El Tabú

Sigmund Freud en “Tótem y Tabú”, (1912-13). La obra citada la dividió Freud en cuatro puntos fundamentales a saber: el horror al incesto, el tabú y la ambivalencia de los senti­mientos, el animismo, magia y omnipotencia de las ideas y el retorno infantil al totemis­mo, no sin antes hacer un prólogo en donde cita a Wundt y Jung. En cada una de sus partes hace una serie de consideraciones en capítulos diferentes. En el “horror al incesto” trae, en un pie de página, la etimología sobre la palabra “Tótem” la cual fue introducida bajo la forma de “totam”, en 1791 por el inglés J. Long quien la tomó de los Piel Rojas de América del Norte. Freud se nutrió de múltiples escritos para producir esta obra.

La obra representa el primer intento de Freud para aplicar el punto de vista y los descu­brimientos del psicoanálisis a la solución de problemas con la psicología social. Volviendo al “horror al incesto”, Freud reflexiona sobre los estudios de los aborígenes australianos sobre los escrúpulos o reglas para evitar relaciones incestuosas, cuya infracción se sanciona­ba severamente. Entre los aborígenes se estableció el “sistema totémico” que por lo general era un animal y no tan frecuente una planta o un fenómeno natural. En todos los lugares en donde hay tótem, hay una ley que sanciona a las personas que tienen relaciones prohibidas. La exogamia estaba ligada con los efectos del tótem que prevenía el incesto (con las madres y hermanas). La prohibición nacía de la necesidad de defender la condenación; y si se violaba la norma, se ponía en peligro la vida porque el más fuerte, el padre, castraba o mataba a su rival hijo o los hijos o entre sí se podrían devorar. Estas creencias estuvieron presentes en la Melanesia, Nueva Caledonia, Nueva Inglaterra, Figi y Sumatra.

A la vez las prohibiciones totémicas demostraban que la herencia materna es más antigua que la paterna, pues tenemos, dice Freud “… más de una razón para admitir que tales pro­hibiciones van dirigidas contra los impulsos incestuosos del hijo”. Debido a cierta libertad sexual había que limitarla con las prohibiciones de la relación parental o de parentesco. En el estudio Freud, hace referencia a que se le denominaba “padre” “no solamente al que le ha en­gendrado, sino también a todos aquellos hombres que, según las costumbres de la tribu, ha­bían podido esposar a su madre”; y, ‘madre’ a toda mujer que sin infringir los usos de la tribu había podido engendrarle; ‘hermano’ no solamente eran los hijos de sus padres verdaderos, sino a los que pudieran ser. De todo esto se concluye que había una concepción de “fratrias y subfratrias” (clases y subclases de parentesco). De tal forma se instituía un “régimen sagrado con prohibiciones específicas”. En esa primera parte sobre el horror al incesto se incluye ob­viamente a la hija. Aquí podemos reflexionar cómo hubo una transición entre la relación libre del animal y su manada en la cual se incluyen todas las hembras, para pasar al jefe de la horda primitiva, en la cual se agrupó el hombre, y de ahí la selectividad para que el macho saliera de la horda primitiva a otra tribu con la exogamia, lejos de la tribu original.

En la segunda parte en el Tabú y ambivalencia de los sentimientos se postula “cómo la fuente del tabú se atribuye a un peculiar poder mágico que es inherente a personas y espíritus y pueden ser convertidos por ellos a través de objetos inanimados”. Quien hubiese transgre­dido alguna prohibición adquiriría las características “del ser prohibido o de lo prohibido”; aquí se incluyen el temor o los temores demoniacos y el tabú no solamente a lo que es sagrado sino a lo que es sucio, que produce horror a su contacto. Aquí vuelve sobre “la designación o significación de la palabra tabú con tres nociones: carácter sagrado o impuro, prohibición, consagración, resultante de la violación de la misma; de ahí que existiría un tabú natural o directo producto de una fuerza misteriosa (maná); un tabú transmitido indirecto que podría ser adquirido o transmitido y cuyas funciones serían proteger a los jefes, a los débiles, mu­jeres, contra los poderes de fuerzas mágicas, los cadáveres, las perturbaciones que puedan sobrevenir a través de la vida, la protección contra el poder o cólera de los dioses o demo­nios”, (Freud, 1913). Otro de los fines del tabú sería proteger la propiedad, sus campos, sus herramientas y el castigo de la violación de un tabú sería el abandono. Todo esto no estaba exento de ceremoniales obsesivos que coinciden con síntomas de la neurosis obsesivas, de allí el paralelismo entre el tabú y la neurosis obsesiva; con prohibiciones a tocar y aunque Freud no lo menciona también a ver o tocar, con los ojos. De aquí se concluye que “el tabú es una prohibición primaria impuesta forzosamente desde afuera y dirigida hacia los deseos más poderosos a los que estamos sujetos los seres humanos. El deseo de violarlo persiste en el inconsciente de aquellos que tienen actitudes ambivalentes respecto al mismo”. (Freud, 1913b).

En esta parte Freud hace alusión al manejo con prescripciones a los enemigos, a los jefes y a los muertos, a la conducta con ellos, a la reconciliación con el enemigo muerto, a las res­tricciones, a los actos de expiación o purificación y a determinadas prácticas ceremoniales en­tre ellos está cánticos, danzas, llantos, gritos, comidas y bebidas. Freud hace referencia aquí al tabú de lo soberano y el súbdito debe preservarse de ellos y al mismo tiempo protegerlos. Trae un ejemplo de “cómo Flamen Dialis, el gran sacerdote de Júpiter en la Roma antigua, tenía que observar un extraordinario número de tabús, no podía montar a caballo, ni ver un caballo ni un hombre armado, ni llevar anillo alguno, que no estuviese roto, ni ningún nudo en su vestidura; no podía tocar la harina de trigo, ni la masa fermentada, ni tampoco designar por su nombre a la cabra, al perro, a la carne cruda, a las hiervas, a las habas; sus cabellos no podían ser cortados sino por un hombre libre que utilizase para ello un cuchillo de bronce y debía ser enterrado y…”, así sucesivamente. Este caso es traído por Frazer citado por S. Freud.

En realidad siempre ha existido un tabú a los muertos, un respeto a ellos y la necesidad de asistir al entierro como testigos. Escribe Freud: “cuando el difunto llevaba un nombre idéntico al de un animal u objeto, algunos de estos pueblos juzgaban necesario dar a dicho animal o dicho objeto otro nuevo, con el fin que nada les pudiese recordarles en la conversa­ción al fallecido”. Por todos es conocido el horror que inspira el cadáver al muerto y con ello se observa todas las tendencias instintivas que hay en cada quien. El doliente ante el muerto no se le despierta la ternura, sino la hostilidad. En todos estos mecanismos observamos cómo se proyectan hacia fuera las fantasías y tendencias del mundo interno despertadas desde el exterior; así también la necesidad de rezar e invocar a los espíritus de los que están en el más allá, de los muertos. Por ejemplo, el temor a los demonios y a los aparecidos hace parte de las creaciones proyectivas que el hombre hace, pero que también puede sublimar y transfor­marlas en creaciones.

En realidad el tabú conlleva el funcionamiento del superyó, la consciencia moral, como una “percepción interna de la repulsa de determinados deseos”; y aún, “en la consciencia de la culpabilidad, esto es, en la percepción y la condena de actos que hemos llevado a cabo bajo la influencia de determinados deseos. Todo aquel que posee una consciencia moral debe hallar en sí mismo la justificación de dicha condena…”, (Freud, 1918). A su vez existe la consciencia angustiante que opera también como tendencias sociales y que terminan en las neurosis como formaciones que intentan realizar o sublimar o deformar las tendencias inconscientes reprimidas.

En la parte tercera de esta obra, Freud, como ya se enunció arriba, se refiere al animis­mo, a la magia de la omnipotencia de las ideas, así distingue el “animismo” del “animatis­mo” o sea la doctrina de la vivificación de la naturaleza, el “animalismo” y el “manismo”. En la animación de los seres humanos, se supone que las personas y las cosas pueden tener alma y actividad espiritual. “La representación primitiva de las almas, la suponía muy se­mejante a los individuos, y sólo después de una larga evolución han quedado despojadas de todo elemento material, adquiriendo un alto grado de espiritualización” (esta idea proviene de Wundt). De allí parten, la consciencia creadora de los mitos y la tendencia del ser humano a concebir al ser como a “sí mismo”, transfiriendo las cualidades propias en el objeto.

El animismo es un sistema intelectual y no explica únicamente tales y cuales objetos sino que permite concebir el mundo como una totalidad; tres de estos sistemas intelectuales tienen tres concepciones del universo: la concepción mitológica animista, la religiosa y la científica; la primera es humana del universo y es una teoría psicológica que puede llevar a la supers­tición y a muchos fenómenos paranormales, a lo cual nos referiremos en el capítulo X; sin embargo, aquí se hace un puente entre hechicería y magia que no es un método psicológico corriente y que responde más a fines diversos para controlar y someter la naturaleza externa o interna.

Aquí como lo postula Freud se puede “tomar por error una relación ideal por una rela­ción real con ‘actos mágicos’”; aún más, dentro de estas prácticas se puede recurrir a asustar a los espíritus por medio de ruidos y gritos con lo que se denomina actos mágicos. De una u otra manera, Freud continúa desarrollando su pensamiento con respecto al animismo, a la magia y al pensamiento haciendo participar las ideas omnipotentes, el predominio de los “procesos psíquicos sobre los hechos de la vida real” y, a la vez, cómo “no le es posible creer en la absoluta libertad de las ideas” pues el ser humano llega a refugiarse en su naturaleza mágica en actos de hechicería o contra hechicería, en la enfermedad neurótica con el intento también de negar o penetrar en el misterio; más allá del temor, la ansiedad, la necesidad y el deseo, sobreviene el acto (actuar) sin pensar con el sello de lo mágico incrustado en el fondo. Escribe Freud “… las fórmulas de defensa de las neurosis obsesiva hallan su pareja en las fórmulas de la hechicería y de la magia. […] Tales actos, al principio muy lejano a lo sexual, comienzan por constituir una especie de conjuro destinado a alejar los malos deseos y acaban siendo una sustitución del acto sexual prohibido, imitándolo con la mayor fidelidad posible”. Trae Freud “las fases pre animista y animista sustituida por la religiosa, y esta, a su vez, por la científica; no será fácil también seguir la evolución de la omnipotencia de las ideas, lo cual nos será también fácil. […] En la concepción científica del mundo no existe ya lugar para la omnipotencia del hombre el cual ha reconocido su pequeñez y se ha resignado a la muerte y sometido a todas las demás necesidades naturales. En nuestra confianza en el poder de la inteligencia humana, cuenta ya con las leyes de la realidad, hallamos todavía huellas en la antigua fe de la omnipotencia”.

Para Freud el animismo equivale y corresponde al narcisismo, a una fase de auto erotis­mos; la religión correspondería a la fijación de la libido a los padres y la ciencia corresponde a la renuncia del principio del placer y búsqueda del objeto real. Aquí vale la pena hacer énfasis en cómo Freud más adelante, trae la magia del arte, la cual la compara al artista con un hechi­cero y, cómo “el arte no comenzó en modo alguno siendo ‘el arte por el arte’(11).

En la cuarta parte Freud hace referencia al retorno del totemismo en la infancia refirién­dose al Tótem como una clase de objetos materiales que trata con respeto y superstición, y en cada miembro de la clase en la tribu existe una íntima especial relación. Existen tres clases de Tótem (el del clan común a todos que se transmite por herencia de generación en genera­ción); el tótem del sexo común a todos los machos y a todas las hembras del clan y el Tótem individual que pertenece a un individual y no se transmite a su descendencia. La aparición del Tótem en la casa generalmente se interpreta como un “augurio de muerte”. “El hombre del clan enfatiza su parentesco con el Tótem, asemejándosele externamente, vistiéndose con la piel de animal, gravando una imagen con el tótem en su propio cuerpo, etc.”. El aspecto social se expresa principalmente por un precepto impuesto y los miembros se consideran her­manos y hermanas con sus prohibiciones en el mismo clan sobre no casarse o no tener relacio­nes entre sí; los Tótem fueron animales vistos como ancestros de diferentes clases, heredados solamente por la línea femenina, con una prohibición contra el asesinato del Tótem. En el origen del totemismo y la exogamia existen tres conceptos el nominalista, el sociológico y el psicológico. Existen posiciones antagónicas en las instituciones: una que tiende a mantener la presunción original de que la exogamia forma parte inherente al sistema totémico y otra que niega esa conexión sosteniendo la convergencia entre estas dos características. La hipótesis que explica el horror al incesto es el instinto innato. Así mismo a este horror se le suma el de la muerte y la magia que en ella se construye (magia de la muerte y de los muertos); todo lo cual ha obrado y todavía hace parte de la cultura a la muerte a distintos niveles, desde el más superficial hasta el más profundo cuando creencias, mitos, rituales, normas y costumbres se presentan.

En la zoofobia y sacrificios se relacionan a la semejanza entre relaciones de niños y de los hombres hacia los animales; la prohibición es no matar al Tótem, no tener relaciones sexuales con una mujer devota a él (al Tótem). Aquí incluye Freud las vicisitudes del crimen edípico así como la comida totémica asociada con el padre y con Dios. El Tótem es en realidad un sustituto del padre y presupone que el totemismo y la exogamia están íntimamente conecta­dos así como el dios y el Tótem. La comida totémica, el sacrificio del ánima, la forma humana de sacrificio y al eucaristía cristiana.

En el complejo de Edipo y la sociedad Freud se refiere al jefe del clan de la tribu, de la horda primitiva, el padre primario, la relación del hombre con su padre, el “alma colectiva”, el sentido de culpa incrustado en el fondo de la historia y los primeros preceptos morales y restricción en las sociedades primitivas, explicados como reacciones a alguna reacción cri­minal que cometieron, de la cual se arrepintieron y decidieron no reincidir; sin embargo, el sentimiento de culpa persiste.

En síntesis el término “tabú” denota todo un acontecer, o sea: una persona, un lugar, una cosa, una condición transitoria o el vehículo o fuente del atributo misterioso que produce un temor objetivizado con veneración u horror y asociado con prohibiciones. En esta misma obra se hace un paralelo entre el tabú y la neurosis obsesiva, el tratamiento de los enemigos, el temor a los fantasmas, el tabú a la autoridad, a la muerte y a la misma conciencia. (En otros textos volveré sobre este tema para desarrollarlo más explícitamente).


11 Aquí sugiero al lector referirse a la obra: “Creación, Arte y Psiquis”, (Sánchez Medina, G. 2003)

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