Germán Calderon España

“La Silla Vacía”

José Gregorio Hernández Galindo

Es precisamente el debate, la controversia, la disparidad de criterios, el encuentro entre ideas diferentes…, lo que más se requiere en Colombia, en la coyuntura actual, que se caracteriza por una tendencia malsana a la unanimidad; a estar todos de acuerdo.

En verdad, estamos llegando a niveles deplorables de conformismo ideológico, político y jurídico. Lo de moda es “tragar entero” –aquello que detestaba el lamentado cof rade Al fonso Palacio Rudas–, una perniciosa costumbre que anquilosa el pensamiento y somete las voluntades al querer de los manipuladores de masas y de medios.

Los últimos años han transcurrido en permanente sobresalto, por mil motivos que hacen su aparición en el escenario público, y que tendrían que conmover profundamente a la sociedad entera, pero que, ante la incapacidad colectiva para el examen y la crítica –pues todo el mundo teme ser censurado si expone lo que piensa–, desaparecen pronto y caen en el olvido. Lo grave es que tales asuntos no son de poca monta, y que en cualquier otro país habrían logrado estremecer la cúpula misma del Estado: véase el caso de la “parapolítica”, la “yidispolítica”, los grandes escándalos de corrupción, o las relaciones impunes entre servidores públicos y delincuentes.

Por paradoja, esa misma indolencia pública ante los acontecimientos ha provocado que los escándalos, aunque se ocultan y desaparecen por un tiempo, resurjan de manera recurrente, y se nieguen a permanecer en la oscuridad. De una u otra forma, a pesar de las “cortinas de humo”, y de los múltiples elementos distractores, siguen siendo problemas que están en los escritorios oficiales, del Gobierno, del Congreso, de los jueces, de los fiscales, de los entes de control…, a la espera de ser resueltos. Y se están acumulando, de tal manera que, como no han sido criticados en profundidad, salen a flote necesariamente, y para muchos se convierten en tortura.

Resulta innegable que, en lo institucional, hay una crisis profunda que algunos intentan morigerar, o hacer como que no existe. Pero ella tercamente hace presencia en todos los niveles de decisión, y en las entidades públicas y privadas. Los hechos, con distintas fuentes y proviniendo al parecer de orígenes diversos, se han venido concatenando y formando un nudo cada vez más grande, muy difícil de desatar.

El único sector de la sociedad que puede darse el lujo de mirar los toros desde la barrera; de analizar cuanto ocurre; de ver el conjunto; de establecer las causas y las consecuencias; de entender la magnitud de los errores y de discriminar las responsabilidades, es la Academia.

Hasta ahora, los académicos no han sido contaminados, y la sociedad aún los escucha y los atiende, al menos en el plano teórico, por lo cual están llamados a hacer sus aportes, ordenados al propósito –que debería ser colectivo– de buscar soluciones de fondo a la crisis, y de impedir –como dice la Constitución– la extensión de sus efectos.

La Academia tiene la ventaja de que, en forma imparcial y objetiva, puede estudiar reposadamente el universo de los acontecimientos y de formular recomendaciones, sin que en su seno –por la misma diversidad de sus componentes– haya intereses larvados o explícitos que condicionen o dirijan cuanto concluya. Se supone que el análisis científico, en el plano sociológico, en el jurídico, en el político, en el económico, es ajeno a la influencia del poder y a las manipulaciones de los corruptos, y por tanto ofrece garantías, no solamente en cuanto contrapone ideas y criterios sin temor, sino en búsqueda de la plena satisfacción intelectual. A ésta no se llega sino mediante un conveniente y propicio motor de controversia que la misma Academia suministra.

De allí que el suscrito haya pensado en la necesidad de incentivar, particularmente las nuevas generaciones, el espíritu de la crítica, el análisis y el debate.

Para poder hacerlo con eficiencia, se requiere estimular a las mentes inquietas, que sin interés particular dedican tiempo y energías al estudio de los temas de palpitante actualidad.

En los días que corren, ello debe tener lugar en el terreno al que nos han llevado los acontecimientos: el de la crisis política e institucional por la que atravesamos, y por lo tanto se impone que esas mentes inquietas se ocupen en los temas jurídicos que tendrían que ser objeto de una controversia seria, en especial si tocan con posibles y casi inevitables reformas a la Constitución.

No es que, desde mi punto de vista, estime que las reformas sean la llave mágica que nos lleve a la solución de la crisis. Por el contrario, tengo la profunda convicción de que los grandes problemas nacionales no han sido provocados por las normas ni por los esquemas institucionales, sino por falencias muy graves de las personas, ya sea a causa de ignorancia o por falta de ética. Pero también está presente el hecho incontrovertible de que hay reformas constitucionales, al menos planteadas o bosquejadas. Están sobre el tapete, y debemos estudiarlas.

Todo esto para decir que, con el mayor agrado, he aceptado la cordial invitación del abogado Germán Calderón España, quien me ha pedido que prologue su interesante estudio acerca de la ya famosa propuesta de reforma constitucional conocida como “la silla vacía”, que fracasó durante la pasada legislatura, ya en la puerta del horno, por inexplicable actitud del Gobierno y del Congreso, y que ha resucitado a raíz del informe de la Comisión de Ajuste Institucional convocada por el Ejecutivo.

Se trata de un documento que pasa revista, en su integridad, a lo más destacado del debate tramitado en los últimos meses y que tiene la virtud, además, de ofrecer a los lectores una visión jurídica del asunto, y de formular una propuesta que el autor considera viable, y que tuve
oportunidad de conocer en sus aspectos centrales, merced a su amable solicitud.

Esa propuesta busca una conciliación entre tendencias jurídicas distintas, y resulta valiosa por cuanto es seria. Proviene totalmente del doctor Calderón España, y no quiero añadir en este escrito si la comparto o no, precisamente dentro del enunciado propósito, también vinculado al título del estudio: promover el debate.

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