Editorial, La mujer en la música Colombiana

Como médico, me he embarcado en escribir sobre un tema no médico. Lo hago consciente que no es fácil abordarlo. Pero pensando en que no hay duda respecto al carácter holístico de nuestra profesión.
Y que mejor que poderme referir a aquellas personas a quienes dedicamos nuestro quehacer diario. Por quienes luchamos y trabajamos: las mujeres.
Enmarcado en el concepto médico actual de buscar evidencia, encontré un artículo publicado recientemente en una revista de historia que plantea el interrogante de hasta qué punto nuestra música ha tenido un carácter nacionalista o universal. Todo depende del ángulo que miremos.
Si bien es cierto que son innumerables los músicos que han cultivado los ritmos tradicionales. Algunos de ellos han tratado de mostrarlos con un matiz clásico transportándolos a la esfera de la “música culta”; como ejemplos se pueden citar los maestros Guillermo Uribe Holguín, Luis A. Calvo, Adolfo Mejía y Blas Emilio Atehortúa. Entre otros. Bajo esta óptica se podría decir que han hecho una perfecta conjunción entre lo nacional y lo universal.
Por otro lado, si pensamos en aquellos compositores o intérpretes que han transmitido nuestra música más allá de las fronteras, pensaríamos en casos recientes como Carlos Vives y Shakira.
Pero en la primera mitad del siglo XX, época de oro de la música colombiana, fueron muchos los artistas que triunfaron en el exterior: Pedro Morales Pino triunfó con la “Lira Colombiana” en Norte y Centro América, Pelón Santamarta grabó su bambuco “Antioqueñita” en Nueva York, la interpretación de las obras para piano de Calvo aún son motivo de concurso en Alemania. Los porros del inolvidable Lucho Bermúdez hicieron bailar a todo el continente. En este sentido nuestra música también ha tenido un carácter universal.
Pero tal vez lo más universal que tiene la música es su lenguaje, que no requiere de palabras para poder transmitir los sentimientos más profundos arraigados en el alma del artista.
Es así como es común encontrar en los diversos géneros musicales motivos de inspiración similares. Y quién se atrevería a discutir que no se siente inspirado a escribir un poema al estar enfrente a la belleza de una mujer. Por eso, existe un gran vínculo entre la mujer y la música, por ser una de sus principales fuentes de inspiración. Por algo las musas son del género femenino.
Son muchas las mujeres que se han destacado en el campo artístico de la música colombiana, bien como compositoras (Graciela Arango de Tobón), intérpretes (Ruth Marulanda) o cantantes (Matilde Díaz, Beatriz Arellano). Pero no es a ellas propiamente a quien quiero referirme, sino a aquellas mujeres, muchas veces ocultas, desconocidas o tras bambalinas, que han sido la principal fuente de inspiración para los compositores y que gracias a ellas nuestra patria posee un extenso repertorio.
“…Y de la costilla aquella que había sacado de Adán formó el Señor Dios una mujer, la cual puso delante de Adán…” (Génesis 2 :22).
Seguramente si el jardín del Edén hubiese estado ubicado en el altiplano cundiboyacense y Adán poseyera un tiple. Habría surgido el primer bambuco haciendo referencia a la bella desnudez de Eva.
Desde ese momento hombre y mujer están ligados en sentimientos y en nuestra música esos sentimientos han sido principal fuente de inspiración.
Desafortunadamente es muy poco lo que se conoce respecto al origen de la música del interior y, en gran parte, está basada en recuentos anecdóticos transmitidos de una generación a otra. Hay dos elementos que hacen conjunción; el bambuco y el tiple.
El bambuco, ritmo endemoniado escrito en 6/8 caracterizado por sus síncopas y el tiple, instrumento típico colombiano, posiblemente derivado de la guitarra española del siglo XV.
La unión de estos dos elementos quizá se presenta entre los siglos XVII y XVIII. Ya que aparecen referencias de la presencia de tiples en Tópaga, Boyacá y acaso los primeros luthiers son miembros de la familia Norato en Chiquinquirá, quienes aún conservan la tradición de construcción de estos instrumentos.
El origen del bambuco es muy discutido pero se plantea como hipótesis la mezcla de la música indígena y española. Eran los campesinos quienes lo cultivaban en sus barracas después de largas jornadas de trabajo.
Y precisamente del primer bambuco que hay referencia histórica es dedicado a una mujer. Esta obra, La Guaneña, ha perdurado hasta nuestros días y habla sobre los sinsabores del amor (Ay que sí, ay que no, la guaneña me engañó…).
Las guaneñas eran aquellas mujeres que acompañaban a las tropas y se encargaban de cocinar y lavar la ropa.
Por su origen campesino tanto el bambuco como el pasillo (ritmo en ¾ derivado del vals europeo) eran considerados incultos y estaban prácticamente proscritos en Santafé de Bogotá.
Fueron artistas de la talla de Pedro Morales Pino, Fulgencio García y Emilio Murillo quienes lograron que la música autóctona poco a poco ingresara en los círculos sociales.
Precisamente Morales Pino fue el primero en llevar a partitura el bambuco Cuatro Preguntas, que nuevamente hace referencia al desengaño amoroso (Niegas con él lo que hiciste y mis sospechas te asombran).
Del grupo que conforman estos artistas con otros músicos, filósofos y poetas. Conocido como La Gruta Simbólica es cuando la música del interior adquiere las características de preponderancia que tuvo hasta la década de los setenta.
Miremos como gran parte de las composiciones han girado en torno a la mujer y el amor. Del maestro Morales Pino quedan obras instrumentales imponentes como Leonilde. Fulgencio García, insigne por la composición de La Gata Golosa, nos deja pasillos como Coqueteos. Emilio Murillo también es tocado por las musas, escribiendo obras como La Cabaña (…sin ti no hay sol, sin ti no hay luz…).
A comienzos del siglo XX otro ritmo es cultivado por gran cantidad de artistas, la danza, ritmo que tiene parecido con la habanera cubana. Uno de los principales exponentes de este género fue el maestro Luis A. Calvo, el pianista de los intermezzos. Dentro de las más de 160 composiciones que dejó como legado, aparecen varias
danzas, muchas de ellas dedicadas a mujeres de la alta sociedad bogotana. Se pueden citar Libia (dedicada a su madre), Gacela, Madeja de Luna. Otro de los grandes exponentes de este género es Diógenes Chaves Pinzón quien también deja obras dedicadas a mujeres, tales comoL’ombra y Por El Senderito (Por el senderito de la serranía, te fuiste cantando coplitas de amores…).
Incluso compositoras poco conocidas como Carmen Manrique dedican danzas a sus amigas, por ejemplo Preciosa (danza “dedicada a las señoritas Platas y Guarnizo” según versa en la partitura manuscrita).
A partir de 1910 los duetos adquieren gran auge a raíz de las grabaciones que hiciera Pelón Santamarta, compositor de Antioqueñita, en Nueva York.
Los duetos difunden gran parte de la música vocal referente al amor. Uno de los principales fue el de Garzón y Collazos, encargado de transmitir gran parte de la obra del maestro José Alejandro Morales, con canciones dedicadas a su tierra natal y obviamente a las mujeres; sólo por citar algunos ejemplos, Campesina Santandereana, El Delantal de la China, Doña Rosario.
A partir de la década de los cincuenta y gracias a la participación de la radio, surgen una gran cantidad de compositores e intérpretes. Son inolvidables los programas realizados en vivo desde los estudios de la emisora Nueva Granada y de Radio Santafé. De ellos surgen músicos de la talla de Oriol Rangel, Jaime Llano González y los Hermanos Martínez. El maestro Rangel no sólo fue un gran pianista sino compositor al estilo de su padre, Gerardo. El nos deja obras como Fita Chiquita.
Basados en la estructura de las emisoras norteamericanas, las nuestras crean grandes orquestas, ejemplo de ellas la del maestro Francisco Cristancho Camargo, célebre por dedicar gran parte de su obra a las deidades indígenas. Es innegable que entre estos dioses es fundamental la presencia femenina, plasmada en magistrales bambucos como Guatavita y Chía. Es tal la influencia de estas orquestas que incluso compositores extranjeros. Como el argentino Terig Tucci dedicó un hermoso pasillo a la mujer colombiana, Anita la Bogotana.
Esta tradición no se pierde sino que perdura hasta nuestros días. Ejemplo de ello es la monumental obra del paisa Héctor Ochoa quien logró resumir en un vals nuestro trasegar diario al lado de una mujer en El Camino de la Vida.
Son muchos los autores y obras que quedan por fuera de este breve recuento y seguramente cada uno de ustedes tendrá muchos ejemplos más para ilustrar la importancia que ha tenido la mujer en la inspiración musical. Ojalá pudiéramos rescatar esa bella costumbre española de enamorar a las mujeres con serenatas porque es muy posible que sin la presencia de las mujeres no existiera ni música ni poesía.
Germán Barón Castañeda, M.D.
Ginecólogo-Endocrinólogo
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