El Mundo Psicológico de Kafka: La vida Sentimental, Parte I

Cap 7

I

En la “Carta al padre”, Kafka relata las vivencias de humillación, vergüenza y remordimiento que experimentó en su niñez y que habrían de repetirse una y otra vez a lo largo del tiempo. Decía así: “Vivía continuamente avergonzado: o cumplía tus órdenes, lo que era una vergüenza puesto que sólo tenían validez para mí; o me mostraba desobediente, lo que también era una vergüenza, porque, ¿cómo podría tener la osadía de resistirme a tí?; o no podía obedecer, por carecer, por ejemplo, de tu energía, tu apetito o tu habilidad aunque tú me lo exigieras como algo lógico. Era ésta sin duda alguna la mayor vergüenza….” Y terminaba con la siguiente frase, concediendo más valor a los aspectos emocionales que a los intelectuales de sus palabras: “Así se movían, no las reflexiones sino los sentimientos del niño”.

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Kafka se refirió en “La Carta al padre” a la humillación que había sufrido varios años atrás, en la época del fracaso de su proyecto matrimonial con Felice Bauer. Su relación con Felice se inició en la tarde del 13 de agosto de 1912 en una velada cultural en la casa de la familia Brod, y dio origen a partir de ese instante a un extenso epistolario de varios centenares de cartas. Las “Cartas a Felice” se hicieron públicas cuarenta años después de la muerte del escritor y fueron brillantemente analizadas por Elías Canetti en su libro “El otro Proceso de Kafka”, publicado en 1968.

En los primeros seis o siete meses de su relación sentimental, Kafka produjo más de la mitad de las cartas que le enviaría a Felice en el curso de cinco años. Le escribía maníacamente hasta dos y tres veces al día, tal como lo haría después con Milena, dejando de anotar en sus “Diarios” muchos de los sentimientos y episodios de su vida diaria que acostumbraba consignar en ellos. En las cartas, le expresaba su amor, sus celos, sus dudas y sus indecisiones y en ocasiones dejaba que su fantasía le llevara a consignar, con alegría o con tristeza, lo que pensaba sobre el futuro de su propia vida. No se olvidaba de hablarle detalladamente acerca de sus quebrantos de salud, en cuya descripción se revela de modo patente la hipocondría que se iniciaba, de la que sólo existen esporádicas menciones en los “Diarios”. Esos meses de 1912 fueron, a pesar de sus dificultades y zozobras, su período más fecundo como escritor.

Además de las cartas, que no deben ser consideradas como simple correspondencia de enamorados sino como elementos valiosos al servicio de la creación literaria, Kafka produjo en ese año prodigioso “El Fogonero” y casi la mitad de su novela “América”; sólo le bastaron diez horas para escribir “La Condena” y apenas ocho semanas para terminar “La Metamorfosis”, que en opinión de Canetti, es una de las pocas obras maestras del siglo XX. Dos meses después de deshacer su compromiso, escribió el final de “América”, y “En la Colonia Penitenciaria”, narración dolorosa ésta última, muy relacionada simbólicamente con “El Proceso”.

Felice Bauer, la mujer que significó tanto en su vida, era de naturaleza sencilla. No era particularmente bella, a juzgar por las fotografías que aún se conservan en las que parece tener más edad que Kafka, pero sí lo suficientemente inteligente para haber logrado manejar con prudencia los lazos que la unieron al escritor. La explosiva relación sentimental duró corto tiempo; languideció con rapidez en el curso de algunos meses y terminó abruptamente. Felice falleció en 1960. Cinco años antes de su muerte vendió al editor de Kafka, por una suma no especificada, varios centenares de las cartas que hoy constituyen fuentes valiosas para el estudio de la personalidad del novelista.

Kafka se había comprometido públicamente en matrimonio en el mes de mayo de 1914, pero deshizo su pacto dos meses más tarde después de una extraña reunión de las familias de los futuros contrayentes en el Askanisher Hof de Berlín, el “tribunal del hotel”, como le llamó en adelante. En aquella insólita reunión, Kafka se sintió tratado como un criminal, juzgado con inclemencia y finalmente condenado. Con posterioridad al episodio, que le fue muy traumático, escribió a Felice:

“Tú querías algo que dabas como natural: una vivienda tranquila, bien amoblada, familiar; tal como la poseían las demás familias de tu medio social y del mío…. Cuando otros se casan, ya casi han llegado a la saciedad y el matrimonio es para ellos el último bocado. Para mí no; yo no he llegado a la saciedad, no he fundado ningún negocio que deba ampliarse cada año de matrimonio; no preciso de una vivienda definitiva desde cuya paz ordenada pueda dirigir el negocio; pero, resulta que no sólo no la preciso sino que me da miedo. ¡Tengo tanta sed de trabajar!”. Por esos días, Kafka hizo partícipe de sus sentimientos a Grete Bloch, amiga de Felice, con quien también estuvo ligado sentimentalmente, y sus vivencias le sirvieron para escribir “El Proceso”, novela en la que reflejó admirablemente su situación personal de esos días.

Su aversión al matrimonio y su incapacidad para establecer una relación definitiva, que hubiera puesto en peligro su ambición de dedicarse totalmente a escribir, le hacían sentir culpable, y en consecuencia, merecedor de castigo. En diciembre de 1912, poco después de la ruptura, escribió: “Sólo la perdición surte efectos. He hecho desgraciada a Felice, he debilitado la resistencia de todos aquellos que tanto la necesitan, he contribuido a la muerte de su padre…. En lineas generales, ya he sido suficientemente castigado; la relación misma que mantengo con la familia es bastante castigo; he sufrido tanto que jamás lograré restablecerme…. ”

Una entrada de sus “Diarios”, fechada en junio de 1914, y muy similar a alguna de sus cartas a Grete Bloch, revela su estado de ánimo: “He regresado de Berlín. Estuve amarrado como un criminal. Si me hubiesen dejado en un rincón, atado con verdaderas cadenas, y hubiesen puesto gendarmes ante mí, y sólo de esa forma me hubiesen permitido presenciar los hechos, no habría sido peor. Así fue mi compromiso”. Tres años más tarde, en julio de 1917, se comprometió de nuevo con Felice para después deshacer la relación definitivamente a raíz de presentar la hemoptisis que señaló el comienzo de su tuberculosis pulmonar.

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“Por qué no me he casado?”, se pregunta en los “Diarios”. ”Había obstáculos concretos. El más importante de ellos es que soy intelectualmente inepto para el matrimonio. Esto se manifiesta en el hecho de que, a partir del momento en que decido casarme, ya no puedo dormir, me arde la cabeza día y noche, mi vida no es vida; ando tambaleándome presa de la desesperación. Las causas de todo ello no son las preocupaciones propias de mi temperamento melancólico ni las inherentes a mi pedantería….. Es la presión generalizada del miedo, de la debilidad, del desprecio a mí mismo”.

Las palabras anteriores, que intentan explicar las razones que le obligaron a cancelar su proyecto matrimonial, se relacionan con los síntomas que le aquejaban y reflejan claramente su ansiedad, expresada por medio de síntomas somáticos de apariencia orgánica. Con el tiempo, la ansiedad se irá a transformar en hipocondría en la medida en que sus síntomas se vuelven crónicos y permanentes y cuando la tuberculosis se agrega a sus quebrantos de salud. La hipocondría es notoria en las cartas que le escribió a Felice; con el tiempo, se hará cada vez más ostensible, hasta constituir, con la manía y la depresión, las principales características patológicas de su psiquismo.

Poco después, deshecho ya el compromiso matrimonial y de nuevo profundamente deprimido, anotó en sus “Diarios” el 3 de agosto de 1914: “Solo, en la vivienda de mi hermana…. Sin la esposa anhelada que me abra la puerta. Dentro de un mes tendría que haberme casado. Dolorosas palabras: tú lo has querido. Uno se encuentra amarrado, oprimido contra la pared; baja la vista temeroso para ver la mano que le oprime, y con un nuevo dolor que hace olvidar el de antes, reconoce su propia mano crispada que lo sostiene contra la pared con la fuerza que jamás tuvo para hacer una buena obra. Levanta la cabeza, vuelve a sentir el dolor primero, vuelve a bajar la vista, y este subir y bajar no se acaba jamás”.

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A los dos años de haber cancelado su compromiso con Felice, y de paso la amistad con Grete Bloch, Kafka entabló una relación afectiva con Julie Wohryzek, joven checa hija de un zapatero que se desempeñaba como sacristán de una sinagoga de Praga. El nuevo compromiso contó con la oposición frontal de toda su familia. Para su padre, el matrimonio con Julie era una “vergüenza” que enlodaba su nombre, porque en el esquema clasista de la burguesía judía, el oficio de sacristán de sinagoga del padre de la novia era socialmente inferior al status de comerciante exitoso de Hermann. En forma ofensiva y procaz, el padre le dice al hijo, refiriéndose a Julie: “Seguro que se ha puesto una de esas blusas que saben buscarse las judías de Praga, y naturalmente, eso te ha bastado para decidirte a casarte…. Ya no eres un chiquillo y no se te ocurre nada más que casarte a toda prisa con una cualquiera”.

El compromiso con Julie se deshizo pocos meses después por la intensa presión de su familia. Kafka se deprimía y le era difícil concentrarse en sus libros. Sin embargo, no obstante los problemas que le ocasionaba su abatimiento, pudo escribir, además de la “Carta al padre”, una carta a la hermana de su novia en la que intentaba explicarle las razones de la ruptura. Fundaba los motivos de la cancelación del compromiso en su propia resistencia personal, y los expresó con palabras que muestran tanto su indecisión como su miedo. En las dos cartas mencionadas, Kafka exteriorizó sus dolores del momento y las emociones que había reprimido durante buena parte de su vida. A la hermana de Julie le dijo:

“Yo había pasado un año relativamente feliz, libre y tranquilo….. Iba a ser un matrimonio de amor, pero ante todo, un matrimonio racional en el más amplio sentido…. Estábamos tan cerca el uno del otro, que era de suponer que todos los preparativos iban a sucederse rápidamente y sin complicaciones y que finalmente, la oposición de mi padre, dadas las lamentables relaciones que teníamos, resultaba para mí una prueba decisiva más de la razón que me asistía en mis proyectos…. ¿En qué consistía entonces la resistencia en mí, de la que a pesar de todo no me había desembarazado, sino que en cierto modo estaba al acecho observando el desarrollo de los acontecimientos? La verdad es que de mi resistencia sólo puedo hablar como de algo extraño pues supera con mucho mis propias fuerzas, y cuando quiere me domina por completo. Los problemas materiales no entran en cuenta…. Se trata de otra cosa; es como si algo me hablara y mezclara con infernal habilidad cuestiones materiales, que en sí pesan poco, con los otros problemas: Tú, que tienes que luchar sin cesar por Tu existencia interior con todas Tus fuerzas, que ni siquiera te bastan; Tú, que quieres fundar un hogar propio…., ¿Con qué fuerzas vas a hacerlo?… Quieres hacer desgraciada a una chica confiada, entregada, increíblemente generosa?….. Era una carrera entre las circunstancias exteriores y mi flaqueza interior…. “.
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Una vez más surgía el modelo psicológico que nunca le permitió culminar, más allá de cierto punto, su relación con las mujeres que de alguna manera formaron parte importante de su vida. El dilema interior en que se debatía, era por una parte, su deseo de casarse, y por la otra, el temor a la osadía de querer llevar ese deseo a su culminación. A esto se agregaba la dificultad de poner de acuerdo el mundo exterior del trabajo y la vida matrimonial con el mundo interior de su literatura, el único que lo podía satisfacer.

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En la “Carta al padre”, Kafka reprochó a su progenitor la sistemática actitud de rechazo a sus posibles matrimonios, diciéndole: “Los proyectos matrimoniales fueron el intento más grandioso y esperanzado de salvación, aunque luego no fue menos grandioso el fiasco final….. Concibes el fracaso de mi matrimonio como uno más en la lista de mis fracasos……; No creo que nunca me hayas humillado tanto de palabra ni mostrado con mayor claridad tu desdén”.

La oposición paterna no hizo otra cosa que reforzar en Kafka su incapacidad para asumir responsabilidades como la de casarse y establecer su propio hogar. Para asumirlas, hubiera necesitado tener las características psíquicas de su padre de las que carecía. La fuerza de la personalidad paterna, cuya brutal hostilidad le aterraba desde niño, le paralizaba y extinguía sus escasas reservas psicológicas. En esa forma, el matrimonio, como recurso para emanciparse del padre, no llegó a realizarse. Su minusvalía y sus temores no le permitieron romper la “desdichada relación” con su padre, que en adelante aceptó como una condena, con resignación y dolor.

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