Salerno y Otras Escuelas Europeas

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

La conexión de la medicina árabe con la Europa continental se hizo a través de la Escuela Médica de Salerno, fundada hacia el siglo IX y que tuvo un gran impulso a raíz de la vinculación del cartaginés Constantino El Africano(1015-1087), tal vez comerciante pero ciertamente viajero y estudiante de la medicina; después de 30 años es perseguido en su patria, viaja a Salerno e ingresa al convento de Montecassino, y convertido al cristianismo solicita dedicar su vida y su fortuna a la traducción al latín de las más importantes obras árabes y griegas. Qué tanto influyó en la fundación de Salerno la orden benedictina, qué tanto Carlomagno o qué tanto los árabes, es algo que está por resolverse. Pero esta escuela médica fue sin duda la semilla de los adelantos que se lograrían en la época renacentista, y del desarrollo de otras grandes escuelas del viejo mundo, como Bolonia, Montpellier, París y Padua.

Salerno y Montpellier tuvieron una gran influencia de la medicina árabe, y París fue muy similar a la última en su programa educativo. Las dos primeras escuelas médicas fueron llamadas las gemelas de la educación médica y tomaron de los musulmanes la enseñanza en las bibliotecas y en los hospitales, realizada por grupos de médicos y grupos de estudiantes. Salerno es un puerto del sur de Italia, y por su localización no era infrecuente que al regreso de las cruzadas, sus comandantes hicieran escala allí para curarse sus males y sus heridas. Algunos famosos médicos egresados dejaron obras, como Nicolás de Salerno (siglo XI), quien escribió el “Antidotarium”, colección de algunas fórmulas galènicas y muchas de los árabes, y que se constituyó en el libro de los boticarios. Como sabemos, los árabes le dieron gran impulso a la farmacia y además la organizaron en su estructura. Todavía se conservan algunas colecciones de bellos frascos de porcelana de las “apothekas” (boticas) donde se guardaban las diferentes hierbas medicinales, con su correspondiente nombre en latín. Otro “Antidotarium” que tuvo algún renombre fue el escrito por Avicenna.

Uno de los poemas médicos y literarios más famosos de la Edad Media fue el libro de la salud de Salerno (“Regimen Sanitatis Salernitanum”), cuyo autor es anónimo pero que se cree se basó en un libro árabe, y fue traducido al latín por Juan de España, y puesto en poesía (364 versos) por Juan de Milán. También se dijo que un rey (Roberto, hijo de Guillermo el Conquistador) fue el escritor anónimo, quien se basó en las enseñanzas de la escuela salernitana. Los textos fueron traducidos al inglés por John Harington (1561-1612), inventor del inodoro, y traen información sobre la cotidianidad, los buenos y malos hábitos higiénicos del medioevo, con gran información sobre cuales son los alimentos y bebidas que se deben comer y cuales no, en qué momento y en qué cantidad.

Habla sobre las bondades del ajo y de la salvia, por ejemplo.

“¿Por qué ha de morir un hombre que en su huerto tiene salvia?
Contra la muerte que llega no hay medicina en el huerto.
La salvia mejora los nervios, los temblores de las manos,
Y además quita la fiebre.
Salvia salvadora, conciliadora de la naturaleza.”

(Traducción del autor; original en latín).

En verdad la higiene y la dieta son prescripciones que siguen el precepto hipocrático de “primero, no hacer daño” (Primun non nocere), y ante la relativa efectividad de los medicamentos de la época, recomendar un régimen alimenticio como eje de la manutención de la salud y la prevención de la enfermedad, parece algo muy lógico.

Montpellier fue un apéndice de Salerno, y en ella se educaron muchos de los médicos ingleses. Uno de sus famosos egresados fue Arnaldo de Vilanova (1235-1311), que dejó muchos escritos, quiso huir del dogma y del empirismo reinante y tuvo un espíritu de investigador. En su busca del elixir de la vida usò mucho el aguardiente que preparaba y que llamó “acqua vitae”. Extraía los elementos activos de las plantas medicinales por medio del alcohol, por lo que fue el verdadero inventor de las tinturas. Otro fue Gilberto el Inglés, que preparaba un famoso ungüento para la gota, hecho con el relleno de un perro – estilo lechona-, con “pepino, enebro, ruda, grasa de ganso, zorro y oso en partes iguales, hervir y añadir cera, para lograr la untura”.

De París también hubo famosos profesores y egresados. Guido Lanfranchi (Siglo XIV) fue un famoso cirujano, que aprendió a hacer la hemostasia poniendo el dedo a presión sobre el vaso sangrante, y utilizaba un preparado hemostático basado en áloe, incienso, clara de huevo y piel de liebre. Enseñaron en París Roger Bacon (1214-1294), filósofo que preconizaba la investigación, dándole más peso al experimento que al argumento. Algo similar a lo que sucedería con el “pienso, luego existo” de Descartes, quien en el siglo XVII escribiría su “Discurso del método”, en el que comenzaba negando todo lo enseñado para partir de cero y hacer sus propios razonamientos. O el socrático “sólo sé que nada sé”.

Alberto Magno fue santo, filósofo, teólogo, astrólogo, fue autoridad en hierbas medicinales, realizó una compilación botánica en el libro “De vegetabilibus”, escrita en el siglo XIII y que se basó en una obra previa de Nicolás el de Damasco (Siglo I A.C.).

En Padua había un profesor de avanzada, Pedro de Abano (1250-1315), quien por virtud de sus conocimientos del griego, pudo leer muchas de las obras en su lenguaje original. Era un conciliador entre la filosofía y la medicina, y en su empeño de encontrarle explicaciones naturales a los milagros, afirmó que “Lázaro debió haber padecido de catalepsia”.

En Bolonia hubo famosos cirujanos como Hugo de Lucca y su hijo Teodorico, obispo de Cervia, quien utilizó la esponja anestésica. También estuvo Lanfranchi –que ya mencionamos- y Henri De Mondeville (1260-1320). De la esponja anestésica y de la mandrágora hablaremos más adelante.

Otra universidad que se gestó en aquellas épocas medievales fue Oxford, pero su escuela médica no iniciaría labores sino siglos más tarde. De estas semillas universitarias surgiría luego el renacer de la disección, con genios como Leonardo, anatomistas como Vesalio, o fisiólogos como Serveto y Harvey, ya en el período renacentista y luego en la Edad Moderna.

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