A ningún Pereira…

Como en la vieja Troya, los pereiranos han construido una ciudad encima de la otra. En 1863, Pereira era una ciudad hecha en guadua.

Los primeros pereiranos vivieron allí hace nueve mil años. Por lo menos eso sugieren los utensilios y restos humanos encontrados en las excavaciones arqueológicas que ha dirigido la Universidad Tecnológica de Pereira. Sea como fuere, las tierras del Otún ya estaban densamente pobladas cuando, en 1540, el conquistador Jorge Robledo decidió fundar en el corazón del territorio quimbaya una ciudad que llamó Cartago. Las tierras de los quimbayas, cuya habilidad para la orfebrería habría de ser su perdición, se extendían entonces desde el río La Vieja al sur, hasta el río Chinchiná al norte, y desde el río Cauca al occidente hasta las cumbres de la cordillera central. Y si Cartago prosperó en sus primeros años, la población indígena no tuvo la misma suerte. En 1557 ocurrió su última acción de guerra como parte de una revuelta que incluyó numerosas comunidades, y que llevó -entre otras- a la destrucción de Buga. Se agotaron poco después las minas de oro y los intereses de los habitantes de Cartago se fueron desplazando hacia las tierras bajas de las orillas del río Cauca, más aptas para la ganadería y para el cultivo de caña. Cuentan que los mismos cartagüeños, para conseguir que la Real Audiencia aprobara el traslado definitivo de la ciudad en 1691, después de una década de infructuosos trámites burocráticos, simularon un ataque pijao que nunca existió.

El siguiente hecho histórico importante en estas tierras que habían quedado abandonadas un siglo atrás ocurrió en 1785, cuando buscaron refugio en el vecindario de los ríos Otún y Consota 27 negros cimarrones escapados de las haciendas de Cartago, y comandados por el esclavo Prudencio. El palenque de Egoyá, como se denominó este asentamiento de ranchos pajizos, no duró mucho. A los pocos días fueron capturados y castigados, y Prudencio fue llevado preso a Cartagena. Otro que deambuló por estas tierras a principios del siglo XIX fue José Francisco Pereira, un abogado nativo de Cartago, que en 1815 hizo parte de los ejércitos republicanos en la batalla de Cachirí. Después de la derrota, optó por ocultarse tres años en la selva. Años después surgió aquí un caserío a la vera del camino que llevaba de Cartago a Santa Rosa de Cabal, una ciudad fundada en 1844. Al poblado se lo llamó Villa de Robledo, nombre que tuvo hasta ese 30 de agosto de 1863 cuando el sacerdote Remigio Cañarte celebró una misa en el mismo sitio en donde hoy está la catedral de Nuestra Señora de la Pobreza. Fue entonces cuando el cura decidió bautizar el lugar con el nombre de Pereira, en homenaje a su amigo José Francisco, fallecido tan solo diez días antes. El crecimiento del poblado en esos primeros años no fue notable. De esa misma fecha es esta descripción de Hugo Ángel Jaramillo: “Al llegar a un alto pude divisar el paisaje pereirano: era una extensa selva de guadua, como una inmensa alfombra, cuya frescura y exhuberancia no permitía ver los ríos.”

Y es que esas gruesas cañas de la América Tropical, cuyo nombre indígena de ‘guadua’ fue introducido al castellano por el mismo Colón, siempre han llamado la atención de los visitantes. El cronista Pedro Cieza de León, que acompañó a Jorge Robledo, refiere: “Hay muy grandes y espesos cañaverales, en ninguna parte de las Indias no he visto ni oído a dónde haya tanta multitud de cañaverales como en ella; pero quiso Dios nuestro Señor que sobrasen aquí cañas porque los moradores no tuviesen mucho trabajo en hacer sus casas.”

Según un testimonio recogido de uno de los fundadores de esa Pereira de 1863, eran de guadua las paredes de sus ranchos, de guadua los techos y las tejas mismas, las puertas y todos los muebles. De guadua eran también los canastos para el maíz, los puentes y los acueductos. Siguen siendo de guadua los ranchos del cinturón de pobreza, así como fue de guadua la catedral provisional construida después del terremoto del 25 de enero de 1999.

Si los primeros tres o cuatro decenios de Pereira fueron tranquilos, en los primeros años del siglo XX -y particularmente en la década de los veinte las cosas cambiaron de ritmo. Fue así como Pereira, en clara demostración de una supremacía que incluso hoy los manizalitas se niegan a aceptar, llegó a tener en 1927 una red de tranvías, que habrían de operar hasta 1953. Y para más méritos, en 1928 Pereira fue la segunda ciudad de Suramérica -después de Montevideo en contar con planta telefónica automática. Cuenta Luis Carlos González, el compositor del bambuco La ruana, y testigo de los hechos, que para la demostración del funcionamiento del sistema telefónico, se instalaron dos aparatos en un popular café de la ciudad, uno en la caja registradora y el otro en una apartada mesa. El primer diálogo telefónico, asegura el poeta, se inició con un convencional “¿Con quién hablo?” a lo que respondió un comensal ebrio, recién despertado de su siesta por el agudo timbre telefónico: “Con su madre, hijuep…” Pero nada representa tanto a Pereira como su Bolívar desnudo, inaugurado en la plaza principal en 1963 para conmemorar el centenario de la fundación. Se trata, a juicio de muchos, la obra maestra de Rodrigo Arenas Betancourt. Así como el maestro Arenas premió a Pereira con su Bolívar, castigó a Manizales con el suyo. Para explicar el porqué de su desnudez, el escultor dijo un día: “Pude darme cuenta de que en la interpretación plástica, así como en la concepción espiritual del héroe se había efectuado un extraño proceso de acumulación de elementos decorativos, brillantes, de oropel, tales como charreteras, espadas, laureles, capas, arnés y botas, que terminaron por crear del héroe una imagen que es alegoría hueca, relleno de retórica y de ampulosidad y huérfano de poesía, de verdadero aliento épico.” Y es que así es Pereira: casi nada de oropeles o alegorías huecas y poco de retórica y ampulosidad.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD
Neurólogo e Historiador

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