Historia de la Ginecobstetricia en Colombia, Nota de Presentación

Fernando Sánchez Torres, M.D

Próximo a cumplir siete lustros de haberme dedicado al estudio y la práctica de las disciplinas ginecobstétricas, he puesto punto final a este trabajo que ahora doy a la luz pública. Se trata de una complicación comentada de datos y hechos relativos al desenvolvimiento histórico de la ginecología y la obstetricia en Colombia, labor que por cierto no fue fácil dada la carencia de fuentes de información en los siglos anteriores al actual, penuria explicable debido a que los médicos no acostumbraban registrar sus ejecutorias y, además, por tratarse de actividades médicas sin personalidad propia entre nosotros en aquellas calendas.

El estudio historial de la medicina colombiana hace apenas cortos cuarenta años comenzó a ser tenido en cuenta como una actividad de suyo trascendente. En el siglo pasado hubieron quedado inéditos hechos dignos de recordación si no irrumpe Pedro María Ibanez con sus Memorias para la historia de la Medicina en Santafé de Bogotá. En las primeras décadas de la centuria actual incursionaron en esos terrenos, con algo de timidez, Juan N. Corpas y Emilio Robledo. Más adelante, traspuesta ya la primera mitad, se advierte mayor interés por bucear en el pasado para indagar por el acaecer médico nacional. Así aparecen los valiosos documentos que el consagrado historiador Guillermo Hernández de Alba pone en circulación, y un buen número de médicos interesados en el tema, como Andrés Soriano Lleras, Gerardo Paz Otero, Max Olaya, Jorge A. Calvo, Alfonso Bonilla Naar, Humberto Roselli, Alfonso Vargas Rubiano, Roberto de Zubiría, Ernesto Andrade, Laurentino Muñoz y Antonio Martínez Zulaica. Todos juntos comienzan a hilvanar el transcurrir de las disciplinas hipocráticas en nuestro país, tarea continuada por seguidores suyos y estimulada e institucionalizada con la creación de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina.

Las páginas que pongo a disposición de los amantes del pasado médico vernáculo llevan implícitos –como todo trabajo histórico- un arduo proceso investigativo y un paciente análisis de datos. He procurado adjuntar hechos relevantes ocurridos en otras latitudes durante el mismo periodo de tiempo narrado, con el objeto de proporcionar al lector unas pautas que le permitan valorar con buen juicio lo sucedido entre nosotros. De no ser así, la presentación escueta de acontecimientos locales impediría darles la importancia que históricamente puedan tener.

Cuanto más lejos miremos hacia atrás, más lejos podremos mirar hacia delante, decía el primer ministro inglés Winston Churchill. Ciertamente, quienes solo tienen ojos para captar el presente, poseen apenas visión frontal, ciega para los campos periféricos. Es necesario conocer la historia, es decir el pasado, para justipreciar lo que se nos muestra hoy y para vislumbrar el futuro. Si la ignoramos solo tendremos la impresión de que lo que vemos se gestó y nació ahora y ahí. De esa manera se establecería una tremenda injusticia con quienes nos precedieron y trillaron el camino que hoy transitamos, además de quedar expuestos a repetir senderos que otros ya exploraron, convencidos de que somos primeros en hollarlos.

Cuán saludables es, por eso, que los jóvenes, los que se inician en las disciplinas médicas, reserven unas cuantas horas a la lectura –y ojalá al estudio- de la historia de su profesión. Para aquilatar las obras de los hombres, escribió don Santiago Ramón y Cajal, es menester la perspectiva ideal del tiempo, de ese depurador implacable de prestigios y decantador de verdades. Y para juzgar los verdaderos quilates de esas obras, digo yo, es imprescindible volver la mirada hacia el pasado, que es el punto de fuga de la perspectiva.

FERNANDO SANCHEZ TORRES
Santafé de Bogotá, agosto de 1992

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