Hablando Inglés en San Andrés

Nuestro archipiélago, angloparlante y protestante, se ha resistido a la “colombianización”.

En 1936 una comisión del Congreso de la República visitó San Andrés y Providencia. El panorama que encontraron era, en varios sentidos, desalentador. A pesar de que las islas llevaban siglos de pertenencia, primero al virreinato de la Nueva Granada y luego a la Colombia republicana, aquí daba la impresión de que el proceso de la Colonia no hubiera finalizado. A pesar de encontrar tasas de analfabetismo excepcionalmente bajas, el informe parlamentario afirmaba: “Hemos llegado a la conclusión de que no ha sido eficiente la educación de la Patria en las islas de San Andrés y Providencia”.

Los nativos, sin duda alguna, se autoproclamaban colombianos, como lo reflejaban las coloridas celebraciones del 20 de Julio y del 7 de Agosto. Sin embargo, se aferraban a su fe protestante y a su lengua inglesa. “Los gobiernos anteriores decía el informe en sus apartes finales no pudieron incorporar, como lo deseamos todos los colombianos, estos pedazos de la Patria a su espíritu y cultura generales”.

Una de las recomendaciones de esta comisión llevó a decenas de niños sanandresanos a estudiar en colegios de la Colombia continental, lejos de sus familias y su cultura. En tiempos no tan remotos del Concordato la enseñanza de la religión católica fue obligatoria, impartida además como todas las otras asignaturas en nuestra lengua oficial. El inglés, materia electiva en algunos colegios, se enseñaba en la secundaria.

En noviembre de 1953 acuatizó en las aguas tranquilas de San Andrés un avión Catalina que traía, por primera vez en la historia de las islas, al Presidente de Colombia. Los tres días de visita del general Gustavo Rojas Pinilla llevaron a la declaratoria de puerto libre, a la iniciación de las obras del aeropuerto y, como consecuencia, al turismo masivo. La nueva legislación y el transporte aéreo trajeron grandes cambios demográficos y culturales, que no se han detenido aún.

En la tradición de las islas es común escuchar que éstas fueron descubiertas por Cristóbal Colón, hecho que los historiadores han desmentido. Las islas, descubiertas y bautizadas por Diego de Nicuesa, aparecen por primera vez en un mapa de 1527. Los españoles, sin embargo, nunca las colonizaron. La cultura angloparlante tomó arraigo un siglo más tarde en San Andrés y Providencia a raíz de las persecuciones religiosas de los puritanos ingleses.

Estos protestantes ortodoxos, al huir de su país, buscaron refugio en Massachusetts, Virginia y algunas tierras del Caribe. El capitán Philip Bell y sus hombres, mujeres y niños se establecieron en las islas en 1629, en plena época de piratas y corsarios. Otros colonos puritanos, con sus esclavos, llegaron luego a la isla de Providencia que, por tener fuentes de agua dulce y ser más fácil de defender, fue su sede principal.

En 1641, una flotilla española de doce embarcaciones y dos mil hombres se tomó a Providencia, y se llevó como prisioneros a sus cuatrocientos habitantes. En el lugar quedó un destacamento de ciento cincuenta soldados, de cuyas quejas a su base en Cartagena hay constancia escrita.

El patrón histórico que se mantiene desde entonces es el de unos habitantes de habla inglesa buscando un lugar para vivir, y otros de habla hispana interesados sobre todo en el valor estratégico del archipiélago. Vale referir que los colonos puritanos que salieron de Providencia fueron importantes luego en la toma de Jamaica y en los orígenes de la Honduras Británica (más adelante Belice).

Citan los historiadores una carta en 1655 de Cromwell, aquel líder puritano que se tomó el trono de Inglaterra al derrocar a Jacobo I, en donde decía: “desearíamos de corazón que la isla de Providencia volviera a nuestras manos”.

En 1670 Henry Morgan fue, quién lo creyera, el encargado de cumplir el anhelo de Cromwell. El gobierno británico, sin embargo, ignoró la solicitud que el pirata hizo de enviar nuevos colonos. Por esa época la isla de San Andrés estuvo deshabitada alrededor de medio siglo. En 1783 las islas quedaron de nuevo bajo jurisdicción española con el Tratado de Versalles, que puso fin a la guerra de independencia de los Estados Unidos y redistribuyó algunas posesiones británicas en el Caribe.

Los colonos ingleses, que habían regresado calladamente, se dirigieron al virrey de la Nueva Granada Antonio Caballero y Góngora ante la amenaza de una nueva expulsión, prometiendo sumisión a la Corona. El permiso para quedarse les fue concedido en 1792; la fe católica, la principal condición. Parecía preferible tener en esas remotas islas granadinas unos colonos pacíficos que unos soldados insatisfechos.

Dos interrupciones más a ese dominio español tuvieron las islas antes de pasar a ser colombianas. En 1806, el capitán británico John Bligh, a bordo del HMS Surveillance, se tomó la isla de San Andrés, que sobrepasaba ya a Providencia en población. Los nativos tuvieron la esperanza efímera de regresar al dominio británico, pero Bligh se fue a los dos meses, y se llevó consigo al gobernador de las islas Thomas O’Neill, un militar nacido en la Irlanda católica y criado en Canarias. Luego fue liberado en Cartagena.

El otro invasor extranjero fue el pintoresco personaje francés Luis Aury, en 1818, en plena guerra de independencia. Aury, un idealista de los principios revolucionarios que había abjurado de su nacionalidad francesa cuando Napoleón se proclamó emperador, se había enfrentado con los españoles en muchos combates, y había decidido instalar en las islas su cuartel general. Amigo de la causa independentista y neogranadino por convicción, Aury le ofreció varias veces ayuda a Bolívar, pero él nunca la quiso aceptar. Entre los méritos de Aury está haber traído a estas tierras a Luis Perú de Lacroix, el edecán del Libertador y su cronista de los últimos años de vida, así como a Agustín Codazzi, quien empezó sus tareas cartográficas por estas islas. Aury, desengañado, murió en Providencia al caer de un caballo en 1821, el mismo año en que el archipiélago se incorporó, para bien o para mal, a la Gran Colombia.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD
Historiador y neuroepidemiólogo

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