La Obstetricia y la Ginecología en la primera mitad del Siglo, La Ginecología Independiente

En 1904 ocurre un acontecimiento importante: en un acto de soberanía, la ginecología se independiza de la cirugía en la Universidad del Estado -la Nacional- en los aspectos académicos y administrativos.

Fue, precisamente, un extraordinario cirujano quien propició dicha separación, tan provechosa para el progreso de la disciplina. De ahí que el nombre de Rafael Ucrós Durán ocupe por derecho propio un sitio prominente en la historia de la especialidad.

Rafael Ucrós nació el 26 de mayo de 1874 en la casa solariega de la hacienda “La Angostura”, en el Departamento del Huila, vástago de José Eugenio Ucrós y Matilde Durán. Se graduó de médico en la Universidad Nacional el 21 de agosto de 1897 y viajó enseguida a Europa.

Las facultades de medicina de Londres y París lo acogieron, siendo en esta última donde encontró a quien iba a constituirse en el paradigma de su vida: Jean Louis Faure.

Sabido es cuán dominante y prolongada fue la influencia de la escuela francesa en el desenvolvimiento de las disciplinas hipocráticas y en la formación de sus cultores.

Todo médico, de cualquier país del orbe, que aspirara a sobrepasar el nivel común de sus colegas, imprescindible era que estuviese algún tiempo en contacto con los legendarios maestros que contribuyeron, a lo largo del siglo XIX y gran parte del actual, a hacer de París la “Ciudad Luz”, la misma que describiera Emilia Pardo Bazán como el “alambique donde se destila la quinta esencia del pensamiento moderno ” 40.

Precisamente, por esa influencia la obstetricia y la ginecología se mantuvieron mucho tiempo divorciadas. La ginecología en los años finiseculares del XIX y principios del XX, era puramente orgánica y localicista y, por lo tanto, del dominio de la técnica operatoria.

De ahí que todo se redujera a la extirpación del órgano enfermo, y que los grandes cirujanos fueran a la vez los grandes ginecólogos, o mejor, los eminentes cirujanos fueran extraordinarios operadores de ginecología, sin ser propiamente ginecólogos:

Forgue, Marion, Mondor, Leríche, Faure.

En el Hospital Brocá, de París, Rafael Ucrós Durán fue discípulo de uno de esos símbolos: Jean Louis Faure. Tanta fue la influencia de éste sobre aquél que Edmundo Rico llegó a afirmar que “Ucrós fue siempre -porque nunca dejó de serlo- el Faure colombiano.

Para quienes conocimos y vimos en París operar a Jean Faure -continua sosteniendo el profesor Rico- no cabe duda de que la semejanza técnica y el desparpajo manual entre los dos ginecólogos eran desconcertantes; había en ellos la misma alma de cirujanos, idéntica pulcritud, igual estrategia operatoria y algo más: la conciencia quirúrgica”.

Una vez reincorporado al país en 1902, Ucrós fue designado profesor de Clínica Quirúrgica.

Para entonces, y según rezaba el reglamento vigente desde 1891, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional la Ginecología figuraba como una asignatura independiente pero en la práctica estaba adscrita a la Clínica de Patología Externa y Quirúrgica y “para los efectos de matrícula y de los exámenes -decía el paragrafo del Artículo 63- formarán un solo curso la Ginecología y la Clínica Obstetrical é Infantil”41, Dando cauce a su inclinación y preferencia por la cirugía del tracto genital de la mujer, Ucrós solicitó y obtuvo autorización para fundar en el Hospital San Juan de Dios de Bogotá el Servicio de Clínica Ginecológica en 1903.

Este hecho, por sí, se constituyó en algo saludable para el cumplimiento adecuado de los programas académicos y para tecnificar el funcionamiento del hospital. Fue allí, en el Servicio de Ginecología, donde se establecieron por primera vez normas severas de asepsia y antisepsia quirúrgicas y se creó un sistema de registro y estadística.

“La era aséptica de la cirugía -recordaba en alguna ocasión el mismo Ucrós Durán42

Tardó algunos años en venir. Terminaba sus estudios en los principales centros europeos, a fines de nuestra desgraciada última guerra civil, toda una brillante generación de jóvenes médicos.

Empapados en las teorías microbiológicas del Instituto Pasteur de París, en las sabias lecciones de Roux y Metchinicoif, de Nocard y Laveran, y asistiendo diariamente a las Clínicas de los más notables cirujanos, como ‘Tuffier, Pozzi, Doyen, Tuifier, Richelot, Hartmann, Quénu y tantos otros, era natural que en sus cerebros germinara poderosa la idea de implantar en su país esta brillante rama del arte de curar.

Así sucedió en el año de 1900 y los siguientes”. De esa generación que menciona el profesor Ucrós, él y su consanguíneo Zoilo Cuéllar Durán, fundador de la Clínica Urológica, fueron quienes, desde sus respectivas cátedras, difundieron la teoría y la práctica de los principios de asepsia.

Pero penetremos en los viejos claustros de Santa Inés para echar una ojeada a las instalaciones quirúrgicas del Hospital San Juan de Dios y darnos cuenta de cómo funcionaban.

En la primera década de este siglo se contaba con tres salas de operaciones: una en el pabellón de Clínica Externa de Hombres, otra en el de Clínica Externa de Mujeres y la tercera en el Servicio de Ginecología.

La de hombres era la más moderna; disponía de sector para el instrumental y para las conferencias de los cirujanos, de área para el lavado y desinfección de las manos, y de la cirugía propiamente dicha, que por tener una galería semicircular destinada a los estudiantes, se le designaba “anfiteatro”.

Por su parte, a las salas de cirugía de la Clínica Externa de Mujeres y de Ginecología

No se les podía dar exactamente el nombre de anfiteatros pues eran pequeñas piezas adaptadas al servicio quirúrgico, situadas, una y otra, al pie de sus correspondientes enfermerías.

El cirujano y sus ayudantes, despojados de sus sacos, entraban en mangas de camisa a la sala de operaciones; luego se lavaban y desinfectaban las manos y se cubrían con una blusa esterilizada al autoclave. El gorro y los tapabocas aún no se estilaban en el hospital; los guantes de caucho comenzaban a usarse, pero había discusión acerca de si debían emplearse en las intervenciones y curaciones sépticas, o sí, por el contrario, debían utilizarse exclusivamente para las operaciones asépticas.

El procedimiento establecido para conseguir la esterilización del agua de uso quirúrgico era la ebullición. Oigamos a Joaquín Leal cómo describe en su tesis de grado lo que sucedía en el Hospital San Juan de Dios43: “Casi en el centro del hospital existe la cocina, cuya hornilla colocada en la parte media del salón, tiene una multitud de calderos de cobre, de gran capacidad, destinados a la preparación de los alimentos para los enfermos. Uno de aquellos calderos contiene permanentemente una buena cantidad de agua que, para decir verdad, ignoro si siempre entra en ebullición.

De los servicios de Clínica Quirúrgica, Ginecología, etc., van los enfermos o asistentes a llevar aquella agua semiaséptica en baldes o vasijas esmaltadas que no han sufrido previo flambaje, y que las personas encargadas de los oficios culinarios sacan de dicho caldero con una cubeta que no ha sufrido esterilización”.

Es de suponer, por este relato de Joaquín Leal, cuán frecuente sería la infección posquirúrgica.

Sin embargo, en el Servicio de Ginecología no lo era tanto pues el profesor Ucrós, con plausible celo, trataba de eliminar toda probable causa de infección.

Muestra de ello es lo declarado por Rafael María Grazt en 1908:

“Durante nuestro internado, nuestro presidente de tesis, profesor Rafael Ucrós, hacía que las aguas se esterilizaran debidamente en vasijas destinadas únicamente para ese objeto. Aprendimos allí a usar compresas secas, tales como se extraían de autoclave, para evitar nuevas causas de error, humedeciéndolas”44.

El otro aspecto sobresaliente de la labor adelantada por Ucrós Durán en el Servicio de Ginecología fue, como mencionamos antes, la creación de un archivo estadístico.

Cuando en la sesión del 20 de agosto de 1909 presentó a consideración de la Academia Nacional de Medicina un informe de las actividades de la Clínica a su cargo, se puso de presente, fuera de las dotes de organizador que tenía, la importancia de los registros médicos.

El caso aislado, que hasta entonces era el único material de publicación verbal o escrita, comenzó a ser relegado para dar paso a la suma de casos, de mucho más valor científico.

En 1910 el profesor Ucrós fue nombrado Secretario de Gobierno del Departamento de Cundinamarca y tres años después Gobernador.

Desde esta posición, pensando siempre en ese “emporio de las miserias humanas, como llamara Edmundo Rico al Hospital San Juan de Dios, inició las gestiones necesarias para adquirir los terrenos de los molinos de “La Hortúa”; en 1914 se comenzó a construir en aquellos el nuevo nosocomio.

Su condición en 1926,  de Director del Hospital San Juan de Dios cargo que desempeñó durante veintidós años y gracias a su indeclinable tesón y entusiasmo, emprendió el traslado a los nuevos pabellones, adquirió la dotación y organizó su funcionamiento.

En 1946, la Junta de Beneficencia, de la cual formó parte en varias ocasiones, reconoció su ímproba labor condecorándolo con la Gran Cruz de la Beneficencia de Cundinamarca.

El doctor Ucrós se vinculó en 1902 a la Facultad de Medicina como docente de Clínica Quirúrgica y regentó luego la cátedra de Ginecología por cerca de siete lustros.

Miembro del Consejo Directivo de la Facultad en repetidos períodos, llevó la iniciativa de establecer los concursos para externos, internos y jefes de clínica. En 1939 la Universidad Nacional lo distinguió con el título de Profesor Honorario.

Retirado de la cátedra en la Universidad Nacional, continuó su actividad docente como jefe de los servicios quirúrgicos del Hospital San José (1945) y luego como director de la Escuela de Posgraduados y Perfeccionamiento Quirúrgico del mismo hospital (1946).

Durante dos períodos consecutivos, los comprendidos entre 1934y 1938, ocupó, con eficaz brillantez, la presidencia de la Academia Nacional de Medicina.

Al año siguiente, el gobierno nacional lo condecoró con la Cruz de Boyacá, en la categoría de Caballero. En 1946, por iniciativa de un su discípulo agradecido, el doctor Daniel Brigard Herrera, fue colocado en uno de los muros de la sala de ginecología del Hospital San Juan de Dios un medallón con la efigie del maestro.

Este testimonio de gratitud fue trasladado posteriormente al Instituto Materno Infantil. A los 73 años, el 21 de marzo de 1947, falleció en Bogotá el profesor Ucrós Durán. “Con su muerte -dijo Edmundo Rico en discurso póstumo- enlutáronse por igual la cirugía y la deontología patrias”.

En Cartagena, a instancias del doctor Teofrasto A. Tatis, se le dio espacio propio a la ginecología con la creación del Servicio respectivo en el Hospital Universitario de Santa Clara, el 20 de julio de 1907. El doctor Tatis no solo se distinguió en el ejercicio obstétrico sino que además tuvo fama como cirujano ginecológico.

Fue profesor de la cátedra, que regentó hasta 1930 cuando fue remplazado por Napoleón Franco Pareja, médico egresado de la Universidad Nacional, sobresaliente como cirujano general. Fue fundador y director de la “Casa del Niño”, hospital infantil que hoy lleva su nombre.

Como veremos más adelante, en Medellín la ginecología se independizó de la cirugía en 1928; encargándose de su dirección al gran cirujano Gil J. Gil.

Con la introducción del cloroformo y del éter como agentes anestésicos y de la antisepsia por el método de Lister, la cirugía, iniciado el siglo XX, adquiere una gran preponderancia.

En las ciudades importantes la ejecutan cirujanos de formación de escuela, adiestrados en Europa o en las universidades Nacional, en Bogotá, y de Antioquía, en Medellín; en la provincia la llevan a cabo los médicos generales, cuando no les resta otra alternativa.

Los audacias quirúrgicas de éstos no quedaron registradas en ninguna parte; las de aquéllos, ocasionalmente fueron dadas a conocer a través de las escasas publicaciones científicas de la época. Por eso, querer hacer un seguimiento cronológico y geográfico de las distintas intervenciones ginecológicas y de sus autores, es una aspiración vana.

Bogotá, Medellín y Cartagena son las tres ciudades que, por tener cada una facultad de medicina, hospital universitario y academia de medicina desde finales del siglo XIX las dos primeras, se prestan para recoger datos históricos. Esta precisión es válida, pues no faltará lector

que manifieste extrañeza al percatarse de que la mayor parte de los datos que se registran en esta historia de la ginecobstetricia ortosecular tiene que ver con las tres urbes citadas. Atenúan los vacíos advertidos las noticias que se dieron a conocer en enero de 1913, cuando tuvo lugar en Medellín el 2° Congreso Médico Nacional.

Fue éste un certamen que sirvió para dar a conocer el progreso que había alcanzado la cirugía en Colombia, pues se presentaron informes de la labor que en ese campo habían adelantado nuestros médicos en algunos departamentos del país. Nos hemos servido de esas comunicaciones para extractar lo pertinente a la ginecología, es decir, a la cirugía ginecológica.

Referencias

33.Trabajos científicos del eminente médico granadino Dr. Antonio Vargas Reyes. Imprenta de la Nación, 1859.
34. Uribe, Francisco; Sánchez, Bernardo; Fajardo, José y Angel, Manuel. Observaciones médico-quirúrgicas. En homenaje al Dr. Antonio Vargas Reyes. Biblioteca Nacional, Miscelánea, No. 548, 1860.
35.”Necesidad de la asistencia médica en los partos”. Tesis de grado, Universidad Nacional. Imprenta de “La Luz”, Bogotá, 1906.
36. Ibid.
37. “Miguel Rueda Acosta”. Discurso póstumo. Rev. Med. y Cir., Vol. 21, No. 252, 1930.
38. Universidad Nacional, Imprenta La Luz, Bogotá, 1893.
39. Historia del Hospital de San José 1902-1956, Imprenta del Banco de la República, Bogotá, p. 16, 1958.
40. Al pie de la Torre Eiffel. La España Editorial, p.2, s.f.
41. Reglamento para la Facultad de Medicina (Universidad Nacional). Casa Editorial de M. Rivas y Cía, Bogotá, 1891.
42. “Historia de la medicina nacional”. Rev. Méd. de Bogotá. Año 28, No. 336, 1910.
43.”Observaciones sobre asepsia y antisepsia quirúrgicas en Bogotá”. Tesis de grado, Universidad Nacional, Bogotá, 1907.
44. “Peritonitis postoperatorias”. Tesis de grado, Universidad Nacional, Bogotá, 1908.

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