La Espiritualidad en las Religiones

En la religión islámica no se encuentran muchos textos alrededor de la espiritualidad la cual no fue discutida, sin embargo, aquellas ideas introdujeron el concepto gracias a la filoso­fía hindú; y, aquella la espiritualidad se puede referir a la realidad creada y a quien la creó y /o a la relación del creador y la criatura; al mismo tiempo puede referirse al “ruh” (que significa alma o espíritu, secreto de la vida) que se conecta también con la palabra “ein” (que tiene la significación de fuente de agua, ojo, espía, oro, plata y otros).

La espiritualidad en el islam comprende el vínculo entre las acciones y el propósito de la vida, la cual se refiere a adorar a Alá y significa también ligar las acciones de un individuo con su propósito de la vida y con la materialización temporo espacial de los objetos. Las acciones para el islámico tienen una base en el logro del placer de Alá y el cual se proyecta en el padre creador Alá; y, es el objetivo y fin de la vida; por ejemplo, las relaciones sexuales se vinculan con Alá y la espiritualidad es una perspectiva subjetiva y objetiva en tanto en cuanto viene de Alá; he ahí los dos extremos de la materia práctica y el espíritu. Algunas personas creen que reflexionar sobre él, o los principios de causalidad, nos conducen únicamente al materialismo, lo cual no es cierto puesto que un científico tiene su vida espiritual y aún sumerge su espíritu (no su religiosidad necesariamente) en las encrucijadas incógnitas de la ciencia, en lo físico químico, matemático y en la confluencia de la materia y energía, convirtiéndose una en otra, sin dejar por ello de sentir su espíritu curioso que navega en todo ese cosmos desconocido.

Desde el punto de vista psicoanalítico, entiendo la fe como una creencia cristalizada y/o fusionada al “sí mismo” (self) como una verdad inequívoca y heredada o fundida unificada en la profundidad del ser con el cual se identifica (con el ideal del Yo), superyó o consciencia moral que esculpe a la persona y le da identidad; es también, en resumen, una necesidad on­tológica para tener seguridad en y de sí mismo, y se nutre del amor verdadero; además, la fe no se puede demostrar con la ciencia y la tecnología, más sí por la misma necesidad de querer, y tener una verdad; como ya se expuso en otra parte, fe y razón lógica no se excluyen puesto que existe el respeto por el otro (otras ideas, sentimientos, creencias); he aquí otro aspecto que debe incluirse en el concepto de la fe y es la estructura social colectiva, pues participa en los vínculos con los demás y la construcción de la sociedad (la familia). La fe incluye el creer en el amor, a la vez en la capacidad de renuncia (en especial al narcisismo secundario) y a la pérdida y con ello también a la tolerancia del dolor psíquico y espiritual sin perder la digni­dad, la responsabilidad, el respeto en la convivencia. Pienso finalmente que la fe en o con el orden nos da la maravillosa oportunidad de la vida (vivir). Anótese aquí que la fe (la creencia) no tiene que ser indefectiblemente en la presencia de Dios creador, cristiano, islámico u otros, etc., omnisapiente, omnipresente y omnipotente, sino en la verdad de sí mismo (self) después de haberse desprendido del pensamiento mágico aceptando lo racional e irracional que apa­recen en las realidades internas y externas del individuo y la colectividad.

Para los hinduistas y budistas la espiritualidad no cabe en lo material, y todo lleva a la divinidad de donde se proviene “lo absoluto”, “el verbo logos” manifestado en “el creador”, que de la nada hizo el universo; en suma, aquí a la vida terrenal implica que venimos del Todo y volvemos al Todo.

Para los antiguos egipcios, sirios, caldeos y persas predomina el “principio creador proveniente de un ser padre de los padre y madre de las madres, fuego primitivo, luz difusa, agua creadora”, de donde supuestamente provenimos en un largo viaje y a donde volve­mos en el viaje al más allá. Para los mesopotámicos, el origen del mundo está escrito en el poema de la creación en cuya finalidad está orar a Marduk ser supremo (de los sumerios y relacionados con los egipcios). De todas maneras el hombre tiene una tendencia a interpretar los hechos como una fuerza mágica omnipotente fuera de él, fuerza a la que se le ha dado el nombre de Dios o sus equivalentes Alá, Jehová, etc. para ir y volver a través de la vida con el espíritu que le da la posibilidad de vivir; o bien con otra fuerza omnipotente que se relaciona únicamente, para algunos, con la ciencia y la tecnología; fuerza también en que puede operar la omnipotencia.

El espiritualismo

Si bien en los textos anteriores ya se planteó la diferencia entre espíritu y alma, en esta ocasión retomamos estos conceptos, en especial el espíritu para centrarnos en el espiritua­lismo. Se entiende que el espíritu es parte además del cuerpo el cual constituye a los seres humanos que piensan, sienten, quieren y actúan con una inteligencia y una serie de funciones psíquicas; sin embargo, las personas que estudian al espíritu en su profundidad lo hacen en las manifestaciones de aquél (espíritu) individual o colectivo y se convierte en una virtud y aún en una mística. De ahí el término también “espiritual” que se refiere al espíritu, a lo anímico, psíquico moral y material. De tal forma se construye una creencia en la existencia del espíritu con la independencia de la materia como una supremacía del espíritu sobre la primera; he ahí cómo concebimos el espiritualismo.

El término espiritualismo “se aplica a la doctrina que practica la filosofía como análisis de la consciencia y que pretende inferir de la consciencia los datos de la investigación filo­sófica o científica”; “la palabra fue puesta en boga en el Siglo XIX por V. Cousin en 1853 en la obra ‘Du vrai, du beau, et du bien’ en donde escribió: “Nuestra verdadera doctrina,

nuestra verdadera bandera es el espiritualismo; esta filosofía tan sólida como generosa, que comenzó con Sócrates y Platón, y que el Evangelio difundió en el mundo”, “Descartes ex­puso estas ideas en las formas rigurosas del genio moderno que en el siglo XVII fue una de las glorias y una de las fuerzas de la patria, que pereció con la grandeza nacional en el siglo XVIII y que, a principios del siglo XVIII,… Royer Collard rehabilitó en la enseñanza pública, mientras Cháteaubriand y Madame de Stáel la transportaron a la literatura y al arte… Esta filosofía enseña la espiritualidad del alma, la libertad y la responsabilidad de las acciones humanas, las obligaciones morales, la virtud desinteresada, la dignidad de la justicia, la belleza de la caridad y fuera de los límites de este mundo muestra un Dios, autor y modelo de la humanidad que luego de haberla creado, evidentemente con una excelente finalidad, no la abandonará en el desarrollo misterioso de su destino. Esta filosofía es la aliada natural de todas las buenas causas. Sostiene el sentimiento religioso, secunda al arte verdadero, a la poesía digna de este nombre, a la gran literatura; es también sostén del derecho, rechaza por igual la demagogia y la tiranía, etc.”, (Abbagnano, 1997, p. 445)

Entiéndase que toda esta conceptualización se apoya en las buenas causas, en los va­lores morales políticos, sociales y religiosos de la tradición en la humanidad apelando la consciencia a la reflexión, introspección, y en ocasiones a la especulación. Espiritualismo e idealismo pueden conjugarse en la consciencia; pero son dos apreciaciones diferentes del fin del hombre.

Con Henrry Bergson (1859-1941) en Francia tomaron raíces estos conceptos, pues se hizo un puente con las ciencias, “volviendo a proponer sus tesis fundamentales en relación a problemas específicos como la libertad, el alma, la vida, la moralidad, la religión”, (Abbag­nano, 1997, p. 446). Otro aspecto a considerar es la “negación de la realidad del mundo externo” o sea el realismo nosológico el cual pretende omnipotentemente acceder a toda la concientización. Es decir, reducir la ciencia únicamente al conocimiento (falso, imperfecto, preparatorio o verdadero), negando de tal manera los diferentes pasos preparatorios para lle­gar al conocimiento verdadero de la naturaleza, del mundo y de la historia, incluyendo en esta la tradición como manifestación del mundo humano.

El espiritualismo siempre recae en la creencia de y en Dios. Pienso que el peligro del espiritualismo es quedarse solamente en el campo del espíritu negando la realidad externa y la realidad interna los cuales se configuran a través de toda la evolución de la naturaleza para llegar al pensamiento y la personalidad del ser humano; esto último no equivale a abandonar el espíritu que se nutre de valores, ideales, todos ellos plasmados en la ley del orden, la armo­nía, la belleza, la confusión y caos en que está construido el universo, (35). Uno de los riesgos que corre el ser humano es negarse al conocimiento sin aceptar que siempre se nos abren caminos de conocimiento en el curso de la vida, los cuales nos puede llevar de alguna manera a un sentido de completud o descarga transitoria; a la vez es necesario admitir que existe un impulso imprescindible en la mayoría de los hombres, para conocer (instinto epistemológico) y a la vez que con su necesidad y deseo, como ya se expresó, de completud de nuestro espíritu más cuando el ser humano vive en una continua sensación de vacío, cuando no ha llegado a encontrarse “así mismo” en su mismidad “self” integrándose al Todo y a lo colectivo del cosmos, y con ello de su ser, estar, tener y hacer en su esencia y existencia.


35 “El espiritualismo no niega la realidad externa, acepta lo material pero reflexiona sobre todo en los planos más altos en el espíritu; ante todo no es ni pretende serlo una fe religiosa; ejemplos muy diferentes entre sí: Albert Einstein y Albert Schweitzer. Hay espiritualistas que no necesitan aceptar los espíritus sino el plano trascendente elevado en donde colocarse”, (De Francisco, 2012).

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