El Mundo Psicológico de Kafka: América, Parte V

Cap 10

V

Es indudable que Kafka, desde muy temprano y cuando el psicoanálisis aún no tenía la aceptación de nuestros días, adquirió algún conocimiento de las teorías freudianas en los círculos intelectuales de Praga, en donde ya para entonces los descubrimientos de Freud comenzaban a divulgarse, e indudablemente empleó muchas veces palabras y conceptos tomados del psicoanálisis. En una carta a Felice de noviembre de 1912, por ejemplo, hablaba de sus padres empleando la terminología psicoanalítica: “Siempre he sentido a los padres como perseguidores. Hasta hace un año he sido hacia ellos, como quizás hacia el mundo entero, indiferente como una cosa inanimada, pero ahora veo que aquello no era sino miedo, angustia y tristeza reprimida….”

Desde ese punto de vista, es interesante mencionar la carta que escribió a Felice a propósito de un suceso ocurrido en la habitación de Félix, un sobrino suyo de corta edad: “Ayer por la tarde, estábamos reunidos en casa después de que llegaran mis padres, y todos estaban jugando con el niño. Mi padre el primero, y de un modo desenfrenado como se dice, se dejaba perder y hundir sin freno alguno hasta lo más bajo de la sexualidad. Sentí repulsión, como si estuviera condenado a vivir en un establo, y ello pese a que por un lado, tenía perfecta conciencia de mi excesiva susceptibilidad a este respecto, y, por el otro, tenía conciencia también del aspecto moral, memorable, e incluso, visto desde lejos, bello, que ofrecía así mismo la escena en su conjunto….. Mi pobre madre estaba sentada allí….., abotargada y encorvada, y allí estaba mi padre con la cara roja y congestionada….”

Esta carta a Felice, a través de la fantasía casi onírica del escritor, traduce su traumática y no resuelta situación edípica frente a sus padres, su identificación con el niño, sus recónditas inclinaciones homosexuales hacia al padre y la inmensa angustia que le despiertan; y al lado, la visión de su madre, “abotargada y encorvada”, es decir, presentada como un objeto sexual no apetecible por el peligro que conlleva; y, más profundamente, la contemplación de la escena primaria que en su fantasía de niño le llenó de angustia, de temor y de culpa.

La posición de Kafka frente el psicoanálisis fue, por así decirlo, ambivalente. En varias ocasiones expresó pensamientos contrarios a las hipótesis psicoanalíticas, tal como lo advierten muchos de sus comentaristas. En una de sus cartas a Milena de 1922, se refirió al proceso tuberculoso que le agobiaba y a los “semisueños, tan vecinos a la muerte como el sueño”, en los siguientes términos: “Dices, Milena, que no lo entiendes. Trata de en-tenderlo llamándolo una enfermedad. Es una de las numerosas manifesta-ciones patológicas que el psicoanálisis cree haber descubierto. Yo no lo llamo enfermedad, y pienso que la parte terapéutica del psicoanálisis es un tremendo error. Todas esas enfermedades, por tristes que parezcan, son manifestaciones de fe, esfuerzos de las personas desdichadas por aferrarse a alguna base material. Es así como el psicoanálisis considera, por ejemplo, que el origen de las religiones es exactamente lo que, según ellos, constituye el origen de las “enfermedades” del individuo. Hoy en día, la mayoría de nosotros carece de un espíritu religioso común, las sectas son innumera-bles y se reducen a personas aisladas, pero quizás esto no ocurra solamen-te para la mirada dominada solamente por el presente…. Las tentativas de buscar un punto de apoyo, que logran una base realmente sólida, no constituyen posesión aislada e intercambiable de las personas sino algo prefabricado en su naturaleza, algo que siguen creando, la naturaleza y también el cuerpo siempre en la misma dirección. ¿Y esperan curar eso?”.

***

Kafka dejó muestras palpables de sus intentos por autoanalizarse y de sus esfuerzos por formarse su propia cosmovisión. Los siguientes ejemplos demuestran este aserto con claridad. El primero, es una larga entrada de sus “Diarios” de enero de 1922, y el segundo, un párrafo de una carta a Milena de ese mismo año.

En la nota de sus “Diarios”, Kafka se compara con uno de sus tíos a quien sin embargo no tuvo ocasión de tratar en profundidad. Dice así: “El parecido con el tío es desconcertante: Ambos silenciosos, yo menos. Ambos dependientes de los padres, yo más. Enemistados con el padre, amados por la madre; él condenado aún a la terrible convivencia con el padre, aunque también el padre está condenado a ella. Ambos tímidos, excesivamente modestos, él más. Ambos considerados como personas nobles y buenas, cualidades que en mí no existen en absoluto y que por lo que sé, tampoco en él. La timidez, la modestia, el temor, se consideran equivalentes a la nobleza y a la bondad, porque oponen poca resistencia a los instintos en expansión. Ambos hipocondríacos al principio y después realmente enfermos. Ambos bastante bien mantenidos por el mundo sin hacer nada; él, por ser menos holgazán que yo, peor mantenido. Ambos funcionarios, él mejor. Ambos entregados a la vida más monótona. Jóvenes sin evolución hasta el final, más que jóvenes, se podría decir, bien conservados. Ambos al borde de la locura….. Una diferencia a su favor, o en su detrimento, era que él tenía menos aptitudes artísticas que yo; de ahí que en su juventud hubiese podido elegir un camino mejor; no estaba escindido ni siquiera por la ambición…. Era tan infinitamente inocente que no hay posibilidad de comparación en ese aspecto. En los detalles era una caricatura mía, pero en lo esencial, soy yo su caricatura”.

En su carta a Milena, decía: “De niño, después de hacer algo malo, no malo o demasiado malo en el sentido general, sino algo muy malo en mi sentido privado, me asombraba mucho de que todo prosiguiera como antes; que los adultos, aunque un poco más lúgubres, siguieran dando vueltas al rededor de mí y que sus bocas, cuyo reposo y natural clausura siempre me maravillaba desde mi primerísima infancia, también siguieran cerradas. De todo esto deducía, después de observarlo durante un rato, que evidentemente yo no podía haber hecho nada malo, en ningún sentido, que mi temor había sido un error infantil, y por lo tanto podía volver a empezar donde me había interrumpido el primer espanto. Más adelante, esa noción del mundo circundante se modificó poco a poco. Al principio empecé a creer que los demás tenían perfecta conciencia de todo; es más, que también expresaban con toda claridad su opinión, y que yo no poseía todavía la agudeza de visión necesaria para advertirla, cosa que llegué a poseer rápidamente. Por otra parte, la imperturbabilidad de los demás, aun suponiendo su existencia, y aunque constantemente sorprendente, no era sin embargo una prueba de mi inocencia”

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