Una Aproximación a la Ciencia y el Arte: Mozart un Réquiem para Terminar

Mozart: An Unfinished Requiem

Luis Carlos Aljure Salame*

En el verano de 1791 todo indicaba que la estrella de Wolfgang Amadeus Mozart volvería a brillar. La creatividad del genio retornaba a borbotones, luego de la escasa productividad registrada en el año 1790. El compositor y su esposa, Constanza Weber, alistaban un viaje a Praga para asistir a la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia.

Días antes de emprender camino, durante el cual terminó de componer La Clemencia de Tito, ópera encargada para la ocasión, apareció un personaje misterioso con una petición más extraña aún.

Mozart en Verona oleo de Saverio
Venía de parte de un noble, pero no estaba autorizado para revelar su nombre, y requería al gran músico para que acometiera la composición de una misa de difuntos, que se debía interpretar como homenaje en el aniversario de la muerte de la joven y bella esposa del noble desconocido.

Mozart, siempre necesitado de dinero, aceptó la propuesta y el adelanto que le fue ofrecido, y estimó que en cuatro semanas podría ponerle punto final a la partitura del Réquiem, aunque la verdad es que la vida no le alcanzó para concluir la tarea.

La última obra de Mozart, la que dejó inconclusa, siempre ha estado envuelta en un aura de leyenda.

Y el más divulgado de los mitos proviene de la película Amadeus, del director checo Milos:

Forman, en la que se muestra al compositor italiano Antonio Salieri como la persona que encargó en secreto la obra de Mozart con la intención de obsesionarlo con la idea de la muerte, mientras lo mataba por cuotas mediante el suministro de pequeñas dosis de veneno.

La película tuvo un éxito rotundo, y muchos no supieron distinguir entre la ficción y la realidad histórica, por lo que la idease propagó sin cortapisas por todo el mundo.

Hoy en día los principales investigadores de la vida de Mozart descartan de plano que el músico de Salzburgo haya sido envenenado por Salieri, y ni siquiera se toman en serio la idea de que el compositor italiano le haya encargado el Réquiem.

Retrato realizado por Barbara

Retrato realizado por Barbara Kraft en 1819, 28 años después de la muerte de Mozart.

Sin embargo, la idea que planteaba Forman en Amadeus no era nueva y tenía interesantes antecedentes históricos.

Según el testimonio de las personas que cuidaban a Salieri en su lecho de agonía, el músico habría confesado en medio de sus deliriosfinales que él había envenenado a Mozart. El rumor corrió veloz por Europa y fue recogido tiempo después de diversas maneras.

El poeta Alexander Pushkin escribió una ficción basada en el sentimiento de la envidia, que mostraba a Salieri envenenando a Mozart en la última escena; el compositor Rimsky Korsakov, inspirado en Pushkin, creó una pequeña ópera sobre el mismo asunto; y en el siglo XX, el dramaturgo inglés Peter Shaffer, escribió la pieza teatral Amadeus, que inspiró la celebrada película de Forman.

A pesar de las leyendas, muy pronto se supo que el Réquiem fue un encargo del conde Walsegg, masón al igual que Mozart, y compositor aficionado que tenía por costumbre firmar como propias las obras de otros autores.

Y para la misa de aniversario de su difunta esposa quería que todos creyeran que la música del Réquiem había sido escrita por él.

Mozart se dio de inmediato a la composición de la obra, pero la labor se interrumpió por dos trabajos más apremiantes:

La terminación de La Clemencia de Tito y de La flauta mágica. Hacia octubre de 1791 se encontró de lleno trabajando en la partitura del Réquiem y de manera obsesiva.

Según testimonio de su esposa, Mozart temía que lo estuvieran envenenando y sentía que estaba escribiendo la música del Réquiem para su propio funeral.

Cierto o inexacto el recuerdo de su mujer, Mozart cayó enfermo de forma repentina (al parecer, a causa de la fiebre reumática) y murió en la madrugada del 5 de diciembre sin haber concluido la obra.

El trágico final del genio en plena ebullición, llegaba cuando su estrella brillaba con mayor intensidad. A pesar de los éxitos que le depararon sus primeras temporadas en Viena, ciudad en la que vivió desde 1781 hasta 1791, en los años previos a su muerte su popularidad había decrecido y cada tanto se oían quejas sobre algunas de sus obras, juzgadas por el público general como difíciles y exigentes.

El año 1791 aparecía como el de un renacer: el Concierto para piano número 27, el Concierto para clarinete, el último Quinteto de cuerdas, La clemencia de Tito, La flauta mágica y el Réquiem, marcaban el horizonte de su creatividad. De hecho, el suceso sin igual de La flauta mágica lo había ubicado en el punto más elevado de celebridad. Pero la enfermedad también estaba al acecho.

Sofía, cuñada del compositor, estuvo presente en el momento de su deceso y nos legó este recuerdo:

“Süssmayr estaba junto a la cama de Mozart, y sobre las cobijas, el famoso Réquiem; y Mozart le explicaba cómo, en su opinión, él debía terminarlo después de su muerte…”. Süssmayr era uno de sus alumnos y la tarea de terminar la misa de difuntos recayó finalmente sobre él.

Lo que llama la atención es el hecho de que Constanza buscó antes a otros compositores para encargarles la misión. Joseph Eybler fue el primero que intentó concluir la obra de Mozart, pero después de algunos avances se sintió superado por la labor y le de volvió los manuscritos a la viuda. Curiosamente, muchos años después, en 1833, sufrió un ataque mientras dirigía el Réquiem que no se atrevió a terminar, y debió abandonar su cargo como maestro de capilla de la corte de Austria.

Mozart componiendo el Requiem

Después de varios intentos fallidos para conseguir un continuador de la pieza, casi con resignación, Constanza le entregó la partitura del Réquiem a Süssmayr que lo terminó y firmó por Mozart en 1792, a pesar de que era un hecho ampliamente conocido que el músico de Salzburgo había muerto en 1791.

Todo el trabajo se realizó con discreción, a petición de la viuda, porque quería ocultarle al conde Walsegg que su esposo no había concluido el Réquiem para evitar algún malestar en el noble y la probable cancelación del acuerdo que implicaría no recibir el dinero del que estaba tan necesitada.

Pero no había razones para inquietarse, el excéntrico conde estaba feliz y muy rápido se dio a la habitual tarea de copiar el original de su puño y letra para presentar la nueva obra come el más reciente fruto de su inspiración. “En nuestra presencia (el conde) siempre dijo que aquella composición era suya, pero al decirlo sonreía”, recordaba tiempo después uno de los músicos a su servicio.

El conde no tenía la intención de robar o plagiar seriamente la obra de Mozart:

Era más que nada una travesura, repetida en ocasiones anteriores con otras obras y compositores, para impresionar y desconcertar a las gentes de su corte. De hecho, es seguro que los músicos de su servidumbre habían descubierto desde el principio que su patrón no era el autor de las pretendidas composiciones, aunque, aparentemente, el conde seguía creyendo que los tenía convencidos de lo contario.

Otra de las polémicas suscitadas por el Réquiem ha girado en torno a establecer cuánto de la obra se debe a la mano de Mozart, y qué proporción pertenece a la labor de su alumno Süssmayr.

Los análisis modernos han permitido a los musicólogos desentrañar, en parte, el misterio. De las ocho secciones de que consta la misa de Réquiem, Mozart alcanzó a componerlas dos primeras, Introitus y Kyrie, casi en su totalidad y la labor del alumno fue prácticamente nula en estos pasajes.

La Secuencia DiesIrae (Días de ira) y el Ofertorio son principalmente de Mozart con tareas menores de complementación y orquestación a cargo de su discípulo. Y, generalmente, se ha aceptado que las cuatro partes finales: Sanctus, Benedictus, Agnus Dei y Comunión, son obra de Süssmayr.

Sin embargo, sobre este último punto no hay acuerdo total. Si bien es cierto que no sobreviven apuntes de la mano de Mozart para los movimientos citados, se ha especulado con el hecho de que Süssmayr tenía algunas anotaciones e indicaciones de Mozart y se habría basado en ellas para terminar la obra.

Mozarts Requiem

Hay por lo menos dos testimonios de Constanza, la viuda de Mozart, que arrojan luces sobre este aspecto.

En primer lugar, ella recordaba tiempo después que Mozart, consciente de que moriría sin terminar la obra, le había dado instrucciones a Süssmayr de repetir la primerafuga en el último movimiento, lo que en efecto sucede en la versión concluida.

Además, ella aseguraba que Süssmayr tomó algunos documentos del escritorio de Mozart mientras trabajaba en la conclusión del Réquiem y puede ser que allí se encontrara material del compositor sobre las últimas partes de su misa de difuntos. “… En general, la tendencia de los estudiosos del siglo XX es llegar a la conclusión de que la intervención de Süssmayr en la terminación de la obra fue menor de lo que comúnmente se suponía hace un siglo.

Para muchos, la delicadeza del Agnus Dei parece difícil de reconciliar con la mediocridad de la música sacra del propio Süssmayr y ciertos rasgos del Sanctus y del Benedictus inducen seriamente a pensar que también estas secciones están basadas en material auténtico”, sostiene el musicólogo David Humphreys.

Las investigaciones sobre el manuscrito original también han detectado que en la versión final de Süssmayr quedaron incluidos algunos pasajes orquestados por Eybler, el primer encargado de la tarea, y de un músico de apellido Freystädler.

Aunque la versión de Süssmayr ha levantado numerosas polémicas sigue siendo la más aceptada y divulgada, no obstante las ediciones alternativas que han preparado Franz Beyer, Richard Maunder y H. C. Robbins Landon.

El Réquiem de Mozart se estrenó en Viena el 2 de enero de 1793:

Durante un concierto de beneficencia en favor de la viuda del compositor.

El conde Walsegg, por su parte, dirigió la obra el 14 de diciembre del mismo año en la iglesia parroquial de Neustadt y la hizo interpretar de nuevo el 14 de febrero de 1794, en el tercer aniversario de la muerte de su joven esposa.

Entonces, por segunda vez, en medio de su propia ficción, se pudo presentar como el orgulloso autor de una de las obras más queridas del repertorio sacro.

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Bibliografía

  • 1 1791. El último año de Mozart. H. C. Robbins Landon. Ediciones Siruela. 2006.
  • 2 Mozart. Arthur Hutchings. Biblioteca Salvat de grandes biografías. 1986.
  • 3 Mozart y su realidad. Guía para la comprensión de su vida y su música. Varios autores. H. C. Robbins Landon, director. Editorial Labor. 1991.
  • 4 Wolfgang Amadeus Mozart. Jean y Brigitte Massin. Turner publicaciones. 2003.

*Luis Carlos Aljure Salame. Comunicador social y periodista de la Universidad Javeriana. Profesor de Historia de la Música en los Cursos organizados por Comité Cultural Fundación Santa Fe de Bogotá y Asociación Médica de los Andes. Autor de la biografía del compositor Federico Chopin en la colección 100 Personajes 100 autores de Panamericana Editorial.
Correspondencia: [email protected]
Recibido: mayo de 2011
Aceptado para publicación: mayo de 2011

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