Identidad, Personalidad y Verdad en Don Quijote

“Ego sum qui sum”

ÉXODO 3: 14

I

La historia de la psicología médica y el análisis de las formas de pensar y razonar en épocas anteriores a la nuestra, revisten importancia para el estudio de fenómenos de tanta significación humana como son los relacionados con las enfermedades de la mente cuya trascendencia se refleja no sólo en el campo de lo psicológico y lo social sino también en el de la cultura. Lo que es verdadero en el campo de la historia de la psicología y la psicopatología también lo es en el terreno de la literatura y de la narrativa.

Los conceptos e ideas de las gentes del siglo XVI y sus formas de pensar sobre la cordura y la locura se reflejan admirablemente en la espléndida ficción literaria de Cervantes. En el Quijote se encuentran los elementos necesarios para explorar sin timidez los terrenos de la cordura, la prudencia y el buen juicio del hidalgo manchego a la vez que indagar en las perturbaciones de la mente que llevaron a Alonso Quijano a transformarse en caballero andante de otra época, en un personaje heroico si se quiere, tan seguro de sí mismo que imitaba las famosas hazañas de sus predecesores sin renunciar por ello a afirmar su propia identidad de caballero andante: “Entiende con tus cinco sentidos, dice con certidumbre Don Quijote a Sancho, que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo” (Quijote I, 25).

Para avanzar en el desarrollo de estos temas es necesario apelar a la imaginación y dejarse conducir por ella a los años finales del siglo XVI con el fin de formarse opiniones certeras sobre lo que se entendía por locura en aquellos días; y quizás entender, desde puntos de vista diferentes, las características peculiares de la notable personalidad que atribuyó Cervantes al protagonista principal de su magistral obra. Este tipo de gimnasia intelectual lleva ante todo a admirar el conocimiento psicológico del escritor, adecuado y acorde con los saberes de la época en que concibió y desarrolló su obra. Ocuparse de estos estudios en los albores del siglo XXI no es en manera alguna impertinente o atrevido; refleja simplemente el deseo de contribuir a despejar la incógnita planteada a los estudiosos desde hace cuatrocientos años: ¿Qué tanto de locura y qué tanto de sensatez existe en la noble figura de Don Quijote de la Mancha?

Muchos de mis colegas médicos están habituados a juzgar al ingenioso hidalgo desde puntos de vista contradictorios y opuestos como son los de la locura y la cordura. No se percatan muchas veces del hecho indiscutible de que no estuvo en el ánimo de Cervantes dibujar el historial clínico de un trastornado leve de la mente, o el de un loco consumado, al crear la figura de Don Quijote. Estas aproximaciones, equivocadas a mi juicio, han conducido a la formulación de diagnósticos estructuralmente endebles que se modifican de acuerdo a los avances del conocimiento psicológico de las distintas épocas y escuelas; y a que se produzcan dictámenes de índole casi pericial que infortunadamente son aceptados sin mayor discusión por los expertos en literatura. Se cae en el desacierto de aplicar con supuestos criterios científicos los parámetros que se utilizan en los seres de la vida real a los personajes de ficción.

De allí que a todo lo largo del siglo XIX los literatos y los médicos hubieran hablado al unísono de la monomanía de Don Quijote; que a comienzos del siglo XX discurrieran sobre su paranoia, y que en los años más recientes conduzcan la atención del lector hacia los posibles delirios sistematizados de la personalidad del hidalgo. Este tipo de términos, a mi modo de ver, no sirven bien al propósito de definir situaciones de índole psicológica o psiquiátrica; son más bien formas diferentes de expresar conceptos parecidos o idénticos. Los diagnósticos médicos, aceptados fácilmente por muchos eminentes cervantistas, no parecen corresponder las más de las veces a las intenciones creativas del gran escritor.

Considero innecesario intentar establecer categorías diagnósticas de las posibles modalidades de locura de Don Quijote. Pienso que sería de más lógica y de mayor sentido reflexionar sobre los hechos que marcaron la manera de ser, de pensar y de obrar del ingenioso caballero a lo largo de su existencia; meditar sobre su identidad, comprendida como la integridad absoluta del ser; sobre su personalidad, enfocada desde las diferentes facetas de su obrar; y finalmente sobre su verdad, entendida desde el punto de vista psicológico de su realidad interior.

Es necesario tener en cuenta en el estudio de un personaje de tan alto interés psicológico como Don Quijote, que la realidad es comprendida de manera distinta por aquellos para quienes tiene sentido de prevalencia el pensamiento mítico y por aquellos que confieren título superior y aun supremo al pensamiento racional.

II

El problema de la identidad puede estudiarse desde distintos ángulos de acuerdo a los deseos, aficiones y maneras de razonar de cada investigador. La identidad de Don Quijote desde el punto de vista biológico se aparta demasiado de la naturaleza de este trabajo, en razón de lo cual no nos vamos a referir a ella. Haremos más bien algunas consideraciones desde las vertientes de la psicología y la filosofía, más pertinentes para reflexionar sobre el asunto que nos ocupa.

Para las ciencias de la mente, la identidad se relaciona con la integridad misma de la persona humana y se estructura paulatinamente durante la vida; su desaparición, como ocurre en el curso de las psicosis más severas, implica la cesación definitiva del ser como persona. Cuando penetra insidiosamente en el terreno de la insania, el enfermo continúa siendo un ser humano pero jamás una persona en toda la extensión de la palabra, como lo señala el psiquiatra vienés Víctor Frankl al precisar las diferencias entre ser humano y persona humana, en un estudio titulado “Diez tesis sobre la persona” que forma parte de su obra “La Voluntad de Sentido” (1994).

Para algunos filósofos la identidad del hombre se relaciona íntimamente con su propio cuerpo; para otros, con el alma inmaterial; y para otros más con la dualidad mente-cuerpo en la que los elementos alma y cuerpo se constituyen en una entidad inseparable y única. La identidad de la persona, su individualidad misma, se edifica sobre los recuerdos conscientes que se atesoran firmemente en la memoria a lo largo del tiempo; recuerdos que son indispensables para que la identidad se mantenga estable y no desaparezca.

Distintas escuelas psicoanalíticas han intentado explicar el desarrollo de la identidad a partir del momento mismo en que hace su aparición en la vida de los seres humanos. Los psicoanalistas coinciden generalmente en la necesidad de la separación psicobiológica del niño de la madre como parte de la transición de la fantasía a la realidad que le permite al niño alcanzar su identidad plena como persona individual. En la postulación de Freud, la identidad se establece hacia los tres o cuatro años mediante las identificaciones que el niño hace una vez superada la fase edípica de su desarrollo psicológico. Para Melanie Klein, el proceso ocurre más temprano, hacia los tres o cuatro meses de vida, cuando el niño aprende a abandonar gradualmente sus fantasías idealizantes o denigrantes del seno materno y ve a la madre como una persona completa constituída por una mezcla igual o desigual de cualidades buenas y malas. Winnicott, que construye su pensamiento sobre la teoría kleiniana de las relaciones objetales, se refiere al “espacio transicional” en el que el niño pequeño juega a pasar de la fantasía a la realidad mediante la imaginación que es intrínseca al juego.

Para el filósofo inglés Jonathan Lowe, la persona humana es un “sujeto de experiencias” que tiene la capacidad de reconocerse a sí mismo como sujeto individual; en otras palabras, un “yo” que posee conocimiento reflexivo. En su obra “Introduction to the Philosophy of mind” (2000), entiende por conocimiento reflexivo el de la propia identidad y los estados conscientes de la mente; un conocimiento indispensable para saber quién es uno, qué está pensando y qué está sintiendo. En el pensamiento de Lowe la identidad está relacionada con el conocimiento reflexivo del ser humano,

En su clásica obra “La Persona humana” (1942), el teólogo jesuita Ismael Quiles señala como elemento distintivo del “yo” psicológico su identidad. El yo psicológico no sólo se reconoce en cada instante como un mismo “yo”, sino que se percibe continuo e idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo. Los rasgos de identidad son permanentes. Los hechos de hoy, de ayer o de hace mucho tiempo permanecen siempre en la conciencia. La identidad implica necesariamente la síntesis de los actos y funciones en una misma conciencia.

IV

La identidad de Alonso Quijano fue trazada borrosamente por Cervantes en la primera parte de la obra. Tan sólo representa la imagen de uno de tantos hidalgos de una aldea española del siglo XVI: un hombre sencillo, bueno por antonomasia, “de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza” (Quijote I, 1); y un lector fervoroso en sus horas de ocio y hastío, que sólo llega a alcanzar con plenitud su identidad absoluta cuando tiene el vigor de transformarse en caballero andante de otros tiempos, en el Caballero de la Triste Figura como le llamó Sancho Panza, en el valiente Caballero de la aventura de los leones, o simplemente en Don Quijote (Castilla del Pino, 1989).

La identidad de Don Quijote es desde luego más firme y más compleja que la de Alonso Quijano y se va consolidando paso a paso a medida que avanza la novela. Es así como después de sus primeras aventuras, Don Quijote regresa de nuevo a su aldea; llega burdamente cargado sobre el jumento de un humilde aldeano, que después de llevar una carga de trigo al molino y apiadado de su penosa situación, le condujo a su casa desvencijado y quebrantado. Muy débil, y sin otras fuerzas que las apenas necesarias para hablar con escaso vigor, Don Quijote le dice al labriego unas pocas palabras con las que afirma la identidad que en su locura no ha perdido: “Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo los que he dicho sino los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías” (Quijote I, 5). Esas palabras de Don Quijote, recuerdan las del Éxodo que he colocado como epígrafe a este capítulo, palabras con las que Jehová afirma su identidad ante Moisés: “Ego sum qui sum” (Éxodo 3:14).

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