Capítulo VIII: Eticidad de la Proconcepción

intoxicacion en mujer embarazada

FERNANDO SANCHEZ TORRES

La esterilidad, es decir, la incapacidad para procrear, puede residir en el hombre o en la mujer. Durante muchos siglos se creyó que la hembra era la única culpable de la esterilidad conyugal. De ahí que fuera despreciada y repudiada por su esposo, y aun por toda la sociedad. Según San Lucas, isabel, esposa de Zacarías, era estéril; por eso era mirada con ojos de oprobio1. En la antigua Mesopotamia al varón le era permitido adquirir una segunda mujer cuando la primera era estéril. En la Grecia clásica, al decir de Pausanias, la esterilidad era producto de la cólera de los dioses2. Fue necesario que se hiciera luz en torno de la reproducción para que se aceptara que el hombre también podía estar comprometido, aunque en épocas primitivas ya existían tribus que intuían ese compromiso. Entre nosotros, antes de la llegada de Colón, habitaba en la región de San Juan de los Llanos una tribu, los saes, que mantenía la costumbre de que si dentro del primer año de matrimonio la mujer no quedaba embarazada, podía separarse y buscar 6tro marido; y si tampoco lo lograba, buscaba otro “hasta que tope quien la empreñe”, como escribe el cronista Fray Pedro de Aguado3. En 1750, von Gleichen Rusworm (1717-1783), con gran criterio científico, demostró que la ausencia de espermatozoides era un factor de esterilidad matrimonial. Aún más, estableció una relación directa entre anomalías del semen y 105 defectos congénitos.

Pese a que comúnmente se emplean como sinónimos los términos “esterilidad” e “infertilidad”, vale la pena aclarar que en la jerga médica especializada no son iguales. La esterilidad, masculina y femenina, significa la imposibilidad definitiva de concebir por causa de una anomalía en la estructura o en la función de los órganos genitales, en tanto que la infertilidad no implica necesariamente la existencia de anomalías o procesos irreversibles (esterilidad relativa). Hoy día, lo sabemos bien, los aportes científicos y tecnológicos en este campo le hicieron perder a la palabra esterilidad su significado radical y desconsolador. Estas admirables y beneficiosas aportaciones vinieron asimismo acompañadas de conflictos de carácter ético, de los cuales me ocuparé en el presente capítulo.

Definición y objetivos

Utilizo el término “proconcepción”, o reproducción asistida, para referirme a aquellos procedimientos encaminados a favorecer la fertilización del óvulo por el espermatozoide y su consecuente desarrollo dentro del claustro materno. Digo que “dentro del claustro materno”, pues la proconcepción y desarrollo filera de él, es decir, la ectogénesis integral, no es una idea imposible de realizar, pero sí descalificada científica y moralmente por su absoluta futilidad.

Lo que buscan quienes se dedican a la proconcepción como disciplina médica, científica, es dar satisfacción a aquellas parejas que por una u otra razón, anatómica o funcional, no han podido lograr su deseo de reproducirse. Sin duda, es una actividad licita moralmente por cuanto lo que persigue es el bien, la felicidad de otros. Aquí encuentra la ciencia médica la oportunidad de demostrar su papel de defensora de la pareja conyugal y de la sociedad, como que lo buscado va a favorecerlas a ambas: a aquélla, propiciando su descendencia; a ésta, dándole validez y sentido a la familia, que es su núcleo social primario.

En sus inicios, la Medicina fue en esencia naturalista, por cuanto la enfermedad era un designio de la Naturaleza y sólo podía combatirse con la ayuda de los dioses, es decir, con la intermediación de fuerzas superiores a las de los hombres. Todo intento de enderezar lo que la Naturaleza había desviado era una intromisión abusiva, una sustitución sacrílega, pues sólo las deidades eran las llamadas a subsanar lo malo. Cuando la corrección no ocurría era porque ellas así lo querían y los hombres, por lo tanto, debían aceptar esos mandatos superiores.

Los tiempos fueron cambiando y la Medicina también. El curador pasó a ser un intermediario entre la divinidad y el enfermo, con dispensa para contrariar los desvíos de la Naturaleza. Más luego, el cultor de la Medicina, ya conocedor experto de la Naturaleza, se liberó de la dependencia divina y asumió, solo, el papel de colaborador de aquella, a veces con la pretensión de ser su sustituto. En esta tónica -colaborador y sustituto- se encuentra hoy el hombre de ciencia transitando los terrenos de la reproducción humana. La posibilidad de que llegue a ser amo y señor de ellos ha llevado a los guardianes de la moralidad a tocar a somatén, a despertar las conciencias en defensa de valores y principios fundamentales para la preservación de la dignidad del hombre y de la especie.

Dentro de ese marco es donde hay que analizar el tema de la proconcepción; con ánimo objetivo, claro está, pero sin prevención. Espero poder hacerlo asi.

Técnicas o procedimientos. Su moralidad.

No quiero detenerme mucho en los aspectos técnicos; en mi libro Ciencia y reproducción humana4 lo hice de manera un tanto extensa, con especial referencia a los asuntos históricos. Me ocuparé ahora de aquellos procedimientos que suscitan más controversia moral, como son la fertilización in vitro (concepción o siembra en almáciga), la transferencia de embriones y los usos que se les vienen dando. También tendré que ocuparme de las variantes técnicas y de las posibilidades que ha abierto la manipulación de embriones humanos.

Fertilización in vitro y transferencia de embriones (FivTE)

Con antecedentes experimentales muy antiguos, la fertilización de un óvulo humano por un espermatozoide llevada a cabo en el laboratorio, ocurrió en la década de los 70. Los británicos Robert G. Edwards (fisiólogo) y Patrick Steptoe (ginecólogo), una vez familiarizados con el comportamiento del embrión humano en sus inicios más tempranos, se decidieron a implantarlo en el útero de mujeres infértiles por causa de la obstrucción o la ausencia de las trompas de Falopio. Luego de muchos intentos y fracasos lograron el éxito buscado con el nacimiento de Louise Brown en 1 978. El embrión fue producto de la unión del óvulo aportado por Lesley Brown con el espermatozoide de su esposo Gilbert John Brown. Semejante acontecimiento conmocionó al mundo, por lo insólito y por abrir inciertas perspectivas en el campo de la reproducción humana. El atrevimiento de, Edwards y Steptoe fue, como era natural, cuestionado éticamente. No hay duda de que este fue uno de los hechos biológicos que sirvieron para consolidar la Bioética como disciplina defensora de los valores morales de la especie humana frente a los eventuales desvíos de la ciencia. Tenía que ser así, pues ese aporte se tiene como el más audaz en toda la historia de la reproducción humana. La prensa internacional lo llamó el caso del “bebé probeta”, o “bebé del siglo”, y el investigador francés Jacques Testart el “bebé espectáculo”6. En su momento, John D. Biggers, del Departamento de Fisiología y del Laboratorio de Reproducción Humana de la Escuela de Medicina de Harvard, escribió: “El éxito de Steptoe y Edwards ha atraído la publicidad mundial, alimentando excesivamente la esperanza de muchas parejas estériles. La técnica es todavía imperfecta; aun aceptando que su bondad se incremente con futuras investigaciones, el procedimiento tendrá que repetirse algunas veces antes de que logre ser efectivo en el 50 por ciento de las pacientes. De ese modo sólo deberá ser usado como último recurso, después de que todos los demás hayan fracasado, sin, embargo, puede ser utilizado en casos en los que las parejas deseen tener su propio hijo y no adoptarlo, o en países donde hay pocos niños disponibles para adopción. Todo hace creer que el peligro de mayores defectos congénitos es alto. El riesgo parece considerablemente más bajo que el encontrado cuando la pareja con defectos recesivos decide tener un hijo, aun sabiendo que un niño anormal puede nacer.

He transcurrido este concepto de Biggers por cuanto a poco de divulgada la hazaña del mal llamado “bebé probeta” se plantearon muchos interrogantes técnicos y éticos: ¿Es de verdad el bondadoso el procedimiento? ¿Es absolutamente inocuopara la madre y el hijo? ¿No esta el hombre de ciencia contrariando los designios de la Naturaleza? El paso del tiempo, y con él una mayor experiencia, puso de presente que los riesgos que corre la madre a la que se le siembra un embrión producto de la fertilización in vitro y el eventual daño de éste, no son mayores que los observados en el proceso natural, espontáneo. Sin duda, el “bebé probeta” fue un triunfo del hombre sobre la Naturaleza, pues fue necesario enderezar o subsanar lo que ella había alterado. El hombre, con la inteligencia que Natura le dio, es -debe ser- un auxiliar suyo, su mejor colaborador. Por eso la hazaña de Edwards y Steptoe, en mi concepto, no tiene nada de inmoral. Al contrario, es un homenaje a la Naturaleza, un canto a la vida. No obstante, la iglesia católica cuestiona el hecho de que se hubiera utilizado “una vía diversa de la unión sexual del varón con la mujer” para lograr la concepción8. Por eso la rechaza:

Ciertamente -añade – la FWET (fertilization ji’ vitro and embryo transfer) homóloga no posee toda la negatividad ética de la procreación extraconyugal; la familia y el matrimonio siguen constituyendo el ámbito del nacimiento y de la educación de los hijos. Sin embargo, en conformidad con la doctrina tradicional sobre los bienes del matrimonio y sobre la dignidad de la persona, la iglesia es contraria desde el punto de vista moral a la fecundación homóloga in « vitro»; ésta es en sí misma ilícita y contraria a la dignidad de la procreación y de la unión conyugal, aun cuando se pusieran todos los medios para evitar la muerte del embrión humano” (Subrayado presente en el texto original)9.

Lograda la posibilidad de satisfacer por métodos poco ortodoxos el anhelo de reproducción de la pareja estéril, el afán inquisitivo condujo a los científicos a pisar terrenos aún más movedizos éticamente. La FivTE amplió sus indicaciones, pues además de la patología tubárica también comenzó a utilizarse en casos de esterilidad de causa no precisada (idiopática), y en situaciones de esterilidad masculina comprobada. vimos ya que los primeros “bebés probeta” fueron producto de la unión de ~metos isoconyugales, entendiendo como tales los aportados por la pareja, es decir, que el niño así nacido poseía la carga genética de sus padres legítimos. Por lo tanto, se considera como un hijo legítimo. Dado que en algunas ocasiones la infertilidad es debida a falla irreductible, funcional o anatómica, de ovarios o de los testículos, el deseo de un hijo en estos casos se es posible con el auxilio de un tercero, es decir, de un donante hombre o mujer según la circunstancia. Será un embarazo producto de un gameto héteroconyugal, que equivale a gameto adoptado. Así ha venido haciéndose cuando la pareja acepta esa injerencia, rechazada francamente por la moral católica. Dice la iglesia: “La fecundación artificial heteróloga es contraria a la unidad del matrimonio, a la dignidad de esposos, a la vocación propia de los padres y al derecho de los hijos a ser concebidos y traídos al mundo en el matrimonio y por el matrimonio”(Se conserva el subrayado del texto original)10. Y más adelante: “El recurso a los gametos de una tercera persona, para disponer del esperma o del óvulo, constituye una violación del compromiso recíproco de los esposos una falta grave contra aquella propiedad esencial del matrimonio que es la unidad”11.

Sabemos bien que antes de practicar cualquier procedimiento médico, el paciente debe ser informado acerca de él, de manera amplia y veraz, con el fin de obtener su consentimiento. Este requisito de carácter ético y legal adquiere especial vigencia los procedimientos de reproducción asistida. Con la pareja deben comentarse y discutirse asuntos tales como los riesgos de la inducción hormonal para producir pluriovulacon los de la laparoscopia para captar los óvulos, el número de óvulos que irán a extraerse, el destino de los óvulos residuales; posibilidades de éxito, los costos económicos, etc. La utiliza de gametos extraconyugales obliga, con mayor razón; consentimiento informado de la pareja. Sin él no puede pensar en adelantar el procedimiento, pese a que el fin buscado es bueno; el médico que lo practica sin cumplir ese requisito queda expuesto a sanción legal y moral. Ante la imposibilidad bionatural de que el hijo pueda ser concebido por el matrimonio una posibilidad de que pueda ser traído al mundo en el matrimonio es utilizando un gameto extraño a éste, es decir, participación de un tercero, que equivale a un proceso seudonatural. Si se trata de una pareja de inteligencia madura, estable emocionalmente, que considera que la llegada de un hijo va a proporcionarles felicidad no obstante ser parcial su autoría genética, el médico puede sugerir el procedimiento. De seguro no va a aflorar en el matrimonio un sentimiento de culpa, ni a ponerse en duda la unidad y respeto conyugal. Nacido “dentro del matrimonio”, el hijo tendrá todos sus derechos. Por supuesto que el anonimato del donante debe estar asegurado para evitar demandas futuras por paternidad, como también para proteger al vástago y a sus padres sociales. La eventualidad de que el niño llegue a conocer su identidad genética podría derivar en conflictos, menores, sin duda, de los que se presentan cuando se trata de hijos adoptivos, que carecen de vínculo genético. No todo el afecto que se siente hacia los padres, ni el de éstos hacia los hijos, es fruto de la afinidad genética. El amor y la consideración recibidos y prodigados son los ingredientes que despiertan de verdad el afecto. Por eso los hijos adoptados, cuando se los suministran, aman entrañablemente a sus padres adoptivos.

En la circunstancia de la pareja estable, bien avenida, que acepta conscientemente la intervención de un tercero no conocido para satisfacer el vehemente deseo de poseer un hijo, no puede interpretarse como una infidelidad matrimonial pues ésta, en realidad, no se configura, ya que se conserva la exclusividad sexual mutua. Es cierto que con la participación de un tercero se desvirtúa la línea genética, raíz o linaje que ha sido tenida como un elemento de alto valor psicológico, legal y médico12. Sin embargo, la pérdida parcial de ese linaje no debe mirarse como inmoral en todos los casos. En el que arriba he descrito como ejemplo, tiene atenuantes morales válidos, que al ser reforzados con las precauciones que puedan obviar eventuales conflictos de carácter jurídico, el hijo no sufrirá daño moral alguno.

Como en el proceso de la reproducción asistida no sólo interviene el querer de la pareja -su autonomía-, sujeto a sus propios principios y valores morales, sino también la determinación ética del médico, ¿puede considerarse aceptable moralmente su intervención en los casos de fertilización in vitro y transferencia de embrión, tanto con gametos isoconyugales como héteroconyugales? Su actuar ético es producto de muchos factores, según lo señalé en el capítulo 1 de este libro. En tratándose de la reproducción asistida, su decisión puede verse influida por situaciones derivadas de la técnica misma, de cada uno de los cónyuges, de la familia, la sociedad, la ley y ‘a religión13 14. El análisis de todas ellas le permitirá deducir qué es lo más conveniente para la pareja que a él ha acudido en demanda de ayuda, como también para alguien que ninguno de los tres conoce aún pero que no debe ser ignorado. Si su colaboración va a contribuir a que ocurra “lo más conveniente”, actuará en conciencia y, por lo tanto, su comportamiento será ético. Al tiempo que se preserva el principio ético de “no hacer daño” se exalta el de “beneficencia”, como que al lograr un hijo deseado se está favoreciendo la felicidad del matrimonio, dándole su verdadero sentido social y afectivo, que de otra manera se habría visto sustituido por la adopción de un hijo sin ningún nexo genético, o, lo peor, criando un perro o un gato.

En caso de no estar casada la pareja, ¿debe negarse el médico a prestar sus servicios? Aun cuando el ideal moral es que toda pareja con deseo de descendencia esté casada, no tendría buen recibo que el médico rehusara la asistencia profesional por ausencia del vínculo matrimonial. El médico, en cumplimiento de su compromiso moral de hacer el bien, no puede excusar en principio. Piénsese que la legalidad del matrimonio no es una prenda de garantía que asegure la estabilidad conyugal. Claro está que por no tratarse de casos de urgencia, de vida o muerte, puede no acceder, silo solicitado es contrario a sus propias normas morales. Probablemente haya especialistas en reproducción asistida que rechacen parejas que no están unidas en matrimonio. Otros, por el contrario, las aceptarán al, considerar que ese es un asunto de competencia privada, sobre el cual no debe intervenir el médico. De todas formas, cada caso amerita una reflexión ética particular. Si la pareja justifica su solicitud con la tesis de que desea un hijo para darle sentido a la vida conyugal, para hacer realidad el ideal de familia, el médico debe investigar si se trata en verdad de una pareja estable, compuesta por personas conscientes y responsables. A lo estrictamente técnico, el médico debe sumarle ingredientes sociales y, por supuesto15 éticos. Si no lo nace actúa como un simple comercian-te, carente de conciencia humanística. Para que su juicio médico-ético sea lo más correcto posible, podrá ser recomendable el concurso de otros profesionales; por ejemplo, un psicólogo o una trabajadora social.

Atrás registré el pensamiento de la iglesia católica, que puede incidir en la determinación de la pareja y del médico, si profesan ese credo. En cuanto a la ley civil colombiana, aún no existe legislación específica al respecto, pese a que no han faltado intentos para conseguirla. Por ejemplo, en 1985 el Ministerio de Salud dictó la Resolución 1949 por la cual se creó una comisión encargada de elaborar un proyecto reglamentario, disposición que careció de resultados prácticos. Sólo se han promulgado normas sobre el funcionamiento de los bancos de gametos, embriones y unidades de fertilización en el Distrito Capital (Resolución 1628 del 27 de abril de 1994, emanada del Servicio de Salud de Santafé de Bogotá). Sin embargo, la Ley 23 de 1981 (normas sobre Etica Médica) recoge algunas disposiciones que, sin ser especificas, deberán ser tenidas en cuenta. Helas aquí:

“Artículo 30- El médico dispensará los beneficios de la medicina a toda persona que los necesite, sin más limitaciones que las expresamente señaladas en esta ley”. -“Artículo 6 El médico rehusará la prestación de sus servicios para actos quo sean contrarios a la moral…, -“Artículo 54. El médico se atendrá a las disposiciones legales vigentes en el país y a las recomendaciones de la Asociación Médica Mundial, con relación a los siguientes temas: 7) inseminación artificial; 9) Los demás temas de que se ocupan las disposiciones legales vigentes sobre la materia o las recomendaciones de las Asambleas de la Asociación Médica Mundial. Parágrafo primero. En caso de conflicto entre los principios o recomendaciones adoptadas por la Asociación Médica Mundial, y las disposiciones legales vigentes, se aplicarán las de la legislación colombiana”.

Pues bien, con ocasión de la 39a Asamblea reunida en Madrid, España, en octubre de 1987, la Asociación Médica Mundial adoptó la siguiente declaración sobre la fecundación in vitro y el trasplante de embriones : “La fecundación in vitro y el trasplante de embrión constituyen una técnica médica que se utiliza en muchas partes del mundo para tratar la esterilidad. Puede beneficiar tanto a los pacientes individuales como a la sociedad en general, no sólo porque corrige la esterilidad sino también porque ofrece la posibilidad de evitar los desórdenes genéticos, y de intensfficar la investigación básica sobre la reproducción y contracepción humanas.

DÉJANOS TU COMENTARIO

DÉJANOS TU COMENTARIO

Please enter your comment!