Hierbas, Herbarios, Herboristas y Jardines Botánicos

Alfredo Jacome Roca, MD
Academia Nacional de Medicina

Los herbarios eran relaciones descriptivas de las hierbas medicinales, y después de las realizadas por Dioscòrides, Galeno y Plinio, surgieron con el tiempo muchas más. Antes del advenimiento de los medicamentos de síntesis (y de las farmacopeas y vademécum), estos herbarios eran de consulta obligada para los médicos que ejercían la profesión. La hija de un emperador bizantino, Juliana Anicia (Siglo VI), escribió una “Materia Médica” y en el siglo VI apareció el “Herbario” de Apuleyo Platónico, de cuyo trabajo se hizo una traducción al inglés que conectó a los británicos con el sur de Europa en asuntos botánicos.

Como sabemos, la nueva civilización cristiana que introdujo la religión del amor y de la caridad, fue sin embargo muy estricta al considerar a Jesús el Supremo Sanador, por lo que mostró una tendencia a suprimir los conocimientos antiguos sobre hierbas, ya que los médicos no debían suplantar al Salvador, pues por lo demás lo que importaba eran los males del espíritu. Los monjes copistas preservaron entonces por siglos los trabajos de los antiguos, ejercieron una medicina folclórica y sembraron plantas medicinales en sus jardines de los monasterios, depositando las hierbas en unas despensas llamadas “Oficinas”, por lo que se acuñó el termino farmacéutico de “Oficinal”, como la caléndula o la verbena oficinales.

El “Libro Doctoral (o médico) Escueto” (traducción que le damos al tratado médico sajón “Leech Book of the Bald”), fue escrito en el siglo X en inglés vernáculo, y aunque sirvió de texto en Europa occidental, contiene muchas supersticiones – además de conocimientos-, como el de que un “flechazo de duende” (o veneno volador) era el causante de las infecciones.

Santa Hildegarda (1098-1179) escribió sobre mística y sanaciòn, afirmando que sus conocimientos se originaron en visiones que tuvo. Su música ha generado reciente interés. Su arte de curar integraba el cuerpo, la mente y el espíritu, y se basaba en dietas, hierbas y gemas. Es una de las pocas mujeres que se asoma en un mundo médico dominado por hombres, y aunque utiliza las tradicionales sangrías, saunas y ayunos en sus métodos de sanaciòn, todavía hay medicamentos empleados hoy en día, como el Psyllium para el estreñimiento, dentro de los que ella recomendó.

En los siglos XV y XVI aparecen muchos herbarios, que si bien no aportan conocimientos originales, si logran difusión, añadiéndosele luego bellas ilustraciones. Ortus Sanitatus, Le Grand Herbier y su traducción al inglés por Treveris (Grete Herball), están entre los más conocidos. Luego aparece el de William Turner en 1551, quien es considerado el padre de la botánica británica; el de Leonard Fuchs (1501-1566), y el de John Gerard (1545-1612), herborista de Jaime I, hijo de María Estuardo y sucesor de Isabel I (“La reina virgen”), quien reinó en Inglaterra por 40 años. El mismo Jaime I escribió un libro (“A counter-blast to tobacco”) contra el uso del tabaco proveniente de América, popularizado en Europa por Jean Nicot.

Los grandes herboristas ingleses fueron entonces Turner y Gerard (un cirujano que basó su herbario en el “Pemptades” del belga Dodoens), quien cambió la clasificación de las plantas y añadió varias contribuciones originales suyas. Ya en el siglo XVII aparece John Parkinson (1567-1650), quien escribió el “Paradisi”(un jardín de agradables flores) y el “Theatrum Botanicum”, que describe más de 3800 plantas y que es muy completo y considerado estéticamente bello. Violando la costumbre de escribir este tipo de obras científicas sólo en latín (idioma al que el pueblo no tenía acceso pues lo desconocía), Nicholas Culpeper (1616-1654) tradujo la “Farmacopea” al inglés, llamándola “El directorio de los (agentes) físicos”, y luego el libro “El Herbario”. También escribió libros de este estilo en inglés común el británico William Coles, quien fue notorio crítico de la obra de Culpeper. Este último será más recordado por haber separado definitivamente la farmacia de la medicina, al enfrentarse al Colegio Médico. Otros hechos ocurridos en diversos países, contribuirían al nacimiento de la farmacia como profesión u oficio independiente (aunque íntimamente ligado) del ejercicio de la medicina, situación que describiremos luego en más detalle. Durante el renacentismo, Paracelso enriquecerá la terapéutica con el uso de medicamentos minerales.

Recordando que Teodorico (1210-1298), obispo y cirujano, usó para sus operaciones una esponja anestésica impregnada en mandrágora y opio, humedecida con agua caliente antes de ser inhalada por el paciente, vale la pena comentar sobre esta especial hierba medicinal usada desde los tiempos de Plinio para anestesiar al paciente, haciendo que este masticara una raíz de la mandrágora antes de la operación, mientras que dosis menores se usaba para tratar la manía. Con un nombre de origen griego que significa “dañina para el ganado”, fue llamada por los árabes “la manzana de Satán”, y fue objeto de muchas y extrañas supersticiones en el pasado. Es una solanácea muy parecida a la Belladona, su nombre es Atropa mandrágora y en inglés se llama Mandrake (como el Mago). Contiene el alcaloide mandragorina que está más que todo basado en atropina y en hioscinamina, su raíz es emética y purgante y sus hojas se han usado para ungüentos, y hervida en leche, para el tratamiento de úlceras indolentes. Descrita como parecida a una forma humana, llegaron a distinguir las que parecían hombres, con una larga barba, o a una figura de mujer con una frondosa cabellera. Los antiguos consideraban soporífica esta raíz, que en dosis tóxicas podía producir delirio y locura. La usaron para producir sueño y relajación en estados de dolor intenso, también en la melancolía, en las convulsiones, en el reumatismo y en la escrófula. La raíz la exprimían para formar jugo o hacían una infusión en vino o en agua. En el Herbario de Apuleyo se le adscriben poderes especiales contra la posesión demoníaca. Fue el jugo de Julieta, y en realidad fue citada por Shakespeare en varias de sus obras; también hay una referencia en el Génesis acerca de uso para curar la esterilidad. Había numerosas recomendaciones para los mandragoristas, pues se creía que la planta lanzaba un grito al ser arrancada, el que producía bien la muerte o la locura entre aquellos que lo oían. Para arrancarla se recomendaba aflojar su raíz con un azadón, amarrar la planta a un perro que al correr la retiraba y luego caía muerto. Estas propiedades mágicas que se le asignaron ya empezaron a ser cuestionados por el herborista Gerard y en el Grete Herball. Hoy los homeópatas usan una tintura con base en la planta fresca.

La aparición de los glucósidos de los componentes herbales de las plantas con efectos medicinales, y más aún, la moderna síntesis de los medicamentos, han relegado la Botánica Médica (o Materia Médica) a un lugar secundario. Sin embargo el estudio de las plantas ha sido, y seguirá siendo, la espina dorsal de la farmacología.

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