Sanación Viene de Santo

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

La expansión del cristianismo continuó imparable y penetró todas las instancias del gran imperio romano, tanto que en el 313, en el último siglo de la Edad Antigua, Constantino lo adoptó como la religión oficial. Esto era así cuando Teodosio dividió sus territorios en dos grandes partes, el imperio bizantino que duraría algo más de 1000 años, y el de occidente que terminaría unos años después, al ser depuesto en el 476 el joven emperador Rómulo Augusto (sus soldados burlonamente le decían Rómulo Augústulo).

Sanadores del medioevoEste último episodio dio comienzo a la edad media, llamado por algunos la edad oscura, en cuanto a que fue inferior en avances a su etapa previa y a la posterior, el renacimiento. Fue una época en la que la Iglesia Católica jugó un papel preponderante, y en la que convivió Bizancio con el pujante imperio musulmán, fundado por Mahoma en el siglo VII. Si bien la ciencia árabe conservaría los conocimientos médicos y aportaría cosas propias y otras provenientes de la India, la Europa continental, ahora bajo el dominio de los pueblos germánicos, en los reinos ostrogodos, visigodos, francos y otros territorios, estuvo bajo la égida espiritual –y también política- del cristianismo. Religión que aportó la nueva civilización del amor, pero que en el campo médico por ejemplo, lo redujo a un oficio menor y colateral donde el cuerpo era simplemente el asiento del alma, y sus males muy secundarios a los males espirituales. Así que se trasladó a los monasterios, donde se conservó el conocimiento humano y se copiaron por siglos los grandes libros, al tiempo que se cultivaron plantas medicinales sencillas en sus jardines y se anexaron algunos hospitales algo rudimentarios. La disección se consideró innoble, y la cirugía decayó pues era algo que debía evitarse si fuera posible, pues conllevaba derramamiento de sangre. Volvió el arte de curar a manos sacerdotales, algunos padecimientos se convirtieron en trastornos del espíritu, y aunque no se volvió asunto de magia, si tuvo un estancamiento notorio, si se compara con la actividad desarrollada por los musulmanes. Las enseñanzas de Galeno se conservaron en ambas culturas, aceptadas por considerarse monoteístas. Y se trató de cambiar aquella costumbre de asignar a los órganos del cuerpo los diversos signos del Zodíaco, dándole nombres de santos (Fig.12-1).

Monjes y santos fueron pues los que se relacionaron con la medicina medieval europea. Cultura y libros encontraron refugio entre los hombres de iglesia, y la práctica misma se volvió monástica. Algunos importantes jefes de gobierno estimularon esta labor de los monjes, entre ellos Carlomagno, quien a finales del siglo VIII regentaba un imperio que incluía la parte central de Europa, limitado por unas “marcas” fortificadas para defenderse de los bárbaros. Fue reconocido emperador por León III, pero sus descendientes no pudieron mantener la unidad territorial. Durante este imperio carolingio hubo un gran resurgimiento cultural, pues aparecieron escuelas monásticas, episcopales y la Escuela Palatina de Aquisgràn, centros culturales dedicados a elevar el nivel intelectual de los habitantes.

Las torturas contra los cristianos durante el Imperio Romano hizo desarrollar un santoral terapéutico variado debido a que los verdugos no descartaron ninguna parte de la anatomía humana para provocar sufrimiento; así nació la costumbre de invocar a mártires que se identificaran con dolencias específicas. Una lista más bien larga de santos patronos dominaba y protegía el organismo humano; dice Guthrie: “San Blas curaba los males de garganta; San Bernardino, los de pecho; Santa Apolonia, las muelas; San Lorenzo, la espalda, y San Erasmo, el abdomen; los ojos Santa Brígida, Santa Triduana o Santa Lucía”. Recordemos el dicho: “cuando está el ojo afuera, no vale Santa Lucía”.

Santa Difna se invocaba en la locura, San Avertino en el vértigo y la epilepsia. San Fiacre en las hemorroides y San Roque en la peste. Los que estudiaron con los salesianos recordarán la imagen del santo de origen noble, que por tanto cuidar enfermos de la Muerte Negra, terminó afectado por La Peste, y así yacía afuera de las murallas, mientras su fiel perro le lamía sus llagas. San Sebastián y San Cipriano fueron otros que se ligaron a La Peste. Los cristianos árabes Cosme (farmaceuta) y Damián (médico), fueron consagrados santos patronos de la cirugía, y también de la farmacia; San Patricio, quien fue a Irlanda, el país de los tréboles, tuvo como discípulos a San Columbano, que en su monasterio tuvo jardín botánico y hospital, San Cutberto, que hizo maravillosas curas, y San Gall de Suiza, en cuyo monasterio cultivó lirio, salvia, hinojo, poleo, menta, romero, comino, y otras plantas de uso medicinal; San Alberto Magno (1192-1280) escribió sobre plantas medicinales.

San Vito protegía de la danzomanìa, curiosa epidemia de corea, que se creyó también se debía a picadura de tarántula, que se curaba con la música de las tarantelas. San Antonio se asoció al “Fuego”, posiblemente casos de erisipela por un lado, o de ergotismo por otro, pues al comer el pan elaborado con centeno contaminado por un hongo, resultaban intoxicados. Teodorico, rey ostrogodo, animó a los monjes a cuidar de los más pobres, y se asoció con San Benito, fundador de la orden benedictina, y su monasterio de Montecassino jugó un papel en el inicio de la futura escuela médica de Salerno. Otro Teodorico, hijo del cirujano Hugo de Lucca y cirujano él mismo, fue Obispo de Cervia y usó la esponja anestésica que llevaba mandrágora y opio. Juan XXI fue un papa médico portugués llamado Pedro Hispano, quien estudió en Montpellier.

La Iglesia hasta nuestros días ha intervenido activamente en la pastoral de la salud, habiéndose dedicado numerosas órdenes religiosas a menesteres de enfermería; también administran clínicas y hospitales, que a menudo llevan nombres de santos (San Juan de Dios, San Vicente, San Ignacio, San José) o de arcángeles (San Rafael). San Lucas Evangelista, que fue médico, no es tradicionalmente invocado para curar algún mal en especial. Muchos hospitales llevan sin embargo su nombre.

San Diego por medio de su momia logró el milagro de su propia canonización. Don Carlos, heredero de la Corona Española e hijo de Felipe II, había sufrido un grave accidente y agonizaba. Andrea Vesalio y otros ocho colegas se encargaban del tratamiento, mientras se realizaban decenas de juntas médicas. Ante la gravedad del paciente, se pidió ayuda a los monjes. Un grupo de ellos apareció con el cadáver incorrupto de Didacus, un fraile fallecido un siglo antes en Alcalá de Henares, que fue colocado en la cama al lado del príncipe moribundo. Los médicos por su lado siguieron un procedimiento recomendado por don Bartolomé Hidalgo de Agüero, que evitaba el pus llamado “loable”y buscaba la debridaciòn y limpieza de la herida. Se inició también una trepanación que en buena hora fue suspendida y el herido comenzó su mejoría. Se retiró la momia que sin embargo había logrado el agradecimiento del poderoso monarca de El Escorial, quien logró la canonización de San Didacus; este santo es mejor conocido como San Diego, el de la ciudad norteamericana y el de las recoletas, como la que tenemos en Bogotá. La curación del controvertido don Carlos, quien finalmente moriría joven, a los 23 años de edad, es narrada por Adolfo De Francisco en su muy documentado libro “Sobre Ideas de Vida y Muerte”.

En nuestro medio en cambio, a un médico que era un santo, se le embolatò la canonización precisamente por la cantidad de curaciones “milagrosas” que ejecutan sus “Hermanos” en los años posteriores a su muerte. Sus cirugías sin cicatriz visible y populares tratamientos han hecho que mucha gente humilde llame a este venezolano “San Gregorio Hernández”.

En asuntos de terapia medicamentosa, poco o nada se progresó en el medioevo desde Dioscòrides, lo que se empezó a lograr lentamente en la edad moderna con la quina, y luego ciertamente en el siglo XX. La Edad Media, precedida por las enseñanzas del santo obispo de Hippona, fue definitivamente el periodo de los santos sanadores, de los frailes copistas y botánicos, del desprecio de los malestares del cuerpo y de la valorización de las virtudes del alma. El medicamento estuvo hibernando en aquel interregno entre la cultura helenística y el posterior Renacimiento.

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