El Mundo Psicológico de Kafka: Los Orígenes parte IV y V

Cap 1

IV

En la sociedad europea de comienzos del siglo XX se observaron fenómenos de índole social que indicaban que las estructuras sociales del Imperio no eran tan sólidas como se creía habitualmente. Una difícil situación a la que tuvo que enfrentarse el proletariado industrial de las ciudades, por ejemplo, fue la crisis de vivienda derivada del rápido crecimiento de la población. En Viena, un número considerable de personas estaban reducidas a vivir en cuevas excavadas en los malecones del ferrocarril, en barcas, en lugares ocultos bajo los puentes y en otros refugios de emergencia. Y en Budapest, en donde el fenómeno era más acentuado, mucha gente dormía bajo los árboles en los parques públicos.

Las condiciones laborales de los obreros eran en extremo difíciles. Hacia los años ochenta se trabajaba diez horas al día los siete días de la semana. Las prolongadas jornadas de labores sólo se aliviaban gracias al ausentismo tolerado de los lunes cuando frecuentemente se dormía la embriaguez de la noche del domingo. Para aliviar en parte la situación de los trabajadores, en 1883 se requirió de los empresarios que se diera libre a los niños el domingo, o que se les dejara al menos un día a la semana de descanso.

La dieta misma reflejaba las precarias condiciones de vida del proletariado urbano: el desayuno consistía en café y pan con mantequilla; el almuerzo en una sopa de legumbres, pan y café o cerveza; y la comida, en pan y en raras oportunidades salchicha. Solamente con ocasión de alguna fiesta se comía pescado o carne de res o de caballo.

La prostitución era un serio problema social para las gentes de la época. Las enfermedades venéreas a las que estaban expuestas las distintas capas de la sociedad eran de muy difícil y prolongado tratamiento. La prostitución, para Zweig, era “una oscura bóveda subterránea, sobre la que se levantaba la esplendorosa estructura de la sociedad de la clase media con toda su fachada radiante y sin tacha”. Desde un punto de vista un tanto diferente, Karl Kraus, escritor y periodista controvertido, que criticaba agudamente las costumbres de la época en su revista “La Antorcha”, afirmaba que las acciones legales contra la prostitución eran doblemente hipócritas, porque revelaban a un mismo tiempo la inmoralidad privada de los acusadores, y la inmoralidad pública de las leyes que la prohibían.

Otro delicado fenómeno social relacionado con las condiciones de vida imperantes, era el de la alta incidencia de suicidios en los diferentes estratos de la sociedad. En 1897, el filósofo Emile Durkheim decía: “En un momento dado, la constitución moral de la sociedad establecía el contingente de muertes voluntarias. Hay por consiguiente en cada persona, una fuerza colectiva con una cantidad definida de energía que impulsa al hombre a su propia destrucción. Los actos de la víctima, que en un primer vistazo parecen expresar solamente su temperamento personal, son realmente el complemento y la prolongación de una condición social que ellos expresan de manera externa”.

La extensa lista de los austríacos que murieron por sus propias manos es tan extensa como distinguida. Incluye a Ludwig Boltzmann, padre de la termodinámica; a Otto Mahler, hermano del compositor; a los tres hermanos mayores del filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein; y al Archiduque Rodolfo de Habsburgo y a la baronesa María Vetsera, la mujer que amaba, cuyo suicidio en Mayerling conmovió al mundo por sus tintes sentimentales y románticos. Kafka, por su parte, contempló en varias oportunidades la posibilidad de quitarse la vida, y Stefan Zweig, que analizó el problema con amplitud, terminó suicidándose con su esposa años más tarde en el Brasil. Estos son unos pocos de los personajes para quienes Viena, la Ciudad de los Ensueños, se había convertido en la ciudad de las pesadillas imposibles de soportar.

Con el advenimiento de la primera Guerra Mundial se destruyó el aislamiento de la realidad que el hogar burgués había pretendido mantener, dejando a sus protagonistas frente a los aspectos crueles de la realidad para los que no estaban preparados. A partir de entonces, la posición que los padres habían adquirido mediante sus negocios significó poco para los hijos. A los padres les parecía inmoral que los hijos rechazaran los valores de la sociedad en la que ellos habían luchado por ganarse un nombre. Frente a los ímpetus renovadores de la juventud, defendían empecinadamente el viejo orden en el que habían logrado establecerse. Por su parte, los jóvenes destruían, creyendo mejorarlos, los resultados positivos que habían logrado las generaciones precedentes. Para ellos, la única ocupación que merecía la pena no era la actividad de los negocios, sino la que pudiera alimentar mejor su necesidad espiritual y satisfacer su sensibilidad estética. Tras el ingenio, el buen humor, y la facilidad de vivir que se pretendía alcanzar, se ocultaba el rostro de la miseria de los desposeídos.

Ante la evidente duplicidad moral que existía en esa sociedad en decaden-cia, los escritores comenzaron a rechazar las fuerzas deshumanizadas que operaban en Viena y la hipocresía subyacente a la vida de la Ciudad de los Ensueños, que se extendía como un amplio manto por las principales ciudades del Imperio. Las generaciones, que a finales del siglo señalaban el cambio de los tiempos y de los hombres, comenzaron a huir de los negocios para refugiarse en los salones y cafés, frecuentados por artistas e intelectuales, en donde hallaron la vitalidad y espontaneidad de expresión personal que estaban ausentes por completo en el tipo de educación que habían recibido y que rechazaban de plano.

V

Praga, la tercera ciudad del Imperio, era en ese entonces una ciudad de in-creíble belleza, y una de las capitales imperiales que mantenía con más celo las antiguas tradiciones que se remontaban hasta la Edad Media. Edifica-da como Roma sobre siete colinas, la llamada “Ciudad de las cien torres” conservaba mucho de la imponencia de la arquitectura de sus edificaciones de estilo gótico, barroco o neoclásico, que la han hecho célebre a través de los tiempos. La ciudad, incluyendo los suburbios, contaba a finales del siglo XIX con 600.000 habitantes, de los cuales un 90% eran checos, un 5% austríacos y alemanes, y el 5% restante judíos.

Según cuenta la tradición, las primeras comunidades judías establecieron su sede en Bohemia después de la destrucción del templo de Jerusalén. En el siglo X ocupaban ya las inmediaciones del Castillo de Praga y Hradcany, construido cien años antes por el príncipe Borivoj en el vecindario Malá Strana de la rivera izquierda del río Moldau. A partir del siglo XIII y por seiscientos años, la judería fue desterrada de la sociedad y confinada en un ghetto, el barrio Josejov, que sólo llego a desaparecer en 1896. Los judíos checos sufrieron numerosas persecuciones, interrumpidas transitoriamente en 1782, a raíz de la promulgación del Edicto de Tolerancia de José II que anulaba las diferencias entre judíos y gentiles. A mediados del siglo XIX, numerosos judíos checos emigraron del campo a las ciudades como res-puesta a las nuevas disposiciones del gobierno que eran sin duda, más aceptables para esas minorías.

Siglo y medio más tarde, la comunidad judía de la ciudad fue aniquilada con extrema sevicia por los nazis en el curso de la segunda Guerra Mundial. Hitler dejó intacto el antiguo barrio judío para que funcionara como “museo de horrores de una raza extinta”. Y en uno de los muros de la sinagoga Pin-kas, a la que Kafka asistía ocasionalmente, se conservan los nombres de los casi ochenta mil judíos deportados o muertos durante la conflagración. En el mismo barrio, aún se encuentra la sinagoga Staranová, la más anti-gua de Europa, construida hacia 1270, y el antiguo Cementerio Judío en donde reposan los restos del Gran Rabino Löw, no lejos del Cementerio Olsany que guarda las tumbas de Kafka y de sus padres.

Aunque en Praga se hablaba checo, como en toda la provincia de Bohemia, la educación se hacía en alemán, idioma por lo tanto de uso corriente para las clases media y alta de la sociedad. El checo era la lengua vernácula de los judíos procedentes del medio rural; el yiddish era habitualmente des-preciado, “daba miedo” según decía Kafka, en tanto que el hebreo moderno aún no se había perfeccionado. El alemán, en cambio, era la lengua burocrática del Estado, la lengua comercial de intercambio, como el inglés en nuestros días, y el idioma cultural de las clases altas. En el caso de las le-tras, esto dio lugar a que los judíos checos tuvieran que desarrollar con el tiempo, como lo ha señalado Gilles Deleuze, una “literatura menor”; una literatura que no es propiamente la de un idioma menor, sino la que las mino-rías son capaces de crear dentro del marco de una lengua mayor. El alemán adquirido por los checos, y necesariamente influido por la lengua vernácula, tenía características un tanto diferentes del que se hablaba y escribía en Viena o en Berlín. Por ello, Kafka, que había aprendido el checo que hablaban sus padres, y que a partir de sus años escolares aprendió a expresarse correctamente en alemán hasta llegar a destacarse como uno de los mejo-res escritores de su tiempo, y como uno de los más excelsos virtuosos de su literatura en el siglo XX, decía : “En el idioma alemán no soy sino un in-vitado”.

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