Libros, Presentación del Libro: Cuasi una Fantasía. Cuentos y Relatos

Autor: Académico Dr. Efraím Otero Ruiz

Cuasi una Fantasía. Cuentos y RelatosMeses y varios huesos rotos después puedo, al fin, presentar ante ustedes mi libro de cuentos y relatos, salido de las prensas de Kimpres -con el generoso apoyo de esta Academiadesde septiembre del año pasado.

Afortunadamente, por tratarse de “Cuasi una fantasía” son narraciones que solo están parcialmente ancladas en el tiempo y comprenden una vivencia de medio siglo, no sólo por los personajes-hoy casi todos desaparecidos- sino por los sucesos, que a veces -aunque tomados de la vida real parecieran exceder la imaginación del autor o la de ustedes, mis potenciales lectores.

Por eso antes de abrir el contenido de este, mi séptimo libro, habría que preguntarse, como en ocasiones anteriores, por qué lo escribo. Después de mis cercanos encuentros con la muerte, habría que responder con la melancólica respuesta de Ernesto Sábato en el preludio de su libro “Antes del fin”, en que dice “Escribo esto para adolescentes y jóvenes pero también para los que, como yo, se acercan a la muerte y se preguntan para qué y por qué hemos vivido y aguantado, escrito, pintado o sólamente esterillado sillas”.

Otro propósito sería recolectar episodios directa o indirectamente conectados con la historia de la medicina, de la ciencia o de la vida, realidades que, según nuestro Premio Nobel, exceden la más desbordada fantasía de los escritores del “boom” latinoamericano. Como lo digo en mi propia introducción, “todo recae en experiencias vividas a las que la emoción con que se oyeron o se vivieron, el transcurso del tiempo y la imaginación misma van agregando o quitando componentes hasta que el resultado final puede apenas parecerse remotamente a aquello que se vivió”. Por eso, no pude menos que rememorar las bellas frases con que Pedro Alejo Gómez Vila, en fulgurante prólogo, se refirió a su padre en la antología póstuma que se publicó de la obra cuentística de Pedro Gómez Valderrama, inolvidable paisano y amigo: “En sus cuentos, urdidos sobre zonas en que la historia es inaveriguable, sobre un mundo de posibilidades sin comprobación dable, nada hay que se imponga al lector.

La imposibilidad de trazar en muchos de ellos una línea divisoria entre lo real y lo imaginario, entre la historia y la ficción, tiene en su caso una prodigiosa significación entre la forma del cuento y la del ensayo…de manera tal que lo imaginario y creado…pasa a ser el objeto de su propia reflexión. Y ninguna libertad hay mayor que la que puede ejercerse sobre lo imaginario, sobre lo todavía no alcanzado”.

Por eso el primero y el último, quizás los más imaginativos y los más irreales, son lo que más han gustado a mi generoso prologuista, el Académico Adolfo de Francisco, ese sí poeta, ensayista y escritor serio. El primero fue premiado hace 6 años en Madrid (España) compitiendo con 387 autores de casi todos los países de habla española; y el último en un concurso nacional realizado en la bella y muy culta población de Samaná (Caldas) en 1997. Según Adolfo “ambos cuentos tienen en común el hecho de que sus temas se relacionan con sucesos y rituales de carácter religioso; de una religiosidad popular y casi folclórica el primero, y de otra más convencional el último. En ambos, los rituales sustituyen a los mitos que se emplearon frecuentemente en cuentos del pasado”. Los otros, sucesivamente, hacen referencia al personaje más discutido en la historia psiquiátrica y judicial del siglo XX (según Humberto Roselli) el estrafalario Conde de Cuchicute; o a colegas y amigos muy queridos en Cali, en Bogotá o en los llanos y selvas de Colombia y del mundo.

O a profesores respetados y respetables, en esta misma Academia, o a la primera médica graduada en Colombia; o amigos cercanos que tuvieron que ver con mi vida de universitario, de novato anestesista o de médico del Instituto de Cancerología o de entidades norteamericanas. Contarles ahora en detalle quiénes son ellos, sería como cuando le cuentan a úno a la entrada del cine el desenlace de la película; pero ya por las imágenes se habrán dado cuenta que muchos de ellos han sido cercanos a nuestras vidas o a las actividades de esta Academia.

Para la cual no tengo sino agradecimientos, incluyendo a todos y cada uno de sus miembros y colaboradores, del mayor al menor; al ilustrador de mis carátulas y co-editor en varias aventuras como ésta; a mi prologador y a mi comentarista -al que puedo decir con toda razón, que quien es caballero, repite-. En fin, a ustedes los aquí presentes por aguantar ahí sentados hasta que el dolor de espalda, de golpe, se nos convierta en reuma*.


* La ponencia siguiente, por el Académico Antonio Iglesias, se titulaba “Historia del reuma”.

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