Panorama de las Academias Frente al Siglo XXI

Zoilo Cuéllar-Montoya, M.D

Secretario General
Academia Nacional de Medicina de Colombia.

Como representante de 106 años ininterrumpidos de servicio a la medicina, de dedicación incondicional a los pacientes, quiero ser portador de un mensaje de unidad y de fraternidad para el cuerpo médico de Colombia y de la América Latina, condiciones que en la Academia Nacional de Medicina de Colombia consideramos imperativas para adecuar nuestras instituciones a los caleidoscópicos cambios del ejercicio de nuestra profesión, en los albores del siglo XXI, del tercer milenio.

Quiero transmitirles las experiencias y las conclusiones emanadas, tanto de los diferentes foros que hemos tenido en Santa Fe de Bogotá como del 1 Encuentro Nacional de Academias de Medicina de Colombia, realizado en esta ciudad en marzo pasado. Cuando se inauguró dicho Encuentro nuestro Presidente, el Académico Gilberto Rueda Pérez, anotaba “La ciencia y la tecnología modernas reclaman para el futuro, más que nunca, la presencia directiva de la Academia, pero no de una Academia quieta, que descansa complacida en pretéritas épocas de oro, improductiva, órgano asesor a quien nadie consulta, sino de una Academia viva, dinámica, agresiva, capaz de aportar a través de su gran acerbo de inteligencia, de conocimientos y de experiencia y de su enorme poder de liderazgo, todo aquello que el cuerpo médico nacional espera de ella para el siglo XXI “.

Años atrás, cuando se perfilaba el nombramiento de un nuevo Ministro de Salud, la Academia dirigió una carta al Presidente de la República que fue desatendida totalmente. En dicha carta la Academia le solicitaba que escogiera a un médico para que se encargara de la cartera de salud, por años en manos de administradores y economistas, con detrimento de los programas nacionales de salud y de las campañas contra los principales flagelos nosológicos de nuestra patria. La respuesta fue el nombramiento, en ese importante lugar de la salubridad pública, de una persona sin experiencia en esos temas. Las consecuencias de esta decisión no se hicieron esperar y hoy son muy grandes los conflictos existentes en los programas de salud del pueblo colombiano.

Este hecho, por lo menos en Colombia, marca claramente la posición de los estamentos oficiales y políticos frente al médico y a sus posibilidades como administrador en salud. Más tarde, otro economista, que estuvo casi dos años al mando del Ministerio mencionado, contra viento y marea, engañando con su agilidad verbal a quienes ya al final de su período intentaron intervenir, cohonestado por el silencio cómplice del médico y, porque no decirlo, el de nuestra Academia, logró la puesta en marcha de una nueva ley de seguridad social con una filosofía sana, pero totalmente economicista, y en cuyo desarrollo nunca se tuvo en cuenta al médico: ley que busca el cubrimiento universal en salud del pueblo colombiano, loable sin lugar a dudas, pero impracticable por fallas conceptuales básicas, económicas, operacionales y profesionales (desconocimiento del recurso humano en salud).

Son muchos los países que en América dirigen sus escrutadores ojos hacia Colombia y su intento reestructurador de la salud, y muchos otros en los cuales ya se han dado los primeros pasos hacia una masificación del ejercicio profesional o, como en Chile, donde ya llevan años enfrentados a ese nuevo sistema, cuyos múltiples cambios no han logrado una equilibrada atención sanitaria de la población, con claro detrimento de la calidad, por un lado, y del facultativo, por el otro. En Puerto Rico acaba de ser sancionada la ley 70 de salud, similar a la colombiana. Ni los Estados Unidos se salvan de esta lucha frontal contra el ejercicio privado de nuestra profesión.

Ellos, los médicos norteamericanos, que desde hace años han vivido graves situaciones en cuanto a demandas por mala práctica’ se refiere, protagonizaron en el Congreso una dura lucha política, liderada por la American Medical Association, contra la denominada Ley Clinton de salud, de la cual salieron triunfadores gracias al inmenso poder de la unidad médica norte-americana. Pero afrontan en cambio circunstancias muy delicadas, originadas en las presiones ejercidas por los grandes grupos económicos que se han apoderado de la medicina prepagada, que limitan la libre relación médico paciente y cohartan la autonomía del médico: ya hay varios galenos que han llegado al suicidio en los Estados Unidos, hundidos económica, moral y psíquicamente por los manejos de dichas compañías.

Pero, busquemos en la historia antecedentes de estos cambios sociales, necesarios, pero que al ser efectuados en forma inconsulta, por personas foráneas a la profesión médica, no exentas de intereses económicos, desembocan necesariamente en agresiones a la dignidad del médico y, en consecuencia, a la de su paciente. Por esta razón, hace ya unos 12 años yo les decía a mis colegas de la Fundación Santa Fe de Bogotá, cuando les sugería la creación de una consulta asistencial con las mismas características de calidad de la privada, que más nos valía socializar a nosotros que correr el peligro de que nos socializaran a la fuerza, cosa que ya ha sucedido en nuestra patria.

Corría el nefasto año de 1948 en nuestra golpeada patria, año del funesto “bogotazo“, que transformara un tranquilo país en un hoy tristemente célebre campeón de la violencia y a la Atenas Suramericana en la reina de la ordinariez y de la delincuencia, cuando nuestra Academia debió enfrentarse a la entonces inconcebible iniciativa gubernamental de la creación de una institución en la cual los médicos iban a ser asalariados, hecho inusitado en ese entonces.

La lectura de las actas de la Academia, correspondientes a las múltiples sesiones dedicadas al tema, me permitió conocer la dramática burla de los dignatarios oficiales al cuerpo médico nacional: había sido excluido totalmente, a priori, de cualquier posibilidad de deliberar o de participar en el gobierno del nuevo ente asistencial. Se trataba, nada menos, que de la creación del Instituto Colombiano de Seguros Sociales, constituido en forma tripartita por los trabajadores, los patronos y el Gobierno, entidad que hoy, a pesar de los problemas enormes con los que convive, ha prestado y está prestando un importante servicio a la salud y a las pensiones del trabajador colombiano, no obstante que el tercer socio, el Estado, jamás cumplió con sus aportes económicos, pero sí maneja la institución como cosa propia, retiene y utiliza sus dineros y se vale de ella como reducto de prebendas políticas.

Cursa hoy en el Congreso de la República un proyecto del Ministerio de Hacienda por medio del cual se desmontará el aporte económico gubernamental al régimen establecido por la Ley 100 de 1993: “maña vieja no es resabio“.

Para esas épocas la vida del galeno en nuestro medio transcurría entre su asistencia hospitalaria con función universitaria, plena de satisfacciones altruistas y docentes, pero habitualmente carente de remuneración, durante las mañanas y, en la tarde, en su consultorio con su clientela privada, que le permitía no sólo desarrollar las experiencias médicas adquiridas en años de docencia en el hospital, sino unos aceptables ingresos que muchas veces, de acuerdo a su prestigio, no podemos negarlo, le permitían llegar a la opulencia. También eran muchos los médicos que, aún en su consultorio particular, prestaban un servicio asistencial subsidiado por ellos. Esta rutina se cumplía dentro del amplio marco del inconmensurable respeto y admiración que las gentes sentían por el profesional de la medicina, magnificado por el carácter de profesor y/o de Académico, cuando lo poseía. Respeto y admiración que ya se pierden en la noche del pasado.

El Seguro Social vino a encargarse fundamentalmente de los trabajadores, lo cual no significó ningún deterioro en la práctica médica privada. Pero, hace unos 15 años, hicieron su aparición en el panorama colombiano, pienso que en muchos otros países, las compañías de Medicina Prepagada y, sin darse cuenta, pasados los años, el médico se vio enfrentado a un cambio radical en su práctica profesional, que afectaba en forma importante la relación con sus pacientes y que lo empujaba a un ejercicio masivo de su profesión, con el riesgo de demeritar la calidad de sus servicios.

Hoy, las leyes de seguridad social en salud, absolutamente necesarias, pero profundamente equivocadas en su enfoque, convirtieron al profesional de la medicina, y con él a todo el personal de trabajadores de la salud, en poco menos que peones de brega, a quienes se les ha arrebatado la posibilidad de opinar sobre sus propios honorarios, sobre sus horarios de trabajo, situación lamentablemente propiciada por algunos importantes profesionales de la medicina involucrados económicamente con las mencionadas compañías.

Alrededor del Instituto de Seguros Sociales fueron surgiendo diversas entidades de servicio público asistencial y el grueso de los médicos se convirtió en poco menos que jornaleros con múltiples puestos que, naturalmente, terminaron por cumplir a medias para poder llegar a una mediana situación de subsistencia. En esta forma, la atención al paciente se ha ido deteriorando paulatinamente y ya comienzan a aparecer accidentes de innegable gravedad, propiciados por la fatiga de incontables horas continuas sin descansar y sin dormir.

Mientras profesionales como los tripulantes de una aeronave están obligados a descansar determinado número de horas entre vuelo y vuelo, a quienes en un momento dado pueden tener muchas vidas en sus manos, o por lo menos la salud de muchas personas, nadie se ha preocupado por regularizarles sus horarios de trabajo y sus jornadas de descanso. Por el contrario, con equívoca satisfacción, un Senador de nuestra Nación, médico como nosotros, ha logrado extender el horario permitido a nuestros médicos asalariados por entidades oficiales a 12 horas diarias de trabajo, a las cuales se deben sumar las que pueda completar en su práctica privada, si es que se puede llamar privada, a precios irrisorios, con compañías de Medicina Prepagada. Se ha caído en situaciones que atentan, franca y abiertamente, contra los conceptos básicos de la ética y la moral médicas y el Juramento Hipocrático ha quedado muy lejos, olvidado no sólo en la remota Grecia, sino en la época pre-cristiana del brillante médico de Coso.

Codo a codo con las mencionadas reformas ha ido creciendo entre el grueso público, acicateado por abogados sin escrúpulos y enriquecido por las fallas médicas relativamente frecuentes, el concepto de que al médico se lo debe demandar. Incluso, a sabiendas de que nuestra responsabilidades de medios y no de resultados, cursa actualmente en el Consejo de Estado de nuestra Nación una ponencia de un magistrado en la cual pretende demostrar que dicha responsabilidad debe ser de resultados y no de medios, a lo cual se debe sumar la inversión de la carga de la prueba, según lo cual, se es culpable mientras no se demuestre lo contrario.

Comportamientos como el del repulsivo médico caricaturizado por Quino, que ejerce privadamente su profesión y le da sus “sabios consejos” a unos sacrificados apóstoles de la medicina en un pobre hospital de barriada, dentro de los cuales les explica la manera como “les extrae en forma casi indolora los ahorros a sus pacientes” por medio de un sofisticado doctorostoscopio, dan pie a que quienes practicamos la noble profesión de Galeno hayamos perdido credibilidad y respeto. A esto se suma la imperiosa necesidad de practicar una “medicina defensiva” para evitar posibilidades de demandas, con lo cual se recargan las cuentas de los pacientes o las de las compañías administradoras de servicios de salud que los amparan, con los innumerables exámenes que un buen clínico hubiera reducido al mínimum indispensable.

La cambiante y ultrasónica evolución de la tecnología médica, inmersa totalmente en las estrategias de esta sociedad de consumo que nos corroe, ha lanzado a todos los profesionales, si quieren mantenerse al día y prestar servicios adecuados para la época, a la consecución de sofisticados instrumentos, cuyos exorbitantes costos deben ser absorbidos por los usuarios.

El progreso cada día más acelerado de las comunicaciones, la necesidad de actualizarse diariamente, la evolución de la informática y la cibernética, la patente realidad de que son necesarios excelentes conocimientos administrativos para poder ejercer nuestra profesión, han cambiado la faz de la tierra y el médico que se perfila en el umbral del siglo XXI debe estar preparado para todos estos hechos pero, al mismo tiempo, debe estar adecuadamente estructurado en sus conceptos éticos y morales, bajo el riesgo de convertirse en un monstruo como el ejemplificado por Quino, o en un esclavo técnico.

Por otro lado, la sobreabundancia de ultra especialistas ha saturado el campo del ejercicio profesional y se ha hecho imperativa la formación de médicos generales y médicos de familia, con el fin de rescatar ese contacto directo y personal del enfermo y su entorno con su médico.

Nos preguntamos entonces: ¿Cual es el papel de la Academia frente a esta problemática que vive el médico de hoy en su camino hacia el futuro? Y la pregunta que nos hemos hecho en Bogotá ¿Debe continuar la Academia siendo un oasis de sabiduría, de ciencia, pero aislada totalmente de la realidad circundante, portadora de una venda ante sus ojos que le impide vislumbrar el horizonte de esta mar tempestuosa que acabamos de describir? ¿Debe permanecer aislada en su alto pedestal, a donde no alcanza ninguna consulta, ninguna inquietud del mundo que la rodea y, por lo tanto, lejos también del interés de los profesionales?

He querido preséntales, apreciados colegas, un panorama descarnado de la situación de la medicina colombiana y, quizás de la de muchos de los países hispanoamericanos. Sabemos que en Chile nuestros colegas deben laborar cerca de 16 horas diarias para conseguir lo que hace unos pocos años lograban con 6 de su valioso tiempo. Lo que pasa con la medicina en estos países va a suceder, sin lugar a dudas, en los demás, y no hay razón para pensar que no sea así. Debemos recordar, por ejemplo, que en puesto importante de una entidad internacional se encuentra actualmente la misma persona que dio la espalda a la medicina colombiana y sabemos que estas organizaciones internacionales influyen, no nos quepa la menor duda, en los programas de salud de todos y cada uno de nuestros países.

En estas circunstancias quiero repetir las palabras del Presidente de la Academia Nacional de Medicina de Colombia: “Debe la Academia ser entidad supervisora y vigilante, para evitar que la calidad del ejercicio médico se rebaje y degrade por mecanismos de masificación, de comercialización y aún de explotación, apoyados en sofismas y aspavientos conocidos, que hablan de cobertura total a base de trabajo médico contra el tiempo, contra la técnica, limitando los medios de diagnóstico y de prescripción terapéutica, a expensas de la depauperación de las acciones y de la degradación del ser humano, cuyo respeto y la preservación de cuya salud constituyen la razón y el objeto de nuestra noble profesión”.