El Mundo Psicológico de Kafka: Los Orígenes, Parte I

Cap 1

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

I

Franz Kafka nació el 3 de julio de 1883 en Praga, capital de Bohemia, reino que en ese entonces formaba parte del Imperio austro-húngaro regentado por la milenaria monarquía de los Habsburgo. Su padre, Hermann Kafka, procedía del proletariado rural checo-judío, y había logrado ascender en la escala social hasta alcanzar una buena posición en la burguesía de la capital como comerciante mayorista en telas y artículos de fantasía que distribuía con trabajo en los pueblos y ciudades vecinas. El abuelo de Kafka había sido carnicero en Wossek, pequeña población del sur de Bohemia de sólo trescientos habitantes. Para adaptarse mejor al ambiente de su tierra natal, tradujo el apellido original del vocablo alemán Dohle al checo Kavka, que significa corneja, y que finalmente se transformó en Kafka. En Wossek, Hermann Kafka recorría con sus seis hermanos las calles de la aldea, descalzo y mal vestido, impulsando con sus manos heladas las carretillas del negocio paterno en los días inclementes de invierno. Con los años, les contaría repetidamente a sus hijos estos hechos, y se llenaría de orgullo al mostrarles lo mucho que había tenido que trabajar en su niñez y juventud para alcanzar la posición que había logrado.

Hermann era un hombre vigoroso y de elevada estatura, rubicundo y de anchas espaldas, como lo describe el escritor en la “Carta al padre” y como dibuja al misterioso Klamm en “El Castillo”. De carácter enérgico y fuerte, pragmático, intolerante frente a sus familiares y despótico en el trato con sus subordinados, dirigía todos sus actos a mejorar cada vez más su posición económica y social en la comunidad judía de Praga. Para lograr ese objetivo, centraba su interés en las actividades de su oficio y en los beneficios pecuniarios que obtenía del comercio. Ambicionó sin éxito que Franz siguiera sus huellas y que algún día se encargara de defender e incrementar el patrimonio familiar. En ocasiones cumplía con el deber de asistir a los servicios de culto de la Sinagoga, no tanto por ser celoso practicante de su religión sino porque consideraba que esa era la mejor forma de afianzar su posición en la comunidad.

Hermann dedicaba los escasos momentos de solaz que le dejaban sus acti-vidades comerciales a jugar a los naipes con su esposa, momentos en los que no permitía interrupciones o distracciones de ninguna especie. Kafka rememoraría en 1921 esas veladas, por las que nunca sintió el menor interés, con las siguientes palabras: “Durante una de las reuniones siguientes decidí participar en el juego, pero no se produjo la menor aproximación con mis padres, y aunque hubo un indicio de la misma, éste quedó enterrado bajo el cansancio, el aburrimiento, la tristeza por el tiempo perdido. Así habría ocurrido siempre. He podido cruzar rarísimas veces esa zona fronteriza entre la soledad y la compañía, e incluso puedo decir que me he afincado en ella más que en la misma soledad. ¡Qué país tan bello y hermoso debió de ser, en comparación con éste, la isla de Robinson Crusoe!”

Con frecuencia, Hermann permanecía silencioso sentado en su silla e inclinado hacia adelante, en curiosa actitud que impedía saber si dormía o si estaba despierto. Los recuerdos de esos instantes, que a menudo vivió como misteriosos, amenazantes y extraños, no se borraron nunca de la mente de Kafka y a ellos se refirió tristemente en la “Carta al padre”. Las reminiscencias que a menudo fabricaba su memoria, le sirvieron también para describir situaciones análogas experimentadas por K., el agrimensor de “El Castillo”.

La madre de Kafka, Julie Löwy, pertenecía a un estrato social y cultural más alto que el de Hermann. Su padre, que era miembro de una familia cultivada de la burguesía judío-alemana de Praga, se había dedicado con éxito al comercio y había sido también un próspero fabricante de cerveza. El abuelo y varios de los antepasados maternos consagraron buena parte de sus vidas al estudio del Talmud y las tradiciones hebreas. La abuela murió prematuramente de tifus y a partir de su muerte, dice Kafka en sus “Diarios”, “la madre de mi madre se tornó melancólica; se negaba a comer y no hablaba con nadie. Una sola vez, al año de la muerte de su hija, salió a pasear y jamás regresó…., extrajeron su cadáver del Elba”. Muchos de los familiares cercanos de Kafka, entre ellos su bisabuelo y varios de sus tíos, fa-llecieron prematuramente, hechos que le llevaron a la firme convicción de que él también habría de morir en plena juventud.

Julie era una mujer de temperamento sensible, suave en su trato, sumisa y abnegada, temerosa e insegura; protegía a los niños a espaldas de su arrogante marido y era incapaz de contradecir a Hermann o modificar en lo más mínimo la educación que éste quería darle a los hijos. Sobrevivió en diez años a Franz y proporcionó a Max Brod la mayor parte de los datos que le sirvieron para escribir su biografía. De Julie y de sus antepasados maternos heredó Kafka algunos de los rasgos sobresalientes de su personalidad, como la obstinación, la sensibilidad, el temor y la inseguridad, el sentimiento religioso que los críticos han encontrado relevante en algunas de sus más importantes novelas, y una indudable pasión por la justicia. No he-redó de su padre el temperamento fuerte y violento que a éste le fuera tan característico.

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