El Karma de los Exámenes de Ingreso Escolar y las Terapias

Juan Manuel Lozano, MD, MSc*
* Editor Revista Pediatría. Departamento de Pediatría y Unidad de
Epidemiología Clínica, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad
Javeriana, Bogotá, Colombia.

Señor Editor,

Quisiera a través de esta carta a la Revista Pediatría plantear algunas opiniones respecto a los exámenes de ingreso a los colegios y a las terapias relacionadas.

Durante los meses de diciembre a enero y de mayo a junio de cada año los pediatras que trabajan en servicios ambulatorios notan un incremento en el volumen de su consulta. El motivo principal parece ser que los padres acuden (algunos a solicitar y otros a exigir) que el pediatra autorice una lista de exámenes clínicos y paraclínicos que los colegios demandan como indispensables y obligatorios para matricular a sus hijos. Usualmente estos incluyen coprológico, hemograma, parcial de orina y examen de agudeza visual. En los últimos años, la situación parece haber empeorado, pues los colegios exigen audiometría tonal, valoración por terapia ocupacional, coprológico seriado, clasificación sanguínea y potenciales evocados auditivos. Estas pruebas, criticadas en los corrillos, finalmente se ordenan pensando que no ocasionan gastos elevados.

Ahora bien, lo importante no es autorizar las órdenes de dichos estudios. Lo realmente interesante es intentar responder algunas de las siguientes preguntas:

¿Con qué criterio exigen los colegios estos exámenes?, ¿Cuáles (si alguno) sonindispensables para ingresar al colegio?, ¿Cómo puede un personal no médico solicitar de manera generalizada estudios que solo deberían ser ordenados por profesionales de la salud?, ¿Por qué, si los solicita el colegio, deben los padres u otro pagador asumir sus costos?; una vez realizados los exámenes, ¿quién los interpreta?, ¿Puede un educador, no profesional de la medicina, interpretarlos?, ¿Qué resultados tienen en cuenta los colegios para autorizar o negar el ingreso del menor?, ¿Por qué se ha incrementado la necesidad de terapia del lenguaje u ocupacional o de valoraciones por psicología, que demandan parte del tiempo y del presupuesto de las familias?

Todo esto ocasiona problemas en la relación entre padres, educadores y profesionales de la salud. Mientras los padres tratan de ahorrar dinero acudiendo a su asegurador para adelantar las pruebas, el profesional de la salud trata de convencerlos de que no hay indicación que las justifique. Como consecuencia muchas veces se lesiona el vínculo que se había establecido entre la familia y el pediatra: los padres terminan malhumorados y el médico siente que se ha socavado su autoridad científica.

Por todo lo anterior, creo conveniente que la Sociedad Colombiana de Pediatría se pronuncie al respecto; considero inaceptable que personal no médico esté tomando competencias que son nuestras. La cátedra de Pediatría de la Universidad del Norte ha consultado a la Academia Americana de Pediatría y a otras sociedades científicas sin encontrar parámetros que justifiquen los numerosos exámenes que los colegios solicitan a los niños. Se debe analizar la utilidad de estas pruebas y establecer si quizás no obedecen a mecanismos velados para rechazar niños que ciertos planteles no quieren dentro de sus alumnos o para denegar solicitudes de ingreso cuando la demanda de cupos supera la disponibilidad. Es posible que incluso la solicitud de exámenes obedezca a intereses comerciales por parte de algunos colegios o servicios médicos.

Es necesario recordar que el niño es un ser en crecimiento y desarrollo, con cambios y procesos de maduración que no siguen reglas exactas, y que su ingreso temprano a las aulas escolares puede traer como consecuencia que se perciba como retardos conductas que son normales.

No se puede seguir maltratando a los niños y a sus familias con gran cantidad de exámenes y terapias que ocupan tiempo, no están indicadas, consumen recursos y disminuyen la oportunidad de jugar y de crecer normalmente.


Lila Piedad Visbal Spirko, MD
Jefe del Departamento de Pediatría y
Coordinadora de la cátedra de Pediatría de la
Universidad del Norte, en Barranquilla.

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