Canto a la esperanza

(Una carta a Guillermo Sánchez Medina)

Epilogo

Profesor Jaime Umaña Díaz

Investigador de filosofía, teología y economía
Ex viceministro de justicia y del derecho
Ex Decano de Economía, Universidad La Gran Colombia
Ex Asesor de Pplaneación Nacional
Profesor Universitario. Universidad Jorge Tadeo Lozano y San Martín
Coordinador Académico. Universidad San Martín.
Presidente Fundación Conflicto y Sociedad

Al terminar de leer y releer el libro: “CIENCIA Y PENSAMIENTO MÁGICO” tengo el gusto de hacer llegar el presente documento para expresar mi más sin­cera admiración por la riqueza de la documentación encontrada, por la nitidez y la fuerza de lo que se escribe y por la concepción y fidelidad en la aplicación de su metodología a todo lo largo y ancho de su escrito; elementos que sumados permiten conocer y reconocer que estamos en frente a una Obra de Monumental Importancia no solo por la extensión de los temas sino por la profundidad como se ausculta a cada uno de ellos.

En primer lugar, observo que esta obra no es, esencialmente, una historia o compendio de las ideas universales materializadas en los campos del saber filosófico, social, científico y político y menos aún un tratado de las llamadas paraciencias como las mágicas sino que en una muy seria, selecta y atractiva disertación analítica estas apreciaciones, tesis y concepciones doctrinales van apareciendo sin dogmatismos ni ideologismos de ninguna clase. No encontré en la obra de Sánchez Medina un pensamiento único, unidimensional, y si acaso lo hay, no trató de imponerlo en ninguno de sus capítulos. Expone con claridad, los rasgos esenciales de las diversas teorías, tales como fueron apareciendo en la historia en medio de las divergencias de las distintas escuelas del pensamiento que como en una espiral unas y otras permiten el ascenso continuo del saber humano.

Intuyo que en el fondo, el autor lo que ha querido es decirnos que lo que se consideraba como verdad ayer en las llamadas escuelas del pensamiento de to­dos los tiempos, hoy son, apenas un recuerdo de tantas teorías que se encuentran en el museo mundial de los llamados conocimientos “ciertos” que sin lugar a dudas muestran la continuidad del pensamiento humano que está por encima de la variedad de vocabularios y de idealismos propuestos. Esta obra, en mi concep­to, no se basta a sí misma ni aspira a ser el fin de todo lo conocido, antes por el contrario, en cada capítulo va creando más problemas, más interrogantes, más dudas y también muchas respuestas que, indudablemente, van a crear fisuras intelectuales en el conocimiento parcializado que cada individuo posee en su propia búsqueda de la verdad de acuerdo a su nivel socio-cultural. Es una obra para recrear el espíritu y despertar la cultura de la investigación en el lector estudioso.

En segundo lugar, ante la enorme división de las opiniones y conocimientos del mundo actual los intelectuales y científicos buscan, ansiosamente, la univer­salidad y armonía del saber en el ser mismo del hombre y del mundo. Es la bús­queda ansiosa de un sistema unitario que permita construir un puente para unir los distintos saberes particulares en áreas interdisciplinarias. En otras palabras, ser capaces de armar todos juntos el rompecabezas de multitud de piezas para encontrar la suma del conocimiento que se ha ido conformado en las múltiples disciplinas particulares y que hoy, se encuentran encerradas en pequeñas capi­llas del saber humano. Un nuevo conocimiento en la ciencia o en la filosofía no significa que haya que lanzar al fuego las piezas ya colocadas; simplemente, las nuevas piezas nos obligan a modificar la idea que nos habíamos hecho del cuadro o tal vez, a cambiar el cuadro mismo tal como lo narra Louis de Raeymaeker en su famosa obra “Introducción a la Filosofía”.

Es tan vasto y complejo el mundo del saber, tanto científico como vulgar, que resulta imposible para un hombre solo, explorar todas sus partes, conocer todos sus aspectos y lo que es más grave nadie puede esperar poseerlo en su totalidad y por tanto, corre el peligro el científico de estrechar el campo de visión y hacer perder de vista la unidad del conjunto en que se integra cada campo de la cien­cia. Se requiere con urgencia la interdisciplinaridad, el trabajo en equipo para limitar el individualismo científico y filosófico tal como ocurre hoy en día. El peli­

gro de no hacerlo o de aplazarlo en forma indefinida, propiciaría el alejamiento, la separación, de los intelectuales y científicos de los llamados conocimientos vulgares que constituyen la base y fundamento del avance científico posterior.

El conocimiento vulgar es el que posee el hombre de la calle, el hombre co­mún y corriente con su nivel cultural propio, muy distanciado de toda posible formación científica y filosófica y que hoy está representado por más del 95% de la población mundial y con un acervo de conocimientos que son el producto natural de lo que es el hombre en sí mismo, y que constituye su riqueza. Riqueza que se refleja en la conciencia de su individualidad. El “yo” para él es, ante todo, su cuerpo, con sus fortalezas, sus apetitos y sus debilidades. Cuando afirma “yo tengo un cuerpo” hace una distinción entre el yo y el cuerpo que es el prin­cipio del reconocimiento de sí mismo; pero él es más que cuerpo. Jamás podrá afirmar: “yo soy un cuerpo” porque el hombre común y corriente se considera un yo que posee un cuerpo tal como lo describe magistralmente Fernand van Steenberghen en su obra clásica: “Epistemología”.

Gracias a la utilización de sus cinco sentidos su cuerpo está en continua y permanente relación con el mundo exterior: personas, animales, plantas y obje­tos y se cree muy superior a todos ellos. Es el más inteligente por ser capaz de utilizarlos para sí mismo. A su vez sabe distinguir y nombrar las cosas que le rodean porque va conociendo la naturaleza y características de bastantes cosas como resultado natural de la necesidad de saber; Reconoce que su experiencia o conocimiento es muy limitado y por eso recurre y aprovecha la experiencia del otros y comienza a creer: a creer en los políticos, en los historiadores, en los profesores, en los científicos, en los periodistas, en los filósofos y recurre a gente mayor incluyendo a los hechiceros, los videntes, los médiums, los profetas, los místicos y los brujos siempre para buscar respuestas a sus limitaciones y a sus vacios y por qué no decirlo a su desesperanza.

A pesar de saber distinguir y discernir lo que es bueno y lo que es malo, lo útil y nocivo, lo correcto y lo que es incorrecto que es lo que llama moral o princi­pios va desarrollando su espíritu crítico. Pero, acontece a veces, que este hombre con su conocimiento natural sufre el engaño y tiene plena conciencia de ello. Ha creído en la amistad y ha padecido la decepción; ha creído en los pensadores y terminó no creyendo en nadie: Heráclito le contó que la realidad o la naturaleza es multiplicidad y movimiento, por eso, es imposible bañarse dos veces en el mis­mo rio, pues las aguas se renuevan sin cesar; lo mismo ocurre con la vida: todo fluye, por tanto, nada es definitivo y perfecto y le creyó. ¿Cómo no creer si él era un filósofo o más bien un fisiólogo? Posteriormente, se encontró con Parménides y Zenón quienes le narraron que el ser es idéntico e inmutable. Exactamente, lo opuesto a la tesis de Heráclito y también les creyó. Por el prestigio de ellos y no por el conocimiento en sí.

Estos “fisiólogos” y los demás personajes muy bien detallados por el doctor Sánchez Medina se diferencian del hombre de la calle por su capacidad de in­vención, por su dedicación a las especulaciones llamadas racionales, por sus símbolos y por sus vocabularios extraños. ¿En qué se diferencian estos sabios para no ofender a nadie de los hechiceros o brujos, cuando estos dicen, hoy en día, que la matera es espíritu o que es una extensión del cuerpo humano o es el alma misma? Tales de Mileto afirmaba que la materia es agua; Anaxímenes que es el aire; Anaximandro que es un elemento indeterminado; Demócrito, por par­tículas indivisibles y eternas que llamó átomos. Pitágoras en los números. Platón afirma que el mundo material es una reproducción deficiente de la realidad ideal, un simple reflejo del mundo de las ideas, una sombra proyectada en el vacío del espacio. Palabas y más palabras, decía y dice el hombre común y corriente y entonces, aprendió a proceder con prudencia y discreción, virtudes éstas que lo hace un sabio natural, común y corriente como lo es nuestro campesinado.

Es necesario, entonces, conocer la diferencia real entre el conocimiento cien­tífico, llamado ciencia y el otro conocimiento llamado vulgar, irracional, reli­gioso y mágico. La ciencia progresa siempre en espiral; y en este progreso, la experiencia (conocimiento vulgar) y la teoría (conocimiento científico) deben influirse mutuamente. Se parte de un conocimiento rudimentario, gracias al cual se establece una teoría provisional. Esta teoría permite establecer ciertos proce­dimientos de medida, que están dados por la naturaleza y el alcance del método científico que son el instrumento para llegar a un conocer en forma más precisa y más objetiva las cosas tal como lo demuestra Emile Simard en su texto:” Natu­raleza y Alcance del Método Científico”.

Siempre la ciencia avanza en espiral. La magia y demás poderes extrasensoria­les seguramente permanecerán en el tiempo hasta que se pueda encontrar una o varias explicaciones sobre la esencia del hombre y de las cosas y no simplemente, estudios sobre los atributos del hombre y de las cosas que es la actual limitación que tiene la ciencia y que permite que las hondas preocupaciones que anidan en todo ser humano no hayan sido, hasta ahora, respondidas y que precisamente son el caldo de cultivo de lo mágico, de lo sobrenatural y lo místico.

En la apasionante lectura del libro de Guillermo Sánchez Medina se encuen­tran tres especies de hechos que deben ser estudiados y analizados mediante el trabajo interdisciplinario: los avances físicos, los desarrollos biológicos y las investigaciones sicológicas; los físicos que renunciando a la especulación se adentran en lo cuantitativo en escalas de medida infinitamente grandes e infi­nitamente pequeñas con la ayuda permanente de su herramienta más notable que son las matemáticas. Las ciencias biológicas desarrollan otro método dado que la vida rebasa el orden material por tanto la investigación se concentra en encontrar relaciones funcionales apoyándose en los avances del orden físico. Y el psicológico que trasciende el orden biológico, aunque esté íntimamente rela­cionado con él, para buscar explicaciones sobre las reacciones que constituyen la conducta de los seres humanos en su actitud personal y en el despliegue de su actividad social, tal como se manifiesta en la vida social, jurídica, ética, religiosa y artística. Al contemplar estos campos propios del método científico podemos encontrar y entender, sin lugar a dudas, cual es el área propia del pensamiento mágico.

El pensamiento mágico encuentra su justificación fáctica, su explicación ló­gica y su argumentación racional en los planteamientos realizados por el gran pensador griego Platón cuando afirma la existencia de un mundo inteligible tras­cendente al mundo material. Creó el mundo de las Ideas como el lugar de la auténtica realidad, del ser verdadero. Más adelante, afirma que las ideas son los prototipos de las cosas corporales y la realidad sólo es una sombra imperfecta del mundo ideal. El idealismo metafísico de Platón conduce más tarde a los fi­lósofos a desarrollar un renacer de los valores espirituales y religiosos bajo el nombre del neoplatonismo amparando a las religiones de los misterios – judaís­mo, cristianismo e islamismo – en donde la especulación metafísica se orienta al misticismo que como doctrina enseña la posibilidad de una unión directa e íntima del espíritu humano con Dios y con los dioses.

Se abrió, entonces, la puerta para creer en la existencia real de lo sobrenatu­ral, de los intermediarios de los dioses, de las llamadas potencias espirituales que como los ángeles son los instrumentos de la voluntad divina. El ser humano tiene un ámbito propio que se expresa cuando afirma: “Yo soy el que soy”. Dis­tinto a ese hombre definido en los laboratorios científicos; el hombre, hoy en día, grita: no soy un objeto de la ciencia o para la ciencia sino soy un sujeto integral, único en todo el universo, no solo soy cerebro pero tampoco músculos. No soy una sumatoria de elementos físicos-químicos. Soy más que una tabla periódica. Ese más recibe el nombre de lo espiritual. De lo que está más allá del mundo real, ese allá, es lo que se conoce, como lo sobrenatural. Platón inventó el mundo de las Ideas y el pensamiento mágico inventó el mundo de lo sobrenatural que posee también principios de conocimiento pertenecientes a un orden que sobrepasa al de la naturaleza, que está dado por la fe, la creencia.

En ese mundo ideal vienen desfilando en la pasarela de la vida, como muy bien lo describe el doctor Sánchez Medina, los profetas que anuncian castigos y esperanzas, los hechiceros creando ilusiones, los magos fantasías y destinos, los religiosos paraísos para los buenos e infiernos para los malos, los chamanes curando el dolor del amor perdido, los ilusionistas creando un mundo lleno de imaginación para atenuar el dolor aplastante del mundo real, los quirománticos que leen la mano y en ella van dibujando las líneas de la vida, del amor y la for­tuna y hacen soñar a quien creía que todo lo tenía perdido. Los brujos y brujas que con sus sortilegios sanan y limpian los cuerpos de las energías negativas. Son los hacedores, los creadores de la esperanza, del optimismo ante la fría y terrible desesperanza de millones de seres humanos que se refugian en el mundo ideal creado por Platón y su discípulo Kant.

Estimado Guillermo: estas letras se fueron construyendo una a una gracias al mensaje que descubrí en cada una de las páginas de su admirable texto: el canto a la esperanza. Usted ha mostrado la incesante labor del hombre, en la búsque­da afanosa e intrépida de encontrar la esperanza en las respuestas a su pasado, presente y futuro. Hoy el Hombre se halla solo, inmensamente solo, en un oscuro laberinto, perdido. Puede ser el mismo científico o el filósofo, el hombre de la ca­lle o el chamán. La vida es un laberinto; no se sabe que es lo auténtico, lo veraz ni que es lo falso y mentiroso. La verdad no es algo que alguien la puede dar, se tiene que buscar, indagar por cada quien para poder hallar la puerta correcta del laberinto. La puerta se abre si podemos entender en donde está la llave de la misma y creo encontrarla en la sabiduría de estas palabras de Guillermo Sánchez Medina: “Dedico esta obra a los crédulos e incrédulos de múltiples conceptos; ambos pueden iniciar esta lectura preguntándose sobre la verdad de los hechos y como probarlos o no, y así tener una certeza o quedarse en la posibilidad, en la incertidumbre, o en la duda, en la nebulosa magia o en lo incógnito, oscuro y confuso que implica el estudio del hombre en la grandeza de la naturaleza del Universo”. Es en verdad, un canto a la esperanza. 

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