Buga y su Milagroso

En abril de 1910, al abrigo de la noche, el tumulto atacó la casa de José Ignacio Ospina Gil, gobernador del recién desaparecido departamento de Buga. Este departamento había sido, durante 20 meses, uno de los 34 en los que se dividió el país durante el quinquenio de Rafael Reyes. Pero la Ley 65 de Ordenamiento Territorial, sancionada por Ramón González Valencia, el sucesor de Reyes, hizo que estas tierras del centro y norte del valle del río Cauca volvieran a depender de Popayán, como lo habían hecho por siglos. Los requisitos para la creación de nuevos departamentos que establecía esa misma ley 65 de 1909 incluían un presupuesto que el departamento de Buga alcanzaba, dado que incluía otras poblaciones prósperas como Tuluá, Cartago y Roldanillo. Pero con 97.000 habitantes, estaba lejos de los 150.000 que la ley imponía como mínimo. Al vecino departamento de Cali, con 96.000 habitantes, y con un presupuesto departamental aún mayor que el de Buga, le ocurría algo similar. Una solución fácil era unir los dos departamentos para formar uno solo.

La capital del nuevo departamento del Valle, como todos sabemos, resultó siendo Cali. Pero a los señores del Concejo de Buga, y sobre todo a los miembros de la Junta Restauradora del Departamento, la decisión no les pareció tan obvia. Ellos tenían razones para pensar que su propio gobernador habría favorecido la elección de Cali como capital de ese nuevo departamento. Lo que los bugueños pretendían, con el apoyo de muchos de los concejos municipales de su territorio, era un departamento de Cabal, con Buga como ciudad capital. Con ello no solo se le haría un reconocimiento a la ciudad de Buga, sino al más ilustre de sus hijos: José María Cabal. Este prócer, vale recordarlo, fue fusilado en 1815, tras ser presidente no solo de la junta de las Ciudades Confederadas sino de la junta revolucionaria de Popayán. Cabal fue un raro ejemplo de intelectual y de estratega militar. Docto en mineralogía y en botánica, fue alumno de José Celestino Mutis en el Colegio del Rosario y de José Félix de Restrepo en Popayán. El sabio Caldas había señalado en él el “cúmulo de conocimientos que lo honran”. Cuando apenas se iniciaban las ideas independentistas en América, y tras la publicación de los Derechos del Hombre, José María Cabal fue apresado junto con Antonio Nariño. Estuvieron juntos una vez más, años después, en la Campaña del Sur, cuando Cabal se destacó como un oficial aguerrido en las batallas de Tacines y del Alto Palacé. “En los lances más apurados manifestaba una serenidad de ánimo sorprendente” dice su biógrafo Franco Vargas Constancio.

La rivalidad de Cali y Buga databa de siglos atrás cuando, bajo las órdenes del mismo fundador común, se hizo la primera de las fundaciones de esta ciudad en un lugar hoy desconocido. Giraldo Gil de Estupiñán habría hecho la segunda fundación, en la vertiente del río Bugalagrande, pero ésta fue arrasada por los pijaos, que mataron al fundador entre muchos otros. Un tercer intento lo hizo Alonso de Fuenmayor, yerno de Belalcázar, que fue quien la bautizó Nuestra Señora de la Victoria de Guadalajara de Buga. En 1570 se hizo el traslado definitivo al lugar que hoy ocupa. Ya en el acta de traslado de 1570 se menciona una efigie milagrosa que es hoy el principal atractivo de la ciudad. Cuenta la tradición que una devota mujer indígena, tras años de ahorro para encargar un cristo quiteño, entregó todo su dinero para así liberar a un hombre que llevaban preso por no poder pagar sus deudas.

A los pocos días la mujer encontró en el lecho del río la imagen que hoy allí se venera con el nombre de Nuestro Señor de los Milagros. Gracias al Milagroso y al santuario que erigieron los misioneros redentoristas, Buga es uno de los principales lugares de peregrinación religiosa en Colombia. Pero además de su significado religioso, Buga también ha jugado un papel en la historia militar. A esta altura el valle del Cauca es particularmente estrecho, lo que lo convierte en un lugar estratégico en donde se han librado importantes batallas. En 1603, cerca de aquí fueron emboscados por los pijaos Pedro de Mendoza y Jerónimo de Figueroa, hijo y sobrino, respectivamente, del gobernador de Popayán. Sus cabezas y las de sus hombres fueron expuestas por los victimarios a la orilla del camino. Diego de Bocanegra, el fundador de Chaparral, se encargó de la represalia. Remontó la cordillera Central por la hoya del río Paila y, con muchos trabajos, logró atrapar a nueve indígenas. En esa ley del talión que no logramos dejar atrás, los nueve fueron decapitados y sus cabezas puestas en el mismo lugar que habían ocupado las de Mendoza y Figueroa. A finales de la guerra de independencia, mes y medio después de la batalla de Boyacá, se libró en tierras de Buga la batalla de Sanjuanito, que llevó a que el general español Sebastián de la Calzada abandonara su posición en Popayán y buscara refugio transitorio en tierras pastusas. El fin del dominio español estaba cerca.

Finalmente, está la batalla de Los Chancos, en 1876. Allí se inició la carrera militar de Rafael Uribe Uribe, el máximo héroe liberal de la guerra de los Mil Días. Según el historiador Otto Morales Benítez, este conflicto anunció el fin del radicalismo liberal en Colombia y precipitó la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, con la Constitución de 1886. Hoy, cuando el país parece estar en tantos problemas, vale rescatar el testimonio que al Santo Padre dirigió en el año 1700 el capellán de la Ermita de los Milagros, precursora de la actual basílica. El sacerdote aseguraba que “a muchos ciegos ha dado vista y no hay especie de enfermedad que él no haya sanado”. Paramilitarismo y guerrilla podrían ser hoy la más dura prueba para el Milagroso de Buga.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD