Hay Notas Luminosas en el Tiempo

Dr. Álvaro Monterrosa Castro, M.D

Imagyohevisto
HAY NOTAS LUMINOSAS EN EL TIEMPO

La enfermera Alina, como siempre, se sentó sin más pretensiones que ello, sobre el escritorio que está a la entrada de la sala de partos, dejando ver la piel blanca de su rodilla derecha, entre las desgarraduras intencionadas y de moda, de su bluyín índigo desteñido. Llegó sin su uniforme de siempre, por ello nadie se percató de su presencia. Sin reparos, cruzó las piernas y se asemejó a un gigantesco buda o a una diosa de una cultura milenaria y distante. Lo hizo para que a sus oídos llegase claro, desde alguna de las salas de parto, el arpegio de una canción, llorada desde una guitarra magistralmente ejecutada. Todo salía de la guitarra que rodó por toda la Clínica de Maternidad ‘Rafael Calvo’, pariendo canciones, mientras su ejecutante, siendo residente o estudiante de postgrado de Ginecología y Obstetricia, atendía partos y adquiría destrezas para llegar a ser un brillante ginecólogo – obstetra, y con los años atender con delicadeza las flores de San Andrés Islas, del Valle de Upar y de los Santanderes.

-Tienes cinco en música y cero en Obstetricia -, le gritó el doctor Pérez Pérez, en una media noche llena de contracciones, desbordada en líquido amniótico, teñida de meconio, sangrando y en medio de la hiperdinamia de siempre.

-Pero se equivocó en parte el gran maestro, pues al egresado, la sociedad colombiana lo calificó con cinco en todo, tanto en música como en Obstetricia.

El llanto de la guitarra, como si fuese de un niño saludable recién nacido, viene con frecuencia a escucharlo Alina, quien permanece por horas allí sentada y extasiada. Mientras indiferentes, a su lado pasan eternamente por el pasillo sus compañeras, de caminar presuroso, altivas, felices con sus tocas blancas franqueadas por un cinta negra, emblema de la escuela de la cual han salido.

Alina hoy ha traído consigo un libro de partituras, y ella lo llama así, el libro de las partituras, donde están condensadas todas las notas que se han ejecutado en Colombia, y que de una manera u otra, quedaron impresas en el tiempo y fueron el pie para el inicio de la Universidad de Cartagena; para el desarrollo de su Facultad de Medicina; para que se iniciase la enseñanza de la Ginecología y la Obstetricia; para la creación de las cátedras de Obstetricia y Ginecología; para la Creación del Departamento Unificado de Ginecología y Obstetricia; y en definitiva: para la formación de una escuela de postgrado que se ha encargado de parir especialistas en Ginecología y Obstetricia, que con virtudes y defectos, es lo que es hoy.

Alina, sentada sobre el escritorio y escuchando el pulsar de la guitarra, se siente: deambulando por los angostos pasillos del Hospital Universitario de ‘Santa Clara’, encontrando los aires que fueron respirados muchos años atrás, atisbando y escudriñando en los rincones donde las monjas escondieron, con la intención de que nunca fuesen revelados, los secretos de amor, las primeras tomadas de mano, las miradas ardientes y deseosas, los besos furtivos y apasionados al final de las clases de anatomía, los pecados, los deslices, las aproximaciones sexuales, los jadeos orgásmicos y los atrevimientos carnales de tantos y tantas, a través de muchísimos años de historia.

Alina cree palpar las paredes y los muros gruesos del Convento de las Clarisas, cargados de la historia de una Cartagena que se ha estirado convulsa desde la Colonia hasta la actual modernidad desbordada y arrasadora. Ese convento lleno de ojos, oídos y emociones, que ha estado desde siempre en el recuerdo de la enfermera Alina, fue el templo donde nació la enseñanza de la Obstetricia. El quehacer fue luego trasladado y para siempre a la incipiente casita de Maternidad, convertida con los años en la Clínica de Maternidad ‘Rafael Calvo’, para el presente y ojalá perenne santuario de la Obstetricia, cuyas paredes y muros ya se hacen grandes y gruesos, cargados con una historia viva, palpitante y humana.

Alina abrió el libro y lo dejó sobre su regazo maternal. Siguió escuchando las notas musicales que la atraen y la embelesan. Estiró sus largos dedos de las manos, con las uñas pintadas de un rosado tenue y amoroso. Con los índices fue recorriendo con delicadeza y sin prisas, las líneas de los pentagramas y en voz alta, interpretando los signos musicales, fue leyendo todas las siguientes notas.

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