Las fronteras en psicoanálisis

Como médico psicoanalista me creo en el deber de referirme a este tema, a veces polémico y el cual requiere su presentación histórica a través del Siglo XX hasta llegar al XXI.

El volver sobre este tema y ampliarlo tiene la intención de hacer reflexionar más cuida­dosamente sobre la psicología profunda o psicoanálisis, disciplina que se ha preocupado en estudiar e investigar los orígenes, del comportamiento del pensamiento mágico a través de la historia de la humanidad. Esta obra trata de hacerlo conectando un hecho con otro y así inten­ta ubicarlo en la actualidad para tratar de deshacerlo con el conocimiento científico objetivo.

Además de lo expuesto en párrafos anteriores sobre el psicoanálisis, es necesario plantear un poco más el desarrollo que ha tenido esta disciplina durante estos últimos 100 años y cómo, si bien se han puesto de presente muchos conceptos en este campo del saber, siempre tendremos otros pensamientos originales o no que amplíen el conocimiento del funciona­miento psíquico.

Sin embargo, no es el propósito en este escrito establecer una investigación en el estudio del proceso de desarrollo de los modelos psicoanalíticos, ni la perspectiva de la conceptua­lización teórico-metodológica del psicoanálisis del modelo (s) teórico (s) y la técnica, así como el método analítico “per-se” que implica la interpretación (hermenéutica) y menos en la evaluación del psicoanálisis en estos últimos cien años y en especial en la participación que ha tenido la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA) en estos cambios; sin embargo, es mejor explicitar cómo, por ejemplo, Numberg y Glover explicaron y clasificaron algunos conceptos freudianos y Abraham amplió otros; Fenichel integró unos y otros, Hartmann hizo énfasis en la psicología del Yo y la adaptación; Ana Freud se refirió a los mecanismos de defensa; Klein descubrió un nuevo campo en las relaciones objetales y sus posiciones; Bion introdujo un nuevo modelo para conocer cómo se piensa utilizando varios esquemas; Kohut profundizó especialmente en el concepto del “self” y Kernberg en la patología y técnica de los casos fronterizos; Rascovsky en la vida fetal; Garma en los sueños; Grinberg en la identidad; Winnicott con sus distintos planteamiento de “holding”, en la técnica a partir de Freud apa­recieron W. Reich, O. Fenichel, S. Nacth, S. Lorand, E. Glover, F. Alexander, ThM. French, K. Menninger, H. Racker, K. Abraham, D. Rapaport, A. Green, Fairbairn, H. Etchegoyen, H. Thomä y H. Kächele, F. Cesio y así sucesivamente, y tantos otros; A. Green es rico en sus trabajos clínicos y de psicoanálisis aplicado y enemigo de utilizar datos provenientes de otros terrenos, como la observación directa y el cognitivismo; la obra de Green aporta los desarro­llos esenciales en el lenguaje, la representación, el afecto, el pensamiento, y permite pensar en lo que él denomina la “clínica del vacío”, “la psicosis blanca”, así como el narcisismo y la muerte, el trabajo de lo negativo y la diacronía en psicoanálisis, (Sánchez Medina, G., 1994).

Estos conceptos teóricos que surgieron o provinieron de la observación clínica, fueron elaborados por Freud y sus seguidores, los que en un principio desarrollaron teorías y téc­nicas psicoterapeúticas y de investigación en diferentes áreas del ser humano; aunque en un principio fueron los austriacos, los húngaros y los alemanes quienes se dedicaron al estudio del psicoanálisis, y ellos mismos se encargaron de llevarlo a las diferentes áreas geográficas; en los Estados Unidos de Norteamérica lo encabezó M. Eitingon seguido por H. Hartmann, D. Rapaport, R. Spitz, E. Erikson, H. Kohut, Guntrip y O. Kernberg entre tantos; en Francia aparecieron varios desarrollos, en especial por parte de Lagache, Laplanche, Pontalis, Lafor­gue, Nacht, Anzieu, Bouvet y Lacan; en Inglaterra hay que mencionar a Jones, Klein, Bion, Bolby, M Mahler, Fairbairn, Meltzer, Winicott, Rosenfeld, Segal, Glover, Balint, Heimann y S. Isaacs y últimamente; en Argentina, a Garma, Raskovsky, Grinberg, Bleger y Liberman y muchos más; en Israel a Pinchas Noy; en Alemania, Abraham, Numberg, Silberer; en Aus­tria, a Brunswink, Roehim, Ferenczi y Fenichel; la mayoría pertenecen al Siglo XX y muy pocos sobreviven en el Siglo XXI; actualmente hay analistas de distintas áreas geográficas que centran su pensamiento investigativo en la clínica y en modelos en que interrelacionan la intersubjetividad; sin embargo, los postulados fundamentales siguen vigentes aplicándose o en discusión; todos ellos muy importantes; sin embargo, existen otros no mencionados que han colaborado en una u otra forma para entender cómo funciona, se transforma y se trata el aparato mental. Cada analista trata de estudiar e investigar desde distinto ángulo el funciona­miento mental; para mayor información ver la obra “Modelos Psicoanalíticos, Arquitectura y Dinámica del Aparato Mental” (2002).

Aquí es necesario puntualizar que el psicoanálisis es la ciencia que tiende a un cues­tionamiento reflexivo crítico continuo de su misma teoría. Lo que valdría la pena también es estudiar las repercusiones o influencias en la educación, cultura, comportamiento en las ideologías y creencias. El hecho histórico ha sido que el psicoanálisis fue paulatinamente desarrollándose no sin reservas, pues ni es la primera ni es la única terapéutica para los desórdenes mentales. Aquí es importante dilucidar cómo entre los mismos médicos existen resistencias a la aceptación del psicoanálisis; éstas resistencias provienen de las ansieda­des individuales despertadas por el psicoanálisis en el destape de las fantasías y tendencias, así como las provenientes del racionalismo natural de encontrar la secuencia causa-efectolo visto y comprobado. En el psicoanálisis, por ejemplo, la interpretación analítica tiene distintas modalidades de acuerdo con el proceso individual en la relación transferencial con­tra-transferencial; de ahí el problema teórico-técnico de la interpretación analítica, la que conlleva todos los procesos de las relaciones transferenciales-contratransferenciales; aquí el racionalismo está mezclado con un irracionalismo subjetivo.

En la cultura del Siglo XX, en algún tiempo en general, se creó el pseudo mito del pan­sexualismo psicoanalítico. Más adelante hubo que desmitificarlo en diferentes sentidos; aún hoy, algunos sectores del público piensan que el psicoanálisis es igual a sexualidad, a traumas infantiles, a superación de conflictos de personalidad o de distinta índole; aún más, se con­funde al profesional psicoanalista con el psicólogo y psiquiatra, en realidad el último trata los desórdenes mentales con distintos métodos incluyendo los psicofármacos; el psicólogo trabaja en distintos campos (el industrial, el psicopedagógico, el experimental, el conductual y la psicología clínica), entre ellos está la selección de personal, los problemas o conflictos laborales que incluyen el rendimiento, las relaciones interpersonales y la investigación. De suerte que el psicólogo tiene una ancha banda de acción, en cambio el psicoanalista trabaja individualmente en el psicoanálisis personal, en el entrenamiento del mismo y algunos en la psicoterapia de pareja, unos pocos en la psicoterapia de grupo de corte psicoanalítico y otros se entrenan en los institutos psicoanalíticos reconocidos internacionalmente. Sin embargo, uno y otro no pueden y tampoco deben ser encerrados en el castillo de sus conocimientos, lo que pueden petrificarse como paradigmas míticos sin trascender y poder producir cambios que beneficien a la colectividad; querámoslo o no estamos abocados a la participación del campo de la psiquis y del soma, a la vez a los avances de la ciencia y tecnología que nos ha permitido dar un gran salto en la comunicación, el conocimiento y con ello cambiar nuestro modelo o patrón temporo-espacial; es así como ya en diferentes partes de nuestro planeta se hace psicoanálisis por teléfono o internet y faltan pocos años para que se realice utilizando los hologramas; los resultados los podemos evaluar en unos años más.

El psicoanálisis, al desmitificar y romper estructuras de ideologías y creencias idealizan­tes, deja al Yo desarmado o con mengua de sus defensas; así , el ser se vuelca sobre sí mismo; de ahí también que surja en nuestra cultura el “superman” o el hombre de todos, confundido en la comunidad “en el nosotros” y “anti-ego”, de “compra-venta” dentro de una comunidad de masa que trata de lograr la identificación en una estructura socio-económica; al llegar a esa posición de cosificación, el hombre retorna a las necesidades del Yo individual, no sin pasar por tendencias narcisísticas individuales o colectivas.

¿Cómo conseguir que los conocimientos psicoanalíticos hagan parte de la cultura general a través de los programas de bachillerato y de las universidades con una mayor profundidad? ¿Será que el psicoanálisis ha fracasado para dar guías en implementar políticas anti-delin­cuenciales contra el narcotráfico y/o narco-dependencia, educación sexual y reproductiva o contra toda la corrupción? La respuesta estaría en que los dirigentes de la educación podrían aceptar mayor participación de los conocimientos psicoanalíticos dentro de los programas educativos, lo que equivaldría a llamar a expertos en la materia; sin embargo, deviene otra pregunta: ¿acaso existen psicoanalistas especializados en aquellos temas? Me temo que la respuesta es negativa.

Otra pregunta que podría hacerse es la que se refiere, a si ¿el psicoanálisis permite al suje­to conseguir un status científico económico y de poder, semejante o igual al de otras especia­lidades médicas como la cirugía, la gineco-obstetricia, la traumatología, la gastroenterologia, la neurocirugía, etc.? Es por todos conocido cómo cada especialidad, cada acto médico, está asociado con una significación simbólica mágica; el psicoanálisis no está exento de ella. El psicoanálisis, por lo general, se le ubica como el conocedor de todas las respuestas o interpre­taciones a las incógnitas o problemas psíquicos, o del control de las emociones y del conoci­miento de sí mismo. Desde el punto de vista de “status científico” ésta sería su ubicación.

De una u otra forma nos encontramos con el campo de la biología y la psicología; estos dos campos se diferencian en sus conceptualizaciones y a la vez es necesario comprender la interrelación e interdependencia entre los mismos; no se trata de ponerlas en contradic­ción rivalizando una con otra o producir cismas, sino unificar e integrar las tres dimen­siones conceptuales interdependientes e interfuncionales para la nueva comprensión científica de la vida como son: patrón, estructura, sistema y proceso, aunque en cada campo (biológico y psíquico) semejan su comprensión específica. Entendamos que lle­vamos más de un siglo en la investigación de la psicología dinámica, y más de 60 años o más en la psicología cognitiva. Conocemos cómo el psicoanálisis ha profundizado en el estudio de la mente humana hasta llegar a los mecanismos más sutiles ubicándolos y dándoles nombre; en cambio, el puente entre el modelo psicoanalítico y el modelo cognitivo aún no se ha realizado a pesar que se ven los inicios del mismo. Posiblemente el puente lo encontraremos en el estudio investigativo de las psiconeurociencias, y más específicamente en lo que se refiere a los modelos energéticos, instintivos, afectivo-emocionales del Yo psíquico y corporal y en el estudio profundo del psicosoma y la psicolingüística.

Al permitirse hacer algunas analogías, el puente se establece del blanco al negro en una gama de grises, de igual manera a como ocurre con los colores, y, así con los seres vivos: vegetal – animal – hombre, varón – mujer, materia inorgánica, organismos primarios, vegetales, herbívoros, carnívoros, diferenciándose no sin pasar por una serie de variedades morfológicas y funcionales. A la vez, y a pesar que la psicofarmacología, con toda la gama de psicoactivos que están en boga, el psicoanálisis sigue como una necesidad de investigación individual, de conceptualización para entender, en gran par­te, las dinámicas de los individuos y de los grupos. De todo esto concluimos que no se puede aspirar, a que la psiquis se reduzca a una ciencia exacta; sin embargo, sí aceptar que existe una base física o biológica, más bien, de los fenómenos mentales y que las innovaciones de la tecnología y biología molecular puedan dar respuestas y enfoques alternativos, en 30 ó 50 años adelante.

En psicoanálisis no podemos descartar los conceptos de carga emocional como un componente psico-físico, dentro de la comprensión y entendimiento de la vivencia, entre el analizado y/o el analista en el proceso de la transferencia-contratransferencia con sus revelaciones y transformaciones.

La investigación, a su vez, implica una necesidad epistemológica, que está pre­sente en el psicoanálisis en forma diferente. De una u otra manera, se ven tendencias integradoras y otras en la que se encuentra la contradicción, la naturaleza vs. cultura, o biología vs. psiquis, impulsos-instintos vs. objetos, Ello vs. Yo, el Yo vs. el Súper-yo, consciente vs. inconsciente, libido vs. tánatos. Los aportes que más se acercan a la clínica son la teoría del trauma o conflicto, y las relaciones primarias con la madre para posibilitar una diferenciación e individualización.

En el psicoanálisis nos encontramos de tiempo en tiempo, con reformulaciones y revisionismos que muchas veces caen en círculos viciosos sin llegar a una construcción de un modelo nuevo.

La hermenéutica (proveniente del vocablo hermeios, “Hermes” mensajero de los dioses) trata de transmitir lo que estaba más allá de la comprensión humana; es el discu­rrir no solamente del transmitir y comprender, sino de dar una explicación a los textos y a las personas; la comprensión implica un movimiento circular desde la parte al todo, y con las personas del sujeto al objeto y viceversa.

Algunos piensan que el conocimiento es lineal, o que se cierra en un círculo, esto significa no darle la posibilidad al mismo conocimiento de enriquecerse, de evolucionar o desarrollarse con un nuevo conocimiento, sino ponerle un fin. Topológicamente el conocimiento sería seguir una elipse helicoidal y, por supuesto, pertenecer a los siste­mas complejos que ordenan y se desordenan o viceversa, o que contradictoriamente al ordenarse pueden pertenecer a un desorden o lo contrario.

Los intentos de contrastar o validar las comprensiones dentro de la dimensión his­tórica, hay que hacerlas teniendo en cuenta las diferencias culturales, los cambios, la dinámica de la sociedad y del mundo psíquico interno. Para el que interpreta, se le exige una rigurosa aplicación del método de interpretación; de ahí que en el psicoanálisis se exija una depuración de la interpretación de los símbolos, encontrándose sentidos y posibles estructuras. Sin embargo, la hermenéutica no es el psicoanálisis sino una apor­tación epistemológica al mismo. El psicoanálisis tiene su meta terapéutica, y uno de los objetivos es la comprensión y la transformación a través del vínculo paciente-analista.

Las distintas escuelas psicoanalíticas o los modelos surgidos en el siglo XX, en­tienden que el análisis debe ser en y de la relación dual, y no sólo por la coherencia interna, sino por el cambio del sujeto-paciente, y no sin aceptar las grandes dificultades clínicas y teóricas, por la existencia de muchos modelos; sin embargo, todos llevan o confluyen en la importancia de los objetos primarios madre y padre, que marcan la personalidad del sujeto.

Empatía, intuición, significado, son categorías que hacen parte en el instrumento de la interpretación, en la teoría y en la técnica. Surge una pregunta: ¿Podremos encontrar una armonización de todos los modelos con la integración de los diversos pensamien­tos, sobre la realidad psíquica, y entender que el ser humano vive dentro de una cultura y educación con una genética y con patrones de conducta? Si esto es afirmativo, se concluiría que se conjugaría la biogenética, la sociología y la historia; o desde otro punto de vista, las ciencias biológicas, las naturales y las sociales. Parecería que falta­ra una disciplina que hiciera factible la verificación de los cambios psíquicos con las diferentes aplicaciones de modelo teórico-técnico. Aquí es necesario recordar cómo la observación nos lleva a determinar, que sí existen cambios favorables independientes del modelo; sin embargo, cuando no se presentan aquellos, puede ser porque en el tera­peuta no hay disposiciones especiales (subjetivas, teórico-técnicas y de conocimiento) para ayudar a producir el cambio. De esto se puede desprender que cada teoría o modelo puede tener su razón de ser para comprender el modelo psíquico.

En síntesis las categorías propuestas y el psicoanálisis del inconsciente, los víncu­los, la transferencia positiva y negativa, la evolución y desarrollo, las relaciones obje­tales, asociación libre, repetición, fantasías y narcisismo, son las bases entre otras, para el estudio de los fenómenos y su interpretación. El psicoanálisis por lo tanto sería una ciencia humana subjetiva y objetiva con comprensión, discurso, explicación, predicción e interpretación, con hipótesis alternativas que parten de puntos de vista diferentes, en niveles diversos en la realidad interna y externa, y por lo tanto con una visión plura­lista de fantasías y deseos que a veces opera contradictoriamente. Todo aquello nos da una complejidad de fenómenos multideterminados y, por ende, pertenecientes al pensa­miento complejo; esto último está explicitado en la obra del autor “El psicoanálisis y la teoría de la complejidad y caos. Una metáfora”, (2002).

Cada teoría se puede o se debe poner en la reflexión crítica en la que interviene la duda, el análisis cuestionador y la revisión permanente, con niveles más abstractos y más pragmáticos. De todo esto hemos podido concluir que hay muchas innovaciones, reformulaciones y críticas especialmente a la psicodinamia, provenientes de la orienta­ción positivista, puesto que se le exige la validación empírica, y se le cuestiona y critica la manera de teorizar a partir de la clínica, y de crear pensamientos analógicos y antro­pomórficos; de ahí que algunos ubiquen al psicoanálisis en la metafísica, la ideología, la filosofía o las humanidades. Los mismos psicoanalistas nos hemos ocupado del estu­dio sobre la eficiencia terapéutica, nuestra verificación de las hipótesis en el laboratorio clínico de observación del o en el psicoanálisis, en donde se pueden producir los hechos secuenciales con cierta validez, pero con cierto grado de incertidumbre de la cual el ser humano tiende a salir por la intolerancia a la misma, debido a la inseguridad y ansiedad que ella desencadena.

Las ciencias naturales también desarrollan afirmaciones sobre áreas que no están abiertas a la validación empírica; por ejemplo, el estudio del interior de las estrellas, o los hábitos de especies extinguidas o los conceptos atómicos inferidos gracias a que la teoría, nos permite extender el conocimiento más allá de los que es observable di­rectamente.

En realidad hay una sobrevaloración del subjetivismo lógico, y es por eso por lo que se supone que cualquier inferencia teórica, tipo de conjetura, intuición o especulación imaginativa es considerada anticientífica. Sin embargo, Einstein escribía:

El hombre busca para sí mismo… una imagen simplificada y lúcida del mundo de la experiencia esforzándose por reemplazar a este, hasta cierto grado, por aquella imagen. Esto es lo que hace el pintor, el poeta, el filósofo especulativo, el científico natural, cada uno a su modo… para llegar a las leyes elementales sin un camino lógi­co, sino sólo con la intuición, apoyada por un contexto empático con la experiencia” (Einstein, A., 1936).

En síntesis: nuestras construcciones teóricas son auxiliares, y como todo cono­cimiento científico, hay que verificarlo en la experiencia, según técnicas de laborato­rio que, en nuestro caso, es como ya se enunció, la investigación psicoanalítica en la relación paciente-terapeuta. Si bien todo no es verificable y validable cuánticamente por estadísticas, lo mismo podríamos argumentar con respecto a la cientificidad de la epistemología positivista, ya que esta no puede validarse experimentalmente, puesto que sólo contamos con cuestionamientos metodológicos, con el racionamiento lógico y la observación de los fenómenos, con la capacidad congénita del conocimiento, aunque sabemos las diferentes trampas emocionales que pueden aparecer en la observación de los hechos. Se trata sí de evitar caer en el irracionalismo sin rescate, para aceptar cualquier teoría. El psicoanalista no puede usar en la técnica los modelos biológicos médicos tradicionales, ni los sociológicos, ni los antropológicos, ni los de la psicología clásica, pero debe tener necesariamente un esquema referencial y unas metas para el entendimiento, y comprensión de los diferentes procesos psicodinámicos para saberlos manejar en la clínica con una técnica, abierto al conocimiento que pueda obtener de otras ciencias. Pensemos como el alivio del dolor mental, la comprensión del mismo, el conocimiento de los diferentes hechos de la vida intrapsíquica, y, en la práctica, el cam­bio psíquico, son principios fundamentales, no sin aceptar dificultades de la realidad externa y la realidad interna. Posiblemente es con esta manera de conceptualizar como podemos también aplicar la técnica, en el análisis de los hechos históricos individuales y de las mismas instituciones psicoanalíticas.

No obstante, hay que contar con la ayuda de otras ciencias y teorías como las histó­rico-sociales, las neurociencias, la psicolingüística y la de sistemas que nos permiten abrir otro campo de investigación del hecho clínico, de la realidad psíquica, de las re­presentaciones mentales, del discurso y pensamiento.

Las diferentes teorías psicoanalíticas de una u otra forma hacen mención a la re­lación emocional entre la madre y su bebé, a las vicisitudes de ese vínculo, al apego, al desarrollo y evolución que tiene la mente en sus diferentes estructuras tópicas, al problema de lo pre edípico y edípico (complejo de Edipo), al problema de la naturaleza versus cultura, al equilibrio entre lo interno y lo externo (Freud), a la lucha entre el Yo y el ambiente (Hartmann), a la realidad del mundo interno y al instinto de muerte (Klein), a la madre como matriz simbiótica (Mahler), al cuidado materno (Winnicott), F. Alexander se destacó por sus trabajos sobre medicina psicosomática; M. Balint se refiriió a los estados precoses del desarrollo del niño; E. Bick hizo referencia en la se­gunda piel; J. Bolwy escribió sobre la interacción madre-bebé; Fairbairn hizo énfasis en la búsqueda del objeto; E. From aludió sobre la liberación del inconsciente. E. Glover a la relación psiquiatría-psicoanálisis; P. Heimann publicó artículos sobre fenómenos de la contratransferencia; P. Noy a los multimodelos; E. Erikson aplicó los conocimientos y datos a lo social y antropológicos. (véase la obra: Modelos Psicoanalíticos, Apéndice 5, 2002) al punto de vista de la autoestima (Kohut), al símbolo y la cultura (Lacan), al continente-contenido y el reverie, vínculo H.K.L. y el aparato de pensar pensamien­tos (Bion), a los trastornos fronterizos de la personalidad (Kernberg), estos modelos y otros más se originaron en el Siglo XX y siguen vigentes. Todos estos son diferentes enfoques con que nos podemos enfrentar en el proceso analítico. Cada psicoanalista es libre de escoger uno, dos o varios o todos los modelos para aplicarlos en la práctica.

Unos hacen mayor énfasis en la comprensión de los conflictos inconscientes, y su relación en la transferencia, y a la lucha de las pulsiones de las relaciones de objeto, a la jerarquización del Yo, y de la adaptación a la realidad, al ambiente y a la comprensión del desarrollo y de la enfermedad mental, a la necesidad de comprender la influencia de la patología de los padres en el desarrollo de los hijos, a los factores humanos ambien­tales en la génesis y psiquismo humano, al pasado como un estado emocional vinculado con fantasías, a la idea de realidad psíquica, a las connotaciones y posibilidades exter­nas; y, desde el punto de vista terapéutico, a la posibilidad de explorar y actuar sobre la realidad psíquica presente o actual, en un constante interactuar entre lo interno y lo externo, con paciencia y tolerancia al dolor mental.

También es importante observar en el psicoanálisis la multiplicidad de modelos, conceptos y dinamismos que ocasiona una confusión de criterios teórico-técnicos, sin poder hallar un único modelo, que nos de todas las respuestas; de ahí que sea más fácil ser monolítico para no caer en el desorden y lo caótico en el entendimiento y expli­cación del funcionamiento psíquico. Si bien esto puede ocurrir, también se presenta la tendencia a utilizar la palabra, la clasificación o ubicación del analista en uno o varios modelos, la calificación y descalificación, el diálogo, la discusión extraprocesal ana­lítica no sólo como una necesidad de confrontación científica y validación, sino como una forma defensiva narcisística paranoide de lo que se conoce, de lo desconocido y por conocer. Por esto es mejor tener la posición crítica cuestionadora permanente mirando al mundo, a los fenómenos, al observador (sí mismo) y al hecho observado con sus diferentes espejos (multiespeculares) permitiendo la contención de los multimodelos y también la intuición (como otro fenómeno humano y que también participa en el proce­so analítico) sin conciencia exacta y sí con incertidumbre, para así tener una visión más global de lo que hacemos en dónde, con quién, para qué, cuándo y cómo lo podemos hacer.

La globalización del conocimiento psicoanalítico en forma histórica nos permite llegar a una integración de conceptos y a la distensión de los mismos, sin caer en ver el bosque y no al árbol, o viceversa, estudiar e investigar al último sin entenderlo dentro de sus relaciones con el entorno; sin embargo, no por ello podemos evitar la comple­jidad que implica interrelacionar unos modelos con otros, a la vez, que ponerlos en función de la técnica; solo la individualidad de cada analista en su conceptualización teórico-técnica es la que facilita la aplicación más operante en la clínica. De una y otra manera, los institutos tienen la responsabilidad no sólo de formar, informar, de dar puntos de referencia claros, sino tratar que las tendencias narcisísticas oscilantes entre profesor-alumno, no predominen, o se eviten las idealizaciones y omnipotencias en el saber o conocimiento psicoanalítico, en sus diferentes vertientes (teóricas, técnicas, clínicas o metodológicas); de tal forma que el conocimiento sea una expectativa enri­quecedora, creativa y permanente.

En el psicoanálisis, como en todas las ciencias, existen lagunas de conocimiento que todavía están sin resolver; de tal manera cualquier investigación histórica de los modelos teóricos aplicados a la práctica debe estar sujeta a un cuestionamiento; esto último se ha efectuado a través de la historia y de los historiadores del psicoanálisis que se han preocupa­do por ello; así han tratado de articular las observaciones teóricas con los hechos clínicos y de cómo aparecen unas teorías y otras, algunas complementarias cuando no apartadas de las primeras.

Con respecto a las explicaciones del por qué de la aparición de unas teorías y la desapari­ción de otras, es de recalcar que hay diferentes fenómenos que ocasionan estos hechos. Desde el punto de vista del desarrollo de las instituciones psicoanalíticas, aunque éstas han tenido sus cambios intrainstitucionales, siempre se ha observado el desarrollo interno con la produc­ción inherente al proceso de enseñanza del psicoanálisis despejando las posibles identifica­ciones parciales o totales que se puedan establecer con modelos teóricos, convirtiéndolos en dogmas y por lo tanto anticientíficos. Lo importante es llegar a manejar el multimodalismo o pluralismo conceptual acompañado de la crítica firme y constante.

Al hacer una somera revisión sobre la historia del psicoanálisis desde el punto de la oferta y la demanda clínica nos encontramos con que en el tiempo de post guerra de la Segunda Guerra Mundial, que terminó en el año de 1945, los psicoanalistas ya habían comenzado a emigrar de la Europa Central (Austria, Hungría, Alemania), a países como Inglaterra y Estados Unidos; en los siguientes diez años (1945-1955) todavía la cultura norteamericana y suramericana se basaba en la ayuda psicoterapéutica con la magia y omnipotencia de las religiones, conceptos teológicos, filosóficos proveniente de siglos anteriores; o los viajes dis­tractores, algunos sedantes, la hidroterapia, y algunas otras terapias provenientes de estímulos sensoriales con algunos conceptos neuroendocrinos y fisiológicos. Sin embargo, en esa época se inició un auge por buscar la ayuda personal para calmar las ansiedades y fue así como tres caminos surgieron uno del psicoanálisis, otro de la psicofarmacología y el último de la estimulación de los sentidos (cine, televisión y recreaciones con estimulaciones sensoriales); el primero (el del psicoanálisis) atrajo a muchos médicos que buscaron explicaciones cientí­ficas a los problemas de los trastornos mentales, el segundo con todas las drogas tranquilizan­tes, luego las antidepresivas, ansiolíticas y antipsicóticas, a la vez que el predominio de uso de drogas con las cuales se produjo las farmacodependencias o las del consumo de sustancias ilícitas (tabaco, alcohol, coca, marihuana, heroína, basuco y otros).

El psicoanálisis del año 50 al año 90 tuvo su incremento no solamente por la oferta y de­manda sino por otros modelos conceptuales psicoanalíticos que buscaron explicación a múlti­ples hechos psicodinámicos. De esto resulta que a finales del Siglo XX la tecnología avanzó y con ello una serie de caminos de escape se encontraron para solucionar diferentes ansiedades refugiándose o defendiéndose en diferente forma. Hoy día, ya en el Siglo XXI los pacientes desean un inmediato cambio de su estado psíquico y es así como buscan medios químicos, físicos, electrónicos o ambientales, para modificar sus estados ansiosos o aliviar el dolor con métodos rápidos (inmediatez) y efectivos para conseguir desaparecer los síntomas.

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