La Navidad sin Pesebre No es Navidad

Carlos Castro Espinosa*

Desde hace muchos años mantengo la tradición que aprendí de mi abuelita y de mi madre de hacer EL PESEBRE DE BELÉN en diciembre. Es una forma de remontar el tiempo y regresar a esa infancia que todos atesoramos en la memoria, en donde la fantasía de la visita del Niño Dios en la madrugada del 25 de Diciembre se acompañaba con las Novenas cantadas en familia y con los amigos más cercanos, compartiendo viandas que sólo se preparaban para esta especial época.

Cómo olvidar el desamargado, la natilla, los buñuelos y un sin fin de platos culinarios que brotaban de las cocinas de las abuelas que sin duda ponían todo su empeño en trasmitir calor, color e infinito amor en todo aquello. No es de extrañar pues, que la Navidad quedara grabada en las infantiles mentes de nosotros de manera indeleble.

Todo empezaba en la última semana de noviembre. Era un rito. Se buscaban los costales y se planeaba un día de campo en el cual se subía a los cerros cercanos a recoger musgo y algunas plantas exóticas que luego harían parte del Pesebre. Cómo recuerdo el olor a musgo. Debo admitir que lo extraño, aunque comprendo y comparto la prohibición ecológica. Qué sería de los cerros Bogotanos con seis millones de manos arrancando ese delicado tejido biológico que nos mantiene vivas las quebradas y el ecosistema?

Los días siguientes se dedicaban a sacar las cajas que con-tenían las cosas de la Navidad, almacenadas en los sitios más curiosos de las casas; debajo de las camas, en clósets, depósitos y en cuanto lugar hubiese un espacio para guardar tantos adornos que tan sólo una vez al año salían de su escondite. Se empezaba a buscar el mejor espacio de la casa para construir el que sería el sitio más importante de las festividades que se iniciaban con la noche de las velitas el 7 de diciembre y que se prendía total y musicalmente el 16 con la iniciación de la famosa novena de aguinaldos de la Madre María Ignacia.

Se armaba todo un escenario con cajas, tablones y toda clase de elementos que luego se cubrían con papel encerado o tela de costal sobre el cual luego se extendían las lucecitas de manera tal que todo el Pesebre quedase iluminado como para una Feria. Los cables se cubrían con musgo para mimetizarlos y finalmente se empezaban a colocar las figuras. Se armaba el pueblito de Belén, se colocaban los pastores y sus rebaños. Era tradición no colocar al niño Dios sino hasta el 25 de Diciembre.

Los tres reyes magos se colocaban lejos del Nacimiento y se iban moviendo poco a poco hasta el día 6 de enero cuan-do finalmente llegaban al portal a adorar al Niño y ahí finalizaba todo. A recoger y guardar todo hasta el año siguiente.

Toda familia tenía una caja o un baúl con instrumentos que incluían varias maracas y panderetas de diversos tamaños y en diferente estado, la mayoría rotas, pero que hacían bulla, tamborcitos y algunos pitos de agua que al ser soplados imitaban el trino de algunos pajaritos. Solía guardarse en ese baúl copias de los villancicos y el librito de la Novena sin el cual era imposible rezarla. Como olvidar la Oración para todos los días, la Oración a San José, Padre Putativo de Jesús (palabrita que invariablemente hacía salir pícaras miradas y una que otra risita maliciosa de los primitos presentes) y todas las demás invocaciones que terminaban con el “Dulce Jesús mío, mi niño adorado, ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”. Una tanda de villancicos cantados con entusiasmo por todos era el preámbulo del anuncio de pasar a comer las delicias que con esmero se habían preparado. Y luego se quemaba pólvora. Los adultos echaban los voladores y prendían los volcanes. Los niños luces de bengala. También añoro ese olor de la pólvora y el ruido de los voladores. Pero también acepto y apoyo la medida de prohibirla para evitar los accidentes que infortunadamente eran tan frecuentes, especialmente con los niños.

No recuerdo que hubiese licor en estas celebraciones. No tenía porque haberlo. Después de todo era una especie de celebración religiosa. Pero se respiraba un ambiente cálido, amoroso, de inocente, y simple e infantil felicidad de Navidad.

Hoy, a pesar de los tiempos y costumbres cambiantes, quiero mantener ese espíritu. Es una manera de mantener viva una tradición que une y nos debe hacer reflexionar acerca del significado de la Navidad. Del Nacimiento. Es una época de especial júbilo que se la debemos a San Francisco de Asís, quien en la nochebuena de 1223 revivió la Santa Noche del nacimiento de Jesús con los campesinos de la campiña italiana. Todos estamos contentos y si no fuera por la agobiante faena comercial de ir a comprar regalos (inútiles la mayoría) seria inigualable.

Cuando empiezo a armar el Pesebre empiezo a tener una comunicación espiritual con todo lo que El significa. Creo que sentir ese Espíritu de reconciliación, de paz y de amor debe ser universal, independiente de las creencias de cada cual. Es el renacer del amor en cada uno de nosotros. Es sentirme niño de nuevo. Y descubrir que todos lo somos. La verdad es que gozo mucho haciendo el Pesebre de Belén, y sintiendo que quienes lo contemplan gozan también.

Bien lo dijo Hamlet: Navidad es tiempo Santo y lleno de Gracia.


* Oncólogo, Director del Instituto de Oncología FSFB.
Correspondencia: [email protected]
Recibido: diciembre de 2008
Aceptado para publicación: diciembre de 2008
Actual. Enferm. 2008;11(4):41-42

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