Reseñas bibliográficas “Setenta Años del Cáncer en Colombia”

Historia del Instituto Nacional de Cancerologia 1934 – 1999

Setenta Años del Cáncer en ColombiaLibro maravillosamente escrito, como lo califica el señor Ministro de Salud, en la presentación que hace este libro del Académico Efraím Otero-Ruiz. Escrito magistralmente según el doctor Carlos José Castro, actual Director del Instituto, en su Introducción al libro.

Entrando en materia, el lector encuentra que el autor logra crear lo que realmente es, una verídica y pormenorizada historia, escrita con maestría e investigada exhaustivamente en fuentes fidedignas, conseguidas progresivamente desde 1955 cuando publicó el primer trabajo titulado “Actividades Cancerológicas” en 1954, en la Revista Colombiana de Cancerología, trabajo que continuó con una serie de publicaciones sobre el mismo tema en el Instituto Nacional de Cancerología, llegando a 18 en 1999.

El relato de este libro es minucioso, detallado y preciso, que señala el punto de partida bajo la influencia de la medicina francesa, entonces reinante en todo el mundo científico hasta los albores de la 11 Guerra Mundial cuando se impuso un cambio motivado por el descenso de la medicina europea y el ascenso de la americana, estimulada ésta con el informe Flexner de la Misión Norteamericana que creo el Hospital Universitario revolucionado de la educación médica.

Advierte el autor que su libro se remonta hasta los albores del siglo XX cuando el descubrimiento de los rayos X en 1895 por los esposos Pierre y Marie Curie y del radium, elemento este último que fuera traido a Bogotá en enero de 1920 para el Hospital San Juan de Dios, quedando en manos del doctor Roberto Sanmartín Latorre. Añade que el profesor Carlos Esguerra y sus hijos Alfonso y Gonzalo, formados en Francia y los profesores Roberto Sanmartín, Pompilio Martínez, Rafael Ucrós y José Vicente Huertas, unieron sus voluntades y sus influencias para crear esta magna obra del Instituto Nacional de Radium. Advierte también que a propósito suspende este relato histórico desde hace 25 años para dejar a las nuevas generaciones su propia apreciación de este ejemplo de creación de obras perdurables en salud, en docencia e investigación.

Nos recuerda que en un Congreso-Exposición celebrado en 1923 en Estrasburgo se presentó la pasta Colombia como un descubrimiento de Alfonso Esguerra Gómez.

Prosigue su relato comentando que el proyecto del Instituto Nacional de Radium en Colombia, a imagen y semejanza del de París, fue encomendado al profesor francés Jean Regaud, quien aceptó y viajó a Bogotá para tal efecto. Posteriormente la Ley 81 de 1928 creo el Instituto Nacional de Radium de Colombia.

La dotación y construcción del Instituto constituyó toda una odisea que es descrita en detalle. La obra fue inaugurada por el Presidente de Colombia Enrique Olaya Herrera el 4 de agosto de 1934. Y en abril de 1935 fue nombrado como Director del Instituto el doctor José Vicente Huertas, quien a su vez designó como primer residente al doctor Carlos Márquez Villegas que luego descollaría en forma brillante.

Pero no todo marchó sobre ruedas, por varios factores a saber: la discrepancia entre si el Instituto debería pertenecer a la Universidad Nacional (limitada en recursos económicos) o al Ministerio de Salud, pues se planteaba la urgencia de iniciar la investigación sobre cáncer y de ampliar los servicios debido a escasez de cupos para los pacientes pobres de atención gratuita; una coincidencial aunque transitoria indecisión ante el impacto de la 11 Guerra Mundial que determinaba el cambio estructural y funcional de la medicina europea a la norteamericana, problemas estos que inquietaron a las directivas encabezadas por José Vicente Huertas, Daniel De Brigard y Ramón Atalaya. El 14 de marzo de 1944 presenta renuncia el Director profesor Huertas y es nombrado en propiedad el doctor César Augusto Pantoja, decisión gubernamental que fue recibida de entrada con renuncia colectiva de los empleados del Instituto.

El profesor Pantoja logró superar este impase y comenzó reformas con colaboradores nacionales y del exterior, para lo cual buscó la asesoría del profesor doctor Alfonso Esguerra Gómez, pionero de la radioterapia, y de común acuerdo fueron designando colaboradores como el doctor Roberto Restrepo, especializado en París en oncología y radioterapia y Rafael Carrizosa Argáez.

Poco tiempo después el doctor Restrepo nombró un joven profesional, el doctor Mario Gaitán Yanguas a quien entrenó y luego le sucedería como Jefe de Radioterapia y llegaría a ser Director del Instituto 10 años más tarde en 1958.

El profesor Pantoja como Director del Instituto logró que el Congreso de la República expidiera la Ley 81 de 1945 por la cual se dota y perfecciona el Instituto Nacional de Radium. Con esta ayuda y la visita del profesor LENZ de la Columbia University, coautor del importante tratado LENZ y MALLORY, definió la pauta para abrir las puertas a la docencia e iniciar la difusión de los métodos y procedimientos modernos para el diagnóstico y tratamiento del cáncer.

Otra de la incorporaciones al Instituto fue la del cirujano Ernesto Andrade Valderrama, quien llevaría a cabo en 1947 la primera resección abdominoperineal para cancer del recto.

Un cambio radical fue realizado en anatomía patológica por el doctor Egon Lichtenberg con adaptación hacia la patología norteamericana.

El Director doctor Pantoja fundó en 1948 el Boletín del Instituto. El doctor Juan Jacobo Muñoz se desempeñó como Jefe de Cirugía por más de 12 años, pues continuó cuando fue nombrado el nuevo Director doctor José Antonio Jácome. El doctor Muñoz es autor quizás de la más completa historia del Instituto que complementó con pertinentes y amenos recuerdos; ambas obras tenidas en cuenta por el autor de este libro.

En 1949 el doctor Pantoja amplió la nómina de colaboradores del Instituto con Alberto Medina Pinzón, dermatólogo; Carlos Cleves Cucalón, otorrinolaringólogo como su padre; Pablo Gómez Martínez, profesor de urología de la Universidad Nacional y Presidente de la Academia Nacional de Medicina. El doctor Santiago Triana Cortés, fundador del laboratorio de cirugía experimental de la Facultad Nacional de Medicina, también presidente de esta Academia. Hernando Anzaola Cubides, cirujano gastroenterológico, Alberto Vejarano Laverde hoy en día Presidente de la Cruz Roja Nacional. El doctor Alejandro Jiménez sobresaliente cirujano, profesor de cirugía de la Universidad Nacional, ocupó la Jefatura Neuroquirúrgica y más tarde como Ministro de Salud adscribió el Instituto al Ministerio; cambió su nombre por el de Instituto Nacional de Cancerología mediante el Decreto 3708 de diciembre de 1950 y también cambió el nombre de Ministerio de Higiene por el de Ministerio de Salud.

En 1951 el profesor Pantoja renunció a la Dirección del Instituto y fué nombrado en su reemplazo el doctor José Antonio Jácome el 1 de abril. Entre 1951 y 1952 se incorporan en forma permanente nuevos profesionales entre ellos Juan Jacobo Muñoz, más tarde Ministro de Salud y Presidente de la Academia; Agustín Pachón, Jorge Segura Vargas, Alfonso Latiff y Jaime Cortázar, luego destacado Gerente de ISS. Este último profesional adquiere especial afinidad por los radioisótopos y consigue organizar el laboratorio para investigación, diagnóstico y tratamiento, o sea la primera unidad de medicina nuclear en el país.

El doctor Jácome inauguró el nuevo edificio en octubre de 1953 completando un cupo de 126 camas, de las cuales 91 ocuparían los pacientes pobres gratuitamente.

Después de una efectiva labor renunció y fue nombrado nuevo Director el doctor Jaime Cortázar, quien estabilizó la sección de isótopos radiactivos que había fundado y organizó el Comité de Lucha contra el Cáncer. Desarrolló una extraordinaria labory delegó funciones en el doctor Efraím Otero Ruiz quien trabajaba su tesis de grado que obtuvo en octubre de 1956, siendo nombrado Jefe de Radioisótopos y Endocrinología, puesto que desempeñó hasta abril de 1957 cuando viajó a los Estados Unidos a especializarse con beca de la USAEC. El doctor Cortázar se retiró a finales de este año y fue nombrado el doctor Mario Gaitán Yanguas, quien obtuvo del Gobierno central la conversión hacia Instituto descentralizado, manteniendo su adscripción al Ministerio de Salud con presupuesto independiente asignado por Ley.

El doctor Otero a su regreso al país a finales de 1966 se reincorporó al Instituto y con nuevos equipos desarrolló ampliamente las técnicas de gammagrafía con radioisótopos y logró la fundación del Departamento de Investigación y la instalación de la microcirugía electrónica y cirugía nuclear. En 1965
el doctor Otero fue nombrado por la ASAEC consultor internacional para dirigir en Latinoamérica los cursos de Medicina Nuclear.

El doctor Otero contribuyó eficazmente junto con sus compañeros del Instituto a la creación por el Gobierno Nacional del Fondo Colombiano de Investigaciones Científicas y Proyectos Especiales “Francisco José de Caldas”, COLCIENCIAS, que empezó labores en 1969. A mediados de 1972 el doctor Otero Ruiz fue nombrado Director.

Finaliza este libro con la Historia del Instituto sobre “Terapia Medicamentosa” contra el Cáncer, en el cual presenta la evolución de este obnubilantetema hasta el año de 1998 y que contiene la descripción de los efectos paliativos y curativos y aún preventivos, asi como sus indicaciones terapéuticas en determinados tumores.

Académico Mario Carnacho Pinto
Coordinador Emérito, Revista Medicina
Miembro Honorario, Academia Nacional de Medicina

“Historia de la Anestesia en Colombia”

Historia de la Anestesia en ColombiaCon el patrocinio de la Sociedad Colombiana de Anestesiología y Reanimación (SCARE) y pulcramente editado por Gente Nueva Editorial, en Julio de 1999 ha publicado el Académico Jaime Herrera Pontón su volumen “Historia de la Anestesia en Colombia“, aparecido justamente con motivo de los 50 años de fundación de dicha Sociedad.

El volumen, de pasta dura y de 300 páginas, con prólogo de Luis Duque Gómez, Presidente de la Academia Colombiana de Historia e ilustrado con numerosas fotografías, está dividido en 14 capítulos y 3 apéndices, precedidos de una introducción a cargo del autor.

Los 4 primeros capítulos, desde la conquista y la colonia hasta los primeros decenios de nuestra república, describen las primeras plantas sedantes y analgésicas nativas lo mismo que los primeros venenos paralizantes empleados por nuestros aborígenes, el opio empleado como profundo analgésico en nuestras guerras emancipadoras y la creación de los primeros programas de estudios médicos en Colombia. De ahí arrancan dos extensos capítulos, pivotales en el desarrollo de esta historia: el 50., titulado “El siglo XIX desde la primera demostración del éter” y el 60. “El siglo XX hasta la creación de la Sociedad Colombiana de Anestesia”. En ellos se describen de manera más o menos suscinta los primeros esfuerzos para diferenciar las técnicas anestésicas de las quirúrgicas propiamente dichas y el lento pero prodigioso esfuerzo por hacer de la anestesiología una especialidad médica, fenómeno que no sucede hasta bien entradas la 4a. y 5a. décadas del pasado siglo. Esos primeros cien años, como sucede en el resto del mundo occidental, estarán dominados por el éter y el cloroformo en método abierto ya que otros agentes, como el etileno y el ciclopropano, apenas comienzan a llegar en vísperas de la lIa. Guerra Mundial, lo mismo que los primeros aparatos de circuito cerrado, la inducción por barbitúricos intravenosos y el empleo de miorrelajantes. De suerte que puede decirse, con toda propiedad, que los 50 años de historia de la Sociedad corresponden, con raras y honrosas excepciones, al desarrollo de la Anestesia como especialidad en nuestro medio.

El autor se preocupa por conceder el crédito, no sólo a las instituciones públicas y privadas sino a los individuos, empíricos o médicos, que favorecieron o iniciaron las actividades pioneras en este campo. La figura dominante en esos capítulos formativos es, indudablemente, la de Juan Marín, fundador de las primeras escuelas de anestesia y creador del logo y escudo que hoy ostenta con orgullo la Sociedad. Trabajador incansable durante más de siete décadas y aún erguido y vigoroso pasados los 90 años, al ver la luz este libro, Marín merece el homenaje que en él se le tributa como gallardo exponente de la medicina colombiana.

El capítulo 70. está integramente dedicado a la fundación de la Sociedad colombiana y de los primeros grupos o seccionales departamentales, terminando con el Primer Congreso Colombiano de la especialidad en que el autor de estas líneas (alumno de Marín en San Juan de Dios en 1950 y miembro temprano de la Sociedad) tuvo el agrado de participar con un trabajo sobre “pentotal intramuscular”. Los esfuerzos a nivel internacional se concretarían en la preparación y celebración del 111 Congreso Latinoamericano, celebrado en Bogotá en octubre de 1956 : a éste y a los congresos y cursos subsiguientes se dedica el capítulo 80. que muestra ya un grupo nacional consolidado y fuerte, cada vez más empeñado en las luchas gremiales por obtener un reconocimiento y una remuneración adecuados; a ello se dedican también los capítulos 90. y 110. intercalando como breves capítulos refrescantes la evolución del manejo del dolor y la historia de la Revista Colombiana de Anestesiología, nacida en 1973 y que aún se sigue publicando.

El capítulo 13, uno de los más extensos, está dedicado en su totalidad a la enseñanza de la Anestesia, desde Marín hasta nuestros días; el 14 a la Ley 06 de 1991. un “hito histórico” que reglamenta y consagra la especialidad. Lo capítulos siguientes están dedicados a diversas organizaciones nacionales e internacionales en pro de la defensa de la especialidad y al XXII Congreso Latinoamericano celebrado en Bogotá en 1992, capítulo en que se dedican sentidas páginas a los forjadores de la anestesiología en nuestro medio, culminando con un resumen y comentario finales en que define claramente el firme estado de la especialidad al culminar el último milenio. Alrededor de los personajes prominentes en los diversos capítulos se van imbricando también los progresos farmacológicos y tecnológicos que colocan nuestra anestesiología al nivel de las más avanzadas en el mundo.

Siguen los tres apéndices dedicados a los estatutos y reglamentos de la SCARE lo mismo que a las normas mínimas vigentes sobre seguridad en anestesiología. El libro culmina con una cuidadosa bibliografía de 145 referencias, la gran mayoría de ellas nacionales, y un índice onomástico indispensable para guiar al lector por el sinnúmero de nombres que enaltecen la práctica de la especialidad en Colombia y en el mundo.

La calidad del papel y de las fotografías es excelente. En éstas puede verse cómo el autor, académico desde 1984 y Presidente de la Sociedad y de muchos de sus congresos y cursos a nivel nacional o internacional, ha vivido intensamente las últimas cuatro décadas de una especialidad cuyo surgimiento y florecimiento, bellamente ilustrados en este libro, han de servir de ejemplo a muchas otras que también nacieron y se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XX.

Académico Efraím Otero-Ruiz
Presidente,
Sociedad Colombiana
de Historia de la Medicina

“Apuntes para la Historia de la Neurocirugía
en Colombia”

Apuntes para la Historia de la NeurocirugíaPocos meses después de la aparición de su importante obra sobre los traumatismos encefalocraneales, el Académico de Número y distinguido neurocirujano doctor Germán Peña Quiñones, contribuye nuevamente a la bibliografía colombiana con una obra para la cual tiene singular autoridad, pues pertenece a la especialidad de que se trata y ha formado parte de sus cuadros directivos por muchos años: el libro “Apuntes para la Historia de la Neurocirugía en
Colombia”.

Con su habitual preocupación por la exactitud de los datos que presenta, el doctor Peña revisó para estos Apuntes prácticamente todas las fuentes disponibles, y consiguió numerosos testimonios de personas que han vivido el desarrollo de las actividades neuroquirúrgicas en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX.

Ello le ha permitido recoger en apretada síntesis a lo largo de poco más de 100 páginas, numerosos y valiosos datos, reseñas de personajes, noticias de acontecimientos y algunas anécdotas personales, de todo lo cual se obtiene visión bastante completa del panorama neuroquirúrgico colombiano. Los precursores, con sus primeras y arriesgadas cirugías en la segunda mitad del siglo XIX, se unen a quienes concretaron el ejercicio especializado desde el decenio de los años cuarenta (en primer lugar, los profesores Mario Camacho Pinto y Álvaro Fajardo Pinzón) para culminar en los jóvenes especialistas llegados al terreno después de 1995.

Merecen especial anotación los cuadros que recogen los nombres de quienes han formado la Junta Directiva de la Sociedad Neurológica de Colombia, desde su fundación en 1962 hasta el presente (cuando lleva desde 1993 el nombre de Asociación Colombiana de Neurocirugía), así como los referentes a los congresos nacionales y a los congresos latinoamericanos de neurocirugía.

La Obra del doctor Peña colma plenamente las expectativas planteadas por su título y nos deja con el deseo de verla aún más completa, en un tomo para el cual quedan puestos cimientos muy firmes.

Académico Juan Mendoza-Vega
Vicepresidente
Academia Nacional de Medicina

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