Maternar, Paternar y Fraternar: Tres Verbos que deben conjugar la Escuela

Desde hace tiempo venimos sosteniendo la tesis que afectivamente, los hombres y las mujeres, somos el resultado de la interacción de tres formas del afecto que siendo distintas, son complementarias y que no terminamos siendo lo mismo, si una de ellas falta o si es necesario suplantarla por ausencia real de su fuente natural de origen: Estoy haciendo referencia, al MATERNAR como el afecto materno, el ser de la madre, el PATERNAR, el ser del padre y , el FRATERNAR, como el afecto fraterno, el ser tierno y conflictivo de la condición de hermandad.

Siendo MATERNAR Y PATERNAR dos formas de afecto distinto ellas mismas se metamorfean para cumplir con la dinámica de equilibrar las relaciones entre la protección y la exigencia, esto es entre la fiesta y el trabajo.

La fiesta es el lugar de encuentro de la imaginación y la fantasía con el juego y la risa, es el espacio para engendrar sueños en orgasmos de solidaridad infinita con nuestra condición de seres espirituales que demandan del gesto fraterno del otro en el reconocimiento de lo afín y lo diverso.

La fiesta es el ecosistema cultural en el que nuestra condición de sabedores disfruta del ejercicio del aprender en una sucesión infinita de expresiones de goce y placer. La fiesta es la sonrisa y el abrazo, la charla fraterna, el consejo oportuno la orientación adecuada, la complicidad absoluta en el ejercicio de la libertad.

La fiesta nos presenta el mundo en su complejidad sin tragedias en la infinitud de sus oportunidades, en el arco de nuestra necesaria diversidad.

La fiesta es la madre en el sentido del MATERNAR, es la compañía y la protección, es el alimento y la seguridad afectiva, la presencia del otro que es uno mismo en la medida que es su origen y su camino.

La fiesta como opción de vida se fundamenta en el sentimiento del MATERNAR, en cuanto que es fortaleza y solidaridad, es camaradería, es sentimiento puro, es refugio y trinchera, es el eje en torno al cual gira la existencia temprana y adulta, el único referente real desde el cual nosotros nos articulamos socialmente con el contexto vida, cuando todo demás nos falta.

El maternar, constituye entonces, la bese afectiva esencial desde la cual se construye el ser humano en su principal y más importante dimensión: La espiritualidad afectiva.

Es sabia la vida al permitirle al ser humano reconocer en su temprana instancia la ESCUELA-MADRE como sustentadora de placer y depositaria del legado cultural de la supervivencia social: La ternura.

Mamá es una palabra mágica que contiene los nutrientes espirituales, afectivos, materiales y culturales que los niños y niñas necesitan para crecer con grandeza. Maternar es querer con pertinencia afectiva e histórica la temprana infancia en la que la condición humana, marcha vertiginosamente hacía la posteridad.

Maternar es solidaridad, es compañía, es afecto, es complicidad, es integridad, es vida y cultura, es sociabilidad y compromiso, es educación y desarrollo.

PATERNAR es otra cosa; es la forma que asume el afecto paterno en el necesario acompañamiento que requiere el niño y la niña para la formación de otros valores y practicas sociales indispensables, circunscritas todas a ordenamientos y jerarquías sociales, al reconocimiento de los roles del poder, a sus normativas y reglamentaciones, al ejercicio de los derechos y al cumplimiento de los deberes, al asumir obligaciones y responsabilidades.

El sentimiento del PATERNAR esta circunscrito a la autoridad, al orden, a las relaciones de mando y obediencia; se fundamenta en la construcción de rutinas disciplinarias como mecanismo en el que trabajo adquiere sentido transcendente, en cuanto que posibilita desde la cultura la transformación permanente de las relaciones, a través de las cuales el hombre mide su grandeza en las escalas de su calidad de vida emocional y material.

PATERNAR es el trabajo, pero no como castigo divino ni como forzosa obligación, sino como realización humana necesaria y reconocida como legítima, en cuanto que nos proporciona la atmósfera en la que podemos crecer en nuestra dimensión múltiple, la que compromete nuestro ser natural, espiritual, cultural, intelectual, social, político, artístico, lúdico, erótico: nuestro ser único.

Trabajar es construir presente – futuro, es pensar en términos de compromisos voluntarios, de empresas de transformación, de mejores formas de existir de todo aquello que demanda nuestra participación disciplinada y constante.

PATERNAR es el trabajo, MATERNAR es la fiesta, esto es, paternar es la CLASE, maternar es el RECREO.

Tengo claro que no puede existir como no existe en la práctica, una zona, a manera de un gran abismo, que separa un sentimiento de otro. NO, no he dicho acá que el MATERNAR es exclusivo de la madre y el PATERNAR exclusivo del padre. He dicho que son dos sentimientos que se metamorfosean para equilibrar las relaciones que padres y madres establecen con sus hijos e hijas en el mantenimiento de ese equilibrio entre la condescendencia y la exigencia, entre la fiesta y el trabajo, entre el recreo y la clase, entre Dionicio y Apolo.

Tengo el claro convencimiento que en la temprana infancia cuando la supervivencia del niño ocupa el primer lugar, es la madre quien representa la autoridad, en términos del PATERNAR, porque es ella la que ordena las rutinas de obediencia que tienen que ver con la higiene personal, la comida y las horas de sueño y, es el padre, por su parte, el que se juega en la complicidad y la condescendencia, en términos del MATERNAR, en las rutinas de la afectividad melosa que busca encontrar la justificación disculpante, del vacío de presencia física y emocional que generalmente soporta la relación padre-hijo.

Digamos entonces, que el sentimiento del PATERNAR en la temprana infancia le corresponde ejercerlo a la madre, mientras que el sentimiento del MATERNAR resulta por la lógica de las circunstancias ejercido por el padre. Es en esta dinámica que se da el juego de las desautorizaciones que posibilitan la vida del niño.

En la medida que el niño crece los roles se invierten, el padre asume el rol de autoridad y la madre se hace más cómplice, lo que es particularmente percibible durante la adolescencia.

Ahora, es de su conocimiento y seguramente de su preocupación, la crisis por la que atraviesa la estructura familiar dando origen a nuevas formas de organización, las que están lejos del viejo modelo nuclear de padres unidos en fidelidad y permanencia y más cerca de roles intercambiantes de género, en relaciones abiertas y cerradas de relativa estabilidad y la mayoría de veces de precario reconocimiento de descendencia existente.

La figura de madre cabeza de familia, madre soltera, padre separado con responsabilidad de criar, nuevas unidades conyugales con serias dificultades para hacer coincidir y reconocer hijos de relaciones anteriores, nos ubican frente a un panorama de inconsistencias afectivas que explican en parte las limitaciones que los niños y niñas tienen para crecer y educarse en atmósferas sentimentales seguras.

Tengo el claro convencimiento, que pese a las dificultades, padres y madres separados, buscan la mejor manera posible de paternar y maternar a la vez, haciendo coincidir en su afecto la fiesta y el trabajo, la condescendencia y la exigencia, el desorden y la disciplina y, muchas veces, tristemente, el premio y el castigo.

Pese a todas las adversidades, a todas las limitaciones, a todas las carencias y sufrimientos, pese a la lamentable y repudiable violencia intrafamiliar, la física y la emocional, contra la mujer y los niños, y, más recientemente contra el hombre, la familia sigue siendo, en cualquiera de sus formas, el primero y más importante escenario de aprendizaje, cuando se trata de educarnos en la dimensión afectiva de la vida.

Un sentimiento que no puedo dejar de reseñar brevemente y que constituye al igual que el paternar y el maternar, expresión de afectividad intrafamiliar; es lo que podríamos llamar FRATERNAR, sentimiento este circunscrito a la dialéctica de los conflictos y las solidaridades entre hermanos.

FRATERNAR, es un sentimiento que, si se quiere, expresa en forma distinta una simbiosis entre el maternar, esto es la solidaridad, la comprensión, la tolerancia, la complicidad, la fiesta, el juego, el recreo y, el paternar, esto es la autoridad, la obediencia, el orden, la norma, la jerarquía, el trabajo y, sobre todo, el conflicto como escenario de formación para el proceso de socialización básica.

Pero, así como el paternar y el maternar tiene matices, intensidades diferentes, distintos coloridos, el fraternar puede en contextos de unas relaciones afectivas profundas ayudar a llenar los vacíos y a construir los lazos de solidaridad que soportan el peso de una autoestima elevada y una seguridad capaz de permitir el crecimiento en una atmósfera de equilibrio emocional y armonía social, lo que constituye el pre-requisito de toda acción educativa que se fije como propósito el DESARROLLO HUMANO INTEGRAL.

Ustedes preguntan ¿por qué? he iniciado mi disertación en torno a las formas del afecto en el marco de la estructura familiar y, ¿ por qué? he abordado en este primer momento los aspectos que tienen que ver con el ser madre, ser padre, ser hermano a través de los sentimiento del maternar, paternar y fraternar.

Pues bien, el camino que transita mi investigación en el campo de la educación infantil me ha llevado cada vez con mayores razones, al convencimiento que la institución escolar tiene que extenderse al seno mismo de la familia, existiendo la necesidad inaplazable que el universo de ideas que fundamentan la educación infantil, reconozcan como urgente que los niños se matriculen en un nuevo concepto de la escuela, desde el mismo momento en que los padres deciden hacer el amor para darles vida y, que ¡ojalá!, que en cada colegio y escuela de este país, en cada jardín infantil y centro de educación preescolar, se fije un aviso de letras muy grandes y claras en el que se lea: MATRICULE ACÁ SU MATERNIDAD, su hijo tiene derecho a ser un sabio.

Cuando planteo esto no lo digo con una metáfora vacía de contenido pedagógico; lo digo con el convencimiento que la mayor responsabilidad que tenemos como educadores de los hombres nuevos que requiere este sacrificado país, están en las acciones que emprendemos en materia de innovación educativa en el período comprendido entre la finalización del orgasmo fecundador y los ocho años de vida de los niños: lo demás es escuela regular.

Esto implica un nuevo concepto de educación preescolar, una estrecha alianza entre padres y maestros en la construcción de atmósferas afectivas en el que el maternar, el paternar, el fraternar, habiten la escuela con sus fundamentaciones pedagógicas y didácticas y sus esencias axiológicas fundacionales.

La institución escolar, debe asumir el rol de familia, en contextos afectivos que favorezcan el trabajo escolar de aprendizaje; es necesario que la madre – fiesta haga presencia no solo en el recreo sino en la clase, y también este presente el padre – trabajo y el hermano – conflicto, para que el niño potencialice su sabiduría ancestral en la consolidación de su dimensión corporal, afectiva, ambiental, comunicativa, cognitiva, ética, estética y desde luego erótica.

El pensamiento complejo en el niño adquiere forma en la medida que se estimule su pensamiento mágico, se acompañe su curiosidad investigativa y se recree su conocimiento sin agredirlo ni imponerle nada. Eso es, amarlo con infinita ternura, la que le da y le exige dé de lo que posee.

La escuela necesita de un maestro tierno capaz de sintetizar en su practica las posibilidades que ofrece los sentimientos del maternar y paternar en la fundamentación básica de los afectos y lo que ello significa en la apropiación escolar de la cultura universal.

Un maestro-maestra que escuche y trate de comprender al niño, que se llenen de infinita paciencia, que arriesgue la aventura de perseguirlos por sus sueños y fantasías, que aprenda de ellos con devoción científica, que guarde silencio cuando no entienda o pregunte con inteligencia, que sea siempre solidaria y no se enoje. Un maestro y maestra capaz de sonreír y llorar, de cantar y bailar, de arrastrarse y comer mocos y babas cuando se los ofrezcan, de mojarse y correr, de escuchar las historias absurdas contadas por los niños como historias reales, de aprender a leer y escribir con ellos siempre que le toque e ir descubriendo en cada acción los fundamentos preconceptuales de la ciencia que en forma natural se encuentran en los niños y niñas.

Yo siento una profunda angustia cada que se establece el paquete de logros para cada nivel, porque se cierran los caminos que ofrecen la incertidumbre, lo desconocido, el azar, lo indeterminado. Los niños hasta los ocho años requieren de múltiples oportunidades de aprender, de la existencia de muchos escenarios y opciones pedagógicas y didácticas que la vida natural y social les ofrece.

Cuando hablamos de una pedagogía de la ternura estamos hablando de una propuesta educativa que crece entre la condescendencia y la exigencia, entre la fiesta y el trabajo. entre la clase y el recreo; una propuesta pedagógica que respeta los intereses y necesidades de los niños, acompaña sus inquietudes, les conoce en la práctica sus derechos y desde luego, les asigna sus responsabilidades, como parte de los que deben aportar y no como obligaciones incuestionables.

Si ustedes me preguntan ¿qué les debemos enseñar?, yo les contesto: dispongamos nuestro espíritu para aprender de ellos.

Quería hacer una pequeña referencia a la televisión antes de terminar esta parte para abordar muy brevemente, lo que tiene que ver con el medio ambiente y la convivencia.

Es indiscutible que esa “cajita mágica”, nos esta desplazando de la vida de los niños, porque tiene una mayor oferta de saber que la que tenemos nosotros en la escuela, y la proporciona de una manera más gratificante; ellos pueden pasar horas y horas sin moverse del televisor, conversando con él y aprendiendo mensajes que nosotros tenemos de comenzar a decodificar y a estudiar para saber dentro de que tipo de ordenamiento axiológico y cognitivo se están formando nuestros niños.

No obstante, para nuestra sorpresa, los niños son tan inteligentes que aún reclaman la escuela; no creo que sea porque se encuentren con sus maestros y las tareas, sino, porque se encuentran con otros niños con los que pueden intercambiar opiniones sobre lo que vieron y aprendieron en la televisión.

Pero, contrario a lo que otros pedagogos piensan, yo no creo que la televisión por si sola sea mala; este medio ofrece muchas posibilidades para la información de los niños, solo que nosotros aún no somos capaces de interactuar con el y llevamos a los salones únicamente PELÍCULA PORNO…, por no trabajar la clase”.

La pregunta ahora es: ¿no somos, acaso, los pediatras “Puericultores”?, esto es, educadores?.

Si usted cree que antes que un técnico, es un educador, hagamos un paréntesis en nuestra ansiedad de Terapéutica curativa y echemos mano de esa Terapéutica preventiva, porque es de la única forma en que veremos una Colombia mejor.

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