La Fe y la Creencia

Veamos ahora la relación entre la creencia cristiana basada en la fe de la palabra reve­lada, y así con el compromiso en la relación con una noción, la cual se considera proveniente de la divinidad y lo que se denomina sobrenatural y se convierte en que no es lo mismo que la fe. La fe no requiere ni preguntas, ni dudas, sino el sentimiento o sensación de la creencia y por lo tanto no tiene que ver con la ciencia. Para muchos y entre ellos Jacobi afirman como “todos nacemos en la fe o con la fe” y por lo tanto no es un hábito especulativo y sí está en una íntima relación con la creencia en Dios como divinidad suprema, (Abbagnano, 1997). “Fe que se puede incrementar como dice la plegaria del evangelio de San Marcos: ‘Señor ayúdame a aumentar mi fe’” (De Francisco, 2012); aquí pienso que tanto fe como creencia en Dios y a la vez en sus profetas o en el hijo de Dios (Jesucristo) pertenecen a una necesidad inherente al ser humano para explicar múltiples hechos y principios de causalidad, al mismo tiempo que el requerimiento de la presencia de una fuerza contenida en el universo.

Muchos son los filósofos a través de los años que se han dedicado a desarrollar los con­ceptos de la fe; previo al Siglo XIX estuvieron Kant el cual se refirió a la “fe religiosa pura”, a la histórica, a la “fe como acto existencial” con una dirección impresa en la vida; estos con­ceptos fueron elaborados por Kierkegaard, (33) quien consideró que el cristianismo invirtió la “relación entre fe y ciencia”, ubicando a la fe como algo superior o más profunda a la ciencia; sin embargo, se deja a la consciencia y a la certeza acompañando al hombre en la vida. En mi saber y entender la fe puede operar como la existencia de la vida; ¿existe la fe heredada? La respuesta es afirmativa, porque es parte de lo que se cree y se hace (conducta), mas se encuen­tra con la razón y surgen preguntas y respuestas con deducciones, más con los límites que hay en ellas. Todo este conjunto de conceptos se conecta con “el ser, la esencia y la existencia”, tema del que ya me ocupe. Si bien existen diversas clases de fe entiéndase que esta nos da seguridad y tranquilidad; la seguridad esencial es del ser en su existencia; de ahí que, la fe, la podemos ubicar en la esencia del ser y en su integridad y armonía.

Obviamente tener fe significa existir (en cierta modalidad de existencia) y aún más desear y querer, creer y sentir la fe, y obviamente tener la capacidad de sentir y pensar, comprender e imaginar. El mismo Kierkegaard afirma cómo “la fe no está hecha de incertidumbre, sino de decisión y de riesgo”, y agrego de seguridad y firmeza subjetiva (Abbagnano, 1997, p. 526). Aquí nos encontramos en la encrucijada de creer y no creer, de tener o no tener fe y aún más en ser y no ser (34), aceptar o no aceptar lo dado o revelado, tener dudas y rechazar la duda imponiéndose la subjetividad a la objetividad del pensamiento científico, tecnológi­co o religioso; de aquí se pasa a la convicción, es decir, “se está o no convencido”, lo que implica una fuerte ligazón (función o adherencia) al hecho comprovado, o por subjetivismo esencial de lo que se cree; por ejemplo, cuando se conoce (por la razón lógica) y por la obser­vación (demostración) o simplemente porque pertenece a la propia naturaleza; por lo tanto, “fe, creencia y convicción” si bien tienen sus diferencias, también existenten similitudes y se interrelacionan una con la otra, pudiendo a la vez presentarse el hecho de que: “se tiene fe pero no se está convencido y se duda de la creencia” o viceversa, se cree pero no aparece la convicción, pereo sí surge la fe.

Otra de las creencias es la de “la inmortalidad o del más allá”, de la transmigración de las almas (reencarnación) o de un juicio final con toda una fantasía, una ilusión del hombre que niega el fin de la existencia en la tierra, porque en su ser está cristalizado el narcisismo con sus identificaciones propias que no admiten sino la eternidad del Yo; es por esto por lo que el narciso no muere en su narcisismo sino acaba su existencia por su propio narcisismo que lo somete ahogarse en él mismo, viendo su propia imagen; aún esto se ve en el suicida, el cual se mata así mismo abandonando todos los objetos matándolos dentro de su ser en el interior.

Tener convicciones, fe y creer son una necesidad que implica poseer una fuerza y un po­der interno del ser en su esencia el cual domina su intelecto y decisiones; cuando esto ocurre, el ser se enceguese, se queda estático y rígido en su pensar y se convierte en prisionero de su propia consciencia aunque se quiera sentir libre, fuerte y seguro con valor; es de tal manera, cómo utiliza toda esa fuerza como miedo para lograr sus fines en la vida. Es así también como la esclavitud deviene no solo por el sometimiento a otro sino la renuncia a la propia libertad; de ahí que los esclavos de sí mismo carecen de libertad; lo importante es llegar a ser dueño de nuestra mismidad y conocimiento. Cuando aparece la censura ocurre que se forma el superyó o consciencia moral y de ahí el “sí y el no” en sus decisiones, lo demás no se discute o se deja de lado sin oposición, sin cuestionamiento, sin duda, protegiéndose él “self” (mismidad” intacto en su propio ser (sí mismo).

En resumen la fe religiosa está relaciona con la creencia, la convicción, el don o capa­cidad de tenerla sin duda y con la certeza de realidad sin cuestionamiento. En su esencia la fe está más allá del hábito o de especulaciones sobre la verdad demostrativa; y, en el fondo está unida y condicionada a la creencia en Dios. Si bien Spinoza defendía cómo la fe tiene su demostración existen clases de fe pragmática, doctrinal, natural, ilógica que se apoya en fundamentos subjetivos.

Es así como aparece la fe religiosa, pura y como acto existencial de la vida elaborada por la filosofía y aparte de la ciencia y de las creencias fundadas en la ciencia y comprobación. La fe obviamente puede operar como la existencia en la vida; sin embargo, viene nuevamente la pregunta: ¿existe la fe heredada? ¿la respuesta puede ser afirmativa porque los mensajes y los modelos del pensamiento se codifican en el ADN el cual es parte de lo que se hereda y se hace que incluye la conducta; más encuentra con la razón, la duda, los cuestionamientos y los límites de credibilidad subjetiva. Uno de los aspectos positivos es que la fe unifica al ser en su ciencia y existencia y en la colectividad para el beneficio de todos (en nosotros); he ahí otra demostración de la necesidad de la fe del ser humano.

Por lo expuesto es factible deducir cómo la creencia se cristaliza en fe irrompible o in­destructible porque se convierte en la esencia del ser en el “sí mismo”; a la vez, cuando el ser humano se encuentra a “sí mismo” con sus límites internos y externos puede lograr la integración de su ser y existir, con seguridad y libertad para decidir y decir lo que quiere y no quiere, de y en la vida; esto último implica saber a qué renunciar y a qué no; he aquí el corazón o núcleo de la existencia.

Existen grupos en que la fe y la creencia mal sana o falsa creencia aparece en mentes ignorantes, primitivas o perturbadas psíquicamente, pues aquellas se convierten en sistemas delirantes que sumados a rituales y cultos de sectas, no solo acaban con la paz interna, sino pueden terminar con la vida; se han visto casos que la creencia de estas sectas es de que con la muerte, con el suicidio se puede encontrar una vida mejor en el cielo; aún más en algunas ocasiones estas creencias se asocian a la presencia de extraterrestres, al fin del mundo y se acaba con la vida. Estos casos requieren vigilancia médico neuropsiquiátrica y no pertenecen a la religiosidad o espiritualidad. Sin embargo, anótese cómo la creencia espiritual, cualquiera que sea, puede dar y/o establecer la razón, el sentido y significado de la vida.


33 “La fe en Kierkegaard, sin embargo, es una fe crítica, es una fe analítica; de allí su gran importancia frente a modalidades de fe de otras épocas antiguas. Su problema, creo yo, fue analizar la fe muchas veces a tiempo con la angustia vital”, (De Francisco, 2012).
34 Ver texto “ser y no ser”, el Estnon, Cap. IX, pág. 245 y sigui. (Sánchez Medina, G. 2011)

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