El Mundo Psicológico de Kafka: El Proceso, Parte I

Cap 8

I

La humillación, la vergüenza y los sentimientos de culpa, son los elementos psicológicos fundamentales de “El Proceso”, novela que Kafka comenzó a escribir en agosto de 1914, pocas semanas después de la ruptura de su compromiso matrimonial, en los días en que se iniciaba la primera Guerra Mundial. El libro, terminado al año siguiente, sólo se publicó en 1925, un año después de su muerte. En 1915, había dado a conocer del público como narración suelta, un fragmento del libro, la parábola “Ante la Ley”, que forma parte del célebre capítulo IX de “El Proceso”.

Joseph K., el protagonista de la novela, es un empleado bancario de treinta años, detenido en su casa por dos sujetos el día de su cumpleaños acusado injustamente de haber cometido un delito cuya naturaleza desconoce en absoluto. Asiste al Tribunal al que se le cita con la intención de descubrir qué autoridad ha ordenado detenerlo, saber de qué delito se trata y probar su inocencia. A pesar de sus esfuerzos, no logra obtener respuestas a sus interrogantes no obstante haber dedicado casi todo su tiempo al proceso descuidando su trabajo en el banco. Joseph K. encuentra que los jueces, los jurados y demás asistentes al juicio, son un grupo de bribones corrompidos que le acorralan y no le dejan respirar. Los abogados y ujieres del Tribunal, con sus desatinadas pretensiones y sus absurdos procedimientos burocráticos, contribuyen a hacer todavía más dramático el juicio. Al final, la justicia castiga a Joseph K., a pesar de ser inocente y de ignorar las razones por las que fue juzgado. Cuando se le condena a morir, se deja conducir por dos verdugos de levita negra, casi en silencio, casi sin resistencia, hacia el cadalso. En las afueras de la ciudad, la sentencia es ejecutada por los verdugos que, sin piedad ni emoción, “le acuchillan….. como un perro; parecía como si sólo la vergüenza fuese a sobrevivirle”.

Joseph K., inocente de las acusaciones que se le imputan, sufre toda suerte de humillaciones que le llevan, paradójicamente, a la convicción de la necesidad de ser castigado y de recibir la máxima condena. El problema desconcertante al que se enfrenta desde su detención es el de la “culpa”. Durante un tiempo se ha entretenido con la idea de la culpa y al final está tan convencido de ella que busca la expiación en su autodestrucción. Instantes antes de morir, se reprochaba por carecer de fuerzas suficientes para ahorcarse y ahorrarle el trabajo a sus carceleros. Su última humillación estriba en el carácter público de la ejecución que cumplen los verdugos ante la mirada quebrada de Joseph K., testigo mudo de su muerte infamante “como un perro”. Su destino trágico no termina con la muerte tras la parodia de justicia a la que fue sometido; todavía debe recibir su parte de super-vivencia en la vergüenza, en lo ilimitado de la falta que no cometió y que le condena, tanto a morir como a vivir.

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El último pensamiento de Joseph K. está consagrado a la vergüenza que necesariamente habría de sobrevivirle por haber sido incapaz de luchar, y por no haber hecho otra cosa distinta a someterse. La ejecución simboliza psicológicamente la muerte de su Yo y su sometimiento al Superyó, encarnado en la figura de ese padre poderoso y violento representado por la autoridad judicial. Durante el juicio, Joseph K. trató por todos los medios posibles de descifrar el sentido de los actos burocráticos que le llevaron al cadalso. Porque, si es terrible ser condenado a muerte, es absolutamente insoportable ser condenado sin motivo, como un mártir del sinsentido

En una de las interpretaciones más superficiales de la novela, los jueces, el jurado y los asistentes al juicio, representan a las personas que contribuyeron al fracaso de su matrimonio en la confusión que rodeó la ruptura de su compromiso. Kafka en la vida real, y Joseph K. en la novela, se revelan como las víctimas inocentes que sufren injustamente humillaciones y condenas, para quienes solamente la verguenza puede perdurar más allá de las situaciones dolorosas que experimentan.

Se podría pensar que “El Proceso” simboliza la vida misma de Kafka, y que en la novela se destacan algunas características sobresalientes de su personalidad, como la inseguridad, la culpa y la vergüenza. Es indudable que existe una base biográfica detrás del texto del escrito, pero es posible razonar también que de no haber experimentado los hechos penosos que vivió en carne propia, o no los hubiera tenido en cuenta al escribir su magistral novela, su genio creador los habría imaginado o recreado de nuevo para producir otra obra maestra de rasgos similares a los de “El Proceso”.

Algunos comentaristas relacionan las palabras finales de “El Proceso” con las ideas suicidas que algunas veces abrigó Kafka, y que analizó con suficiente claridad en una carta a Brod de noviembre de 1917: “La salida más próxima que se ha presentado”, decía, “quizás ya desde la infancia, no ha sido el suicidio, sino su opción. En mi caso, no ha sido una cobardía, que necesitara de una particular elaboración, lo que me ha alejado del suicidio, sino el planteamiento, que a su vez conduce también a una carencia de sentido: ¿Tú, que nada puedes, harás precisamente esto? ¿Cómo te atreves a pensar en ello? Si eres capaz de matarte, en cierto sentido ya no estás obligado a ello, etc. Posteriormente se sumaron otras consideraciones y dejé de pensar en el suicidio. Lo que me esperaba, si pensaba claramente, por encima de esperanzas confusas….., de aislados momentos de felicidad y de vanidad exagerada, era una vida miserable, una muerte miserable. Como si la vergüenza hubiera de sobrevivir……”.

En esa misma carta, Kafka manifiesta que podrían existir otras salidas menos dramáticas a su situación, como no dispersarse en asuntos carentes de sentido y “mantener la visión despejada”. Max Brod tuvo el buen sentido de informar detalladamente a Julie acerca de la peligrosa situación que en esos momentos afrontaba su hijo.

Cinco años antes, Julie le había hecho sentir culpable de alguna indisposición física del padre, atribuida según ella a su escasa colaboración en los negocios paternos. Kafka, recordando la actitud de su madre, se expresó en una carta a Brod en los siguientes términos: “Sentí que la amargura me recorría todo el cuerpo y vi con claridad que no tenía sino dos posibilidades: tirarme por la ventana después de que todos se hubieran ido a dormir, o ir diariamente a la fábrica y a la oficina durante los próximos catorce días”.

A finales del siglo XIX, y como herencia del modo de pensar de la clase burguesa, se consideraba que no había nada tan respetable como el trabajo, especialmente si coincidía con los intereses económicos de la familia. Thomas Mann señalaba en “La Montaña Mágica”, que el respeto al trabajo era de naturaleza religiosa; “era el principio ante el cual uno se afirmaba, o se distinguía insuficientemente; era el absoluto de la época”. Buenas razones podía tener entonces el padre de Kafka para sentirse físicamente enfermo, cuando su hijo se rebelaba contra la idea de colaborarle en su negocio, prefiriendo la literatura que para Hermann, al igual que para muchos padres de su clase social, no era una labor digna que pudiera compararse con la “noble actividad” del trabajo material remunerado.

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A nivel más profundo, Simon O. Lesser, desde el punto de vista del psicoanálisis, interpreta la novela como la historia de la desintegración de un Yo inicialmente débil, en el choque contra un Superyó enfurecido e implacable. “Este asalto, dice Lesser, es causado por ciertos impulsos instintivos inaceptables que reactivan el conflicto emocional, los deseos prohibidos y sobre todo, los temores y sentimientos de culpa asociados al conflicto edípico”. A los conflictos específicos a los que se enfrenta Joseph K., se agrega la lucha contra la autoridad, y en consecuencia, la culpa generalizada que se genera frente al Superyó de cuya jurisdicción nunca se puede esca-par si no es por la muerte o la demencia ya que forma parte de nuestra propia personalidad.

En “El Proceso”, se expresan simultáneamente sentimientos ambivalentes hacia las figuras individuales autoritarias y hacia la autoridad en abstracto. Así como los personajes de la novela, considerados como evocaciones del padre, la madre o el propio Joseph K., tienen suficiente validez objetiva, también la tienen las representaciones dramatizadas de los pensamientos y problemas de Joseph K. De allí que “El Proceso” sea considerado como un relato y no sólo como un monólogo interior.

Los críticos han considerado al “Tribunal” como el símbolo de la conveniencia social, como el Estado burocrático, e inclusive como Dios. Es, en realidad, cada uno de ellos y todos ellos a la vez. Es por eso que “El Proceso” se entiende como un relato del hombre en lucha contra una autoridad externa, opresiva y mal entendida. Pero sin duda alguna, el Tribunal es también una proyección del obsesionante Superyó. Las propiedades del Tribunal reflejan las funciones del Superyó; traducen además las reacciones defensivas de Joseph K. frente a éste, y frente a la figura paterna cuyas aspiraciones y decretos ha heredado el Tribunal, que no sólo es severo y punitivo, sino irracional, lascivo y corrompido. Kafka quiere señalar, que además de todo lo que pueda representar “El Proceso”, simboliza también una lucha interior.

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