendiendo. Conocemos que en esta época el aprendizaje es difícil y trabajoso. El niño o la niña se inclinan más a la satisfacción de sus impulsos o a aplacarlos. Resulta que se establece la lucha y con ésta en función no se puede aprender. Para eso existen todos los mecanismos defensivos que permiten aprender.

En el desarrollo físico y mental, los instintos se enfrentan con la frustración o privación y la satisfacción; una y otra pueden impedir el aprendizaje. Por ejemplo, si hay demasiada frustración o gratificación, el niño no va a poder aprender. En el primer caso, por que no le dan, por que le prohíben y no se le permite a prender; en el segundo, por que se le da demasiado y se le ayuda a quedarse en ese plano pasivo de recibir. El objeto se fija y el niño no puede sacar (expresar lo aprendido) por miedo a perder; retiene (no recuerda, olvida) por miedo a perder.

Es lógico deducir que una experiencia que vaya a debilitar el Yo, va a influir en el aprendizaje. Muchas veces oímos usar el “No” a padres y maestros, en tal forma que anulan la posibilidad del niño.

“No hagas esto, no escribas así o asá, no leas o escribas así, tú no sabes nada, tú eres un bruto, tú tienes una cabeza dura, a ti no te importa sino jugar, a ti no te interesa esto o aquello”, refiriéndose al estudio o a lo que se enseña o al sujeto niño que desea aprender no siempre lo que los adultos quieren.

El niño al quedar fijado en una etapa o en un punto de su desarrollo, cuando trata de avanzar y se le impide, vuelve, regresa a etapas anteriores, quedando impedido el proceso del aprendizaje.

Con respecto a las fuerzas represoras con estas las que defienden al Yo, coadyuvan en estos pasos y producen a la vez que lo incorporado, aprendido, quede en el inconsciente, ignorado y oculto.

Lo aprendido-introyectado puede estar ligado a impulsos libidinosos o destructores y, al ser reprimido el impulso, lo es también lo aprendido.

Resulta que la mayoría de las veces emerge deformadamente, a través de sueños, actos, juegos, expresiones verbales, escritas, pictóricas, plásticas, musicales, o bien en la mímica cualquiera que sea. Es decir, lo aprendido olvidado sale del inconsciente a la conciencia, en forma disfrazada, y lo realmente aprendido no se reconoce.

Sucede que a veces la deformación se hace por lo contrario; lo que aprendemos como negro sale blanco; lo alto aparece bajo; la Z se convierte en S; la S en C, la B en V; apareciendo la confusión y la duda.

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No se entienda que el hablar en este sentido de la represión significa que no debe haber frustraciones, pues es factible enseñar y entrenar al niño en sus diferentes funciones psíquicas.

En un tiempo ya remoto se llegó a decir que “la letra con sangre entra” y que “la memoria se desarrollaba con la férula”. Así el mecanismo represor llegó a su máximo. Fue más tarde cuando se pasó al lado opuesto; en búsqueda de la liberación se llegó al libertinaje y a un fracaso.

Ahora estamos en la época del método científico, de la técnica metodológica; aplicando todos los principios básicos de la psicodinamia, nos empeñamos por conocer, recordar, descubrir y aprender cómo aprender más y mejor en forma simple, integrada, placentera y real.

Antes se mencionó al Super-Yo, instancia del aparato psíquico, que impide o no la salida de los impulsos y ayuda en el aprendizaje canalizándolos.

Las fuerzas energéticas en él instaladas y por él usadas deben ser balanceadas, de lo contrario se impide la expresión y ligazón del instinto en forma adecuada, o la introyección de objeto dentro del Yo. De tal manera se coarta la expresión e impresión del Yo y con ello el aprendizaje.

Sabemos que un profesor rígido hará de Super-Yo rígido, y la materia o tema en cambio de ser motivo de placer, va a convertirse en temor.

Es el Yo el que debe a prender (y con ello realizarse) y no el super-Yo el que debe aprender a negar, prohibir y castigar la realización del ser (Yo) y del conocer.

El Yo castigado por los instintos o por el Super-Yo queda inepto para aprender; en su lucha defensiva gasta las pocas energías restantes y no puede usar su fuerza para encontrar las soluciones en el mundo abstracto o concreto. “El Yo primitivo, inmaduro, tiene un amplio alcance de los conceptos, toma las semejanzas por identidades, incorpora las partes por el todo o viceversa y los conceptos tienen como base las reacciones motrices comunes”.

El Yo débil no puede enlazar palabras que van a formar una idea, no puede diferenciar; reducir, constituir e integrar. El Yo débil, primitivo piensa mágicamente y se defiende omnipotentemente, creyendo poder dominarlo todo; es así como se presenta la “omnipotencia del pensamiento y de las palabras”.

La percepción objetiva presupone cierta distancia entre el “Yo”, el “No-Yo” y “un juicio correcto; es decir, “una capacidad de aprendizaje diferencial”. El juicio correcto es incompatible con el predominio del principio del placer; aquel juicio se basa en la realidad y en la postergación de la reacción de descarga del impulso.

“El tiempo y la energía ahorrados por está postergación son usados en la función del juicio. Al principio el Yo no ha aprendido a postergar, pero luego lo hace y aprendiendo a anticipar el futuro, en la imaginación, mediante la prueba de la realidad”; es así también como aparece el pensamiento.

Aprendiendo a anticipar los acontecimientos en el mundo externo (previendo los peligros externos), se lucha y se defiende evitándolos o adaptándose a ellos; se aprende a anticipar el futuro en la imaginación; en otras palabras, a ir probando la realidad y aprendiendo de ella y con ella.

El desarrollo y aprendizaje del niño se realiza a diferentes niveles neuro-ficiológicos y psico-sociales, todos los cuales vienen a la vez programados genéticamente. De tal forma el aprender a caminar, a controlar los esfínteres, a adquirir el dominio de las funciones motrices, a hablar, nos ayuda a adquirir el principio de realidad.

“Con un buen desarrollo del principio de realidad el Yo aprende a que la mejor protección contra las amenazas y la máxima participación se logra cuando hay un buen juicio de la realidad, y es con ella con la que dirige su conducta”.

Por lo expuesto podemos concluir cómo si al niño se le traumatiza, si no se le da a conocer la realidad, si se le miente, no va a poder hacer un juicio correcto de la realidad, porque su Yo no ha sido capacitado para ello; entonces, más tarde, en su neurosis, el niño hace falsas interpretaciones de la realidad, con lo que se incapacita el aprendizaje.

Los acontecimientos de la vida real externa o de la vida interior serán experimentados como repeticiones de lo falsamente aprendido.

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