De la Violencia, el Trauma y la Salud

El cuerpo, como sostiene Luis Carlos Restrepo, es el origen y recepción de la violencia y el espacio natural del fenómeno salud-enfermedad. Siendo así, las enfermedades son también hechos políticos. La formación médica encuentra en la violencia un campo de aprendizaje grande.
El último Congreso de Cirugía mostró series de trauma importantes en cada tema revisado. Pero, a la vez la violencia participa de la deformación del médico en formación, expresiones que relacionan la “calidad” de un turno con el alto número de pacientes de trauma son comunes en los hospitales universitarios. En ese mismo sentido se ha ido construyendo un médico entre “recursivo” e irresponsable en -sus procedimientos, haciendo del paciente de urgencias un campo para la experimentación.

En febrero de 1992 la prensa anunció el hallazgo de once cadáveres, la mayoría de indigentes, en el interior de la Universidad Libre de Barranquilla y en ese entonces sonaron como posibles implicados desde miembros de funerarias, directivas universitarias y celadores, hasta profesores y médicos. Cuando se supo que indigentes y cartoneros de Barranquilla eran asesinados en el interior de la Universidad, luego de “invitarlos” a entrar para que recogieran unas cajas y algunas botellas, se elevaron discursos de indignación, plegarias por la dignidad de los recicladores y manifestaciones por el derecho a la vida. La clasificación como “desechable” lo excluye de la categoría de persona para convertirlo en cosa (y como los asesinatos se cometen contra personas y no contra cosas…)

Una vez pasó la tormenta, los estudiantes volvieron a sus prácticas, las directivas universitarias a sus escritorios y los cartoneros a su miseria. Así, los “desechables” se pusieron de “moda” cuando los pusieron de muerte y las discusiones sobre ética médica subieron con soberbia y bajaron con discreción. También podríamos hablar de los chulos en los hospitales cazando cadáveres, de cuya muerte se enteran antes que el médico tratante gracias a la “colaboración del personal” que recibe comisión por muerto informado.

Se habla de nuevo de los derechos de los enfermos (alguien decía que todo enfermo tiene derecho a permanecer callado y cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra) y de los Derechos Humanos. Los Derechos Humanos, entendidos así por Saúl Franco, son una estructura conceptual ético-jurídica de gran complejidad y múltiples significados, y la violencia es la negación o limitación forzosa de alguno o algunos de los derechos individuales o colectivos. En el caso de los desplazados por violencia y del persohal de salud que trabaja en zonas de conflicto, es necesario garantizar el Derecho Internacional Humanitario.

Otro aspecto de esta lluvia de ideas y variaciones alrededor del mismo tema, es la atención prehospitalaria. Basta observar los trancones de las grandes ciudades, la insolidaridad de las gentes al paso de las ambulancias, el miedo de los taxistas y el desconocimiento de la policía sobre transporte de heridos, para verla dimensión del problema. Lo cierto es que siempre hemos pensando, como muchos frente a las venéreas, la burundanga, los cuernos o los recibos de la luz, que los asaltos y los traumas le suceden únicamente a los demás.

Por último y regresando al sector salud como productor de violencia, cayendo en el espinoso campo conceptual del ejercicio de la medicina (sin pretender resumir lo dicho por intelectuales como David Cooper o el mismo Foucault), deseo subrayar que el ejercicio del poder en el acto médico asistencial (acompañado de violencia) se consolida en el amparo del conocimiento y en la simbología de poder otorgada al médico por la sociedad y perpetuada por éste generación tras generación.

7. DEL ESCEPTICISMO, EL FASCISMO Y LA RESIGNACIÓN
No quiero ser abogado del diablo porque, además el diablo debe estar lleno de abogados, pero vale -recordar un artículo publicado por Antonio Caballero al día siguiente de la muerte de Pablo Escobar, titulado La Clonación de Escobar. Allí el periodista sostiene, mientras en el país se respiraba como si hubiese muerto la violencia misma, que a Pablo seguirían otros. Hoy, podemos afirmar que tenía razón: En Cali, por ejemplo, han sido asesinado entre 1994 y 1995, más de doscientos obreros que al parecer participaron en la construcción de caletas para el cartel de Cali. Y en Medellín, las cifras de mortalidad del primer semestre de este año, comparadas con el primer semestre de 1994, son mayores. En lo que va del 95, han asesinado 700 jóvenes en las comunas de Medellín. Igual, se acusaba a Gilberto Molina de buena parte de la violencia en zona esmeraldera, pero aunque ellos sí determinaron muertes, la pregunta debe ir más allá: ¿Qué sociedad permite que hombres así se edifiquen como paradigmas del crimen? Tengo un intento de respuesta: Una sociedad en crisis de valores, en busca de salidas inmediatistas y con grandes coqueteos al fascismo.

Años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, en Alemania, las condiciones de falta de liderazgo, sed de salidas y búsqueda de culpables (para ellos estuvo bien los judíos) permitió que un ex-sargento subiera al poder: Adolfo Hitler. Acá, entre el escepticismo total y la resignación absoluta, o todo se tolera (como las masacres) o todo se condena (como la homosexualidad o el tono de la piel). Lo triste de la resignación y el acomodamiento es que la muerte y el crimen en Colombia es tradición ya, no sólo lo digo por la familias guajiras sino por todos. A decir de Nietsczche, la moral es esa consecuencia del individuo con una tradición colectiva (por lo que valdría preguntarnos si ¿no hemos ido labrando una sociedad donde el homicidio es un acto ilegal pero no inmoral?

Tampoco creo en esa otra construcción de códigos que legitiman una violencia y condenan otra (lo digo más desde lo ético que desde lo político), porque terminamos hablando de crímenes buenos y crímenes malos, de masacres “necesarias” de extirpar el “cáncer” y nos acercamos así más al fascismo y al inmediatismo de las fáciles medidas de fuerza para resolver problemas que han desvelado el país hace muchas noches y que ha construido el país hace muchas tardes. Porque ni esto es la iglesia, ni nadie se dice Jesús para destruirlo todo y recuperarlo en tres días, es que sólo los sueños a largo plazo (aunque suena estrategista) no sacan de la encrucijada. “Aislar el cáncer” nos podría llevar en un ataque paranoico a colocarle rejas a las fronteras nacionales.

Cabe preguntarnos si la injusticia, la pobreza y la marginación, no nos haría incluir la desnutrición y el retardo en el crecimiento y desarrollo como carga de la enfermedad causada por la violencia. No conozco las guerras de otras latitudes, pero presiento que en ellas el enemigo es claro: Usa una bandera o un pañuelo. Aquí el enemigo camina por las calles junto a nosotros y, peor aun, duerme en nuestras entrañas, con nosotros bosteza la agonía y con nosotros maldice la esperanza, con nosotros niega lo humano que aún nos queda, lo soñador que aún no sucumbe, lo iluso que aún nos sobrevive.

La violencia va desde la violación de hijas hasta las masacres dentro de las mismas filas de la guerrilla como el caso de Tacueyó (as fosas comunes y los subregistros darían para otra conferencia), pasando por desapariciones, violaciones de Derecho Humanos y torturas. En Colombia, dicen la abuelas, “lo matan a uno para ver la cara que hace”. La muerte ya no es la muerte, ni siquiera es el señor del costal. Una niña en Medellín cuando ovó decir que su vecina había muerto preguntó: “¿quién la mató?.

En Bolivia, hace dos años, un padre violó a su hijo de cuatro años y luego lo asesinó. El entierro del menor terminó en una manifestación frente al Palacio Quemado y el presidente salió al balcón y reunió el parlamento en busca de la pena de muerte para el padre. ¿Es entonces la pobreza la causa de violencia y sobre todo de insensibilidad?

El marco jurídico de los colombianos es “soñao”, pero el problema no es escasez de leyes sino la falta de cumplimiento. El abismo existente entre el imaginario jurídico -como diría Jorge Child- y la realidad jurídica es casi insalvable. Estamos llenos de derechos que están llenos de “letra menuda” haciendo que el cumplimiento legal se torne un proceso kafkiano, tanto así que en el afán por descongestionar la rama judicial muchos delitos menores quedaron convertidos en contravenciones de policía. Cada vez que se reconoce la expresión de una nueva forma de violencia, el gobierno legisla. En 1994 salió una ley que tipifica los maltratos conyugales que pueden ser castigados hasta con seis meses de cárcel. Si bien es cierto que una de cada cinco mujeres sufre maltratos de su compañero, este tipo de medidas no es más que el reconocimiento de una sociedad que es incapaz de la tolerancia aun en el interior de la familia, legislar ésto es reconocer el fracaso de la convivencia ciudadana como posibilidad. (Tan triste como legislar que no se le corten las manos a los niños). Tal como lo dijo Aristóteles, las leyes no tiene nada que ver con la justicia.

Algunas alternativas han dado resultados, como el cinturón de seguridad, la ley semiseca, la readaptación de grupos juveniles de delincuencia y los planes de convivencia ciudadana. Otras medidas han dado resultados dispares en diferentes ciudades: la prohibición de armas de fuego en Cali disminuyó la cantidad de consultas por heridas por proyectil de armas de fuego, pero disparó la demanda por arma blanca. Y un tercer grupo de medidas, ha buscado resolver el conflicto con paños de agua tibia y decisiones inmediatistas, como el manejo humanitario de desplazados reducido a mercados y cobijas, o el fortalecimiento de los servicios de urgencias como única solución a la demanda.

Experiencias concretas como la de Cimitarra que le dijo No a todos lo violentos, la consulta popular por la paz en Aguachica, y los provectos de diálogos regionales como el de Urabá que lidera Gloria Cuartas (alcaldesa de Apartadó), son muestra de que sí hay caminos. Ayuda y es necesario por supuesto la mediación intemacional como la Cruz Roja, las Nainternaciones Unidas ó las ONGs que trabajan en Derechos Humanos, como Amnistía Internacional. Pero, aunque peque de estrategista, la salidas tienen que ver con un todo que no parece muy Promisorio para los colombianos. En últimas el camino debe contar con dos piedras angulares a su inicio: El reconocimiento del conflicto y el reconocimiento del otro, y el deseo, la voluntad política real de querer tolerar y crear lazos de entendimiento con el otro, lazos que paradójicamente son más necesarios cuando más grave es el conflicto.

Estos lazos y alternativas son los que debe contribuir a construir el sector salud desde la óptica no de nuestro quehacer como un problema de jeringas y tumores, sino desde el entendimiento de la salud como un todo dinámico y cotidiano, individual y colectivo, creador y posibilitador del ser humano. Mientras no lo entendamos así, no nos apropiaremos del Derecho Internacional Humanitario para nuestros funcionarios, no brindaremos una real atención integral al politraumatizado, no avanzaremos en los programas necesarios de atención humanitaria a desplazados o en los provectos de salud mental, no reconoceremos y toleraremos al homosexual, prostituta o delincuente como un ser humano que busca nuestros servicios en urgencias.

No sé porque García Márquez llamó a esto “el mejor vividero del mundo”, tal vez porque como dice en Cien Años de Soledad: “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”. Dicho así, si entre todos -y por supuesto desde el sector salud- no se avanza y se trasciende, si se convive y no se supera la cotidianidad de la muerte, sólo quedaría acogerse a la propuesta del borrachito: “Que el último cierre la puerta y apague la luz”.

Referencias

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  33. Restrepo, Luis Carlos; El Derecho a la Ternura. Arango Ed. Santafé de Bogotá: 1994. 191 p.
  34. Instituto Colombiano de Cultura; Manual de Historia de Colombia. Bogotá: 1979. 3 Tomos.

Y por supuesto toda una lista innombrable de publicaciones en periódicos, análisis de “violentólogos”, conferencias, conversaciones de tienda, discursos de parlamento, jerigonza de bus urbano, cacofonía de chofer de taxi, llanto de familiar de hospitalizado en urgencias, exhortaciones a la paz, diálogos en las barriadas, reuniones en los parches, gemidos de indigentes, frases de teléfono público cogidas al azar citas clandestinas y otras maromas que construyen el tejido de la reflexión cotidiana y anónima de la violencia en Colombia.

(1) Conferencia presentada en el V Seminario Internacional de Atención Primaria en Salud, de la Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Salud Pública de Cuba. La Habana, Cuba. Noviembre de 1995.

(2) Víctor de Currea Lugo. Médico Cirujano (Universidad Nacional de Colombia). Estudios de Especialización en Gerencia de Servicios de Salud (Universidad Jorge Tadeo Lozano) y en Derechos Humanos (Escuela Superior de Administración Pública, ESAP). Asesor del Programa de Emergencias y Desastres del Ministerio de Salud (1994 – 1995). Premio Latinoamericano de Periodismo “José Marti”, (1991). Docente de Cátedra de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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