Mujer de Bronce de Chinchiná

En siglo y medio Chinchiná (ubicada junto al río del mismo nombre, en el departamento de Caldas, Colombia) ha vivido, además de varias bonanzas cafeteras, todos aquellos hechos infaltables de nuestras muchas violencias, por no hablar de su dosis usual de malos gobiernos. Este pueblo sufrió también en carne propia la avalancha del deshielo del Nevado del Ruiz en 1985, cuando su tragedia de dos mil muertes fue opacada por la de Armero, ubicado justamente al otro lado del nevado. Mientras tanto, allá en su plaza principal, indiferente a todo ello, una muchacha de bronce sigue hoy como entonces derramando impávida el agua inagotable de su ánfora pródiga. Como si nada pasara, esta mujer ha sido testigo de gran parte de la historia del pueblo. Hace ochenta años llegó al caserío de San Francisco de Paula -a orillas del Chinchiná- la estatua de bronce traída desde Francia para adornar la plaza principal. El pequeño pueblo, que sería rebautizado en 1930 con el nombre de su río, no alcanzaba entonces las cinco mil almas, pero vivía unos años de inusitado progreso. Sus habitantes, descendientes de los colonizadores que se habían establecido allí a partir de 1863, el año en el que, después de un largo litigio, la ley había declarado baldías estas tierras, se maravillaban de que esta hermosa figura femenina ataviada en velos vaporosos no hubiera llegado cargada por recuas de mulas o por yuntas de bueyes. Era así, al fin y al cabo, como lo habían transportado todo hasta estas montañas. Así, a lomo de bestia, había llegado en 1905 la talla catalana de tamaño natural del Señor Caído que hoy siguen venerando en el templo parroquial de Las Mercedes. Así habían llegado las primeras mesas de billar en 1913, y así las piezas del primer automóvil Ford que había transitado por estas calles en 1915, apenas un decenio atrás. Pero no. Para la llegada de nuestro bronce francés existían ya no una sino dos novedosas opciones de transporte, dos auténticos rasgos de modernidad que habían cambiado la historia de este pueblo montañero. Ahora los ‘pachunos’ tenían la carretera, inaugurada en 1921. Con buen clima, dos horas podía tardar un viajero (o un bulto de café) en llegar a Manizales, ese pueblo con tempranas ínfulas de ciudad que había sido designado capital del nuevo departamento de Caldas en 1905. En Manizales embarcaban los bultos del valioso grano en el cable aéreo que remontaba el páramo de Letras y descendía luego al Magdalena por Mariquita. Jesús Elías Pérez, historiador de Chinchiná, afirma que no es en vano que la anónima mujer haya sido cambiada varias veces de ubicación. Primero, para sembrar las palmas reales y las cuatro enormes ceibas que hoy enmarcan la plaza, así como para colocar en el centro mismo la efigie marcial del libertador Bolívar. Pero también han tenido que reorientar a la aguatera, según las discusiones sobre qué ángulo debe quedar expuesto hacia el atrio de la iglesia. En todo caso no debía darle la espalda al templo, ni mucho menos orientar hacia allá la redondez de ese seno izquierdo, enmarcado en la pose concupiscente del brazo levantado.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD, Neurólogo, historiador, epidemiólogo. Apartes de La aguatera de Chinchiná.

Nota del editor. Como bien lo sabe el doctor Rosselli, la historia republicana de nuestras poblaciones es similar. Todo se traía de Europa, por río, por mula –y ya en la modernidad- por carretera y por cable aéreo, en las regiones premiadas con tan avanzada tecnología, como en los departamentos de Caldas y el de Ocaña, en Norte de Santander. La(s) iglesia(s) –primera edificación alta construida en el marco de la plaza- era lo más antiguo, con sus santos, altares y bancas talladas. Las calles empedradas, casas de balcones (en los más importantes y señoriales asentamientos), y el primer carro, el clásico Ford T. En Ocaña lo trajo la familia Jácome Niz -a la que pertenecía mi abuelo- y lo manejaba un tío mío, joven, buen mozo y tumba locas. Disponía de todo el pueblo para aparcar, y la contaminación ambiental (hasta el momento sólo alimentada por el cagajón de los caballos y la boñiga de las vacas) hacía sus primeros pinitos. En Barranquilla –ciudad de inmigrantes europeos, libaneses y orientales, de ocañeros, soledeños y algunos samarios- el intenso desarrollo del siglo XX se acompañó de los primeros carros, que circulaban por el Paseo Bolívar, por la moderna Avenida Olaya Herrera y los amplios bulevares del Sur y del Norte. Después, los viejos carromatos, coches de caballos y carros de mula, ya se veían más que todo en la amplia Calle de las Vacas y en el tradicional mercado de plaza, al lado de barranquillitas, con sus nauseabundas y cenagosas aguas. Las familias de más alcurnia disponían de un automóvil, en algunos casos traídos directamente de Nueva York en el barco de la Grace Line que llegaba al muelle de Puerto Colombia, en el que también viajaban sus orgullosos dueños. Uno de ellos era mi otro abuelo –el materno, Roca Niz,- primo hermano del paterno, ambos ocañeros. Es agradable el recuerdo de aquellas doradas y bucólicas épocas, de discreta hipocresía, de familias numerosas y cercanas, de casonas amplias, frescas y de grandes solares, plantados de árboles frutales.

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