La Glándula Maestra

Glándula Tiroides

El Infantilismo

Al bordear el nuevo siglo se presentaron sendos informes por destacados médicos europeos, que le dieron a la hipófisis una gran importancia en la etiología de la obesidad, lo que se conoció como el síndrome adiposo-genital. El francés de origen polaco Joseph Babinski (recordado por el reflejo piramidal por estimulación plantar, normal en lactantes, patológico en adultos) informó el caso de una joven obesa con infantilismo genital, que presentó un tumor que ocupaba la silla turca. Al año siguiente Fröehlich describió otro caso comparable de infantilismo, cefalea severa y alteraciones visuales (enanismo con hipogenitalismo), que luego desarrolló obesidad y que –gracias a la disponibilidad de las nuevas técnicas radiológicas- presentaba un agrandamiento de la silla turca. La hipofisectomía trans-etmoidal mostró que se trataba de un quiste. Al respecto dice el historiador Amaro Méndez: Probablemente ningún otro diagnóstico en endocrinología ha sido tan amplia e injustificadamente utilizado, calificándose de este modo a niños que solamente son obesos. Ocurre que en el niño gordo, los genitales –aunque son de tamaño normal- lucen pequeños con el volumen corporal, y la pubertad aún no se ha presentado. A mediados del siglo todavía hablaban con frecuencia los endocrinólogos sobre casos de síndrome de Fröehlich. Estudios recientes han mostrado que en la obesidad si juega un papel el hipotálamo, a través de la leptina, las adiponectinas, los centros del hambre y de la saciedad; pero no como lo veían estos colegas de hace un siglo.

Albores de la neuroendocrinología

El concepto endocrino iba solidificándose y no cabía duda de que existían mensajeros químicos (ya con el apelativo de hormonas). Henry Hallet Dale (1875-1968) en Edimburgo, descubre la acción oxitócica del lóbulo posterior de la hipófisis (1906) a partir de lo cual el médico deja de ser un actor pasivo durante el parto. Para 1936, Edward Doisy ya había formulado los pasos para desarrollar una hormona:

  1. Se debe identificar el tejido que produce la hormona 2. Se debe desarrollar un método biológico para identificar la hormona 3. Por medio del correspondiente bio-ensayo, se podría preparar un extracto hormonal activo, que –en etapas sucesivas- se podrá purificar (este paso es muy importante, ya que como pudieron observarlo los investigadores de la época era necesario procesar cientos de kilos de órgano crudo para obtener un extracto con actividad suficiente. 4. Finalmente es necesario aislar la hormona, identificar su estructura química y luego sintetizarla finalmente.

Estos procesos investigativos resultaban demasiado costosos, por lo que los científicos de la academia eran frecuentemente financiados por la industria farmacéutica o a menudo eran empleados por las empresas, sistema que persiste todavía.

Para la época del descubrimiento de la insulina –el período entre las dos guerras mundiales- ya la endocrinología había tomado cuerpo con su perspectiva propia en relación con la fisiología. Se aceptaba entonces que el sistema nervioso tenía funciones integracionales rápidas y que las glándulas endocrinas y sus productos coordinaban y regulaban las actividades corporales a largo plazo, bajo la dirección orquestal de la hipófisis. Aunque se consideraban sistemas iguales y separados, algunas evidencias hicieron pensar en que estuviesen más bien conectados. Como en el desarrollo de toda ciencia, diversas disciplinas hicieron aportes: la zoología (o biología), la clínica, la química, la patología, la psiquiatría… ¿existiría un sistema híbrido que llamaríamos neuroendocrinología?

Estudios con la epinefrinaVeamos. Los estudios con la epinefrina y el sistema nervioso autónomo habían progresado, de tal manera que se llegó a saber que las emociones estimulaban el sistema simpático, conectado con la médula suprarrenal que liberaba epinefrina –ayudando en la respuesta de emergencia de la lucha o huída; el fisiólogo Walter Cannon había observado en sus experimento con gatos que un susto o el miedo paralizaban el aparato digestivo por medio de la epinefrina (después se sabría que la acción beta de la epinefrina era inhibidora, mientras que la alfa de la norepinefrina era estimuladora). Se intentó conectar al sistema simpático con la tiroides (a la manera de su conexión con la médula suprarrenal) por dos razones: el hipertiroidismo estaba lleno de síntomas adrenérgicos como la taquicardia, sudoración, temblor, diarrea, ansiedad (mientras que los hipotiroideos presentaban síntomas opuestos), pero además se veía que la enfermedad de Graves a menudo se desencadenaba por un factor de estrés súbito o continuado (además de un claro componente que tiene, como en la presencia de bocio difuso tóxico en gemelos idénticos). Aunque posteriormente el aislamiento de la hormona estimulante de la tiroides dio al traste con la posibilidad del control adrenérgico, muchos investigadores siguieron creyendo que existía la conexión neuroendocrina. Dale y Loewi habían encontrado que el neurotrasmisor relacionado con el nervio vago era la acetil-colina, lo que completaba el conocimiento básico de dos funciones antagónicas en el sistema nervioso autónomo, que controla las vísceras. El control neural de la hipófisis comenzó a estudiarse por el lado del lóbulo posterior. Existían importantes investigadores que consideraban que la totalidad de la acción fisiológica estaba en el hipotálamo (Aschner, Roussy y Camus) y otros que habían demostrado la acción antidiurética del lóbulo posterior; pero el sistema nervioso tenía cierto control sobre el metabolismo hídrico, ya que el estrés fisiológico y emocional producía también un efecto antidiurético. Pero al tratarse de tejido nervioso, no quedaba claro que las neuronas que había estudiado Cajal tuviesen un efecto secretor, sino más bien la transmisión eléctrica propiamente dicha. Para estas dudas, la respuesta vino por el lado de la zoología. Un estudiante de nombre Ernst Scharrer demostró en su tesis de grado que ciertas neuronas hipotalámicas del pez cumplían funciones secretorias, las que luego encontró –con la colaboración de su esposa Berta- en otras especies vertebradas e invertebradas. Al igual que ocurrió con investigaciones del siglo anterior, por varios lustros nadie le dio importancia a estos hallazgos. Wolfgang Bargmann –un científico amigo de la pareja- resolvió utilizar técnicas de coloración celular al finalizar la década del cincuenta, de esta manera demostrando que no había solución de continuidad en las neuronas que –originadas en el hipotálamo- terminaban en el lóbulo posterior. Que al fin y al cabo es una estructura nerviosa, no así el lóbulo anterior que está conformado por tejido epitelial. ¿Cómo entonces podría controlar el cerebro la producción de hormonas en la adenohipófisis? Se hicieron entonces observaciones por el lado de la clínica y de la zoología. Las mujeres siempre supieron que los factores psicológicos podía alterar su ciclo menstrual, pues bien conocemos que la amenorrea –que ahora llamamos hipotalámica- es causada por estrés o traumas; se presentaron casos de tumores hipotalámicos que trastornaban funciones relacionadas con la adenohipófisis. Y los naturalistas de memoria sabían que la capacidad ovulatoria de las hembras se afectaba con la temperatura, la luz, el suministro de alimento o la sensación del coito (las conejas ovulan con cada acto sexual). Se produjo infantilismo adiposo al realizar lesiones en determinados tractos del hipotálamo. Entre tanto la clínica y la fisiología continuaban haciendo sus aportes. Al comienzo de la primera guerra, Simmonds realizó varias publicaciones que mostraban que la hipófisis destruída –por observación de necropsias- se asociaba con síntomas considerados de hipopituitarismo, entre los que incluyó la caquexia. Años más tarde el ginecólogo inglés Sheehan demostraría la necrosis hipofisiaria posparto como un importante mecanismo de producción de un síndrome de plurideficiencia hormonal, lo que se sumaba a otras causas de destrucción de la hipófisis como los tumores, infiltraciones, etc.que hicieron que se hablara del síndrome de Simmonds-Sheehan al referirse al hipopituitarismo. El control hipofisiario de las gonadas se demostró por conocidos estudios de Ascheim y Zondek, y los crudos extractos de dos hormonas (FSH y LH), por Febold, Hisaw y Leonard y por los estudios de Evans.

En este campo de la hipófisis debemos mencionar los inmensos aportes hechos por el profesor argentino Bernardo Houssay y el neurocirujano de Boston Harvey W. Cushing.

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