José Asunción Silva

José Asunción Silva

Visto por
Edmundo Rico

Para conmemorar el 90° aniversario de la trágica muerte de José Asunción Silva (1865-1896), figura primordial de la literatura colombiana, reproducimos el libro que sobre “La depresión melancólica en la vida, en la obra y en la muerte de José Asunción Silva” escribió el doctor Edmundo Rico, expresidente de la Academia Nacional de Medicina, profesor de psiquiatría y brillante escritor. Esta obra, publicada en 1964 por la Imprenta Departamental de Boyacá, en Tunja, constituye una rareza bibliográfica. Agradecemos al doctor Jaime Leyva Venegas el que haya hecho posible su difusión en esta Revista.

F.S.F.

La Depresión Melancólica en la Vida, en la Obra y en la Muerte de José Asunción Silva

Concepto del Maestro Rafael Maya

Bogotá, l° de septiembre de 196…

Señor Doctor Don
EDMUNDO RICO
L. C.

Muy distinguido amigo y respetado Profesor.

He leído detenidamente el estudio sobre José Asunción Silva, que Ud. tuvo la bondad de poner en mis manos, y como no quiero contentarme con “hablarle” de ese trabajo le dirijo estas líneas como constancia de lo que yo pienso acerca de él.

Primeramente, le agradezco las citas que Ud. hace de un estudio mío acerca del mismo personaje, y que Ud. inserta con mucho encarecimiento en su estudio. Pero no crea que esas citas, muy honoríficas para mí, han inclinado mi criterio, por más que hayan halagado mi vanidad.

Su estudio sobre Silva es completo y agota materia, dado el punto de vista que le sirve a Ud. para enfocar al poeta. Yo he tenido siempre por el autor del “Nocturno” una gran admiración, y buena parte de mi actividad literaria la he consagrado al estudio de su vida y de su obra. Siempre le he dado preferencia a “De Sobremesa” no porque la considere una gran “novela “, que no lo es, ni un primor de estilo, sino porque creo que es un documento psicológico y social de mucho alcance para fijar los caracteres de un temperamento y de una época. Desde este punto de vista es invaluable. Veo que Ud. toma el mismo punto de vista, cosa que me parece natural, teniendo en cuenta que su estudio es predominantemente científico.

Este carácter científico está patente en el desarrollo de las tesis que Ud. propone como interpretación de la personalidad de Silva, y que a mí, no obstante ser profano en tales materias, me parecen inobjetables. Yo llegué a algunas de esas conclusiones, pero lo hice simplemente como crítico literario y ayudado de algunas intuiciones que tuve respecto de Silva, como temperamento un poco morboso. Ud. les da fundamento científico a esas intuiciones mías, y completa su estudio llevando hasta las últimas consecuencias sus conclusiones, a lo largo de un estudio tan agradable como exacto. Creo que ese estudio suyo es definitivo para fijar la personalidad de Silva, como hombre y como artista, después de tantas fantasías como se han tejido en torno al extraordinario poeta.

Y nada más. Muchas gracias, nuevamente, por haber entreverado frases y párrafos míos en la noble urdimbre de su estudio, y gracias, también, por el honor que vaya recibir al haber Juntado Ud. mi nombre al propio suyo, muy ilustre desde el punto de vista científico y literario.
Acepte Ud. mi cordial saludo.

RAFAEL MAYA

La Depresión Melancólica en la Vida, en la Obra yen la Muerte de José Asunción Silva

En sapiente estudio -tan estético como psicológico- el maestro Rafael Maya informa que, “el 24 de mayo de 1896, apareció muerto en su lecho un personaje desconocido para la mayor parte de sus conciudadanos y sólo apreciado de un corto número de amigos. Posiblemente en las horas de la madrugada se había atravesado de un balazo el corazón. En su elegante y aristocrática casa nadie se dio cuenta de lo sucedido. La víspera había habido allí una reunión social que se prolongó hasta altas horas de la noche. El personaje a quien me refiero había salido al portón a despedir a los visitantes, provisto de una lámpara que iluminaba serenamente su faz nazarena, y que fue el último reflejo que le sirvió para buscar el camino de la tumba. Ahora, ante el asombro de sus familiares, estaba allí, en su lecho, rígido, con la cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda y a medio vestir. Uno de los brazos descansaba a lo largo del cuerpo; el otro, cruzado sobre el pecho, sostenía en la mano el arma mortal. Conviene que nos detengamos en el aspecto físico de este extraño suicida. Vestía con elegancia: era hermoso, a no dudarlo, pero con hermosura muy varonil. Tenía la frente amplia y luminosa, los ojos negros demasiado hundidos bajo el arco de las cejas, de donde arrancaba la nariz de curva elegante y perfecta; la boca bien diseñada bajo el bigote de seda, y toda la faz cubierta de una barba espesa y pulida, como de sacerdote asirio. Dijérasele dormido con potente dulzura bajo el arrullo de una gran música como la del mar, y que en ensueños hablaba con juveniles divinidades que le estaban revelando el secreto del arte y de la vida. Así parecía indicarlo la imperceptible sonrisa que flotaba sobre sus labios”.

“Algunos amigos fieles recogieron el cuerpo y lo encerraron en la caja mortuoria. Algunas horas después fue sepultado a la sombra de un paredón siniestro, en lugar retirado, con pobre lápida donde estaban escritos el nombre y dos fechas. Todo había terminado. La ciudad comentó frívolamente el suceso; la prensa dio la noticia en cuatro líneas vergonzantes; se recordó vagamente que el difunto había hecho versos, y sólo la naturaleza se encargó de señalar amorosamente el lugar donde descansaba aquel hombre, pues todos vosotros recordáis, cómo del suelo arrancó una fresca y jugosa mata de hiedra que fue enredándose en torno de la lápida hasta formar una corona de verdura. El muerto aquel ya no estaba solo. La madre común había formado sobre los miserables despojos un pórtico vegetal, y allí se congregaban las aves, el rocío y la luz a testimoniar ante la indiferencia humana, que aquel muerto no era una persona cualquiera, sino un poeta, hermano de aquellos seres y elementos, pues efectivamente había cantado casi en secreto, como los huéspedes del bosque; era de cristalina constitución, como el rocío, y semejante a la luz en ser anterior a todas las cosas, como maestro del verbo creador de todas las armonías”.

“Pero también, dentro de lo humano, le habían quedado a aquel arbitrario sujeto unos cuantos amigos espirituales y generosos, que se reunían periódicamente en torno de su memoria, en el ambiente del cenáculo donde él había difundido el calor de su inteligencia y de su palabra. Allí solían evocarlo cariñosamente; recordaban sus frases más significativas; releían los libros que habían comentado con él; se deleitaban con repetir a coro algunos poemas que el muerto había confiado a la memoria de sus fieles discípulos; refrescaban anécdotas, sentencias, paradojas; volvían a tomar entre las manos objetos preciosos que todavía guardaban el calor de su dueño, y, principalmente, se empeñaban en difundir la obra realizada por aquel amigo tan prematuramente desaparecido, imponerla al criterio de una sociedad rebelde a ciertas formas puras de sensibilidad, exaltarla ante el criterio de las gentes obtusas, compenetrar en su recóndito sentido a las nuevas generaciones, y últimamente, poner de realce todos los elementos nuevos que había aportado a las letras castellanas, en un momento supremo de transformación radical en el orden del pensamiento y del criterio”.

-El Temperamento Intermitente o Ciclotímico-

A la par que todo ser posee una fórmula anatomofisiológica dependiente de su constitución física, está dotado, así mismo, de otra fórmula mental surgida, a menudo, de la primera: su constitución psíquica o temperamental. Ello ya lo expresaba en buen romance científico Paul Voivenel cuando dijo que el hombre tiene la moral de su química y la química de sus secreciones internas.

En las idiosincracias ciclotímicas, intermitentes u ondulantes, el temperamento representa la exteriorización de la Afectividad. Según metáfora feliz de Pierre Khan, en los individuos portadores de la constitución cicloide, el Humor indica el grado de presión sensitiva ni más ni menos como la aguja del barómetro señala el grado de presión atmosférica. Si el barómetro se desnivela, la aguja queda bloqueada por debajo o por encima de la presión real. De idéntico modo, el humor psíquico puede ser bloqueado por encima o por debajo del ritmo afectivo ordinario. Si por encima, surge la excitación eufórica o hipomanía; si por debajo, aparece la depresión.

Pero humor eufórico, optimista e hipomaníaco por una parte; y humor triste o pesimista o deprimido por la otra, dependen íntimamente no sólo de trastornos del Diencéfalo, sino del funcionamiento agradable o desagradable, del rimar armonioso o esquivo de las sensaciones internas forjadas en la intimidad de talleres viscerales y funcionales del organismo bajo la influencia –entre otros factores- del sincronismo tonante o la terca deficiencia en el movedizo girar de las glándulas de secreción interna.

Este continuo enjambre de sensopercepciones abscónditas denominase Cenestesia o sentido del propio vivir. Así que, cuando ella es vivaz, hay hipomanía, al paso que cuando se torna penosa, su resultante se exterioriza en depresión melancólica. Un poeta nuestro, escéptico por añadidura, Luis C. López, expresa en célebre soneto el estado cenestésico cuando exclama:

“Se vive, amada mía,
según y cómo … Yo
por la mañana tengo hipocondría
y por la noche bailo un rigodón.
¿ Y qué? Pura ironía
del hígado, muchacha. En el amor
y en otras cosas de menor cuantía
todo depende de la digestión.
Que no fume, que olvide la lectura.
que no maldiga en ratos de amargura
y mil consejos más de este jaez,
como si se pudiera
vivir a la manera
de las calles tiradas a cordel… “

-Euforia y Depresión Ciclotímicas-

La ciclotimia está caracterizada por accesos de excitación eufórica, o, a la inversa, por brotes melancólicos depresivos; unas veces simples; otras, complicados por ideas delirantes, confusión mental y hasta estupor.

En este dualismo flexoso entre euforia y tristeza, existen -dentro del temperamento ciclotímico- casos extremos de continua excitación y casos extremos y casi crónicos de depresión constitucional, aunque ambos sujetos, a la postre, a incidencias graves y cambiantes en el ritmo cenestésico del humor.

En la hipomanía todo es ímpetu vital, facilidad de ideas y de expresión; alegría dinámica, amor por la existencia, infatigabilidad; imaginación saturada de ingenio e imágenes profusas; gracejos; ironía fina o mordaz; proyectos realizables o irrealizables, audacias sin valladares; fuerza expansiva, anhelos de superhombre y sintonía con el medio ambiente.

“Conozco -apunta el profesor López de Mesa- una especie nosológica, la hipomanía, muy frecuente entre nosotros en sus formas más discretas, aquellas que sólo el psiquiatra discierne, y que casa mucho con las modalidades del temperamento bolivariano: ella conduce a la actividad irrefrenable, a la combatividad, la ambición y el orgullo, a la desbordante imaginación, a la elocución fácil, al optimismo invencible, a las emociones repentinas y aturbonadas a veces, a la exuberancia en el amor y otros deleites. Hasta cierto punto es poderoso auxiliar para la lucha y crea especímenes sociales de extraordinaria
simpatía y buen éxito. Se presenta, en ocasiones, alternando con períodos de melancolía, más o menos remotos, según la constitución del paciente, como parece haber ocurrido a Bolívar en Viena, en forma grave, y levemente en otros sitios y otros tiempos”.

Y es que una buena cenestesia orgánica, o sea la hipomanía, imprime audacia al tímido, orgullo al humilde; actividad al abúlico generando, en veces, las más prodigiosas creaciones y realizaciones en los planos ideológicos, artísticos, financieros, políticos y religiosos a que pueda llegar el hombre.

Solía decirse por el romanticismo seudocientífico que el Genio es una obra de arte realizada mientras que la locura es una obra de arte fracasada.

Equivocados anduvieron los partidarios del parentesco entre genio y locura cuando sostenían que la rúbrica de sus teorías, reposaba, exclusivamente, en la palanca hipomaníaca. Pues que la hipomanía es apenas motor que funciona diferentemente según sean los relieves temperamentales del bípedo gregario. Si la hipomanía, verbigracia, vive engastada en un ser mitómano, únicamente servirá para exaltar sus tendencias congénitas a la superchería, a la calumnia, la mixtificación y tendencias simuladoras; si sirve de impulso a personajes ingénitamente perversos como lo fueron Casanova y Fouchet, tan sólo rendirá repugnante porcentaje de anomalías sexuales, estafas, delitos, crímenes y asesinatos; si puesta al servicio de algún paranoico tenebroso y, a la vez, deprimido irritable como Adolfo Hitler, su balance ecuménico se confundirá dentro del cataclismo de los valores sociales, y, por último, si la hipomanía es apenas patrimonio de cualquier sujeto desprovisto de bagaje mental, por fuerza ha de resumirse, en mera desordenada e improductiva exaltación psicomotora, en auténtica diarrea verbal que recuerda el apóstrofe de Voltaire: “un diluvio de palabras sobre un desierto de ideas”.

Pero algo muy distinto acontece cuando la hipomanía sirve de lubricante a espíritus en cuyo cerebro señorea la Memoria; avizora en combinadoras imágenes la imaginación; y despliega el Juicio la presteza anímica de su autocrítica. En estos excepcionales casos -y excepcionales lo son- el motor hipomaníaco resulta espléndido regalo de los dioses.

Mentalidades selectas, servidas por la hipomanía temperamental fueron las de Leonardo da Vinci y las de Beethoven; las de Shakespeare, Luis XIV, Bolívar, Napoleón, Balzac y Pasteur; las de Goethe, Washington y Miguel de Cervantes Saavedra, y, para citar alguna nuestra, mentalidad hipomaníaca es la de Carlos Lleras Restrepo.

La cual no es óbice para que el runruneo de vetustos y ásperos criticastros, siempre que problemas de índole psíquica se trate, clamen o desfoguen -no con la dialéctica de Aristarco- sino con el desabrimiento de su autodidactismo pedante, que médicos y, sobradamente especialistas en dolencias del espíritu, deformen o tergiversen la realidad histórica con la propia deformación profesional peculiar al tránsito por la Psicopatología. Y, ello, no siempre es así.

La Depresión Melancólica en los Ciclotímicos

El sello de la Ciclotimia, su arco toral, por así expresarlo, es el brusco, el excesivo salto de la excitación a la depresión, la caída de aquella en ésta. Ciertamente que todos somos propicios a ondulaciones de la actividad, y, por contera, de la cenestesia. Accesibles, claro está, a influencias ambientales, al calor comunicante de fiestas y banquetes, a emociones oratorias cuando no al hechizo de las bellas artes. Personas las hay, portadoras de emotividad selectiva a quienes basta con alumbrar el foco de sus preferencias para ponerlas, ipso facto, en trance adecuado aunque transitorio.

Pero estas son exaltaciones relativamente leves. Proporcionadas a causas y efectos, incentivos psicosomáticos que nunca forman contraste absoluto con el comportamiento diario y que, desde luego, no representan ninguna oposición entre los polos extremos de la ciclotimia.

Es, por consiguiente, esa oposición marcada, ese dualismo integral de la personalidad, lo que constituye, lo que integra la depresión melancólica, patrimonio clínico de la Ciclotimia. En todo ser undívago existen, pues, dos estados opuestos, dos excesos contrarios: el uno habitual, casi continuo y en cierto modo básico es característico de la depresión en que predominan inercia motora, humor taciturno, cansancio psíquico, no pocas dosis de ansiedad angustiosa acompañada de perplejidad e indecisión; de concentración dolorosa polarizada siempre -o las más de las veces- hacia la tendencia impulsiva o serenamente premeditada por el suicidio.

Y, ensombrecido el todo por constante, por pertinaz interrogación sobre sí mismo, por monótonas preguntas al por qué del destino, de los seres, las cosas y su misterio; por dudas inmisericordes tocantes a la inexistencill de la felicidad, por el martirio de sentir la nada ni más ni menos como la exterioriza pungentemente Rubén Darío en esta estrofa:

“Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
y más la piedra dura porque esa ya no siente
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida conciente … “.

Nada tan agudo, tan tenebrante en los períodos depresivos melancólicos como la angustiay su hermana gemela, la ansiedad. La Angustia, fenómeno físico por excelencia, está acompañada de taquicardia, disnea, palpitaciones, rubicundez alternando con palidez; de temblor, lágrimas y aumento o disminución de las secreciones; de poliuria o poliaquiuria; de diarrea e inclusive constipación intestinal.

La Ansiedad, fenómeno inseparable de la Angustia, es, por el contrario, de origen nptamente psíquico como que consiste en el temor aflictivo de algo incierto que ha de suceder; en la duda inquietante e insoportable de un aguijón atroz enclavado en el espíritu. La angustia y su compañera eterna, la ansiedad, han sido clínicamente descritas en estos expresivos versos de Amado Nervo:

“Siento que algo Solemne va a llegar en mi vida.
¿Es acaso la muerte? ¿Por ventura el amor?
Palidece mi rostro; mi alma está conmovida
y sacude mis miembros un sagrado temblor.
Siento que algo solemne se aproxima y me hallo
todo trémulo; mi alma de pavor llena está.
Que se cumpla el destino, que Dios dicte su fallo,
mientras yo, de rodillas oro, espero y me callo
para oír la palabra que el Abismo dirá “.

Conviene aclarar, sin embargo -a riesgo de evitar equívocos tendenciosos-, que el temperamento ciclotímico u ondulante o intermitente, no es ni locura, ni vesania, sino un desequilibrio de la Afectividad. Es apenas una manera de ser, frecuentemente hereditaria y compatible, muchas veces, con desarrollo intelectual superior. Y a tal punto es esto verdadero que Bergson pudo afirmar, en sustancia, que “un cierto desequilibrio es signo de vida”.

“El diagnóstico de locura -arguye el profesor López de Mesa- presupone desórdenes en las facultades mentales, desarticulación y perturbación de su osmonía funcional, por donde resulta carencia de sindéresis en el comportamiento y en el juicio”.

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