“No quiero animales ni chiquillos en mi casa”

Si el niño padece de aislamiento le hará falta tener un animalito que lo acompañe. Pero tenerlo le hará bien a cualquier niño menor o mayor de cinco años. Si ya cumplió los dos años, recibirá afecto del animalito y le servirá como objeto en el que también depositará afecto. Negarle al niño ese gusto —que es más que un gusto— puede hacerle sufrir mucho. Y mucho sufrirá el pequeño si después de haber disfrutado de su gato o perrito, un buen día se lo suprimen, y no le dan afecto sustituto. Y peor aún, si se lo quitan “al escondido”, sin darle una explicación lógica que él entienda y acepte.

Lo dicho del animal vale multiplicado para los compañeritos. Criar el niño solo, siempre con adultos, está prohibido por la ciencia… y el sentido común. El ser humano es social por naturaleza. Después de los dos años de edad el amiguito se va haciendo necesario. Deje a su hijo estar y jugar acompañado, aunque a veces riña. A esa edad y a los tres, él prefiere jugar solo en compañía (la de sus padres, le encanta). Está aprendiendo y le desagrada que lo interrumpan. No es egoísta, como dice la psicología tradicional; pero es cierto que no sabe todavía compartir el juego ni cooperar.

Pero le gusta mucho jugar acompañado… cada uno con su juguete… “¡Eso es mío, mío!” grita. Y se enoja cuando le quitan su juguete, porque está defendiendo su derecho a aprender a jugar o “aprenderse” el juguete. Y con frecuencia la casualidad le reúne con grandulones dominantes que no lo dejan aprender a jugar. No le suprima los compañeritos a su hijo o hija pequeño. Procure que se reúna con los de su edad, y defiéndalo de los muchachos (y adultos) que no lo dejan jugar tranquilo.

Crianza de niños con mascotasEspere a que lleguen los cuatro años; a esta edad ya el niño sabrá cooperar (si usted no le impidió aprender). El ser humano no nace egoísta; mas tampoco nace sabiendo cooperar y ser generoso y cortés. Natura no se mete en esto: se lo deja a Cultura; esto es, a Crianza y Educación, las grandes forjadoras de los hábitos básicos.

Dele a las relaciones o al “roce” de sus hijos toda la importancia que tienen. Déjelos reunirse y jugar gozosos libremente. El niño que no juega en grupo, trabajará a disgusto cuando sea grande. El que de niño no aprende a cooperar jugando, cooperará a disgusto y mal cuando sea adulto. Estas afirmaciones tendrán sus excepciones más aparentes que reales (gente que simula cooperación); pero son ciertas en lo fundamental y para la gran mayoría.

No parece necesario recordar que el gusto por el trabajo proviene del gusto por el juego, que es su padre primero y su hermano después. Ni que la cooperación real y sincera y la urbanidad comienzan, como todo lo afectivo, en la infancia y la adolescencia.

El hijo único. Los padres de un solo descendiente incumben por lo regular en más errores, y distintos. Se han ideado reglas para evitarlos, reglas que en lo esencial podrían reducirse a ésta: Críe al unigénito como si no lo fuera, enseñándolo a convivir con sus primitos y amigos como si fueran sus hermanos.

Quienes cumplan de verdad esa norma evitarán el daño principal: el exagerado centrismo de atenciones y afectos—el ombligo de la casa— de que “disfruta” el hijo único

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