El Mundo Psicológico de Kafka: Hipocondría y Tuberculosis, Parte III

Cap 14

III

Kafka pasó largas temporadas en los sanatorios antituberculosos de Austria y Suiza en donde se hospitalizaba con frecuencia para el tratamiento de su enfermedad. La etiología de la tuberculosis, o “Peste Blanca” como se la llamaba, había permanecido en el misterio durante siglos, hasta cuando Louis Pasteur descubrió las causas bacterianas de las enfermedades y Robert Koch, en 1882, encontró el bacilo que lleva su nombre al que identificó como agente etiológico de la enfermedad. A partir de ese entonces comenzó una nueva era para la medicina, que habría de culminar brillantemente a mediados del siglo XX con el descubrimiento y desarrollo de los antibióticos capaces de controlar las enfermedades producidas por las bacterias. Pero fue sólo después del descubrimiento de la estreptomicina por Waksmann en 1950 y de su aplicación médica en las décadas siguientes, cuando se hizo posible tratar eficazmente y curar con relativa rapidez a los enfermos de la temida “Peste Blanca”.

El tratamiento de la tuberculosis para las clases económicamente solventes de Europa, se hacía casi con exclusividad en los sanatorios de la Selva Negra del sur de Alemania y en las instituciones similares de los Alpes de Suiza y Austria. Antes de la era de los antibióticos, se creía que los enfermos mejoraban o curaban del todo con tratamientos prolongados a base de reposo, ejercicio moderado, sol, aire puro y buena alimentación. Con ese fin se construyeron, a mediados del siglo XIX, multitud de complejos sanatoriales, de altos techos y amplios ventanales, en los que no sólo se hospitalizaban los enfermos sino también sus familiares, o los amigos que quisieran acompañarles. A ellos concurrían gentes de toda Europa y del resto del mundo.

El ambiente reinante en esas Instituciones, tan admirablemente descrito por Thomas Mann, fue parte integral de la existencia de Kafka en sus últimos años. Su vida sanatorial era metódica: abundantes comidas, que en ocasiones afectaban su digestión, seguidas por prolongadas sesiones de reposo de varias horas, reclinado en su “chaisselongue”, envuelto en mantas, y sin otras actividades distintas a las de dejar que su pensamiento flotara en las alas libres de su fantasía, y a registrar con precisión las fluctua-ciones variables de su temperatura. Hacía con frecuencia cortas caminatas por los prados y bosques aledaños y disfrutaba de largos períodos de des-canso nocturno en los que el sueño, sin embargo, le era esquivo. El ejercicio físico le dejaba con frecuencia extenuado. En carta a Milena, decía: “Hice una pequeña excursión y quedé durante tres días casi inválido de cansancio, imposibilitado de hacer la más mínima cosa, ni siquiera escribir….”

El termómetro y la chaisselongue eran los elementos característicos de las instituciones antituberculosas, en las que, además, el tiempo tenía duracio-nes extremadamente variables. En ocasiones, transcurría con velocidades casi inimaginables, cuando la actividad febril de la enfermedad aceleraba los procesos somáticos y psicológicos, y en otras dejaba, por el contrario, el sabor de lo inmóvil, de lo eterno. El cansancio físico y el espiritual simbolizaban la conciencia de la persistente monotonía con que pasaba el tiempo. Si Kafka hubiese leído “La Montaña Mágica”, le hubiera llamado la atención aquel pasaje en el que Thomas Mann dice: “Los años ricos en acontecimientos pasan mucho más lentamente que los años pobres, vacíos y ligeros, que el viento barre y que se van volando…. Los grandes espacios de tiempo, cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al corazón. Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta la vida más larga sería experimentada como muy breve y habría pasado en un momento….. La inserción de los cambios de costumbres, o de nuevas costumbres, es el único medio con que contamos para obtener un nuevo rejuvenecimiento, una fortificación, una lentitud de nuestra experiencia del tiempo, y por ende, la renovación de nuestro sentimiento de la vida en general”.

Para Kafka, los días transcurrían “con cansancio, sin hacer nada, mirando las nubes”. En alguna ocasión señalaba en su más puro estilo kafkiano: “A veces imagino a un griego anónimo que llega a Troya sin haber querido llegar allí. No conoce aquello; se halla en medio de la multitud; ni siquiera los dioses saben de qué se trata, pero él ya está atado a un carro troyano de lucha y es arrastrado por la ciudad; todavía falta mucho para que Homero comience a cantar, pero él se halla allí con los ojos vidriosos. Si no está cubierto por el polvo de Troya, está entre los cojines de la silla de reposo”.

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