Obituario: Inmemoriam Profesor Héctor Pedraza

(Palabras pronunciadas por el Académico de Número Fernando Serpa Flórez en las honras fúnebres del ilustre profesor de anatomía, fallecido ello de abril de 1995)

Profesor Héctor Pedraza

Profesor Héctor Pedraza Académico Honorario (1903-1995 )

Estamos congregados para dar la postrer despedida al profesor Héctor Pedraza, quien luego de larga y fecunda vida dedicada a la enseñanza de la medicina en la árdua especialidad de anatomía en la Universidad Nacional, al servicio de la humanidad como pediatra, al trabajo patriótico en el Ministerio de Salud, a la docencia en la Escuela de Enfermeras, a destacada labor en la Academia Nacional de Medicina, a discurrir rescatando para el patrimonio de la nación colombiana páginas trascendentes de la historia de la medicina y a legar con su vida un modelo de hombre de bien y ciudadano ejemplar para quienes lo rodearon, se aleja para siempre dejando inolvidables recuerdos a los que, en una u otra forma, lo acompañamos en este peregrinar humano: su distinguida y apreciable familia, en especial Helenita -su compañera ideal-, sus hijos y su nietos.

Sus calegas, sus discípulos innumerables. Aquellos que recibieron su atención médica en momentos de dolor y enfermedad. Y todos, en fin, los que de él recibimos la lección constante de bondad, cordialidad y afecto.

De las breñas santandereanas, hontanar de su ancestro, vino a Bogotá a estudiar el bachillerato y la carrera en la Escuela Nacional de Medicina. Atraído por el conocimiento de la anatomía que había estudiado alIado del profesor Rivas Merizalde, se especializó en Montpellier y en París. Su maestro Latarjet el compañero de Testut lo distinguiría especialmente y con él vino a la pacria a profundizar y decantar la enseñanza de la difícil ciencia sobre la que nuestra profesión sienta sus inconmovibles bases.

Su amable figura en el anfiteatro, cuando en forma clara y exacta enseñaba -con facilidad asombrosalas abstrusas disecciones sobre el sistema nervioso, serían lección inolvidable para quienes tuvimos el privilegio de escucharlo.

Miembro Honorario de nuestra Academia, su discurso de aceptación de esa promoción merecida

habría de ser la postrera clase de ética y deontología que con profundo respeto y emoción escuchamos de sus labios al final de su vida.

y mientras la barca ineluctable en que se aleja de nosotros lo aparta cada instante que pasa un poco más en el tiempo, meditamos que -sin embargo– seguirá con nosotros. Y desde este lado de la vidas aún lo contemplaremos en la torre señera que en blancas piedras edificó para mirar el crepúsculo, allá en la población de Santandercito que él fundara. Y, una vez más al evocarlo, musitamos con afecto: Descansa en paz, maestro bueno, viejo maestro

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