Académicos médicos psicoanalistas: Roberto de Zubiría (†)

(Miembro de Número)
(1924-2009)

Roberto de ZubiríaEl doctor Roberto De Zubiría nació en Bogotá el 29 de febrero de 1924. Estudió Medicina en la Universidad Nacional y recibió su grado en 1948 con una tesis sobre “Citología del contenido gástrico”. Se especializó en medicina interna en la Universidad Nacional, en el Hospital de San Juan de Dios, entre 1948 y 1954, y luego hizo psicoanálisis en la Asociación Psicoanalítica Colombiana, entre 1958 y 1961. Jefe de Clínica Interna en el Hospital San Juan de Dios de 1951 a 1954; su entrenamiento psicoanalítico lo realizó en el Instituto Colombiano de Psicoanálisis de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis (1958-1961), luego en compañía del Doctor Arturo Lizarazo y otros psicoanalistas, fundaron la Asociación Colombiana de Psicoanálisis de la que fue su Presidente. Jefe del Departamento respectivo en el Hospital de La Samaritana de 1954 a 1959 y de 1979 a 1993. Director Médico de los Laboratorios Winthrop de 1959 a 1979. Ocupó la cátedra de medicina interna en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional desde 1954 y, cinco años después, fue nombrado profesor de la misma asignatura en la Universidad Javeriana, cargo que desempeñó durante cerca de seis lustros, hasta 1988. En 1994 fue exaltado a Profesor Honorario en el Hospital de La Samaritana.

Perteneció a diversas entidades científicas y profesionales del país y del exterior: Fue Miembro Activo de la Sociedad Colombiana de Medicina Interna desde 1959, Presidente de la Asociación Colombiana de Psicoanálisis  1962 a 1964 y Secretario de la misma  de 1958 a 1960. Secretario de la Asociación de Medicina Interna 1960-1962; Presidente de la Asociación Colombiana de Medicina Interna 1962-1964. De 1964 a 1979 fue Médico consultor del Departamento de medicina Interna y, después, Jefe del mismo por doce años en el Hospital de La Samaritana. Luego pasó a ser Jefe del Departamento de Medicina Psicosomática en la mencionada entidad hospitalaria.

Ingresó a la Academia Nacional de Medicina como Miembro Correspondiente en 1973 con el trabajo “Biografía del doctor Antonio Vargas Reyes”, y ascendió a Miembro de Número en 1989 con el trabajo, “La medicina en el descubrimiento de América”. Ha ocupado la Vicepresidencia en dos periodos consecutivos de 1994 a 1996 y de 1996 a 1998, durante la presidencia del Académico Gilberto rueda Pérez.

BIBLIOGRAFIA CRONOLOGICA DEL ACADEMICO ROBERTO DE ZUBIRIA CONSUEGRA,

SEGÚN LA APARICIÓN DE SUS ESCRITOS

(1940-2006)

Libros

1940 : “Los Santandereanos en la medicina colombiana: Antonio María Vargas Reyes”, Bogotá.
1970 “Orígenes del complejo de Edipo: de la mitología griega a la mitología chibcha”, Bogotá: Tercer Mundo editores.
1970 “José María Lombana Barreneche: Ensayo preliminar”, Bogotá: Gráficas Carman.
1973 “Biografía del Doctor Antonio Vargas Reyes”, Publicaciones Academia de Medicina, Tomo VI, Bogotá.
1986 “La medicina en la Cultura Muisca”, Editorial Universidad Nacional, Bogotá.
1992 “La medicina en el descubrimiento de América”, Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica.
1992 “Muerte y Psicoanálisis: Teoría de los objetos muertos”, Bogotá: Editorial Grijalbo.
2002 “Antonio Vergas Reyes y la medicina del Siglo XIX en Colombia”, Bogotá: Academia Nacional de Medicina.
2003 “Los objetos muertos en la historia y la literatura”, publicado en el libro: “Creación, Arte y Psiquis”, del Académico Guillermo Sánchez Medina, pág. 403, editorial Cargraphics, impresión digital.
2006 “La familia De Zubiría en la historia de Cartagena de Indias”. Bogotá: Editorial Utopos.

Algunos estudios de Farmacología:

1959 “Etilbiscumacetato (tromexan) en la determinación de la función hepática”, Rev. Hospital de la Samaritana, Noviembre de 1959.
1963 “Modificaciones a la técnica del test de tolerancia a la heparina in vitro”, folleto, 1963.
1965 “Ensayo de la cloroquina intraarticular en Artritis reumatoidea”, presentado en el Congreso de Medicina Interna, Cali, 1965.
“Criterios de hipercoagulabilidad sanguínea”, Folleto, 1965.
1968 “Efectos secundarios de dos anticoagulantes orales, el biscumacetato y la warfina”, Folleto, Hospital de la Samaritana, 1968.
1982 “Comparación de la dispersión del resultado del tiempo del Heparina y el PTT”, Congreso de Medicina Interna, Bogotá, 1982.
1985 “Determinación de la dosis antiagregante de la aspirina”, 1985.
1986 “Frecuencia de la trombocitopenia durante los tratamientos con Heparina”, Folleto Hospital de la Samaritana, 1986.
1990 “Determinación de heparinoides in vitro”. Una nueva técnica presentada en el Congreso Nacional de Medicina Interna de Cali 1990 en colaboración con el Doctor Diego de la Torre, Doctora Esperanza Rivas y Ruth Rogett Hematóloga.
1991 “Comparación de la Heparina N.F. y la LMWH”. Folleto hospital de la Samaritana, 1991.
1992 “Anticoagulación”, publicado en el libro de “Urgencias” del Hospital de la Samaritana y presentado en el curso de Urgencias. Marzo de 1992.

Comentarios

El doctor Roberto De Zubiría tenía un pensamiento brillante, profundo, crítico e independiente, universal, flexible y dialéctico; en muchos aspectos disidentes de la ideología convencional de nuestra sociedad; autodidacta en muchos campos y lector de teatro, música, astronomía, psicoanálisis, medicina, literatura, antropología, mitología, filosofía y matemáticas; fue un científico incluyente con predominio de la complementariedad y de la interrelación de conocimientos. La diversidad temática le dio un bagaje cultural pudiendo romper esquemas y modelos conceptuales preestablecidos, revisando teorías precedentes e investigando los temas con profundidad. Se caracterizó por su sencillez, espontaneidad, lealtad, curiosidad científica y compromiso cabal con los afectos; cada paciente era su única preocupación. Su admiración por su analista didacta lo llevo a cierta idealización. Uno de sus libros que mas hizo impacto fue el titulado “Muerte y Psicoanálisis” en donde plasma los objetos cadavéricos o muertos interiorizados que se mantienen vivos en la mente, esta teoría surgió de la postulada por Fidias Cesio psicoanalista argentino. Roberto De Zubiría no solo fue mi amigo compañero sino fue mi supervisado y gran promotor del psicoanálisis en la Academia Nacional de Medicina.

Aquí me permito transcribir el comentario que Muerte y mundo creativo. (Un comentario al libro: “Muerte y Psicoanálisis”, del Académico Roberto de Zubiria, 2002)

Comentar este libro implica entrar en las múltiples significaciones de la vida y de la muerte, como también en la historia, la teoría, la técnica y la clínica del psicoanálisis. Sin embargo, me limitaré a referirme en forma muy sucinta a algunos puntos de este texto que me llamaron particularmente la atención. (Debo anotar que esta obra me fue entregada para su revisión años atrás, tarea que adelanté en su momento con obsesivo cuidado y haciendo los señalamientos conceptuales que juzgué pertinentes.)

El autor divide el texto en seis capítulos, y termina con unas conclusiones y un epílogo. La obra se inicia con un magistral prólogo del doctor Álvaro Villar Gaviria, en que se hace alusión a “los objetos muertos en la historia y la literatura” y se destaca que el objeto no está muerto, está en agonía”. Quizá esté así a causa del miedo y la ansiedad ante la muerte y la nada.

El primer capítulo parte de los objetos de muerte en la obra de Freud. Ahora bien, allí el autor omite (seguramente en forma deliberada) las primeras referencias a la muerte en los distintos escritos, cartas y autobiografías del padre del psicoanálisis. Sin embargo, De Zubiría hace un rastreo prolijo de todos los desarrollos conceptuales que le permitieron a Freud llegar a la pulsión de muerte, al tabú de los muertos y a lo siniestro.

Prosigue con un recuento de las teorías filosóficas acerca de los objetos internos con relación a los sujetos. Allí identifica las líneas de pensamiento epistemológico y filosófico que van desde Pitágoras, Platón y Aristóteles, pasando por San Agustín y Kant, hasta Sartre en El ser y la nada. Luego se explaya en los diferentes modelos psicoanalíticos: Freud, Abraham, Hartmann, Klein, Winnicott, Sechehaye, Bion, Meltzer, Kohut, Kernberg, Segal, Grinberg, Chasseguet-Smirgel, Balint y Cesio. Ahora bien, quien esto escribe considera que hay otros autores que podrían ser incluidos en dichos desarrollos conceptuales, tales como Bick, Bibring, Zetzel, Brierly, Jacobson, Waelder, Glover, Fairbairn y Guntrip. Deseo destacar especialmente a FairbairnE, quien propone que el mundo psíquico está compuesto por estructuras dinámicas que son producto de la experiencia real con el medio ambiente y con la madre. Sin embargo, es importante anotar que todos estos autores psicoanalíticos escribieron sobre las teorías kleinianas y discutieron muchos de sus aspectos, criticando especialmente la pulsión de muerte. (Pero no es éste el momento de hacer una crítica ni un análisis comparativo de estos autores, como tampoco de las posibles complementariedades, contraposiciones o paralelismos que hay entre ellos). En el capítulo cuarto, De Zubiría discute los conceptos sobre los objetos cadavéricos en las teorías psicoanalíticas, mientras que en el quinto se detiene a considerar los objetos muertos en la historia y la literatura, desde la Biblia hasta Gabriel García Márquez, pasando por leyendas, tradiciones orales, mitos y sueños.

En el capítulo sexto hace una contribución personal muy importante y trascendente a la literatura psicoanalítica, pues es allí donde trae los casos clínicos. Es en la clínica (el verdadero laboratorio psicoanalítico), a través de la vivencia transferencia-contratransferencia, donde encontramos el muerto, el cadáver, la agonía, la tristeza, la depresión, la cosa (“el ser y la nada”). El autor trabaja esta temática en forma profunda, prolija, trascendente, creativa y magistral.

No quiero seguir adelante sin citar un pasaje de un escrito de Freud (“Nosotros y la muerte”, 1915)27 que viene muy al caso:

Pero nadie podría deducir de nuestro comportamiento que reconocemos la muerte como necesidad, que tenemos la firme convicción de que cada uno le debe a la naturaleza su muerte. Al contrario, siempre tenemos una explicación que rebaja esta necesidad a una casualidad. El que murió se había agarrado una pulmonía infecciosa, esa no fue necesaria; otro estaba enfermo desde largo tiempo, pero no lo sabía; un tercero era ya muy viejo y débil. Contra todo esto la advertencia: (on meurt à tout age). Inclusive si se trata de uno de nosotros, de un judío; nos llevamos la impresión de que un judío no muere jamás de una muerte natural. Por lo menos lo arruinó un médico; estaría, si no, aún vivo. Se reconoce que uno tiene que morir finalmente, pero sabemos alejar este “finalmente” a gran distancia. Cuando preguntamos a un judío cuántos años tiene, nos responde con alegría: ¡entre 60 y 120!

“En la escuela psicoanalítica -a la cual represento, como ustedes saben- se hizo la aseveración de que en el fondo nadie, ninguno de nosotros, cree en su propia muerte. No la podemos imaginar. En todo intento de imaginarnos qué sucederá después de nuestra muerte, quién nos llorará y cosas parecidas, podemos ver que participamos aún en la función de observadores. Y es realmente difícil convencer al individuo de esta tesis. En cuanto se halle en la situación de vivenciar la experiencia, queda inaccesible a toda prueba.

“Cuenta con la muerte de otro o piensa en ella sólo un ser duro o malo. Gente más débil y mejor -como todos nosotros- se resiste a estos pensamientos, especialmente cuando de la muerte de otro podemos esperar una ventaja en términos de libertad, posición o propiedad. Pero sí se produce la casualidad de que el otro muere, lo admiramos casi como un héroe que fue capaz de hacer algo extraordinario. Si fue nuestro enemigo, nos reconciliamos con él, terminamos con nuestras críticas: De mortuis nil nisi bene; permitimos con gusto odas inverosímiles en su lápida conmemorativa. Quedamos empero sumamente indefensos cuando la muerte se lleva a una persona querida, uno de los padres, esposo o esposa, hermano, hijo o amigo. Enterramos con él nuestra esperanza, pretensiones, disfrute, no nos dejamos consolar y nos resistimos a reemplazar a la persona perdida. Nos comportamos como una especie de Asra que muere también con la muerte de sus queridos.

“Pero nuestra relación con la muerte tiene un efecto potente sobre nuestra vida. La vida empobrece, pierde su interés. En nuestras relaciones sentimentales, la intensidad insoportable de nuestro dolor nos vuelve cobardes, nos sugiere rehuir los peligros que nos amenazan, a nosotros y los nuestros. No nos atrevemos a emprender una cantidad de empresas que son en principio necesarias, como pruebas de vuelo, descubrimientos en países lejanos, experimentos con sustancias explosivas. Nos paraliza el miedo de no saber quién reemplazará a la madre para el hijo, al marido para la esposa, al padre para los hijos si ocurre alguna desgracia, y sin embargo todas esas empresas son necesarias. Conocen el lema de la Hansa: “Navigare necesse est, vivere non necesse”(Es necesario navegar, no es necesario vivir). Comparen eso con lo que cuenta una de nuestras tan características enseñanzas judías: El hijo se cae de una escalera, queda inconsciente en el suelo y la madre corre a buscar al rabino y le pide ayuda. “Dígame -pregunta el rabino- ¿cómo llegó un niño judío arriba de una escalera?

“Digo que vivir pierde contenido e interés cuando la prenda más alta -la vida- está excluida de las luchas. Se vuelve tan vacía y sosa como un flirt americano, donde desde el principio está claro que nada va a suceder; a diferencia de una relación amorosa del continente, donde aguarda. No somos capaces de compensar este empobrecimiento de la vida más que volcándonos al mundo de la ficción, de la literatura, del teatro. En escena encontramos seres humanos que todavía saben matar a otros. Allí satisfacemos nuestro deseo de que la vida misma se conserve como una apuesta seria de la vida. Pero además complacemos otro deseo: Porque no nos importaría la muerte si no pusiera fin a nuestra vida, que es solamente única. Es demasiado malo que en la vida pueda ocurrir como en una partida de ajedrez, donde un movimiento falso nos obliga a concluirla, pero con la diferencia de que no podemos empezar otra, tomar una revancha. En el área de la ficción encontramos aquella magnitud de vidas que necesitamos. Morimos con el héroe pero sobrevivimos y morimos eventualmente otra vez con un segundo héroe. El hombre primitivo no podía negar la muerte: la había experimentado parcialmente en su dolor, pero no quería admitirla porque no se podía imaginar su propia muerte.”

Aquí también denotamos la necesidad del hombre en el deseo de poder, que se puede reducir al poder de vencer (o al menos igualar) al dios-padre. La respuesta de éste es el castigo: la confusión del conocimiento y la lengua, la castración, la muerte y la detención del tiempo para la subjetividad del hombre. Hay en la confusión una posible muerte, por la osadía de la omnipotencia y la omnisciencia narcisistas. Éstas originan en las figuras del padre y la madre una herida narcisista, producida por el atrevimiento de dichos deseos de poder en su contra.


27 Parte de un escrito aparecido en agosto de 1991 en el Boletín Informativo de Fepal, durante la presidencia del doctor Alberto Pereda. La traducción pertenece a Annette Uppen Kamp, páginas 12-21, Montevideo, Uruguay, 1991. Freud, S., “Nosotros y la muerte”, S.E. 14, Hogarth Press, London, 1915.

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