El Mundo Psicológico de Kafka, La Juventud

Cap 2

I

Kafka nació en la Staré Mesto o Ciudad Vieja, barrio del que se conserva muy poco en la actualidad. Su casa natal, señalada con el número 27 de la Karpfengasse, en la parte moderna de la ciudad, estaba situada en los límites con el sector judío, que formaba por entonces una unidad arquitectónica sobre la rivera derecha del río. Julie Löwy había contribuido con el dinero de su dote al establecimiento del almacén “Textiles Hermann Kafka”, en el Altstäder Ring de la Ciudad Vieja, cuyo emblema, la corneja, tiene relación lingüística con el apellido Kafka. El aporte de Julie permitió que el negocio de Hermann prosperara, y que el nivel económico familiar fuera lo suficientemente alto como para poder asegurarle a los hijos una buena educación en los mejores Centros pedagógicos de Praga.

Kafka estudió bachillerato en el Liceo alemán, el más estricto de los siete Institutos de Educación secundaria de la ciudad; el Gimnasium como se le llamaba. De allí pasó a la Universidad a cursar la carrera de Derecho. Después de graduado trabajó como funcionario de la Compañía Italiana “Assicurazioni Generali”, gracias a los buenos oficios de su tío Alfred, y un año más tarde se empleó como abogado de la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo de Praga, en la que se pensionó por enfermedad dos años antes de su muerte en 1924.

De su niñez guardó recuerdos bastante nítidos. En una de sus cartas a Milena, casi al final de su vida, hablaba de sí mismo diciendo: “El caso es que yo no era demasiado malo, sino terco, incorregible, tristón y malhumorado….” El novelista tuvo poco contacto con sus padres durante su infancia, porque su formación se hizo, como era usual en las clases sociales en ascenso, bajo la tutela de niñeras e institutrices, una de las cuales, la señorita Werner, viviría con la familia durante varios años. Al referirse a la educación recibida en el seno familiar, Kafka decía: “He ahí, nacidos del egoísmo, los dos instrumentos educativos de los padres: la tiranía y la esclavitud en todos sus grados; aunque la tiranía pueda exteriorizarse con gran ternura (“¡Tienes que creerme, que soy tu madre!”), y la esclavitud con gran orgullo (“Tú eres mi hijo y voy a hacerte mi salvador”). Son dos métodos de educación terribles, dos métodos antipedagógicos, adecuados sólo para triturar al niño contra el suelo del que ha salido”.

Uno de sus compañeros del Gimnasium le recordaba así: “Si me piden que cuente algo característico de Kafka, diría que en él nada llamaba la atención. Siempre llevaba ropa limpia, cuidada, discreta y de buena calidad, pero nunca elegante…. Todos le teníamos gran afecto y lo estimábamos, pero jamás llegamos a intimar con él; parecía estar siempre rodeado por una mampara de cristal. Ante su sonrisa tranquila y amable, el mundo se le abría ampliamente, pero él se encerraba dentro de sí…. La imagen que me ha quedado grabada en la memoria es la de una persona esbelta, alta, juvenil, de aspecto reservado, buena y amable, que admitía con generosidad cualquier cosa de nosotros pero que, sin embargo, era siempre lejana y extraña”.

II

En su juventud vivió con su familia en casas espaciosas de las calles Zelner y Niklas y más tarde en la calle Oppelt, en donde habría de escribir en 1912 una de sus obras más célebres, “La Metamorfosis”. Habitó después en una vieja casa de la Alchimistengasse, o Callejón de Oro, en donde antaño residían los alquimistas de la ciudad y en la que escribió “El Médico Rural”, para instalarse finalmente en el edificio Minutá, no lejos del palacio Kinsky en donde se encontraba el local en el que Hermann administraba sus negocios. Allí nacieron sus dos hermanos mayores, Georg y Heinrich, que murieron de sarampión y otitis de muy corta edad, y sus tres hermanas, Gabrielle, Valerie y Ottilie, que habrían de perecer años más tarde en los hornos crematorios de Auschwitz.

Kafka vivió la mayor parte de su vida en un zona no mayor de ocho kilómetros cuadrados, que hoy en día se caminan fácilmente a pie, de la que solamente se apartó para hacer cortos viajes al norte de Italia, a Budapest, París, Viena y Berlín, o los sanatorios suizos en los que se hospitalizaba por temporadas para el tratamiento de su tuberculosis. “En ese estrecho ámbito”, dijo alguna vez, “está encerrada toda mi vida”.

Conservó siempre un recuerdo nostálgico de su ciudad natal y de las calles y plazas que transitaba para ir a la escuela primaria, al Gymnasium, y más tarde, a la Universidad o a su trabajo. En sus recorridos por el centro de la urbe, admiraba la espléndida arquitectura de las mansiones de los ricos patricios citadinos profusamente adornadas con nichos ojivales terminados en remates góticos, volutas y frescos, y se detenía por algunos momentos ante las vitrinas de las librerías en las que por muchas décadas ninguno de sus libros sería exhibido. Es posible que en sus diarias caminatas observara pensativo el antiguo templo de Nuestra Señora de Tyn, iglesia de los primeros reformadores, en donde reposan los restos de Tycho Brahe, el célebre astrónomo que rompió el mito de las esferas celestiales, y los del obispo Agustín de la Mirándola, famoso por su inesperada rebelión contra las autoridades de la Iglesia. Tal vez deambulara por las laderas del cerro Petrin y observara desde allí la Torre del Reloj o Torre del Ayuntamiento. Y es posible que se detuviera también en la plaza Jungmannovo, en donde se levantaría más tarde la estatua de Jan Hus, el célebre pensador religioso que desde el púlpito de la Capilla de Belén predicó, varios siglos atrás, el retorno a un cristianismo depurado.

Casi nunca cruzaba el puente de Carlos IV, o el Kettensteg, para pasar a la rivera izquierda del río; lo hacía solamente en la época de verano, cuando disfrutaba del placer de remar durante largas horas en el lago del Malá Strana. En las noches, seguramente se mezclaba con las gentes despreocupadas o curiosas que se amontonaban sobre los puentes bajo el cielo estrellado, desde donde se podían observar los mendigos acurrucados en los márgenes del río, sus viejos gabanes cubiertos de polvo y hollín, maravillados a la vista del crepúsculo y esperando que algún gendarme les obligara a levantarse y a dejar del lugar.

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