José Asunción Silva: La Ciclotimia del Poeta

Sin alardes de hablar excátedra, sino apenas basado en algunas inducciones y deducciones de psicología, me inclino a creer que el de José Asunción Silva fue un temperamento ciclotímico, sujeto a vaivenes periódicos de euforia y quebranto, aunque encausado casi siempre, hacia la depresión melancólica. En otros términos: que fue, durante su existencia, un Deprimido Constitucional.

Ello se deduce no solamente del estudio de sus rimas y prosas, sí que también, de apreciaciones de amigos y contemporáneos como de ensayos posteriores que sobre su personalidad han escrito atildados literatos, señaladamente el maestro Rafael Maya y don Alberto Miramón.

El peligro frecuentísimo en las crisis de melancolía es el suicidio, motivado bajo el acicate impulsivo e insoportable del raptus ansioso. Todavía se dice o se piensa que la muerte voluntaria de Silva, debióse a la incomprensión e inquina de su época. El maestro Maya ha sido de los primeros en reaccionar contra tan absurda opinión. En el grávido análisis que traza del rapsoda bogotano, surgen, a no dudarlo, atisbos clarividentes de la diátesis ciclotímica y, aún, con mayor vislumbre, no escasos puntales de la depresión melancólica.

Hé aquí, al respecto, algunos párrafos del humanista payanés: “¿Esta incomprensión pública sería suficiente para llevar al poeta a la trágica solución que todos sabemos? Me parece que no. A ello vinieron a sumarse otros muchos factores, entre los cuales -los psicológicos- y hondas perplejidades de su personalidad y misteriosos atavismos que me inducen a creer que el fin de su vida habría sido el mismo, más o menos tarde, aún descontando la tragedia económica”.

“Lo cierto y evidente de su vida fue la lucha y la amargura, la contrariedad y la desesperación. Algún tiempo después, paseando sólo por los sitios en que lo había acompañado Elvira, tuvo la idea de aquel “Nocturno” inmortal, que es una luminosa tempestad de suspiros, desatada en aquellos horizontes del alma donde la palabra y el paisaje se convierten en música. Aquello no es un poema: es la expresión metafísica de la muerte, es la esencia misma del dolor vinculadas a lo que hay de inmortal en el universo, que es ritmo, y con fundamento a lo que hay de inmortal en el hombre, que es la angustia”.

Dos temas, dos resortes genuinamente ciclotímicos son el leitmotiv en la obra completa de Silva. ¿Cuáles son estos temas, se pregunta Maya?

Su respuesta categórica es la de que, “Silva no es un poeta rico en motivos. Podrían reducirse a dos: la muerte y el pasado. Lo que hace que poco se caiga en la cuenta de esta pobreza de asuntos fundamentales como origen de la inspiración, es que Silva escogió precisamente dos fuentes eternas y universales para el canto, y explotó líricamente esos dos motivos valiéndose de las más diversas circunstancias, cada vez que la vida lo ponía frente al pasado como necesaria reacción contra las amarguras presentes, o cada vez que la imagen de la muerte venía en pos de un duelo familiar, de un arrebato de desesperación, o de una sugerencia artística, o simplemente como resultado de su contemplación del universo -escuela de la muerte- o como producto de su filosofía pesimista, con raíces que se hundían en el Nirvana, el Pasado y la Muerte. Allí en esas dos palabras, está todo Silva, como han estado todos los grandes poetas del mundo, desde Job hasta Leopardi. Son los dos estribos del puente bajo el cual se deslizan las aguas del universo. Con la circunstancia de que, apurando un poco la síntesis, los dos vocablos puedan reducirse a uno, pues el recuerdo implica destrucción, fuga o pérdida de algo, y es apenas una forma sentimental de hacer ilusoriamente actual y vivo lo que ya no existe. El recuerdo es, exactamente, una manera de confirmar que algo se muere en nosotros todos los días, como dijera Flórez, y que toda vocación o añoranza son como ese viaje que hacían los antiguos poetas al país de las sombras. Ningún poeta colombiano, y pocos en el mundo, ha tenido una intuición tan viva y tan punzante del tiempo pasado como Silva, por lo mismo que han sido muy pocos los que contemplaron con tan amoroso deleite la imagen de la muerte. Es raro que este lírico, que en su novela se presenta como un vitalista desaforado, amante de todas las formas plenas y gozosas de la existencia, al recurrir al verso sólo entonó himnos de muerte. Pudiera afirmarse, pues, que su inspiración fue como una medalla que tenía esculpido por un lado al dios Pan, y por el otro representaba a una urna funeraria”.

Sobra la razón a Rafael Maya. Porque el Pasado y la Muerte son guiones afectivos que acompañan indisolublemente las almas agobiadas por la Melancolía. La cenestesia desquiciada por sartales de sensopercepciones, tan acerbas como continuas, despierta neurosis y hasta psicosis que, a la par que avivan la obsesión por la muerte tienden a sosegar tamaña idea fija, con el dulzor nostálgico de las reminiscencias pretéritas. ¿Qué mucho si Job, Leopardi, Mallarmé, Baudelaire y tantos otros afectados por la depresión melancólica, vivieran cabrillando entre la obsesión de la muerte y la idea fija del pasado igualmente letal…?

José Asunción Silva, supo radiografiar su temperamento, inconsolable y doliente, con certero análisis cuando confiesa:

“Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mi ser se arraiga y nace,
el mal del siglo … el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano … un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análiús … “.

Logró el maestro Maya otro hallazgo psicológico -a la vez físico y moral- al bucear dentro de las colinas ciclotímicas de dos artistas, el uno de carne y hueso, y, el otro producto de literatura enfermiza: “hace muchos años, cuando leí el Triunfo de la Muerte, de D’ Annunzio, me impresionó sobremanera la figura de aquel Demetrio Aurispa que aparece en una de aquellas páginas suntuosamente complicadas; y me impresionó porque este personaje, a quien el poeta italiano hace aparecer como el tío de Jorge Aurispa, el protagonista de la obra, era un violinista que se había suicidado, y tenía también una dulce faz nazarena y cierto aire ligeramente espectral cuando se erguía, en su alcoba suntuosa, apenas alumbrada por la luz que se filtraba a través de los espesos cortinajes, a fin de comentar musicalmente los recónditos versos de Lord Tennyson que comienzan: “¡Oh! Muerte en la vida son los días pasados”; y para hacer más intensa la melodía apoyaba completamente las mejillas en la caja sonora. Aquella faz de israelita en el destierro y aquella melancólica melodía “¡Oh! Muerte en la vida son los días pasados” quedaron desde entonces en mi imaginación unidas a la imagen de Silva, que es el violinista solitario que permanece todavía en la sala de baile cuando ya han desaparecido las burbujas del champaña y el girar de las espaldas desnudas, y entre rosas pisadas y frente a la dudosa luz del amanecer, continúa la desoladora melodía: “¡Oh! Muerte en la vida son los días pasados …”.

Una Infancia Orgullosa, Retraída y Solitaria

Poco es lo que se sabe relativo a la infancia y adolescencia de José Asunción Silva.

Sin embargo, la serpenteante psicología suya, revela una niñez reservada, altiva y, más propensa a soledumbres que a dichas. Una naturaleza esquiva para el juego, las travesuras o excesos de dinamismo.

Un amigo de la familia, el austero don Demetrio Paredes, no pudo menos de decirle alguna vez: “Usted no parece un niño. Lo que parece hoyes una persona grande”. Refiere Alberto Miramón que, “desde la escuela donde aprendió a leer adquirió desde entonces tal pasión por la lectura, que se propuso dar cuenta y razón de todos los libros que oía nombrar en su casa, hasta llegar a retener en su prodigiosa memoria capítulos enteros de muchos de ellos”.

Su inteligencia precoz, penetrantemente escrutadora, unida al heredado orgullo materno, al esmero de sus trajes y libros de estudio, al boato de su residencia como a la estirpe de los suyos, granjeáronle la antipatía, la envidia de muchos compañeros y condiscípulos, exhibida en diversos remoquetes siendo, en esa época los típicos de “José Presunción” y “Niño Bonito”.

Anota alguno de sus condiscípulos que, “Silva pasaba entre nosotros por un orgulloso, cuyo aprovechamiento y seriedad nos tenía desesperados. Recuerdo, como si todavía lo estuviese sintiendo, el despecho que experimenté cuando en una sabatina del curso de inglés, en que me creía el más fuerte, resulté vencido por “el niño bonito” como lo llamábamos los que nos creíamos ser estudiantes de veras”.

La sensibilidad de este mancebo, tapizada por cierta aflicción que ya sabía captar la añoranza infantil para luego verterla en jugosas armonías musicales, se expresa quedamente en “Primera Comunión”:

“Todo en esos momentos respiraba
una pureza mística:
las luces matinales que alumbraban
la ignorada capilla,
los cantos re!ir¡iosos que pausados
hasta el cielo subían
el aroma ,  suave del incienso
al perderse en espiras,
lnsuocesnlteriores de otro mundo
sonoras y tranquüas,
los dulces niños colocados Jnnto
al altar de rodillas,
y hasta los viejos santos en los lienzos
de oscura, llaga tinta.
bajo el polvo de siglos que los cubre
mudos se sonreían”.

La Novela “De Sobremesa”

A medida que en Silva se estabiliza la edad adulta, paralelamente se consolidan en él -con más ásperos relieves- sus vertientes ciclotímicas. En aquellas páginas “De Sobremesa”, hállanse, a granel, alternando con escasas épocas de excitación eufórica y hasta casi maníaca, largos, muy largos períodos de depresión, e inclusive, de melancolía confusa.

Durante la excitación eufórica, surgen, inesperadamente, brotes episódicos de exaltación intelectual acompañados por afluencia de ideas, locuacidad, a menudo irónica; brillantez imaginativa; exuberancia en la expresión, humor confiado y optimista que, en veces, suele llegar hasta la megalomanía con ansias incontenibles por el culto del Yo. Esta explosión vital, se mantiene por algún tiempo para caer luego bruscamente.

Y es en esos ciclos de magnífica y munífica exaltación eufórica, cuando la imaginación de Silva, da rienda suelta a su amor ilímite por todo lo bello y sentimental; a su afición innata por el lujo; a sus tendencias congénitas por el señorío y la distinción; al anhelo irrealizable así de negocios, siempre frustrados, como de riquezas fabulosas; al goce incisivo por imitar -verbal y corporalmente- a prójimos que le fueron antipáticos; a sus apetencias de mando, y, en fin, a ensueños pasionales de voluptuosidad morbosamente genésica que, apenas los satisfizo bajo los oropeles imaginarios y líricos de su prosa.

Así que, en las páginas “De Sobremesa” (innegable autobiografía suya, calcada en José Fernández) hállanse, hasta lograr di secarlos psicológicamente, los ritmos, el dualismo, los polos opuestos pero fundamentalmente-integrantes de su personalidad cicloide.

En torrencial brote hipomaníaco describe el bardo, su fogosidad biológica: “¿Tú crees que la mayor parte de los que se mueren han vivido? Pues no lo creas; mira, la mayor parte de los hombres, los unos luchando a cada minuto por satisfacer sus necesidades diarias, los otros encerrados en su profesión. en su especialidad, en una creencia como en una prisión que tuviera una ventana abierta sobre un mismo horizonte, la mayor parte de los hombres se mueren sin haberla vivido, sin llevarse de ella más que una impresión confusa de cansancio … ¡Ah! ¡Vivir la vida …! Eso es lo que quiero, sentir todo lo que se puede sentir. saber todo lo que se puede saber, poder todo lo que se puede “.

“¡Ah! ¡Vivir la vida ! Emborracharse de ella, mezclar todas sus palpitaciones con las palpitaciones de nuestro corazón antes de que él se convierta en ceniza helada; sentirla en todas sus formas, en la gritería del meeting donde el alma confusa del populacho se agita y se desborda, en el perfume acre de la flor extraña que se abre, fantásticamente abigarrada, entre la atmósfera tibia del invernáculo; en el sonido gutural de las palabras que hechas canción acompañan hace siglos la música de las guzlas árabes; en la convulsión divina que enfría las bocas de las mujeres al agonizar de voluptuosidad; en la fiebre que emana del suelo de la selva donde se ocultan los últimos restos de la tribu salvaje”.

En otra página del mismo libro. lamenta. copiosamente, sus accesos de melancolía depresiva. Oigámosle: “Cansado de todo. despreciando, odiando todo, siento por mí mismo y por la existencia un odio sin nombre. Que nadie ha experimentado, me siento incapaz del más mínimo esfuerzo, permanezco por horas enteras, hebetado. estúpido, inerte, con la cabeza en las manos y llamando a la muerte ya que la energía no me alcanza para acercarme a la sien la boca del acero que podría curarme del horrible. del tenebroso mal de vivir …”.

Y, ahora, esta desaforada crisis subconsciente de megalomanía: “Me instalaré en la capital e intrigaré con todas mis fuerzas y a empujones entraré en la política para lograr un puestecillo cualquiera. de esos que se consiguen en nuestras tierras sudamericanas por la amistad con el presidente. En dos años de consagración y de incesante estudio habré ideado un plan de finanzas nacional, que es la base de todo gobierno y conoceré a fondo la administración y todos sus detalles. El país es rico, formidablemente rico y tiene recursos inexplotados, es cuestión de habilidad, de simple cálculo. de ciencia pura, resolver los problemas actuales. En un ministerio, logrado con mis dineros y mis influencias puestas en juego, podré mostrar algo de lo que se puede hacer cuando hay voluntad. De ahí a organizar un centro donde se recluten los civilizados de todos los partidos para formar un partido nuevo. distante de todo fanatismo político o religioso, un partido de civilizados que crean en la ciencia y pongan su esfuerzo al servicio de la gran idea, hay un paso. De ahí a la presidencia de la república, previa la necesaria propaganda, hecha por diez periódicos que denuncien abusos anteriores, previas promesas de contratos, de puestos brillantes, de grandes mejoras materiales, otro … Eso por las buenas. Si la situación no permite esos platonismos, como desde ahora lo presumo, hay que recurrir a los resortes supremos para excitar al pueblo a la guerra, a los medios que nos procura el gobierno con su falso liberalismo para provocar una poderosa reacción conservadora, aprovechar la libertad de imprenta ilimitada que otorga la Constitución actual. para denunciar los robos y los abusos del gobierno en general y de los Estados. a la influencia del clero perseguido para levantar las masas fanáticas; al orgullo de la vieja aristocracia conservadora lastimada por la oclocracia de los últimos años, al egoísmo de los ricos, a la necesidad que siente ya el país de un orden de cosas estables, proceder a la americana del sur y tras una guerra en que sucumban unos cuantos miles de indios infelices. hay que asaltar el poder. espada en mano. Y fundar una tiranía, en los primeros años apoyada en un ejército formidable y en la creencia de límites de poder y que se transformará en poco tiempo en una dictadura con su nueva constitución suficientemente elástica para que permita prevenir las revueltas de forma republicana por supuesto, que son los nombres los que les importa a los pueblos. con sus periodistas de la oposición presos cada quince días, sus destierros de los jefes contrarios, sus confiscaciones de los bienes enemigos y sus sesiones tempestuosas de las Cámaras disueltas a bayonetazos, todo el juego”.

“Este camino que me parece el más práctico. puesto que es el más brutal, requiere pllra tomarlo, otros estudios que haré con placer, cediendo a la atracción que sobre mi espíritu han ejercido siempre los triunfos de la fuerza. ¡Con qué placer os estudiaré monstruosas máquinas de guerra. cuyo acero donde estalla la mezcla explosiva, derrama la lluvia de proyectiles en el campo enemigo y siembra la muerte en las filas destrozadas; granadas de fulminantes picratos y que al estallar reducíais los piafantes caballos y los cuerpos de los jinetes a informes despojos sangrientos; cómo inquiriré los secretos de vuestra estrategia. las sutilezas de vuestra táctica. Sombras de monstruos a quienes la humanidad degradada venera, legionarios Molochs, Alejandros, Aníbales, Bonapartes. al pie de cuyos altares enrojece el suelo la hecatombe humana y humea como un incienso el humo de las batallas!”.

Indudablemente que en estos apartes de Silva, adecuados a la climatología emocional de centro y sudamérica, no escasean ni la audacia ni tampoco la lógica afectiva que diría Ribot. Pero en ellos se transparenta, con atrevida franqueza hipomaníaca, no sólo la sorna hiriente, corrosiva -peculiar de la excitación eufórica, sino también la superioridad, la discrepancia del poeta con el medio tropical en que naciera, viviera y actuara. Un medio en donde todavía -y quizás por mucho tiempolas ideas y propósitos expuestas por el autor de “Psicoterapéutica” cobran cierta vigencia guasona …

A lo largo y ancho “De Sobremesa”, tanto en superficie como en profundidad, abundan intrincadas, entrecruzadas junto con paroxismos de excitación, aquellas “miserables inaniciones que lo postran por temporadas”, según textuales palabras suyas.

En carta dirigida a Baldomero Sanín Cano desde Caracas, Silva entremezcla, ciclotímicamente, la amargura con el desdén burlón y viceversa: “Si supiera usted -escribe- ¡qué horrible prisión es la Torre de marfil, cuando el encierro voluntario se convierte en prisión …! Encaramado uno en su torre, con el puente levadizo levantado, y oyendo a todos los commi-voyageurs, generalotes chive rudos, elegantes, más o menos perfumados y charolados, gens des lettres, contarse, hacerse su biografía, exhibir sus yóes de cargazón, con suprema impudicia e ingenuidad infantil, ilustrar el relato con toda especie de datos fisiológicos (horas de ir al excusado, necesidades fisiológicas más o menos imperiosas) etc … llega un momento en que se comienza a pensar si la humanidad no es más que Eso”.

“El resto de los diálogos emprendidos o mejor dicho sufridos por este su atento y seguro servidor, éste se ha limitado a excitar a los adversarios con “¡No me diga usted eso! -¡Cuénteme detalles porque eso es muy interesante!

-¡Cómo qué cansado! -¡No señor, léame usted otros …! -¿ Y eso le sucede a usted frecuentemente? -¡Con que cuatro en una noche, ah! -¿Quién lo viste a usted?-, obteniendo en respuestas narraciones de a treinta minutos”.

“Bueno ese papel de cultivador de la chifladura ajena a cambio del reposo interior y de que el adversario no le interrumpa a uno con el Pardón. Mais sur ce pointje vois que nous avons des idées absolument opposées de Carlos … M. viene siendo desesperante a la larga. El adversario lo juzga a uno un joven muy estimable y uno un idiota, pero quien sale ganancioso es él”.

Y, más adelante agrega: “Necesito estudiar mucho y regar con toda especie de abonos violentos el jardín interior para no sentir tan intensamente el vacío de esta vida. No sospechaba yo ciertas providencias de mis dominios interiores esterilizadas por los sufrimientos pasados y por tanto malestar de los dos últimos años”.

Harto conocida era la obsesión de Silva por las enfermedades, la medicina y los galenos, tal vez con la esperanza de amortiguar el torcedor de su quebrantada Cenestesia. Es posible que el poeta bogotano, hubiese conocido en París, personalmente a Charcot, a quien apellida en “Sobremesa” el profesor Charvet, pues anota que, “ayer no pude resistir más y me fui a un médico, a quien sin entrar en detalles de otro orden, le referí mis achaques. Fue el profesor Charvet, el sabio que ha resumido en los seis volúmenes de sus admirables Lecciones sobre el sistema nervioso, lo que sabe la ciencia de hoy a ese respecto y que me conoce y me mira con extrema benevolencia desde que oí sus lecciones en la facultad y presencié sus curiosas experiencias de hipnotismo en la Sal petriére”.

Y, parece probable que lo hubiese conocido y tratado, merced al pergeño físico que de Charcot esboza en estas líneas: “Acabáramos, prorrumpió el neurólogo, con una sonrisa de alegría que le alumbró toda la cara afeitada y le hizo, al sacudir la cabeza, brillar los cabellos blancos y lisos que, echados para atrás, le caen en la espesa melena sobre el cuello del largo levitón negro. Acabáramos, ¿y ese capricho? ¿Un voto de castidad hecho por usted, a sus años y con esa facha? … preguntó con amable expresión”. La posteridad ha dado el nombre de “Enfermedad de Charcot”, a una lesión tremenda y letal que es la “Esclerosis amiotráfica de los cordones laterales de la médula. Esta enfermedad, salió del cerebro de Charcot, ni más ni menos que como Minerva del cerebro de Júpiter.

Pues bien: las posibles relaciones habidas entre José Asunción Silva con el profesor Charcot, las refuerza una dolorosa confesión del neurólogo, recogida en los folios de “Sobremesa”. “Ha de saber usted que la medicina no ha sido para mí más que una necesidad, un modo de ganar el pan. Yo tengo nervios de artista, no de hombre de ciencia; por eso me entiendo bien con usted. Aquí entre nosotros le confieso que una de las amarguras de mi vida es que mi nombre va a quedar pegado para toda la eternidad al de una asquerosa alteración de los cordones nerviosos de la médula. Esta idea me revuelve el alma. Un botánico desnicha, en alguna montaña del trópico, una hermosa planta de olorosas flores; un astrónomo observa un cometa, y la humanidad en lo futuro no puede separar su recuerdo de la imagen de los pétalos frescos, o de los luminosos rayos que caen de lo alto … Uno de nosotros, doblado sobre el cadáver sanguinolento, hurgándolo con el bisturí, ve una fea manchita que le parece anómala, somete el tejido al microscopio, gasta sus pobres ojos observándolo, escribe una monografía en que inventa lo que le falta saber, y por premio de sus esfuerzos consigue esto: que un charlatán, al desahuciar a un infeliz cuyo mal ignora, lo acabe de aterrar diciéndole: tiene usted un principio del mal de Bright… No puedo hacer nada por su salud; estos síntomas denuncian la neuropatía cerebro-cardíaca de Krishaber; la ciencia es impotente; convénzase usted de que lo devora la enfermedad de Charvet… ¿Le parece a usted muy entretenido eso de que le den el nombre de uno a una cosa innoble? concluyó, con las manos metidas en el fondo de los bolsillos y sacudiendo la cabeza con expresión de asco”.

Estados Mixtos Ciclotímicos, Duelos Hipomaníacos y Esponsales Melancólicos

El erudito germano Kraepelin, describe en el transcurso de la Ciclotimia, ciertas anomalías paradójicas del cambiante psiquismo, denominadas ESTADOS MIXTOS. Como su nombre lo indica, son incidencias en las cuales se encuentran asociados, al mismo tiempo, o de un momento a otro, síntomas eufóricos con síntomas depresivos. Estas tan rápidas fluctuaciones del temperamentosintetizan, por así decirlo, una típica ambivalencia afectiva.

De tales Estados Mixtos, hay algunos en la obra de Silva como acontece verbigracia, cuando súbitamente prorrumpe: “Comencé a hablarle en voz alta, vibrante y llena, y le di las gracias por sus cuidados. Me sentía moribundo y estoy lleno de vida, doctor, le dije; me ha devuelto usted mis fuerzas perdidas; pero ahora va usted a quitarme esta maldita impresión de ansiedad que me desespera, ¿no es cierto? ..”.

Y ¡fenómeno curioso! Alberto Miramón en su ensayo sobre Silva, indica -sin conocer siquiera la existencia científica de tales Estados Mixtos- su aparición cuando escribe que, “como el verso es el fruto de la propia existencia del poeta, y como el mundo que nos rodea tiene, según su propia expresión, torturas angustiosas o inefables fruiciones de acuerdo con la sensibilidad íntima del que las adquiere, así sus estrofas de entonces nos pintan su alma desadaptac.a, en perenne inestabilidad hiperemotiva que hoy canta un hecho trivial, y mañana ese mismo hecho lo entristece y desespera”.

“Entre los originales que conserva una de las amigas del poeta -continúa Miramón- hay dos poesías escritas con un intervalo máximo de veinticuatro horas y que muestran ese curioso fenómeno intelectual”.

Hé aquí estos veloces Estados Mixtos, escritos el uno el 7 de mayo de 1887, y, el otro, al día siguiente, 8 del mismo mes y año. Ambas poesías llevan por título, “A TI”:

“Tú no lo sabes, mas yo he soñado
entre mis sueños color de armiño
horas de dicha con tus amores,
besos ardientes, quedos suspiros
cuando la tarde tiñe de oro
esos espacios que Juntos vimos,
cuando mi alma su vuelo emprende
a las regiones del infinito”,

Y, apenas, al siguiente día se exterioriza la ambivalencia en:

“De luto está vestida,
sembrada está de abroJos
la senda de mi vida,
sin luz y sin placer,
Apártame tus oJos
no quiero tus miradas,
no quiero tus sonrisas,
memorias son cenizas,
y llamas apagadas
se vuelven a encender”,

Psiquiatras y psicólogos -destacadamente Tinel y J ean Fretet- comentan en algunos temperamentos ciclotímicos, la aparición de bizarros e inesperados episodios que aquellos autores, apellidan, “Duelos hipomaníacos y esponsales melancólicos”.

Entre los “duelos hipomaníacos” sobresale el que André Gide presentó luego de la muerte de su madre. Confiesa el literato en “Si le grain ne meurt”: “Recuerdo que viví los primeros tiempos de mi luto, dentro de una especie de embriaguez moral propicia a actos inconsiderados que me bastaba con suponerlos nobles para otorgarles, enseguida, el asentimiento de mi criterio y de mi corazón. Comencé por distribuir entre parientes lejanos – algunos de los cuales apenas habían conocido a mi madre- a manera de recuerdo, las joyas u objetos que le habían pertenecido y que pudieran, significar para mí, inestimable precio. Por exaltación, por amor o por extraña sed de sacrificio, al instante mismo que esa idea me asaltaba, hubiese dado mi existencia entera: hasta yo mismo me hubiera dado; el sentimiento de mi riqueza interior me henchía, me inspiraba una especie de abnegación capitosa”.

En José Asunción Silva, aparece un brote de excitación intelectual, bajo los tintes del duelo hipomaníaco. A raíz de la muerte de su padre, la familia se retiró -como era usanza, entonces- a una hacienda de la sabana. El poeta, pasó, en aquella hacienda, días de extraordinaria actividad eufórica alternando las lucubraciones literarias con sutiles coloquios en compañía de su hermana Elvira. Esto lo atestigua, igualmente, la carta que escribiera al doctor Uribe Angel tras del óbito de don Ricardo Silva, en uno de cuyos apartes expresaba su impulso vital en estos términos: “Usted comprende que después del abatimiento de los primeros días, yo he tenido una reacción toda de actividad. Me quedan deberes graves que llenar y me he puesto a la obra con todas mis fuerzas”.

Dentro del carácter de Silva -cuyo psiquismo tendía, muy frecuentemente, hacia la depresión cenestésica-, no se topan esponsales melancólicos. Empero, en los temperamentos cicloides, esas antinomias de reacción hiperemotiva, suelen, en ocasiones, presentarse. Así, por ejemplo, Tinel cuenta el caso de una artista dramática, quien sin mayores esperanzas se presentó, sin embargo, al concurso anual del Odeón donde sesenta aspirantes, disputábanse, apenas dos únicos sitios. La sorpresa de la artista, unida a las felicitaciones del Jurado, al obtener el primer puesto, fue inmensa. Horas después, un acceso de ansiedad inexplicable, era preludio de grave melancolía que duró seis meses.

“No me atrevo, agrega el psiquiatra citado, a emparentar completamente con tales hechos, las crisis depresivas -por lo común graves- observadas en algunasjóvenes en el curso de su noviazgo, siendo entendido, que se trata aquí de esponsales felices, sin ninguna decepción ni preocupación, porque en estos casos, a factores emocionales, quizás se asocian factores de excitación genésica con resonancia indudable sobre las glándulas de secreción interna”. Y con atractiva interpretación para los psicoanalistas, añadiría yo.

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