Boussingault y el bocio endémico

Boussingault y el bocio endémicoUna patología conocida desde la antigüedad fue estudiada también por los franceses. El bocio era común en ciertas regiones del planeta y el cretinismo también, por ejemplo en los Alpes. Según el endocrinólogo Efraim Otero Ruiz, la mayoría de los autores está de acuerdo en que la primera relación científica, a nivel mundial, que se establece entre yodo y glándula tiroides corresponde a las observaciones de Juan Bautista Boussingault, joven químico y agrónomo que había sido contratado, en 1823 en París, por el gobierno del General Santander, para venir a Colombia a enseñar en la primera Escuela de Minas y para hacer un inventario de los recursos del país. En sus viajes se topó con que los indígenas y campesinos de la región de Heliconia o Guaca, en el suroeste de Antioquia, empleaban las sales obtenidas de los yacimientos locales para administrarlas por vía oral y lograr la disminución o desaparición del bocio, frecuente en las regiones circunvecinas… El crecimiento anormal de la tiroides –continúa Otero Ruiz- forma una tumefacción cervical conocida con el nombre de bocio o coto: esta última palabra, de origen quechua, significa papada o tumoración en el cuello. Como lo atestiguan figurillas y grabados antiguos, el coto se veía con cierta frecuencia en las tribus indígenas que habitaron las faldas de los Andes antes del descubrimiento de América. Obviamente, esas mismas tribus se preocuparon por hallar tratamientos que redujeran o suprimieran dicha deformación, y casi instintivamente apelaron a las sales marinas o a las aguas y sales provenientes de ciertos yacimientos como los de la vega de Supía o los de Heliconia o Guaca, en Antioquia. En otro párrafo dice el endocrinólogo Otero: El yodo había sido descubierto en 1811 por Courtois en París, pero sólo en 1814 Sir Humphry Davy lo había reconocido como nuevo elemento. Es de suponer que, como joven aprendiz de química, Boussingault se había familiarizado con las reacciones que permiten identificar el yodo y las aplicó a la “sal de guaca” y describió sus hallazgos en las memorias o Comptes rendues de la Sociedad de Física y Química de París en 1831: es, por tanto, la primera aparición en la literatura científica mundial de esa relación entre yodo y glándula tiroides, que abriría, por decirlo así, las compuertas al uso generalizado del nuevo elemento en las afecciones tiroideas.

La gestión para traer una misión de sabios franceses –que a la postre encabezó Boussingault- para aconsejarnos sobre los cultivos realizados en las diferentes áreas del país, fue más bien idea de Bolívar que hizo las gestiones a través del embajador Zea y de Alexander von Humboldt, dice Antonio Ucrós Cuellar en la Historia de la Endocrinología en Colombia. Si fue Bolívar o Santander poco importa, porque –una vez en Colombia- a Boussingault le cambió la misión el General Urdaneta, quien le pidió (o le ordenó) al galo que estudiara el problema del cretinismo en Colombia; aunque este tipo de retardados mentales no causaba problema alguno a la sociedad pues los bobos del pueblo no se amotinaban, tampoco entendían –grave cosa- las órdenes militares. Los cretinos eran seres humanos eso sí y había que evangelizarlos, había dicho tres siglos antes en una bula el Papa Paulo III, aunque su cortedad mental les impidiese entender el mensaje cristiano. Con un enorme bocio él mismo, el gobernador de la provincia del Socorro le dijo al agrónomo francés que era fácil el gobierno de su región de muchos cotudos y cretinos, pues ni siquiera había periódicos de oposición. La vida en el mundo sería bucólica –según se desprende del pensamiento de este simpático señor- si no existiera el yodo. Boussingault encontró que los caciques locales sabían cómo prevenir los bocios endémicos asociados con el cretinismo, pues usaban ciertas sales del Valle y de Antioquia en vez de usar la sal yododeficiente de Zipaquirá. Coindet a la sazón ya había mencionado en París la importancia del yodo en la generación del bocio, así que envió a la capital francesa una muestra de la sal curativa del Cauca para su análisis, encontrándosele yodo. No dudó entonces don Jean Baptiste en recomendar al gobierno que a la sal de Zipaquirà se añadiese agua donde se cristalizaba la sal de Guaca, lo que vino a hacer sino hasta 1955. El agrónomo Boussingault no estaba seguro de la relación yodo-bocio, y para él resultaba difícil pensar en que se tratase de una enfermedad carencial, pero de todos modos hizo aquella recomendación.

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